Wednesday, 20 March 2019
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Cuentas de vidrio
Becarios De La Fundación Para Las Letras Mexicanas | Cultura | Este País | Noel René Cisneros | 01.05.2015 | 0 Comentarios

BC-CANTO-VI

Medellín, Extremadura, 1547

Don Hernando, si es que puede dársele el apelativo de señor al saco de huesos que se inflaba y desinflaba dificultosamente con cada respirar, estaba muriendo. Martín, hijo del agónico, esperó, entre el ansia y la tristeza, el final de su padre; tenía la esperanza, ingenuo, de que la muerte le hubiese revelado alguna renta o alguna tierra que el anciano hidalgo guardaba celosamente. Nadie echó de menos al viejo bachiller que había estudiado en Salamanca.

Quod Natura non dat, Salamanca non praestat. Se burlaban a espaldas de Hernando cuando los años que llevaba a cuestas lo doblegaban y no lograba algo de provecho. El bachiller seguía su andar por los callejones, esquivando a los niños que juegan en las calles de todos los pueblos y respondiendo a los saludos de la gente; fuera como fuera aún era un hijodalgo.

Y el hombre pensaba en otras tierras.

Cortés, que también este nombre tenía, gustaba de pasar las horas del sopor leyendo, ya no podía hacerlo en las noches porque su vista, como todo su cuerpo, estaba fatigada.

Ponía su mano diestra sobre su enorme mentón, con la siniestra hojeaba el libro. El Amadís de Gaula era el más gastado, además de Los viajes de Marco Polo. También consumía sus tardes en la lectura de Las sergas de Esplandián.

En su juventud soñó con aventurarse en tierras extrañas. Conocer los dominios del Khan de Catay, cabalgar por sus estepas, tocar el oro de las islas de Saipón. Al menos, pensaba, embarcarse en una nueva cruzada hacia el sur, allende el mar, en tierra de los moros; ya ni siquiera había un reino morisco contra el cual luchar, eso había pasado tiempo atrás, en días de Isabel y Fernando.

Su único acercamiento a las armas fue cuando buscó enrolarse bajo las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba para luchar en las campañas de Italia. No lo consiguió y se resignó a terminar sus estudios en la ciudad del Tormes.

El mar de los sargazos, octubre de 1492

Pasan el lazo por el cuello del almirante. Los prisioneros metidos a marineros, que temen a la muerte tanto como al abismo que los espera si siguen su camino hacia el ocaso, prefirieron cebar su propia muerte con la vida del genovés loco que los embarcó.

Quieren muerto a Cristóbal. Gritan. Aúllan. Dios, de nos apiádate, miserere, miserere nobis. Piden y ofrecerán la vida del loco para acercarse a la mano del Señor.

Han pasado casi dos meses desde que abandonaron tierra firme, detrás de ellos, allá en el Oriente, quedaron el puerto de Palos, también atrás quedaron las conquistadas islas Canarias. Los víveres se agotan y el mar se extiende delante suyo. Temen.

Por las noches fingen no escuchar, aunque aguzan el oído. Las voces del mar, las sirenas, quizá, suponen, o monstruos aún peores y terribles: un dragón blanco con cuerno de unicornio, una isla que es un pez, las serpientes y el hambre del maligno que quiere cobrar sus almas.

Cristóbal les habla en su jerigonza, ni castellano ni portugués ni genovés. Ya no obedecen, tampoco se doblegan con sus ruegos, sus súplicas en honor a la Virgen, Nuestra Señora. Menos creen cuando implora en nombre de Santiago Matamoros. Ese hombre que tiembla, un zorro frente a los sabuesos no temblaría más, les ha prometido riquezas, palacios de oro, tierras incontables, conquistas y sueños que su mente abonada en las prisiones de Sevilla y de Granada dejó crecer, por eso creyeron en él, por eso lo escucharon y se dejaron guiar hacia el Oeste.

La descripción de los reinos que Marco Polo vio en el Oriente, a los que van, completa locura, por el Occidente, ya no sirven de nada. Ya no tranquilizan el temor nocturno el brillo de aquellas cúpulas de oro, de aquellos palacios cubiertos de jaspes y esmeraldas, ya no producen un sueño tranquilo. Ya ni siquiera Colón las invoca.

Los hombres braman como solo pueden bramar cuando sienten que derramarán sangre. Colón los ve, su mirada a nadie conmueve. Ve, también, el cielo azul y el mar de los sargazos que sigue hacia allá, al Occidente. Esperen un poco, tengan fe. Les suplica, mientras su cuello es adornado con un collar hecho con una soga. Pronto lo colgarán del mástil.

Medellín, Extremadura, 1547

Hernando se lamentaba de su suerte. La calma de la agonía, los instantes de lucidez que tenemos antes del último instante, se le presentaron con las memorias de sus insatisfacciones. Ni siquiera fui capaz de brindar un ajuar a mi hija. Se lamentó, mientras veía a Isabel a los pies de su cama. Ya no tenía voz para articular palabra, los vidrios que eran sus ojos aún querían comunicarse. Lamento, hija, mis faltas, por mí te deshonraste, pensaba mientras veía las cuentas de vidrio que traía como gargantilla, ese fue el único ajuar que Cortés pudo ofrecerle.

Martín ve, en la miserable mirada de su padre, confirmados sus temores. Lo que posee no es más de lo que ya sabe. De lo que el hijo ha ido malbaratando en mujeres, en vino y sueños vanos.

Al menos tú viviste, piensa Cortés cuando ve a los ojos a su hijo. Esa mirada es la que más recordará Martín de su padre. Cuando él muera, en una horca de Sevilla, la última imagen que verá serán aquellos ojos, esa mirada que se apagaba, esos ojos de viejo casi muerto, ese cuerpo inmóvil, débil.

El mar de los sargazos, octubre de 1492

Levantan la soga, como si levantaran la pesada ancla, para abandonar un mal puerto. Todos los tripulantes de la Santa María aúllan, mientras ven a su almirante retorcerse y tratar de tomar aire. Él quiere gritar.

Se arquea, sus manos no le sirven de nada atadas a su espalda. Esperen por favor, suéltenme, gorgorea sin que nadie pueda entenderle. Esperen. Regresaremos.

Ya giran el timón. Quieren regresar, escapar de la muerte, del abismo, del maligno.

Cristóbal Colón da los últimos estertores. Ha encontrado el abismo que le vaticinaban en el Occidente. No sabe que a unas leguas está una isla: allá queda la tierra que no salvará a nadie.

Las carabelas regresan, vuelven al Oriente donde nunca alcanzarán puerto, las tormentas del mar Océano, tifones como nunca han visto, devorarán los navíos que las joyas de una reina costearon.

Medellín, Extremadura, 1547

Martín, Isabel y su esposo sepultaron a su padre sin mucha ceremonia. Tuvo, como fue su voluntad, una misa en la iglesia de la Inmaculada Concepción, a la que asistió poca gente. En vida ni siquiera pudo tener la satisfacción de perseguir la herejía, en su pueblo los judíos conversos habían huido hacía mucho tiempo y los moros preferían otros lugares.

Dejan el pequeño cuerpo de Hernando Cortés en su tumba, pronto lo olvidarán. Años más tarde, quizás aún siga ahí la lápida, pero nadie recordará quién fue ese hidalgo, o qué fue lo que hizo.

Sevilla, junio de 1493

Juan de Torquemada sale del oscuro cuarto, ondeando sus negros hábitos de dominico. La reina no se ha atrevido a confesarle su temor, la codicia que siente por todas sus joyas, ya perdidas en el proyecto del genovés. En mal hora, piensa, le escuché. Fuera de sus habitaciones, su consejero, el cardenal Cisneros la espera. Ella, consciente de sus regias responsabilidades pide a su dama la atavíe, en lugar de sus perlas, sus esmeraldas, rubíes y jaspes, con cuentas de vidrio.

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NOEL RENÉ CISNEROS (Cuauhtémoc, Chihuahua) estudió Historia en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa. Becario del FONCA Jóvenes Creadores en la categoría de cuento en el periodo 2010-2011.

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