Monday, 10 December 2018
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Carta de un lector incrédulo
Becarios De La Fundación Para Las Letras Mexicanas | Cultura | Este País | Jonathan Rico Alonso | 01.06.2015 | 0 Comentarios

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Mi muy estimado amigo:

Poco tiempo ha leí en un periódico capitalino un artículo titulado: “Minucias de la ardua empresa de editar obras literarias en pos de libros limpiados de erratas, galimatías y palabras ajenas al original, escrito por el padre Juan Ruiz Pulcrato de Rivadeneyra”. El detallado título, que ocupaba no menos de cuatro dedos de la hoja del periódico, alentóme a una buena lectura por la tarde. Llegado el sábado 15, día de nuestra patrona Santa Teresa, dispúseme en mi pensil de Tacuba a los placeres mentados.

Monseñor Pulcrato avisó que el ínclito editor español, Eugenio Hartzenbusch, cotejó por primera vez las lecciones de las tres versiones madrileñas del Quijote para su edición. Empero, sin desfavorecer su estudio crítico y su labor filológica, le reescribió la novela a Cervantes con infinidad de enmiendas, correcciones y 1633 notas; “bien se puede llamar el Quijote de Hartzenbusch y no de Cervantes”. Querrá usted, amigo mío, calificarme de falso compasivo por dolerme de la situación de Hartzenbusch, pero ¡pobre hombre! Los estudiosos no han cesado en su batalla contra “los correctistas”.

No seré yo, mi muy amigo, quien os dijere primicias o verdades sobre esa novelilla famosa de un tal Rulfo. Mas os contaré que el artículo del cura trajo a mis mientes el inicio de un relato que encontré en una gacetilla en mis años mozos. El principio de la historia dice así: “Fui a Tuxcacuexco porque me dijeron que allá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Quedóse anonadada mi madre, así como seguramente usted se tornó, al escuchar ese par de líneas. Ipso facto, dispúseme a recorrer cada uno de los libreros de mi biblioteca en busca de la roman de Rulfo y de la gacetilla. Cotejélos y vi no únicamente la susodicha diferencia, sino decenas de ellas: inserciones, supresiones y cambios de adjetivos, pronombres, verbos y oraciones. En especial de adjetivos, amigo mío. Le diré también que me alegra mucho ver que al autor permutó “Tuxcacuexco” por “Comala”. ¡Qué cambio tan bien logrado! ¿Se imagina usted tratar de pronunciar ese topónimo? Sucedería lo mismo que con muchas palabras rusas: Vyacheslav Semiónov, por ejemplo. Aquéllas que nos saltamos al leer algún cuento, alguna novela. Lamentablemente, al suprimir “Tuxcacuexco” se perdió su poético significado —joyel—, pero bueno, todo sea en pro de la universalidad.

Tengo conocimiento de que las modificaciones hechas a la novela de Rulfo son del propio autor. Acerca de esto contóme un acucioso zagal que trabaja en el taller donde se imprimió la novela. Escuchó lo siguiente: “Ni Alí Chumacero ni Juan José Arreola ni Antonio Alatorre ni nadie ‘ayudó’ a Rulfo a escribir y ‘ordenar’ Pedro Páramo”. Alabo y doy vítores a la pluma del escritor por su genio. No obstante, pienso que en el taller conoció muy bien a esos tres honrados caballeros. Es probable, sí, que en espera de entregar a las bellas letras nacionales un buen texto, aquellos hayan consentido en emitir opiniones y sugerencias que Rulfo aceptó. Pues, cuando un escritor ha trabajado mucho en su texto, sus ojos, manos y mente están fatigados, viciados, ya no pueden generar nuevas ideas, solo aliteraciones.

Antes de proseguir, amigo mío, quiero advertiros que el padre Juan Ruiz Pulcrato de Rivadeneyra pidió que se le disculpase por la falta a las buenas costumbres que se hacía en las líneas subsecuentes. ¿Cuántas veces no hemos ido al Teatro Principal o al Gran Teatro Nacional a ver la comedia A ninguna de las tres, del dramaturgo mexicano Fernando Calderón? Con los abundantes gracejos a alusiones de la vida cotidiana nos hemos reído constantemente. Ahora podemos seguir disfrutando de esta pieza maravillosa en la comodidad de nuestros hogares con la nueva edición que vio la luz en la Imprenta de Victoriano Agüeros. ¡Ah, pero debéis tener cuidado, señoritas lectoras! Pues en el acto ii, escena iv, el personaje de don Carlos sutilmente se acerca a Leonor para decirle: “Perdí mi alma al miarla”, en lugar de “Perdí mi calma al mirarla”. El editor no percatóse a tiempo de estas dos erratas y salieron rápidamente de las planchas de la Imprenta de Agüeros más de cien ejemplares.

Otro de los asuntos que abordó discretamente el articulista fue la enemistad entre los señores Ciro B. Ceballos y José Juan Tablada. Recordemos, muy querido amigo, que el primero publicó hace un lustro una semblanza sobre Ruelas, pupilo de Tablada. En ella se decía que: “Había sido condiscípulo de Tablada en la escuela militar”. Don Ceballos dio a la prensa la actualización de aquel retrato literario junto con los de Delgado, Frías, Ferrel y Valenzuela. En esta nueva versión se lee: “Había sido condiscípulo de un mal poeta en la escuela militar”. La respuesta del autor de “Misa negra” nunca llegó. Unos dicen que no pudo leer la nueva semblanza, porque días antes de que esta se diera a conocer, salió de México. Otros, los léperos y lagartijos, arguyen que el señor haiku se entregó a los brazos del hada verde toda una semana, por lo que no tuvo noticia del texto del señor Ceballos.

Aquí termina el excelente artículo de monseñor Pulcrato. He tenido a bien sus ejemplos y entrelíneas. Así mismo, ayudóme a ser menos crédulo en mis visitas a las librerías de Madero y de Bouret. Verbi gratia, la semana pasada fui con Don Expurgario, que, como bien sabe, amigo mío, es el dueño de la librería Madero. Mostróme infinidad de ediciones de la novela bucólica Dafnis y Cloe, de Longo de Lesbos. En mis adentros, debido al apellido Lesbos, resonó el nombre de una prima mía, de carnes recias, mujer rolliza, llamada Heracliana Safiana. Pero bueno, estoy alejándome del tema principal. Como escribíale, Don Expurgario convencióme de revisar minuciosamente la edición preparada por Juanito Valera, como cariñosamente le menta el propio Don Expurgario. Con atención leí y releí el siguiente fragmento de su aviso editorial, que me permito citar:

Una gran contra, fuerza es confesarlo, tiene, por cierto, Dafnis y Cloe: el realismo de sus escenas amorosas, y la libertad, que raya en licencia, con que algunas están escritas; pero sirva de disculpa que lo que en Dafnis y Cloe pueda tildarse de licencioso no es en el fondo perverso, y si algo de esto último hay en el original, lo hemos cambiado o suprimido.

Con mohines que expresaban duda, mi rostro se fue pintando. Reiteraba una y otra vez la frase: “Pero sirva de disculpa que lo que en Dafnis y Cloe pueda tildarse de licencioso no es en el fondo perverso, y si algo de esto último hay en el original, lo hemos cambiado o suprimido”. Segundos después, me cuestioné a mí mismo: ¿Por qué el autor de Pepita Jiménez se vio en la necesidad de llevar a cabo supresiones y mutilaciones?

Al llegar a mi casa, cogí el original de la novela y lo confronté con la traducción y edición del señor Juanito Valera. He de decirle, mi muy querido amigo, que en la versión original, Gnatón, un filibustero, es quien acosa a Dafnis, el gallardo y galante pastor, mas en la traducción de Valera es a Cloe:1

Gnatón, por el contrario, no hallaba placer sino en la comida y en beber hasta emborracharse: era como un sumidero, todo gula, y todo lascivia y pereza. Así fue que no quiso ir a cazar con Astilo, y para entretener el tiempo, bajó hacia la playa donde se encontró a Dafnis guardando su ganado. Junto a Dafnis estaba Cloe, hermosa como nunca. La vio Gnatón, y quedó al punto prendado de ella. Pensó que en la ciudad no había visto jamás más linda moza. Dafnis, a quien apenas apuntaba el bozo, y que parecía más niño y más dulce aún de lo que era, no infundió el menor respeto al parásito. Y como la zagala era sencilla y humilde, juzgó fácil empresa deslumbrarla y lograrla.

Despídome, querido amigo, en espera de su epístola, en la que me diga que, al igual que sucedióme, Dafnis y Cloe hállase convertido en su libro de cabecera como tantos otros: Tres novelas inmorales (1898), de Enrique Gómez Carrillo; El ángel de Sodoma (1928), de Alfonso Hernández Cata; Hombres sin mujer (1938), de Carlos Montenegro, entre otros.  ~

1 Jaume Riera i Sans, Sodomites catalans: Història i vida (segles xiii-xviii), Base, Barcelona, 2014.

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