Friday, 22 March 2019
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Dimitrios pörtrat
Cultura | Este País | Mirador | Alexander Ganem | 01.04.2015 | 0 Comentarios

Michel Schultheiss (Suiza), Dimitrios pörtrat.

Su nombre es Dimitrios y se le puede ver todos los días en la estación de trenes de Basilea, en Suiza. Cualquiera diría que pierde el tiempo, pero en realidad labora sigilosamente. Trabaja para una organización ficticia: la “Casa de las Culturas Europeas”, cuyo objetivo expreso es resguardar la integridad de las mujeres dentro de los dominios del universo de la mítica sociedad civil. La exitosa organización cuenta con miles de afiliadas. Dimitrios tiene la responsabilidad de revisar los currículums de las interesadas en adherirse a la causa, mientras vigila y se mantiene atento ante la amenaza de espías y grupos hostiles.

De origen ruso y griego, con su porte elegante, el sombrero bien llevado y una maleta donde carga consigo las escasas pertenencias de un ciudadano del mundo que habita en el desdoblado núcleo de lo real, Dimitrios trae consigo su acostumbrado café matinal, que pacientemente abandona a la fría inclemencia de las horas. En verdad, lo inesperado emana de la fotografía de este hombre ilustre. Inventor de un vértigo propio que, sin embargo, refleja la sublimación idólatra del mundo al revés que es el signo de nuestros tiempos. La de Dimitrios es una imagen a la vez impasible y solemne, pero es también una imagen que contiene lo nuevo, perpetradora de la sustancia de un nuevo pasado inconocido. Resulta difícil entender la manera en que esta imagen se adhiere a un espíritu foráneo que desconoce su proceso de creación, es decir, su mismo acontecer en cuanto fenómeno poético en el mundo de la vida.

Aunque el pasado como contenido explícito, descriptivo, de lo ya acontecido, no está presente en la imagen, se encuentra, en cambio, en forma múltiple como densidad poética que arraiga inmediatamente en quien la mira. Permanece en la temporalidad filosófica de la imagen. Se puede pensar entonces en alargar los límites ahí en el umbral de un tiempo remoto que se tensa hacia lo incuantificable, expresión de una poesía súbita hecha de luz de la calle y rematada con la elegancia terrena del sombrerillo que adorna la cabeza de Dimitrios. El espectador puede imaginarlo revisando los currículums mientras, vigilante y sagaz, percibe el ensueño desquiciado de cualquier posible agente o antagonista merodeando al acecho.

El traje de sólido gris, el pequeño bigote cuidadosamente recortado, el sombrero ajado y algo que parece ser una lamparita oportuna para cazar enemigos que se ocultan en el negro anonimato de una atronadora barbarie; a pesar de estos detalles, la fotografía no parece tener la pretensión de captar artificialmente esencia monológica alguna (no renuncia al heterogéneo aparecer de los fenómenos), ni tampoco parece querer edificar un monumento a la verbosidad innecesaria de algún barroquismo visual. En cambio, se trata de un sutil retrato cuyo tema sea quizás, en el camino de una ontología vital, el sentido común. Este sentido común está ligado al nacimiento de un lenguaje que es precedido, siempre, por la imagen, imagen del alma en este caso, de un alma apasionada y aletargada por un Real tan consistente como el de las socarronas convenciones del mundanal ruido corriente, pero, quizá, menos alienado y más rico en sugerencias imaginativas.

En el retrato no hay una alabanza explícita y desmesurada al sujeto fotografiado ni a su supuesta locura; en cambio, hay una suerte de reconocimiento a la densa y enigmática estampa del personaje. A pesar de la aparente indiferencia de Dimitrios, la intención de una perlocución existencial dirigida a la cámara ha querido rezumar entre las luces y opacidades de la imagen. En el rostro del fotografiado no se aprecia pleitesía gratuita al artificio fotográfico, los instantes no se fabrican, no se monumentalizan; el rostro del retratado expresa una forma de simpatía vital que está del lado de la vida cotidiana en su transcurrir contradictorio, más allá de los fuegos maquínicos del presente tecnificado.

Hay un verso dominante en el retrato, el instante fotográfico se parapeta firmemente con su solidez ante la pátina enceguecida de esa metafísica lineal tan común en nuestros días, aquella que, vuelta lapidario discurso sobre la objetividad, engloba las cuantificaciones abstractas de una economía de las imágenes que rompe las relaciones entre las ideas y sus referentes materiales, más no en el sentido en que el simbolismo lo quería, sino en el de descoyuntar la dialéctica mente/mundo suplantándola con la fantasía de una parodia matematizada.

Si bien es cierto que el de la fotografía puede verse como un arte cuyo centro se encuentra en un reposo natural e insuperable, que no sufre los tremendos arrobamientos de la pintura o la música, también es igualmente cierto que en los trabajos de la cámara lúcida hay fuerzas que no circulan por los caminos de los saberes contenidos en el logos hibridizado y automatizado. De aquí la fortaleza inasible de la dialéctica vital entre alma e intención que produce la experiencia en la cual, a través de la fotografía, el alma nombra su propia presencia ante los otros.

El arte intermedio de la fotografía bien enseña sobre la necesidad de reintroducir la experiencia de los sujetos en la noción de objetividad, pues rompe con el mononominalismo abstracto típico del discurso actual y de sus abusivas formalizaciones. La fotografía enseña, en este sentido, que ningún proyecto relativo al viaje antropológico a la semilla debe ser nunca abandonado al claustro de las ciencias positivistas, sino que sus materiales más vitales, más actuales, nacen de los accidentes múltiples que se suceden en el entrecruzamiento de campos que hace la prolijidad de lo real.

Mientras tanto, parece plausible detenerse para seguir apreciando la disolución de demarcaciones que se prolonga más allá y desde el sueño lúcido de Dimitrios, visible en su mirar de niño melancólico, tras el cual se avizora un ánima que murmura un crisol de sentidos a la imaginación fotográfica.

_________________________

ALEXANDER GANEM (Ciudad de México, 1983) es licenciado en Estudios Latinoamericanos y especialista en Historia del Pensamiento Económico (UNAM). Entre otras actividades, impulsa actualmente el proyecto de arte conceptual “Encuentros cercanos del tercermundo”.

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