Wednesday, 20 March 2019
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El candil
Cultura | Este País | Mirador | Fernando Fernández | 01.02.2014 | 0 Comentarios

Fernando Fernández, sin título, 2013.

Fernando Fernández,

sin título,

2013.

¿Cuántas veces me dije que tenía que ir a San Luis Potosí aunque fuera sólo para ver el candil? Quiero decir en persona y con mis propios ojos, por una vez no en aquellas imágenes casi invariablemente oscuras y mal impresas con las que tuve que conformarme desde que supe de él. Entre 1908 y 1911, Ramón López Velarde vivió en la capital potosina, donde estudió la carrera de abogado; unos años más tarde, al parecer en 1919, escribió un poema sobre aquel objeto del que dijo nada menos que era su “símbolo” personal.1 ¿Qué es lo peculiar de aquel candil con el que llegó a identificarse hasta ese extremo? Que tiene la forma de un bajel, una de aquellas hermosas embarcaciones de casco de madera, palos y velas que surcaron el océano desde el siglo XVI.

En los años sesenta del siglo pasado, Allen W. Phillips, el principal comentarista de la poesía velardiana, escribió casi con incredulidad que en la ciudad potosina “parece que existe verdaderamente un candil de esa forma”.2 Por su lado, José Luis Martínez se limitó a recoger la leyenda de que se trata de un exvoto de alguien que se salvó de un naufragio. Luis Mario Schneider y Elisa García Barragán son con frecuencia quienes ofrecen la mejor información: en su Álbum de López Velarde, lo más parecido que tenemos a una biografía del poeta, dicen que la lámpara provenía de la iglesia de La Merced de la ciudad potosina, en donde estuvo colocada hasta 1864, cuando el templo fue destruido. Después de decir que los candiles eran dos,3 ofrecen esta vieja descripción tomada de un estudio sobre la iglesia y su plaza (cuya grafía me permito actualizar):

Unos candiles de cristal, muy bien fabricados, que tienen dos varas de largo y están puestos en la bóveda del altar mayor, en unas cadenas de fierro plateadas, los que dio a Nuestra Santísima Madre, a solicitud del padre comendador, don José Antonio de Otegui con la condición de que si algún prelado los mudare de lugar donde están puestos o los prestare […] pasará a otra iglesia donde mejor le parezca. (Rafael Montejano y Aguiñaga, La Merced, su iglesia y su plaza, Academia de Historia Potosina, SLP, 1973, página 49.)

Hace unas semanas pasé unos días en San Luis y, sin planearlo, casi sin darme cuenta, tuve finalmente la oportunidad de ver el candil. Yo vagaba por el pasillo de la derecha de la nave de la iglesia de San Francisco lamentando la frecuencia con que en México las ricas portadas barrocas esconden pobres interiores neoclásicos. Cuando me vi casi delante del altar, siempre del lado derecho del templo, levanté la vista hacia la bóveda, y mis ojos, ajenos del todo a la existencia del candil, olvidados mis deseos de visitar la ciudad para ir a contemplarlo, lo reconocieron inmediatamente. Fue uno de esos momentos en los que la realidad física de las cosas, una vez que damos con ellas, con su elocuente materialidad y la revelación toda de su existencia comprobada, nos impide saber si estamos despertando de un sueño o si acabamos de entrar en él. Allá arriba, detenida en el aire sutilísimo, bañada por la luz natural del magnífico espacio, estaba suspendida una nave de gallarda belleza y tamaño considerable, totalmente cubierta de cristales, pendiendo de un hilo metálico. Casi por instinto bajé la mirada y la posé a mi derecha, en una columna, en donde vi que había un texto enmarcado que no tuve que acercarme para saber que se trataba de una reproducción impresa del poema velardiano.

¡De manera que aquel era el famoso candil! Volví a mirarlo con detenimiento, ahora desde todos los puntos de vista, antes de tomarle unas fotos. Luego, me acerqué a leer el poema. No es un texto que se lea cómodamente en esas condiciones, de pie y con escasa luz, por su extensión, nada menos que sesenta y cuatro versos, y sobre todo porque ya desde la primera estrofa ofrece algunas dificultades: veintidós versos sin punto en los que se desarrolla, con todas las volutas y las complicaciones y los recovecos caros al alma de López Velarde, una idea que termina de expresarse sólo en las últimas cuatro líneas, hasta donde ha sido desplazado el verbo principal —remate de estrofa, como se va viendo, para el que todos los versos anteriores han servido de preparación:

he descubierto mi símbolo

en el candil en forma de bajel

que cuelga de las cúpulas criollas

su cristal sabio y su plegaria fiel.

Allen W. Phillips se sirvió de “El candil” para probar que parte de la imaginería del poeta corresponde a la realidad más concreta. El poema, explica el profesor norteamericano, “no sólo ilustra hasta qué punto López Velarde buscaba la identificación con un objeto fuera de sí mismo, para expresar inesperadas dimensiones en el autoanálisis de su ser contradictorio, sino que también ilumina una importante faceta de sus modos de crear”. Phillips añade que Ramón creó su poema “a partir de una concreta realidad que puede identificarse, y, de hecho, en otras poesías suyas algunas de las imágenes más elaboradas no carecen de una base real y verdadera”.4

Si es cierto que, al igual que buena parte de la poesía de López Velarde, “El candil” tiene algunos pasajes complicados, su médula está expresada claramente: él es como ese candil. ¿A qué se refiere el poeta? A que también él vive suspendido delante de la divinidad y se dedica a cumplir el “mandamiento” de la veneración, como afirma expresamente. A que también él está “enfermo de lo absoluto”. Y sobre todo a lo que dice en la estrofa más lograda del poema, en la que se compara con un barco que ha surcado todos los mares y ha conocido todas las orillas, tal como expresa con sus personalísimas adjetivaciones, hablándole de tú a la lámpara:

Tú conoces el espanto

de las islas de leprosos,

el domicilio polar

de los donjuanescos osos,

la magnética bahía

de los deliquios venéreos,

las garzas ecuatoriales

cual escrúpulos aéreos,

y por ello ante el Señor

paralizas tu experiencia

como el olor que da tu mejor flor.

Conforme desciende por la página, el poema expone las torsiones características de la imaginación de López Velarde y crea en nosotros, que lo leemos en esas condiciones, de pie, sin la distancia adecuada ni luz suficiente, una sensación anterior al entendimiento, algo que nos mece, como en un sueño. Nuestra comprensión de lo que dicen los versos es intermitente; su significado se deja atrapar por un cabo, se suelta por el otro. Sin embargo, lo hace de una manera suave y elegante, lo que está conseguido en parte por su métrica, que es regular: octosílabos, apuntalados rítmicamente aquí y allá con versos de once sílabas. También por una suerte de extrañeza orgánica, si puedo decirlo así, que relaciona unas imágenes con las otras, tramando los materiales de la realidad con los que provienen de una fantasía que a veces resulta delirante: la imaginación viaja de las espantosas islas de leprosos al domicilio friísimo de los osos tenorios, y de allí a los magnéticos arrobamientos del deleite sexual. ¿Qué decir de “las garzas ecuatoriales”, que aparecen transformadas en “escrúpulos aéreos”? La esbeltez del verso de ocho sílabas y la espiral que trazan las imágenes delante de nosotros, acercándose y alejándose de nuestro entendimiento, pero ensambladas de manera armoniosa, crean en nosotros el mismo efecto que esas columnas salomónicas que pueden verse en la portada del templo franciscano que estamos visitando: un refinado retorcimiento que nos maravilla con su belleza y su misterio.

“El candil”, que no dejó de provocar en Octavio Paz unas líneas inspiradas,5 debe de leerse en las Obras de López Velarde, en el lugar que ocupa en las páginas finales de Zozobra, su mejor libro. Pero quizá donde mejor esté sea en el templo de San Francisco de la ciudad de San Luis Potosí. Si los siglos pasados echaron a la basura los interiores que correspondían a las fachadas de nuestro barroco (cuando no los edificios enteros), López Velarde, aun en silencio, desde la pared de la que cuelga su poema enmarcado, sigue expresando la riqueza del espíritu barroco que corresponde a esa arquitectura —y en buena medida también a nuestra alma.  ~

1 Ramón López Velarde, “El candil”, en Obras, edición de José Luis Martínez, 2ª reimpresión de 2004 de la 2ª edición de 1990, FCE, México, pp. 221-222.

2 Allen W. Phillips, Ramón López Velarde. El poeta y el prosista, INBA, México, 1988, p. 130.

3 El otro, por cierto, puede verse colgando de la bóveda central de la Basílica Menor de Guadalupe, también en la capital potosina. Vale la pena hacer el paseo por la calzada guadalupana para ver ese otro candil, el cual, porque ha sido conservado de una manera distinta y está colocado en un espacio de mayores proporciones, aparece ante nuestros ojos más radiante… pero menos bello y misterioso.

4 Allen W. Phillips, op. cit., pp. 129-130.

5 “Símbolo del viaje y el regreso, el candil-barco es también un corazón latiendo en la noche religiosa: ‘Dios ve su pulso’. Metamorfosis del trapecio y su drama cotidiano, del corazón y del instante, el candil es un parpadeo sin más oficio que la adoración”, Octavio Paz en El camino de la pasión: López Velarde, Seix Barral (Biblioteca Breve), México, 2001, p. 66.

_________

FERNANDO FERNÁNDEZ (Ciudad de México, 1964) es autor de las colecciones de poemas El ciclismo y los clásicos y Ora la pluma. Tuvo la Beca Salvador Novo y fue becario del Centro Mexicano de Escritores. Fundó y dirigió las revistas Viceversa y Milenio y fue Director del Programa Cultural Tierra Adentro y Director General de Publicaciones del Conaculta. Su libro más reciente es Palinodia del rojo, publicado por Aldus.

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