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Un personaje lee a José Emilio Pacheco
Crónicas Del Asombro | Cultura | Mónica Lavín | 04.02.2010 | 0 Comentarios

Dice Elías Canetti en su espléndido ensayo sobre la escritura de diarios, agendas y bitácoras (La conciencia de las palabras) que algunos escritores, en lugar de asentar ciertas tribulaciones y deseos en un diario, ese interlocutor personal, logran poner en boca de sus personajes sus propias pulsiones. Supongo que ello incluye ciertos gustos, manías, guiños y homenajes íntimos. Pienso en el personaje de mi novela Café cortado, Diego Cabarga, que cuando recorre los archivos de la Compañía Trasatlántica Española en Santander, ciudad adonde ha sido enviado para reconstruir la historia de esta antigua empresa naviera, después adquirida por la mexicana Transportaciones Marítimas, evoca un cuento de José Emilio Pacheco: “Cuando salí de La Habana, válgame dios”. Antes de estudiar derecho, el ficticio Diego Cabarga era más lector de literatura y recordó de pronto que aquel barco que iba de La Habana a Veracruz era de la Compañía Trasatlántica Española. No sólo le emociona recordar esa época gloriosa de su devoción por los libros, las particularidades de aquel cuento —donde el tiempo anda a dos velocidades, donde la atmósfera porfiriana se recrea en el vestido, el comedor, las familias ricas que allí viajan—, sino también sus ganas de ser escritor. Lo habita de nuevo el impráctico deseo de contar historias. El autor mexicano es cómplice de ello. Un cuento y los artículos de un tal Fermín Domínguez, dedicados siempre a una Ángela, que dan cuenta de esos viajes que salían de Santander o de Cádiz rumbo a América, alborotan de nueva cuenta el deseo de la escritura, de que la ficción lo posea; por ello, en lugar de atender la escritura de la historia de la Trasatlántica, escribe una novela.

¿Qué tiene que ver la lectura que hace Diego Cabarga con la mía? ¿Al hacerlo lector de Pacheco multiplico los ecos de sus cuentos en mí? ¿Juego a ser dos lectores a la vez? Tal vez la culpa del juego la tiene el propio José Emilio Pacheco, que en ese cuento que cierra el volumen de El principio del placer utiliza dos planos de tiempo. Los que van a bordo y zarpan de La Habana y los que observan el Churruca, aquel buque fantasma que se perdió setenta años atrás. No es que medien entre Diego Cabarga y yo tantos años, pero sí por lo menos tres décadas. Por otro lado, el estudiante de derecho marítimo lee a Pacheco en Santander y la mexicana (que soy yo) lo lee al otro lado del Atlántico en la Ciudad de México. Es claro que yo pongo mi lectura en la experiencia de Cabarga, sin embargo él hace con ella más de lo que yo quiero. Si no, la ilusión de realidad de la novela no funcionaría. Diego Cabarga es otro.

¿Cómo leímos cada uno este cuento? Sin duda la edición que yo tuve en mis manos no es la misma que la de Diego, que nació en los años setenta y lo leyó al final de los ochenta en la edición de Era. Yo leí El principio del placer en la mítica edición de la Serie del Volador en Joaquín Mortiz: libro pequeño, letras amarillas, el Castillo de Chapultepec al fondo, el rostro de una niña en brazos de alguien al frente. Es la segunda edición, tres años después de la inicial de 1972. Hubo una vez, siglos atrás, ya nadie lo recuerda, en que yo tuve veinte años. Pero los libros tienen memoria de nuestros pasos por ellos. Nos la devuelven en los dobleces de las esquinas, en los subrayados, en su permanencia y el amarilleo de sus hojas. Lo leí cuando estudiaba biología y me debatía constantemente entre las letras y los ecosistemas. Pero mi decisión, a diferencia de la de Cabarga, no tenía que ver con lo práctico. La biología tampoco lo es. Pacheco me encantó con el tono del relato, noveleta o como le queramos llamar que da nombre al libro, con “La fiesta brava” —ese relato dentro del relato, donde la tipografía en el libro recreaba lo que escribía el personaje—, y con el inquietante cuento del niño que se pierde en el Bosque de Chapultepec, titulado “Tenga para que se entretenga”. Los cuentos se inclinaban a lo fantástico, a la existencia de dimensiones temporales y espaciales distintas. Pero cuando llegué al que evoca el bolero triste, “Cuando salí de La Habana”, se me quedó puesto, por lo que tiene de mar, de tiempos idos, de insólito. Einstein andaba suelto. Y a lo mejor, pensándolo bien, de manera acumulativa, ésa y otras lecturas de cuentos fueron inclinando la balanza hacia el rumbo que finalmente tomaría: escribir.

Diego Cabarga tiene abuelos españoles como yo y por eso de alguna manera se ha propuesto estar cerca de sus orígenes, especializándose en derecho marítimo. Así los litigios de barcos varados, de barcos que no pueden descargar en los puertos, de barcos piratas, de impuestos, de banderas, de mundos mezclados en esa orilla promisoria que es la costa, lo atraparon. Tiene un primo abogado que trabaja en una naviera en México, y ese primo lo ha mandado a España para que estudie. ¿Que por qué llegó a sus manos El principio del placer? La culpa la tuvo la novela que leyó en la secundaria, aquella de Las batallas en el desierto; o mejor dicho la maestra Olga, que después de la lectura de aquella breve pero intensa novela se antojaba tan amable como la mamá de Jimmy, y él tan cobarde para atreverse a algo como el protagonista de la novela. No, era muy cobarde para enamorarse, y seguía siéndolo. Por eso había ya sustituido a la novia mexicana por la española Almudena, por eso de aquel cuento, El principio del placer, le había gustado el enamoramiento efímero del hombre de negocios que queda deslumbrado por la joven Isabel. Le gustan los amores imposibles. Los que no lo aten demasiado. Y no comprende que ese periodista Fermín le dedique durante quince años sus artículos a una mujer… La necesidad de comprender lo lleva a escribir. Todo por culpa de un cuento inquietante, donde para los pasajeros del Churruca la costa mexicana es una visión insensata de tiempo transcurrido, y para los de la costa ellos son unos fantasmas de un barco perdido. Desencuentros.

Me cuenta José Emilio Pacheco, en medio de sus homenajes y antes de que recibiera el merecido premio Reina Sofía, con la generosidad y la gracia para relatar anécdotas que lo caracterizan, que ya se acordó cómo nació aquel cuento. Fue en un viaje en barco para ver a su padre, perdida entre la niebla la costa adonde no estaba cierto de llegar: no recuerda cuánto tiempo le tomó pero sí la angustia de perderse. Allí quedó la semilla que germinó en este cuento entrañable. A Diego Cabarga como a mí nos inquieta el tema del desencuentro, el del paso del tiempo también. A él los barcos le fascinan como reto para los litigios, a mí como metáforas de la distancia. Pero los dos quedamos atrapados en “Cuando salí de La Habana, válgame dios”; por culpa de José Emilio Pacheco el personaje se puso a escribir para que yo pudiera tener una novela. Tal vez para poder vivir en los mundos que ya son otros mundos (parafraseando el final del cuento). Mi personaje y yo compartimos ese afecto y asombro por los cuentos que llevamos puestos. Nuestra biografía lectora guarda devoción por El principio del placer, por los lectores que fuimos y los que seguimos siendo.

Mónica Lavín

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