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El camino a Damasco y el efecto mariposa
Este País | Alejandro Lerch Huacuja | 01.06.2015 | 0 Comentarios

©iStockphoto.com/luna47

La intervención de Estados Unidos en Medio Oriente, con frecuencia brutal e injustificada, no es un factor menor en la aparición y la expansión del Estado Islámico. El autor de este artículo revisa la historia de los últimos 20 años para explicar el origen de este régimen terrorista.

En el documental El poder de las pesadillas, Adam Curtis dibuja una línea entre el neoconservadurismo estadounidense y el pensamiento político de Leo Strauss. De acuerdo con Curtis, Strauss entendía el individualismo de los años sesenta como una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. Los valores asociados a las protestas contra la guerra de Vietnam parecían contener el germen de un nihilismo hostil a la esencia suburbana y conservadora del American way of life. Según Strauss, el Estado americano debía neutralizar este peligro mediante la creación y socialización de nuevas narrativas que trasladaran al individuo de vuelta a la comunidad. No importaba que las narrativas fueran lecturas equivocadas del mundo o de la historia: lo que importaba era su capacidad para socializar valores afines a los objetivos del Estado. Sentado en la primera fila del salón de clases, uno de los estudiantes más destacados de Leo Strauss, un chico llamado Paul Wolfowitz, asentía con la cabeza y tomaba nota de los dichos de su profesor.

Después de volar alto por todas las administraciones republicanas desde Gerald Ford, Wolfowitz ocupó en el año 2000 la segunda posición en el Departamento de Defensa. Habían pasado 10 años desde la caída de la Unión Soviética. Siguiendo a su profesor de Chicago, Wolfowitz estaba convencido de que la sociedad estadounidense debía encontrar una nueva narrativa que alentara una visión unipolar del mundo y del papel destacado que Estados Unidos debía desempeñar en él. El 11 de septiembre de 2001, el grupo político conocido como “Neoconservador”, integrado por Wolfowitz, Cheney, Rumsfeld, Bolton, Perle y Pipes, encontró en los cielos de Manhattan la poderosa narrativa que había estado buscando.

La espectacularidad del terrorismo islámico ideado por Khalid Sheikh Mohammed (mucho más que Bin Laden, el verdadero cerebro detrás del 11 de septiembre) permitía tres cosas fundamentales para el programa neoconservador: primero, alentaba el resurgimiento de un nacionalismo apto para la movilización para la guerra (“United we stand, divided we fall”). Segundo, servía para justificar intervenciones militares en regiones estratégicas para los intereses de Estados Unidos (especialmente en el mundo árabe). Tercero, establecía un régimen mucho más extendido de vigilancia y supervisión doméstica mediante la aprobación de la Patriot Act y los enormes poderes conferidos (en secreto) a la National Security Agency mediante un simple decreto presidencial (NSA Warrantless Surveillance Executive Order).

La invasión de Iraq en 2003 marca el comienzo de uno de los mayores fracasos en la historia militar de Estados Unidos: un golpe terrible para un Goliat que redescubrió su incapacidad para enfrentar con éxito amenazas asimétricas. En términos económicos, la guerra fue un desastre sin precedentes: su costo, de alrededor de un trillón de dólares, equivale al producto interno bruto de un país como México. En cuanto al tema energético, la explotación de crudo en Iraq solo pudo incrementarse 5% en relación a los niveles de 2003. A pesar de que muchos observadores pensaron que la guerra era simplemente un medio para controlar la riqueza energética de Iraq, en su mejor momento el país apenas alcanzó a generar 3.5% de la producción mundial de petróleo, un porcentaje similar al de productores de segundo o tercer nivel tales como México.

Más que motivaciones frívolas para hacer dinero, la guerra en Iraq se comprende mejor atendiendo la biografía personal de aquellos cuya visión de Estados Unidos finalmente prevaleció en la mente de un presidente que, al comienzo de su administración, se ubicaba, de hecho, en el ala más liberal del Partido Republicano (entonces dominado por personajes del tipo de Newt Gingrich). La dura visión de los neoconservadores, forjada en los cuartos de guerra y situation rooms de la Guerra Fría, se caracterizó siempre por gravitar en torno a una política exterior marcadamente hostil. Era como si la concepción neoconservadora dependiera siempre de producir una narrativa conformada por dos únicos polos: bien y mal, capitalismo y socialismo, democracia y tiranía. Entender la biografía, ideas y propósitos de aquellos que llevaron la guerra a Iraq es precisamente lo que hace esa historia inteligible.

Team B fue un proyecto de la CIA, desarrollado en la administración de Gerald Ford, que buscaba valorar la amenaza que representaba la Unión Soviética a la seguridad nacional de Estados Unidos. Más concretamente, su objetivo era revisar las políticas de acercamiento y distensión hacia la Unión Soviética que caracterizaron la política de détente de Richard Nixon. Gestionado por el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, así como por Paul Wolfowitz y Richard Pipes, Team B sorprendió a la opinión pública estadounidense afirmando que Nixon había subestimado enormemente el poderío de los soviéticos. La realidad, decía Team B, era que la Unión Soviética había violado los acuerdos con Kissinger y expandido en secreto su arsenal nuclear. Esta sobrerrepresentación de la amenaza soviética (calificada por la propia CIA como “una ficción total”) fue la base que legitimó la subsecuente expansión armamentista que llevó a cabo Ronald Reagan, tensando nuevamente al máximo la relación con los soviéticos.

De forma similar, ya por 1998, Rumsfeld encabezó la Comisión para Valorar la Amenaza de Misiles Balísticos a los Estados Unidos (también conocida como Rumsfeld Commission). Esta comisión concluyó que la amenaza de misiles balísticos representaba un peligro inmediato para la seguridad nacional del país, contrariando todos los reportes de inteligencia precedentes que estimaban que dicha amenaza solo lograría concretarse en un periodo de 10 a 20 años. La Comisión Rumsfeld llamó la atención sobre la importancia de crear un Sistema Nacional de Defensa Antimisil, básicamente apuntado hacia Rusia. De la misma manera, la comisión sería la responsable de acuñar el nombre de Eje del Mal para designar al grupo de países que supuestamente financiaban al terrorismo internacional y mantenían proyectos activos para desarrollar armas de destrucción masiva. Esta serie de antecedentes asociados al neoconservadurismo estadounidense forman parte de un patrón distorsionador que culmina con la sobrerrepresentación de los programas activos para el desarrollo de bombas de destrucción masiva del régimen de Saddam Hussein.

La principal falla de las teorías de la conspiración es asumir que los líderes del mundo jamás se equivocan. Según los conspiracioncitas, las guerras son siempre parte de un plan maestro que busca afianzar el poder y dinero de un pequeño grupo de caballeros que beben coñac y fuman habanos en alguna mansión en The Hamptons. Las cosas, piensan los conspiracioncitas, nunca le salen mal a esa élite. Antes bien, los hechos siempre la benefician de formas que la gente común simplemente no conoce. La realidad, sin embargo, es que los individuos que integran cualquier “élite” son personas de carne y hueso con información imperfecta e incapacidad para predecir las amplias ramificaciones que pueden tener sus decisiones: el efecto mariposa. En el camino que condujo a la invasión de Iraq, el ala neoconservadora de la administración de Bush buscaba posicionar su visión de Estados Unidos mediante una serie de conflictos que comenzaban (pero que de ninguna manera se agotaban) con el derrocamiento de Saddam Hussein. En momentos donde el prospecto de invadir Iraq dividía fuertemente al propio gabinete, Rumsfeld y Cheney optaron por abaratarle el costo de la guerra al presidente. Esa apresurada rebaja escondía, sin embargo, un error logístico que conduciría eventualmente al descarrilamiento del proyecto neoconservador. Se trataba de un error de números.

De acuerdo con los cálculos originales del propio Rumsfeld, el ejército de Hussein no representaba un problema y podía ser vencido con una fuerza de alrededor de 80 mil soldados. Probablemente era cierto. No obstante, expertos en el Pentágono (como el general Gregory Newbold, director de Operaciones del Estado Mayor Conjunto) aseguraban que la fuerza requerida para ocupar Iraq era de 500 mil efectivos. Los neoconservadores, que se inclinaban por una transición suave tras el derrocamiento de Saddam, prometieron al presidente una guerra que duraría “probablemente semanas, no meses”. El número de soldados para la invasión fue finalmente fijado en 150 mil; un extraño arreglo que, por un lado, predeterminaba al ejército invasor a trascender una misión de simple derrocamiento pero que, por el otro, carecía de la fuerza necesaria para garantizar la seguridad del país y evitar una guerra civil. Tiempo después, Bush se percató del error. Sin embargo, el envío de 20 mil soldados adicionales en 2007 no sería ni lejanamente suficiente para ocupar los gigantescos vacíos de poder surgidos tras el derrocamiento de Hussein. Desatados al máximo los demonios confesionales, Iraq se convirtió en un sangriento campo de batalla entre sunitas y chiitas. De acuerdo con la Agencia de la ONU para los Refugiados, 1.9 millones de personas fueron desplazadas internamente como consecuencia de la guerra, 2 millones huyeron a otros países y 120 mil civiles perdieron la vida. La relación entre Bush y Cheney se fue enfriando hasta llegar al distanciamiento. Rumsfeld fue sustituido por Robert Gates, el secretario responsable de tocar con su trompeta la llamada bugle call. En efecto, el gran sueño neoconservador había terminado. El ciclón de arena en Medio Oriente, sin embargo, encontraba condiciones sociopolíticas ventajosas para su expansión.

El nuevo primer ministro de Iraq, Nouri al-Maliki (dedazo de Estados Unidos) pertenecía a la mayoría chiita del país. Los chiitas habían sido marginados durante décadas por el grupo sunita encabezado por Hussein, quien había logrado congelar los clivajes confesionales de Iraq gracias a un aparato de inteligencia bastante eficiente y brutal. Sin embargo, era claro que, en la ausencia de Saddam, cualquier entrepreneur de la política sectaria podía abrir fácilmente la caja de Pandora; bastaban unos cuantos ataques terroristas que grupos como Al Qaeda estaban más que dispuestos a proporcionar. Así, la salida de Estados Unidos de Iraq en 2012 dejó las manos libres a un resentido al-Maliki para aplicar su política de ajustamiento sectario contra la minoría sunita. El 18 de diciembre, al mismo tiempo (literalmente) que el último contingente de 500 soldados estadounidenses salía rumbo a Kuwait, al-Maliki ordenaba el arresto del cuerpo de seguridad de su vicepresidente chiita, Tariq al-Hashimi.

El ataque a al-Hashimi y su subsiguiente exilio marca el comienzo de una campaña de limpieza étnica en Iraq. Obama, negándose a sacrificar capital político en una guerra que aborrece, abandonó a los iraquíes a su propia suerte. En los siguientes dos meses, al-Maliki ordenó el arresto sin cargos y la detención indefinida de miles de sunitas. El ejército y la administración pública de Iraq fueron purgados y vueltos a purgar de cualquier indicio sunita. Antes de que acabara el año, al-Maliki ordenó el desalojo de un campo de protesta sunita en una carretera cerca de Kirkuk: se contaron cientos de cadáveres.

El conflicto entre sunitas y chiitas no solo se localizaba en Iraq; en la vecina Siria, el régimen del dictador Bashar
al-
Assad enfrentaba una insurgencia sunita en el Norte, muy cerca de su frontera con Iraq. Los vientos democráticos de la Primavera Árabe en Siria habían degenerado en un conflicto fuertemente confesional manipulado por las dos potencias de Medio Oriente: Irán, del lado del régimen, y Arabia Saudita, del lado de la insurgencia.

El apoyo en armas y dinero de Arabia Saudita privilegió desde el comienzo a los elementos más radicales de la insurgencia en Siria: salafistas, wahabbies, células de Al Qaeda, etcétera. La clara preferencia por los grupos más radicales fue mermando la posición de los elementos menos islamistas que conformaban a los rebeldes. En un ejercicio de autocrítica, Leon Panetta, entonces director de la CIA, confesó que la decisión del Gobierno de Obama de no apoyar y proveer armamento a las facciones más seculares de la resistencia en Siria alentó su completa yihadización. Las tormentas de polvo se acumulaban muy cerca del Iraq de al-Maliki.

Al Jazeera no es solo el nombre de la cadena de televisión de Qatar. “La isla” es también el nombre de una región que abarca el noroeste de Siria y el noreste de Iraq. Vista desde el espacio, Al Jazeera parece un lirio acuático que se resiste a ser devorado por el desierto. Este oasis forma parte del gigantesco vacío de poder creado por la guerra civil en Siria y el derrocamiento de Saddam Hussein en Iraq. Fue a través de esa región que elementos sunitas de ambos lados empezaron a converger en un solo grupo que después se haría llamar Estado Islámico, el cual se presentó ante los sunitas de Iraq como el único grupo capaz de presentar defensa a un ejército iraquí transformado básicamente en milicia chiita. El Estado Islámico fue integrado inicialmente por miembros de Al Qaeda en Iraq. AQI había sido prácticamente desaparecida gracias a la política de inclusión sunita llevada a cabo por el general David Petraeus en 2008. Sin embargo, el socio iraquí de Al Qaeda experimentó un gigantesco revival cuando al-Maliki decidió alimentar el incendio que comenzaba a devorar a Iraq. En cuestión de meses, el 90% de las tribus sunitas de la gigantesca provincia iraquí de Ambar (algo así como la tercera parte de la superficie de Iraq) saludó a su nuevo protector, Abu Bakr al-Baghdadi, antiguo prisionero de la temible prisión de Abu Ghraib. Su narrativa de cruzada contra los infieles comenzaba a extenderse entre las tribus hostigadas por al-Maliki.

Lo que más distingue al EI de otras insurgencias en Iraq y Siria (por lo menos durante su formación) es la presencia de oficiales sunitas expulsados del ejército iraquí, lo que le confiere una capacidad militar ausente en todos los demás grupos rebeldes. Su clara competencia militar, sumada a una interpretación del Islam que supera en ortodoxia a la del propio Osama bin Laden, va convirtiendo al EI en un destino privilegiado de armas y dólares enviados por jeques y mecenas desde las petromonarquías del Golfo.

Del mismo modo, el mayor acierto del EI radica en su capacidad para entender las oportunidades que ofrece el enorme vacío de poder en Iraq, Siria & beyond. En el camino a Damasco, su líder, Abu Bakr al-Baghdadi, fue golpeado por una suerte de revelación sobre las condiciones históricas que presentaba el terreno y ordenó a sus hombres —entonces ya por los 5 mil— dar vuelta atrás y empuñar sus AK-47 y RPG-7 hacia Bagdad. Poco después, el EI se enfrentaría a un ejército iraquí sorprendentemente inútil, carente por completo de ese know-how militar que la purga a su oficialía ha eliminado de sus mandos. Con el ejército iraquí huyendo hacia Bagdad, el EI se apoderó de Mosul, la segunda ciudad más grande de Iraq. Seguirían Tikrit y Samarra.

Este feroz avance a través de un desierto de poder refleja, a su vez, un cambio esencial en Medio Oriente. La efectividad del EI en el terreno muestra el agotamiento de una región suspendida durante décadas por los finos alfileres del nacionalismo árabe; una región dibujada y dividida con característica arbitrariedad por potencias europeas un siglo antes. La materialidad del poder de ese Medio Oriente de tiranos y dictadores se desvanece en espejismos. Se trata de un nuevo capítulo en esa Gran Historia que el más conocido de los historiadores neoconservadores, Francis Fukuyama, dio alguna vez por muerta. Su profecía, quizá, se saboteó a sí misma.

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Alejandro Lerch Huacuja es maestro por el Instituto de Estudios Políticos de París. Especialista en temas de seguridad internacional, seguridad pública y narcotráfico, realiza un doctorado sobre la función histórica de la corrupción y el patronazgo en los mercados ilegales mexicanos.

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