Sunday, 20 January 2019
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Anotaciones del norte y una ruta lectora
Becarios De La Fundación Para Las Letras Mexicanas | Cultura | Este País | Emilio Pérez López | 01.02.2015 | 1 Comentario

Nuestro alimento, óleo sobre tela, 60 x 30, 2013.

Nuestro alimento,
óleo sobre tela,
60 x 30, 2013.

Hace mucho calor en Culiacán. Cuarenta grados a la sombra no los aguanta nadie. Y el calor causa desesperación, intransigencia. La ciudad tiene los ánimos caldeados. Acá en el DF, como se acostumbra, los automovilistas viajan pegados al claxon, dispuestos a reventar los oídos del primero que se atraviese; en Culiacán ya son varios los conductores que, luego de sonar la bocina, no tuvieron tiempo ni de arrepentirse. Y creo que todo se debe al sofocante bochorno. Pienso que el calor tiene un efecto en nuestras vidas cuyo alcance desconocemos. Ha sucedido que dos tipos tienen diferencias en la calle, uno saca la pistola, se despacha al otro y sanseacabó. Quién fue, quién sabe. Súbele a la música, destapa otra cerveza, hace demasiado calor como para meternos en discusiones.

Así anda la sangre en el noroeste, alebrestada. La alegría puede ser tan impetuosa que llega a desdibujarse en los lindes de la agresión. Las fiestas ocurren en medio de la calle, la música de banda se toca a todo volumen, las camionetas derrapan en la terracería porque sí, se grita y se baila y se quiebran botellas hasta el amanecer. Y si se puede, si los guachos no rondan cerca, hay oportunidad de sacar los rifles y echar balas al aire, balas que irán a caer no se sabe dónde, pero ni modo, a quien le tocó, le tocó.

Se trata del ruido que complementa la vida en el norte. Y aunque años después yo aprendería a sacarle provecho, hubo un tiempo en que lo veía muy distinto. Aquel ruido no cesaba jamás: naturalmente comencé a buscar mecanismos de defensa. La violencia es contagiosa. El calor provoca reacciones insospechadas. A los trece o catorce años las mejores armas que encontré fueron las percusiones y las guitarras eléctricas. Black Sabbath, Metallica, AC/DC, Megadeth: ahí levanté mi puesto de avanzada. Mis primeras lecturas fueron los versos de sus canciones. Acudía a sus estrofas como a poemas, o como a verdades absolutas, preceptos que intentaba acatar al pie de la letra para oponer resistencia a mi enemigo. De aquellas lecturas me han quedado grabados los funerales eléctricos, el desapego material, los tigres que se cabalgan, las ganas adolescentes que a veces deja un estribillo de tirar al mundo de una patada.

En Culiacán, que yo supiera, solo existía una librería, la México. Actualmente son tres o cuatro. Un día cruzaba por el centro y sin quererlo pasé frente a ella. Pensé: voy a entrar, echando un vistazo sobre mi hombro por si alguien me vigilaba. Yo, un roquero, ¿entrando en un lugar así? Pues ya ni modo, me dije. Ya estoy aquí. Confieso que elegí La Ilíada porque costaba quince pesos. Hasta la fecha, ha sido una de mis mejores inversiones. Tardé dos o tres meses en acabar de leerla. Andaba en las nubes. Ahora mismo lo menciono y recuerdo que pensaba: chale, por qué nací en Culiacán y no en la antigua Troya; o en Ftía, donde nació Aquiles, pasándome el fundamento mitológico por el arco del triunfo. De La Odisea me gustaron los monstruos y los dioses, pero la neta, pensaba entonces, la neta como que le faltan más espadazos y sangre.

Con La Ilíada descubrí que la violencia podía tener nombre y belleza. Ya estando en la prepa, aconteció que un par de compañeros venían a presumir sus discos de El Matón del Norte. Señalaban una portada en especial. En ella un ranchero levantaba dos rifles Kalashnikov chapados en oro. Estos son hombres, decían. Y yo, solo por discutir: ¿hombres?; cómo se ve que no conocen ustedes al pélida Aquiles. ¿A quién? O al prudente Néstor, o a los hermanos Atrida, Agamenón y Menelao; o a Ayax, el Telamonio, que descuella entre los aqueos de hermosas grebas por ser el único que entra en batalla blandiendo un gigantesco mazo; o a Héctor, o a Eneas, o a Ulises, o ya de perdida al inútil de Paris.

La belleza y la violencia son las bronceadas falanges de mirmidones, erizadas de lanzas y escudos. La belleza y la violencia se encarnan en aquella escena donde, durante su batalla singular, Menelao aferra a Paris por las crines del casco y lo arrastra para arrojarlo a sus compañeros, presa de perros, pasto de aves, pero en el último segundo Afrodita interviene y el casco llega vacío a los pies de los aqueos. Y hay que mencionar esa otra donde Aquiles depone la cólera, o cuando los dioses entran al refuego; la muerte de Héctor, la humillación del cadáver. En fin, el conteo de estos cuadros no tiene límites.

Para continuar con la saga de la violencia, el tercer libro que leí fue El Anticristo, de Nietzsche, elegido sin duda por el título, y apreciado posteriormente por los hiperbóreos y el superhombre. Así habló Zaratustra, El crepúsculo de los ídolos y Ecce homo le siguieron. No sé, en realidad, cuál era mi juicio para procesar estas lecturas. Subtítulos como Por qué soy tan inteligente, o Por qué escribo libros tan buenos, me resultaban motivo de risa; minutos después, sin embargo, me hallaba concentrado en el contenido, leyendo aparentemente como una persona seria.

Después vinieron Wells, Stevenson, Mary Shelley, Mark Twain, Lewis Carroll, Conan Doyle y Antoine de Saint-Exupéry. De este, El Principito no me decía gran cosa, en cambio Tierra de los hombres —el momento en que, luego de varios días de haber estrellado su avión en un desierto insalvable, deshidratado, Antoine ve en el horizonte al beduino de Libia semejante a un dios, gran señor que tienes el poder de dar de beber— echó raíces y dudo que alguna vez pueda arrancármelo. No obstante, exceptuando el del último título, ninguno de los autores enlistados ha permanecido tan arraigado en mi pensamiento como Herman Melville con su ballena blanca.

A poco más de doscientos kilómetros al sur de la capital de Sinaloa, el puerto de Mazatlán es un oasis; sales de Culiacán y en menos de tres horas ya estás en algún bar frente al Pacífico, con una cerveza en la mano y respirando el aire fresco que se mueve a lo largo de la costa. Allí, en el Centro Histórico, hay un hotel llamado The Melville Suites; en su fachada, una placa en la pared, que dice: “Herman Melville en Mazatlán, 1844, Marzo 28-Abril 16”. Y se anexa un fragmento del penúltimo párrafo del capítulo uno de Moby Dick: “En cuanto a mí, estoy atormentado con una imperecedera comezón por las cosas remotas. Amo navegar mares prohibidos, y hacer tierra en costas bárbaras”. No puedo explicar la emoción que sentí al toparme con esa placa. Miré el suelo bajo mis pies, y pensé: en 1844, hace ciento setenta años, Melville tenía veinticinco, estuvo parado aquí, donde yo estoy ahora, recorrió estas calles, enlodadas entonces, miró esta playa, idéntica, respiró este mismo viento, como yo lo hago en este preciso instante. Por algún motivo, cuando leo esta novela de Melville me parece estar leyendo el libro de un amigo, me queda la clara sensación de que nos conocemos.

Uno de los escritores con quien he tenido el privilegio de trabajar es Élmer Mendoza. Todos sus libros, al final, llevan la misma rúbrica: junto a la fecha las palabras Latebra Joyce. Nunca me atreví a preguntarle qué significaba. Lo descubrí por mera casualidad leyendo una entrevista y, a partir de ahí, me hice la pregunta de por qué un escritor como él haría un homenaje así a James Joyce. Tiempo después me he convencido de que en las novelas de Élmer Mendoza es posible ver una apropiación ejercida sobre el dublinés. Con esta introducción llego a la temible lectura de Ulises.

La primera vez que el Ulises me derrotó mi reacción fue francamente penosa, despotricando contra el libro y contra su mundo; nada se le podía entender y, además, empeoraba a medida que iba avanzando. Lo abandoné. La segunda vez que me derrotó me sentí frustrado; había empezado a entrever cosas que me interesaban pero algo, mi corto entendimiento quizá, no me dejaba llegar a ellas. Volví a abandonarlo. Pasaron meses. El libro de James Joyce era una pesada sombra que se agazapaba encima de la mesa. Un día, como no queriendo la cosa, releí un párrafo que me había parecido absurdamente complicado, y de pronto me abordó la risa: me sentí feliz no solo porque había entendido, sino porque de alguna forma las páginas parecieron dispuestas a ser leídas y disfrutadas. En ese momento hicimos las paces. Comencé a leer.

Ahora me doy cuenta de que, en una medida considerable, gracias a la leyenda en torno a su dificultad yo había llegado a este libro como un gato con el lomo crispado. Creo que Ulises no es un reto a la inteligencia sino a la imaginación. Muchas veces no se trata de descifrar qué quiere decir el autor con tal o cual cosa, sino lo que eso significa para uno. Se dice que es una novela cómica, y aunque no me lo acabo de creer, más vale reír cuando Joyce se pone demasiado oscuro, pensar que nos está tomando el pelo a todos. Disfruto cuando Ricardo Piglia escribe que él es el hombre que vence todos los obstáculos. Otro artificio que ayuda es releer antes La Odisea, y ponerle título a los capítulos es indispensable.

Recuerdo la escena donde el señor Bloom está observando los movimientos mecánicos de una prensa y, un tanto enajenado, imita su sonido con una suerte de onomatopeya: sllt. Alguien me dijo que no era eso, sino una abreviación en alguna lengua arcaica. Para mí es una onomatopeya, y punto. Dice así: “Sllt. La plancha más baja de la primera máquina empujó hacia adelante su sacapliegos con sllt el primer lote de periódicos doblados. Sllt. Casi humana la forma en que sllt para llamar la atención. Haciendo su mejor esfuerzo por hablar. Esa puerta también sllt crujiendo, pidiendo que la cierren. Todas las cosas hablan a su manera. Sllt”. Con la misma genialidad, innumerables partes de esta novela tienen la capacidad de aferrarse a la memoria.

________________

EMILIO PÉREZ LÓPEZ (Culiacán, 1986) estudió ingeniería en el Tecnológico de Culiacán. Sus cuentos han aparecido en las revistas Literal y Akaes. En 2008 recibió la Beca al lector, que otorga el Instituto Sinaloense de Cultura. Actualmente trabaja proyectos de novela y es becario de la f,l,m.

Una respuesta para “Anotaciones del norte y una ruta lectora
  1. Irving dice:

    Me gustó, no entendí mucho de lo que decías, pero la verdad me quedé atrapado con la narración. ¡Sigue así y mucho éxito!

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