Friday, 22 March 2019
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El texto digital camino al lector
Este País | Jorge von Ziegler | 02.06.2011 | 0 Comentarios

Por tratarse de una tarea más o menos incipiente, todavía es momento de planear adecuadamente la digitalización del acervo cultural y científico del país. Este texto, que presenta con notable claridad el estado de la cuestión, puede ser un punto de partida.

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Hace unos años, la posibilidad de reproducir digitalmente todo tipo de objetos culturales, principalmente los libros, despertó las esperanzas más utópicas. Un científico muy popular, Michio Kaku, se refirió a la creencia de que en el año 2020 internet accederá a la suma total de la sabiduría y el conocimiento humanos de los últimos 5,000 años de historia registrada. Roger Chartier ha dicho que la electrónica hace pensable el sueño antiguo de la biblioteca universal, la que reunirá todos los textos escritos y publicados hasta ahora, lo que haría posible la disponibilidad universal del patrimonio escrito. Ahora mismo, la empresa Google libra una batalla en muchos países para “escanear digitalmente todos los libros del mundo”.

Pero ese sueño parece irrealizable no por razones técnicas, materiales o legales, sino porque es absurdo, ya que no tiene ningún sentido digitalizarlo todo. Si para editar se requieren políticas, ¿por qué no para digitalizar? No se puede dar por hecho que todo lo publicado o creado tiene valor o será de utilidad, importancia o interés para alguien. Entonces, ¿qué digitalizar, para qué, cómo, bajo qué estándares técnicos y de calidad? ¿De qué manera la mayor disponibilidad de textos favorecerá la lectura y los procesos educativos que entraña y alimenta? Todas estas preguntas plantean la necesidad de políticas, es decir, de criterios y orientaciones que guíen la labor. De otra manera nos enfrentaremos, como ocurre de hecho en el plano global y sobre todo en naciones como México, con una Babel de acervos inconexos, fragmentarios, aislados, sin proyecto ni ideas bien definidos.

Hay excepciones promisorias y decididamente inspiradoras. Europeana, la biblioteca virtual de Europa, se presenta en internet con un pequeño video de especial belleza y una gran fuerza comunicativa, basada en un flujo irresistible, casi musical, de imágenes, y en muy pocas palabras, ninguna de ellas dicha. La tapa de una computadora se levanta; en la pantalla luminosa aparece el portal de Europeana. En el buscador se escribe la palabra “Descartes” y la búsqueda nos lleva a las ventanas de los principales museos, archivos y bibliotecas de Europa; el rostro de Descartes surge en medio de muchos otros, igualmente icónicos de la civilización occidental, y tras él, el dibujo del interior de una cabeza humana, representación del “Pienso, luego existo”. Todo lo que sigue es cadena de asociaciones: Descartes trazando los fundamentos de la geometría descriptiva; Newton, su heredero, y su manzana cayendo en un jardín que es también el Edén de la primera pareja, poblado por todas las especies de la Creación, y llegando a las manos de una de ellas, el mono; el origen bíblico de las especies se trastoca en el de Darwin, el árbol genealógico del hombre en el del científico inglés, que nos lleva a su célebre abuelo, el alfarero Josiah Wedgwood, autor en 1787 del camafeo contra la esclavitud; George Bridgetower, virtuoso de color del violín, amigo de Beethoven, que probó que todas las razas son capaces del mismo genio. De Beethoven y sus partituras se pasa a la efigie de un Rossini en mármol, mientras se escuchan, salidas de un oboe, las seis notas de un tema de La urraca ladrona, desvaneciéndose en un agudo que transforma la voz instrumental en la humana de María Callas. Sin duda, una de las imágenes más deslumbrantes y perturbadoras es la del pájaro blanquiazul —una urraca— que sale de la boca de Callas en pleno canto, llega al muro de una galería, se posa ante un espejo y mira a los ojos de su propia imagen reflejada y del reflejo surge un rayo de luz que, atravesando un prisma, se descompone en todos los colores, poblados por todos los rostros de la historia que, al final, se convierten en uno solo: el de Descartes. Pero de inmediato ese rostro vuelve a ser tan sólo un punto, un grano, de la imagen de las letras del alfabeto. Las letras que dibujan en las lenguas del hombre ciertas palabras: conectar, compartir, colaborar, descubrir. Todo, para desembocar en el lema de Europeana: “Pensar la cultura”, que revela así su acepción y su origen cartesianos.

Europeana nace de la idea de que todo el conocimiento está interconectado. Su división en ciencias, disciplinas, instituciones y recintos es pura convención y abstracción del intelecto. No hay verdadero conocimiento, verdadera cultura, sin su interconexión. Sin límites ni distinciones visibles, Europeana enlaza y contiene por eso 15 millones de objetos digitales, entre imágenes, textos, sonidos y videos: pinturas, dibujos, mapas y fotografías; libros, periódicos, cartas, diarios y documentos de archivo; música, palabra hablada en cilindros, cintas, discos y emisiones de radio; películas, telediarios y programas de televisión. Objetos cuyos originales se encuentran en centenares de museos, galerías, archivos, bibliotecas y colecciones audiovisuales de toda Europa.

Europeana vio la luz en noviembre de 2008 como un prototipo. Su Versión 1.0 está aún en desarrollo con la mira de alcanzar más funciones y servicios para los usuarios. El portal declara: “Europeana trata de ideas, conocimiento e inspiración”, confesando cuánto de creatividad, de imaginación y sensibilidad, y no sólo de razón, hay en pensar la cultura.

Esta gran biblioteca virtual es quizá la más refinada materialización del sentido que Pierre Lévy da al concepto de inteligencia colectiva. La inteligencia colectiva, según dice Lévy en la edición electrónica de su libro de este título que se puede leer completa en internet, “es una inteligencia repartida en todas partes, valorizada constantemente, coordinada en tiempo real, que conduce a una movilización efectiva de las competencias” humanas. Detengámonos un poco en esta definición. Inteligencia distribuida en todas partes porque —dice Lévy con un sentido común que ya había ejercitado nuestro Alfonso Reyes— “nadie lo sabe todo, todo el mundo sabe algo, todo el conocimiento está en la humanidad. No existe ningún reservorio de conocimiento trascendente y el conocimiento no es otro que lo que sabe la gente”.

Valorizada de modo constante, porque para que exista como inteligencia colectiva supone el reconocimiento del saber que hay en todos y en cada parte. Coordinada en tiempo real, porque implica la interacción simultánea de individuos y grupos en un mismo universo virtual de conocimientos, lo que sólo han podido lograr las tecnologías digitales de la información. Y finalmente, capaz de movilizar las competencias, porque cuando reconocemos al otro, contribuimos a movilizarlo, a que desarrolle su propio potencial y lo sienta implicado en esfuerzos colectivos.

Proyectos como Europeana han comenzado a hacer realidad el “Espacio del conocimiento” del que habla Lévy, de esa mutación antropológica operada por el nuevo entorno tecnológico y las nuevas interacciones sociales y culturales cuyas posibilidades, consecuencias y beneficios tienen todavía, para este autor, los tintes de la utopía.

En efecto, no podremos hablar de una inteligencia colectiva humana, en el sentido pleno de la palabra colectividad, que no reúna la inteligencia de toda la humanidad. Se necesitaría una Europeana para todo el mundo, capaz de descubrir, conectar y reunir el patrimonio intelectual, no sólo de Europa, sino de todas las civilizaciones y culturas. O bien, varios sitios y portales capaces de abarcarlas todas y de relacionarse entre sí.

Un proyecto así es la Biblioteca Digital Mundial, surgida hace poco también, en 2009, bajo los auspicios de la unesco, para reunir piezas y obras del patrimonio histórico y cultural pertenecientes a instituciones y acervos de todos los países del mundo. Pero con sus menos de 1,500 objetos digitales tendría que describirse hoy, si fuera libro, todavía como un incunable: incunabilis, en pañales. Por ahora, lo que tenemos son proyectos de países, o de grupos de países, para llevar a cabo en la dimensión local lo que tendrá que ser algún día global.

México lleva 10 años dando en estos terrenos sus primeros pasos, limitados y poco visibles hasta ahora, pero que sería imposible e indebido ignorar. Tal vez el primer intento serio de dar a la digitalización del patrimonio cultural mexicano este carácter de asociación colectiva, fue el seminario que en 2001 reunió a varios centros de instituciones culturales y de educación superior, a convocatoria del Instituto de Investigaciones Estéticas de la unam. Uno de los objetivos expresos del Seminario de Digitalización del Patrimonio fue integrar la información de los proyectos de digitalización de todo el país y, a partir de ella, proponer su vinculación y coordinación entre pares. En 2005, este grupo organizó el Foro Digitalización y Patrimonio, con el propósito de “conocer y definir el estado del arte sobre la digitalización de bienes patrimoniales en México, y diseñar una agenda de trabajo colectiva, que permitiera ofrecer soluciones respecto a las problemáticas tecnológicas, sociales y políticas que favorecieran la socialización de la riqueza cultural de las instituciones”. Uno de los frutos del encuentro, en el que participaron representantes de numerosas instituciones culturales y universidades, fue el documento de conclusiones “Panorama de la digitalización de bienes culturales en México”, que resultó, entre otras cosas, un crudo diagnóstico de la inexplicable pobreza conceptual, política y material del país en ese terreno.

Otra importante tentativa de estos años ha sido la nacida en el seno de la Corporación Universitaria para el Desarrollo de Internet fundada en 1999. Esta asociación civil de universidades surgió para crear una red de alta velocidad y unirse a la red internacional denominada Internet 2, como medios para desarrollar aplicaciones científicas y educativas de alta tecnología a nivel mundial. Entre estas aplicaciones, que van de las matemáticas a la robótica, de la astronomía a la telemedicina, de la educación a la ecología, están las relacionadas con las bibliotecas digitales. En este campo, como en todos los demás, se cuenta con un grupo o comunidad de trabajo integrado por numerosas instituciones que buscan colaborar y coordinar sus proyectos. En 2006, este grupo creó la Red Abierta de Bibliotecas Digitales (rabid), con el objetivo de “contribuir a la consolidación del desarrollo de bibliotecas digitales en México a través de una red abierta por medio de la cual puedan compartirse colecciones y servicios disponibles en diferentes instituciones a la vez que se facilita la integración de nuevas instituciones, servicios y usuarios”. La red es abierta, entre otras cosas, porque promueve la construcción de colecciones de acceso abierto a todo el público, sea de modo independiente, a través de los sitios web de cada institución, o de forma federada, uniforme e integrada, a través del portal que ha creado para agrupar a todas. El principio no es otro que el que sustenta a Europeana: constituirse en un espacio o punto común de acceso a un universo ilimitado y creciente de colecciones de toda índole.

Actualmente, la red contiene colecciones digitales de cuatro tipos: tesis digitales, acervos antiguos digitalizados, revistas electrónicas arbitradas y documentos académicos de acceso público, pertenecientes a 13 instituciones. Son notables, por ejemplo, las colecciones digitalizadas de la Universidad de las Américas Puebla, con sus más de 140 libros de los fondos conventuales de la Biblioteca Franciscana, verdaderas joyas bibliográficas y lecturas fascinantes; la serie de miles de telegramas del año 1910 del Archivo Porfirio Díaz y las 2 mil 480 imágenes del Archivo Miguel Covarrubias, integrado por caricaturas, dibujos, cartas y fotografías. También es magnífica la fototeca creada por el Instituto Mora sobre Fotógrafos y Editores Franceses en México, Siglo xix, a la que próximamente se añadirá la de Fotógrafos Alemanes en América Latina. Un proyecto que sobrepasa el patrimonio intelectual, cultural y científico de México y apunta al de toda Iberoamérica es la Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal, conocida como redalyc, cuyo portal sostiene la Universidad Autónoma del Estado de México con más de 750 revistas y alrededor de 180 mil artículos a texto completo tanto en las áreas de ciencias sociales y humanidades como de ciencias naturales y exactas. Esta hemeroteca digital es quizás el único ejemplo entre nosotros de un punto común de acceso a gran escala, ya construido, a una clase de patrimonio, en este caso la gran diversidad de acervos textuales formados por las publicaciones periódicas, no sólo de un país sino de una comunidad geográfica y cultural como es el mundo de habla hispana.

México, además de estas experiencias de integración y vinculación interna de sus acervos y colecciones patrimoniales, también ha buscado en estos años situar esos acervos en relación con los del exterior, participando en proyectos de carácter internacional. En la Biblioteca Digital Mundial, México está representado por 43 piezas, aunque sólo 15 de ellas procedentes de una colección pública mexicana, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah), y otra privada, el Centro de Estudios de Historia de México Carso. A partir de esta colaboración mexicana, cuatro instituciones —las dos mencionadas más el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Archivo General de la Nación— decidieron hacer su propia réplica de ese sitio, la Biblioteca Digital Mexicana, lanzada en noviembre de 2010 en el marco de los festejos del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana. La Biblioteca Digital Mexicana apareció con un número sorprendentemente reducido de obras o documentos (17), de las cuales sólo dos eran nuevas, ya que las del inah y el Centro Carso son las piezas que produjo la unesco y que se pueden ver en su sitio. En seis meses de funcionamiento apenas se han integrado tres documentos más de las únicas dos instituciones que se han sumado al llamado del proyecto, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y el Instituto Tecnológico de Monterrey. Desconociendo seguramente la propuesta conceptual y técnica y los cinco años de trabajo de rabid, al igual que los considerables acervos que ya ofrece al público, la Biblioteca Digital Mexicana se describe así en su página de presentación: “Hoy en día muchos archivos y bibliotecas están digitalizando sus fondos y abriendo páginas de internet donde muestran una selección. La novedad de esta iniciativa es que es interinstitucional en su dirección y en su convocatoria, de manera a formar [sic] una base que refleje la riqueza documental del país dentro y fuera de él”. Ni novedad ni riqueza, hasta el momento.

En otro proyecto internacional, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, de España, la participación de México se inició con un “portal nacional” integrado con fondos bibliográficos de tres instituciones: la Biblioteca Nacional en custodia de la unam, la Universidad Iberoamericana y El Colegio Nacional. Ahora el portal se ha transformado en la Biblioteca Virtual de las Letras Mexicanas, al que se sumarán, además de las anteriores, los catálogos de la Academia Mexicana de la Lengua y la Universidad de Guadalajara.

En lo individual, podrían citarse varios otros esfuerzos de digitalización que han aportado a la red valiosos materiales para la investigación y la lectura: la Biblioteca Digital Bicentenario, creada por el gobierno federal con motivo de las conmemoraciones de 2010, que logró presentar una magnífica serie de colecciones de historia de México con numerosos títulos de gran interés; la Biblioteca Digital de Yucatán, iniciada en 2008 con el rescate de cuantiosas fuentes de la historia y la cultura del estado; la Biblioteca Digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León, que cuenta ya con más de 13 mil títulos originalmente editados entre los siglos xvi y xix.

Todos estos proyectos reconocen o señalan en México la necesidad de aquello que está detrás de las palabras que inspiran a Europeana: conectar, compartir, colaborar, descubrir. Pero eso no evita, quizá, que la presencia del patrimonio mexicano y las colecciones que lo reúnen sea todavía escasa y desdibujada en el espacio digital. Vale la pena preguntarse en qué medida sigue vigente el diagnóstico del Seminario de Digitalización del Patrimonio de hace seis años: aislamiento de los proyectos institucionales; ausencia de cooperación interinstitucional; divergencia de recursos técnicos compatibles; escasa planeación que prevea las rápidas transformaciones tecnológicas y el desafío de la conservación a largo plazo del material digital; poca claridad de criterios sobre qué digitalizar y para qué; carencia de programas de gestión de proyectos, y nula, o casi nula, visibilidad. Muchas de estas realidades volvieron a ser señaladas, en efecto, dentro del Foro Políticas de Digitalización del Patrimonio Cultural recientemente organizado, en octubre de 2010, por la Universidad Iberoamericana, con la participación de expertos de 15 centros y organismos culturales y académicos pertenecientes a 10 importantes instituciones nacionales.

Las experiencias exitosas de otros países nos debieran inspirar, y las nuestras, alentar. Lo que se halla en juego, después de todo, es lo que Pierre Lévy llama la inteligencia colectiva y Gabriel Zaid, en México, la “compilación del genoma cultural humano”. No habrá inteligencia universal ni genoma cultural humano sin la inteligencia y el genoma cultural mexicanos. Pero esa inteligencia y ese genoma sólo podrán compilarse como se compiló y se está compilando el genoma biológico: mediante la colaboración de cientos de mentes y centros de conocimiento movilizados y coordinados, como dice Lévy, en un universo virtual compartido.

JORGE VON ZIEGLER fue académico invitado en 2010 de la Universidad Iberoamericana, bajo los auspicios de su patronato, ficsac, para el desarrollo de un proyecto sobre digitalización del patrimonio cultural.

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