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El comercio exterior mexicano
Este País | Julio Faesler Carlisle | 01.06.2015 | 0 Comentarios

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Es imprescindible entender la realidad socioeconómica actual para generar estudios de prospectiva, los cuales se vuelven indispensables para tomar decisiones a mediano y largo plazos que resulten efectivas en este mundo intensamente competido.

Las políticas de desarrollo que hemos seguido en México han sido convencionales. Ante las inéditas coyunturas internacionales que el país vive, la reducción mundial de los ritmos de crecimiento
—particularmente en los países más avanzados—, las fluctuaciones en los precios petroleros y las turbulencias financieras, nuestro Gobierno no ha propuesto rutas distintas a las conocidas en otros países ni a las recetas dictadas por los organismos internacionales financieros o de comercio.

No hemos abrazado propuestas inspiradas en rutas alternativas ni “terceras vías”. La comunidad empresarial mexicana tampoco ha buscado cambios diametrales de rumbo. No han ido más allá de pedir que se protejan sus intereses con reglas de juego estables y que el Gobierno asegure niveles parejos para el libre juego de sus movimientos. El gran público nacional, por su parte, está lejos de las discusiones políticas o económicas sobre el desarrollo del país.

Para mejorar los niveles de vida requerimos avanzar más allá. Nuestros vastos recursos naturales y nuestra privilegiada ubicación para los intercambios comerciales siguen desaprovechados. La producción nacional acusa serias debilidades de estructura que le restan competitividad. La ausencia de una visión de perspectivas de largo plazo cobra su cuota.

Sufrimos ahora las consecuencias de no haber encausado en el siglo XX la agricultura del país hacia la satisfacción de las necesidades alimentarias y la creación de agroindustrias productivas. En lugar de ello, al campo se le sujetó a las demandas electorales que sucesivos regímenes “revolucionarios” le exigieron para su propio sostenimiento. “El campo no es para producir sino para votar”, lo dijo hace algunas décadas un secretario de Agricultura.

El crecimiento demográfico desatendido, aunado a una “reforma agraria” que todo hizo menos modernizar al campo, ahogó las perspectivas de organizar una agricultura sana y fuerte capaz de dar al país seguridad alimentaria. Antes exportadores, ahora importamos maíz amarillo, arroz, trigo y oleaginosas.

La única agricultura que ha sido eficiente ha sido la de grandes extensiones del noroeste y la dedicada a hortalizas y frutas. La pesca ha quedado atrás y la otra actividad primaria, la minera, no ha dejado su tradición de ser fuente de riqueza más que nada para empresas extranjeras.

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se definió la estrategia de dejar atrás la economía rural que ocupaba a 80% de la población, pero de reducido rendimiento, y emprender la vía de la industrialización.

La decisión tomada, inspirada en la acrítica imitación de países industrializados, con muy escasa población rural, no se complementó con políticas de capacitación y estímulos adecuados. Pasado el tiempo, el ansiado desarrollo equilibrado se estancó, falto de una mira a futuro, sin alcanzar los parámetros de educación y bienestar material deseados. No hubo programas públicos articulados para encaminar la transformación hacia una economía industrializada, ni la visión, salvo contadas excepciones, por parte de la comunidad empresarial de proyectar sus intereses más allá de las inmediatas conveniencias. La iniciativa extranjera se acentuó como impulso industrializador hasta el grado en que ahora un alto porcentaje de la actividad industrial está concentrada en empresas foráneas.

Hoy, la globalización impone nuevas reglas y métodos de competitividad, muy distintos en composición, metas y logística. Si vamos a subsistir en un ambiente mundial cada vez más exigente, se requieren nuevas fórmulas que extiendan nuestra capacidad productiva y de empleo hacia nuevos horizontes.

Las bases para emprender una visión de mediano y largo plazos parten de las realidades socioeconómicas actuales. En lo económico arrastramos persistentes déficits comerciales mientras que, en lo social, la pobreza sigue presente, acentuada por un sistema educativo abandonado a la negligencia y corrupción sindicales, todo ello envuelto en un ambiente de inseguridad que hace frágil la convivencia.

En lo económico, persisten déficits en cuenta corriente como el de 5 mil millones de dólares de 2014. El comercio exterior se encuentra altamente concentrado en pocas empresas. Ochenta y tres por ciento de nuestras exportaciones se dirigen a Estados Unidos a través de grandes corporaciones transnacionales como las automotrices, electrónicas o farmacéuticas. Cincuenta por ciento de las exportaciones las hacen 44 empresas, y 15 transnacionales exportan 17%. La actividad productiva, sin embargo, no es suficiente para crear los 1.2 millones de empleos que anualmente requiere el país.

Esta insuficiencia se acentuó con la indiscriminada apertura del mercado nacional a productos importados. En 2008 se anunció que se eliminarían 80% de los más de 10 mil 900 aranceles que estaban en vigor. La liberalización del comercio que se decretó en México fue exagerada y dañina.

Nuestros intercambios con el mundo representan 35% del PNB, pero siguen al garete frente a las fuerzas sueltas de la oferta y la demanda, sin vinculación con realidades laborales y sin contar con la guía que significarían esquemas de largo plazo. El comercio exterior no es el ágil y dinámico instrumento articulado con políticas de promoción de nuevas actividades industriales y empleos formales.

En 2014, la importación de bienes intermedios no petroleros fue, de acuerdo con el INEGI, de 276 mil 298 millones de dólares, es decir, 80% de la importación total. Hoy en día, el porcentaje de valor agregado nacional en la industria del ensamble no llega, según muchos observadores, siquiera a 5%, y en la industria manufacturera es cuando mucho de 30% en promedio.

La baja integración nacional de nuestras manufacturas contribuye a que 60% de la fuerza laboral carezca de empleo formal. Sin que reduzcamos la industria del ensamble, urge aumentar la producción de componentes que aporten el máximo valor agregado posible a los productos finales.

Las cadenas de producción son un importante factor multiplicador de ocupación en un sinnúmero de sectores paralelos, como las artesanías industrializadas, basadas en recursos naturales originarios de zonas tropicales o desérticas.

No se trata de una cruda sustitución de importaciones sino de fortalecer el valor de lo que exportamos mientras racionalizamos las importaciones conforme a las verdaderas necesidades del país. Las cadenas de valor resultantes generan empleo para los trabajadores que subsisten en la economía “informal”. Multiplicar y extender esas cadenas aumentaría el ritmo de crecimiento del PIB y ayudaría a cubrir el aumento demográfico y una tasa moderada de inflación.

A este respecto, el índice de crecimiento en los próximos años de los grandes mercados de Asia y África será superior a la tasa mundial promedio de 2%. China, Filipinas, Kenia, India e Indonesia, que suman 16% del PIB mundial, crecerán en 2015 más de 5%, lo que supera en mucho a los crecimientos de Estados Unidos o de la zona euro, previstos a solo 3.1 y 1.2%, respectivamente.

En efecto, no solo en los países industrializados hay demanda para todos nuestros productos. Las naciones emergentes, con su naciente poder de compra, son mercados para productos terminados y para la infinita gama de componentes que, gracias a la industria ensambladora globalizada, requieren miles de plantas armadoras dispersas por todo el mundo. El que nuestros salarios aumenten a menor ritmo que los de muchos de nuestros competidores nos induce a aprovechar este hecho aplicando los tratados comerciales que ya tenemos firmados.

Hacer llegar a todas las regiones de nuestro país las oportunidades y la información para exportar puede hacerse mediante comisiones locales integradas por representantes de Gobierno, empresarios y centros tecnológicos y universitarios. En sus sesiones se examinarían periódicamente las propuestas para nuevas actividades agrícolas e industriales presentadas por sus miembros con visión de mediano y largo plazos, así como los apoyos institucionales correspondientes.

Además de los parques y puertos industriales existentes, hay que establecer “zonas económicas especiales”, entidades creadas desde hace muchos años y con gran éxito en China, la India y otros países. Su creación en el nuestro fue anunciada recientemente. Un caso que merece inmediata prioridad es el del Corredor Transístmico de Tehuantepec, altamente estratégico y donde la participación del sector privado puede suplir los actuales recortes presupuestales federales.

A este respecto, es recomendable la asociación entre empresas mexicanas y extranjeras a fin de que ambas se respalden mutuamente en la realización de proyectos compartidos. Las empresas mexicanas que aspiren a operar en mercados foráneos deben buscar socios locales para así contar con aliados interesados en el éxito de sus actividades.

Se verá que el comercio exterior moderno va mucho más allá de la discusión sobre políticas proteccionistas o aperturas indiscriminadas. El tema hace años rebasó el de la cláusula de nación más favorecida. Dada la intensa competencia por los mercados internacionales, que se intensificará a cada momento, los estudios de prospectiva se vuelven indispensables.

El comportamiento previsible en términos de años, o incluso décadas, de los factores que puedan afectar el éxito de las decisiones que hoy tomamos basadas en las recomendaciones de los estudios de prospectiva no solo atañe a los grandes proyectos de Gobierno, sino también a la planeación de ventas e inversión de cualquier empresario previsor.

Los estudios de futuros no son nuevos en nuestro país. En 1976 el comité de prospectiva del Índice Mexicano de Confianza Económica presentó la exposición “Mercados del año 2000 para los productos de México”. Los hechos irían confirmando lo certero de este pronóstico a favor de manufacturas de alto contenido de mano de obra, cultivos de frutas, flores y otras hortalizas, y la futura relevancia del sector servicios.

Comentario final

El comercio exterior moderno es un factor básico para promover el empleo y las inversiones, estimular nuevas ramas productivas y asegurar el éxito de decisiones a futuro. Todos los sectores de la actividad socioeconómica de México se relacionan de alguna manera con él.

El Banco Nacional de Comercio Exterior es pieza insustituible para contribuir a la modernización de nuestras relaciones económicas internacionales y, con ello, al desarrollo integral de México. 

_________

JULIO FAESLER CARLISLE es consultor. Fue embajador de México en la India.

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