Sunday, 20 January 2019
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Un hombre que no conocía el miedo… ni el amor
Cultura | Este País | Galaxia Gutenberg | Humberto Guzmán | 03.11.2014 | 0 Comentarios

 Rafael Bernal,  El complot mongol

Rafael Bernal,

El complot mongol,

Joaquín Mortiz, México, 1969.

El complot mongol, de Rafael Bernal, no pierde vigencia. Es la obra que mejor cumple con los requisitos para ser considerada novela negra en México. Sin una estructura monumental ni demasiados personajes ni acciones que parecen requerir de superpoderes, Bernal desarrolla linealmente el asunto de un complot internacional —condición sine qua non del subgénero— en medio de la Guerra Fría en la que podía estallar, en cualquier momento, un conflicto atómico entre las dos grandes potencias de entonces: Estados Unidos y la Unión Soviética.

La primera impresión que da este “complot mongol”, sin embargo, es de ramplonería, algo increíble. Pero Filiberto García, el policía secreto o investigador de la historia, que es invitado para resolver el conflicto, no lo toma a la ligera y acepta la orden de resolverlo. Es él y no la policía como institución la que va a esclarecer el misterio, como es regla en esta clase de novela. Un investigador solitario, un duro (“un pistolero”, se burla de sí mismo), que no es raro que tenga dificultades con los policías burócratas por su capacidad de improvisación, ya que no está esperando recibir instrucciones sobre qué hacer y qué no hacer. Se ajusta al molde de la novela negra. Por eso, es viable afirmar que El complot mongol abre este estilo de novelar en México, en 1969, año en el que la editorial Joaquín Mortiz, de Joaquín Díez-Canedo, la dio a conocer. Cuando hablo de novela negra me refiero a la original, a la clásica, a la que escribió John Daly Carroll en los tempranos años veinte del siglo pasado en Estados Unidos. Le siguieron, con bastante éxito, sus compatriotas Raymond Chandler y Dashiell Hammett. Fueron novelas (y lo siguen siendo) comerciales, con una clara intención de entretenimiento, emoción y aventura, del gusto popular. Misterio y suspense. Algunos le llaman literatura de “evasión”. Lo cual no lo tomo de manera descalificativa sino, al contrario, para saber que aun en ese terreno hay buenas y malas novelas y la que me ocupa es de las primeras.

Bernal consigue, entre otros, un personaje auténtico, de carne y hueso (de palabras, pero convincente), que es el antihéroe, el “pinche” Filiberto García, como dice él: pinches chales, pinche Revolución, pinches mexicanos, pinches gringos, pinches rusos y hasta la pinche Martita —su amor tardío, aunque el amor nunca es tardío. El amor de Martita solo llegó, no se quedó con él, para respetar otra regla de la novela negra. Por razones como estas la novela de Bernal brilla por su factura y autenticidad, sobre todo en México, en donde no tiene mucha competencia.

Mientras se desvela el misterio del “complot mongol”, Filiberto García parece flaquear. Martita lo debilita con su amor de joven mujer, indocumentada y víctima del abuso del chino Liu, que la explota laboral y sexualmente. Una víctima que, trazada por otro escritor menos talentoso, no hubiera pasado de un pobre estereotipo. Pero aquí los estereotipos se transforman. Martita ve en Filiberto al único hombre honesto y fuerte con quien se siente segura. A pesar de sus sesenta años de edad. Lo cual extraña en primer lugar al propio Filiberto. El hombre que había dicho: “A las viejas hay que verlas dos-tres veces y adiós”, no salía de su asombro por sus sentimientos por Martita. Le gustaba, no crean que no. La veía “bien buena”, lo supo desde que la descubrió en la tienda del chino Liu, mientras hacía sus pesquisas. Además, decía, nunca se le había hecho con una chinita y esta era su oportunidad. Pero la tuvo en su departamento, en su recámara, en su propia cama y no aprovechó la circunstancia. La verdad es que era un hombre que se había hecho en la Revolución, cuando se hablaba directo, “te echas a este y este más”, y no se andaban con medias tintas como ahora que “solo saben de pinches leyes”. Su lucha, así, era frontal: cara inexpresiva, rápido con la pistola 45, o la navaja que sacaba de una bolsa del pantalón y con los puños también, dado el caso. Este era “El Gato”, como le dijo una de sus mujeres, por los ojos verdes que tenía. Pero le quedaba también por su rapidez de acción.

Una parte que es relevante, y que lo ejemplifica como un profesional, es cuando un alto funcionario del gobierno le pregunta antes de contratarlo que si era comunista, a lo que él contestó que no; entonces eres anticomunista, y él contestó que tampoco. Jerry Palmer, un estudioso del subgénero, ya ha advertido sobre la ausencia de ideologías en la novela de misterio o negra. Algunos autores del subgénero, en nuestros días, pretenden plantear mensajes de “izquierda” o de “denuncia” pero lo único que hacen es alterar el modelo y restarle emoción al misterio. Distraen al lector en vano.

En su lucha contra el mal, que siempre es una lucha entre el bien y el mal, Filiberto García requiere un país como México o, si fuera el caso, como Estados Unidos, en donde hay libertades individuales, de acción y donde todavía es posible oponerse, si es necesario, a los burócratas y a las burocracias en el poder. Todos estos rasgos no fueron inventados por Rafael Bernal sino que son propios de los antihéroes de las novelas negras estadounidenses.

Otra cosa que quiero resaltar de El complot mongol es el lenguaje utilizado por su autor. Es el español de la Ciudad de México, más inclinado al barrio bajo, como corresponde al subgénero, de los años cincuenta y sesenta. Bernal lo supo usar con eficacia, con conocimiento de la materia, al contrario de otros que se les ve fingido o prestado, y con eso le dio riqueza no solo a su obra sino a la novela mexicana en general. Es un valor lingüístico. No sé cómo lo consiguió Bernal, porque vivió fuera de México muchos años, fue viajero y diplomático. Nació en la Ciudad de México en 1915 y murió en Berna, Suiza, en 1972, tres años después de la publicación de El complot mongol. Me pareció curioso que en el año de su muerte obtuviera el doctorado en literatura en una universidad suiza. Como quien decide pagar una deuda en el último momento. No necesitó el doctorado para escribir El complot mongol, fue otro tipo de satisfacción. Además, es autor de libros de temas históricos, teatro, novelas policiacas, relatos y artículos periodísticos.

Insisto, El complot mongol, como Filiberto García, están de acuerdo con el modelo de la novela negra clásica. El ambiente negro se recrea, los rasgos aparentemente sexistas, violentos, insensibles, y su capacidad para matar (siempre con una orden “de arriba”: profesionalmente), así como la soledad y otros problemas de comunicación social, son los de este tipo de novela. Por otro lado, no es que sean unos delincuentes —se parecen un poco, pero no lo son, porque están del lado del bien—, es que un bueno-bueno no va a poder enfrentarse al mal y salir bien librado, para eso es indispensable un bueno-(casi)malo, que sabe manejar o conoce los instrumentos, los recursos, para vencer a los malos-malos. Pero creo que Filiberto García es más bueno que malo; comparto, de modo distinto, la opinión de la que no llegó a convertirse en su amante, aunque sí fue querida, la chinita Martita: “Es usted un hombre que no conoce el miedo”, le dice el alto funcionario del gobierno que lo admira por valiente y atravesado. Le dio el trabajo, a pesar de que Filiberto ya era considerado inaceptable para las nuevas apariencias y exigencias, por no haber estudiado leyes y por seguir dando la pinta de un matón de la Revolución.

Los diálogos son ágiles, pero sube su calidad en la narración omnisciente y sobre todo en los monólogos de Filiberto García, en donde resaltan el humor y el lenguaje. Van unidos estos recursos. El humor y el lenguaje de la Ciudad de México. De ahí su “pinchismo”.

Pero Filiberto también se pone culto. Cita a José Vasconcelos en un juego de palabras: “Y allí está Martita en la recámara y yo aquí haciéndole al Vasconcelos con purititas memorias”. Luego dice: “¡Pinche Martita! Para mí que me está jugando una chingadera. Como las he jugado yo tantas veces. Si no voy a conocerlas, si parece que las inventé yo mero”. En otra situación demuestra que es humano, no superhéroe. Martita le habla de su miedo y soledad. Él confiesa: “Todos tenemos miedo a veces y todos estamos solos”.

Un pasaje notable es el que corresponde al “Licenciado”, abogado alcohólico y fracasado, hijo de un prominente abogado porfirista, pero que, con el cambio de poderes que ocasionó la Revolución, no siguió a los oportunistas que se fueron con los vencedores “para seguir triunfando” sino que se quedó en lo que le parecía que funcionaba bien y, aunque haya sido una eminencia, lo expulsaron del juego, del poder y de la repartición de beneficios. Filiberto García concluye, a propósito, que más que talento e inteligencia, lo que vale es “cuatificar” (término que acuña Bernal), en la Revolución, con los generales, con algunos “de nuestros muchos héroes”. Esto sería una “cuaticracia”. “La Revolución —dice Filiberto— se ha acabado y ahora no hay más que pinches leyes”. Pero la finalidad no es tanto criticar a la Revolución, a los gobiernos revolucionarios, como proyectar el ambiente en el que se desenvuelve el discurso de la novela, con los elementos que da la realidad. Por eso parece denuncia y no es exacto, es solo humor, solo una espléndida novela negra de México para el mundo. ~

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HUMBERTO GUZMÁN, con más de cuarenta años de trayectoria literaria, es autor de La caricia del mal (1998), Historia fingida de la disección de un cuerpo (1982), Manuscrito anónimo llamado consigna idiota (1975), y la más reciente La congregación de los muertos o El enigma de Emerenciano Guzmán (Universidad Autónoma de Querétaro, 2013), entre otras; y de varios libros de cuentos. Periodista y profesor de cuento y novela, publicó Aprendiz de novelista: Apuntes sobre la escritura de novela (2006).

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