Friday, 22 March 2019
Artículos relacionados
El enfrentamiento de un hombre con su herencia
Cultura | Este País | Catalina Sepúlveda | 01.03.2015 | 0 Comentarios

Casa roja, aguatinta y aguafuerte, 24 x 20, 2005.

Casa roja, aguatinta y aguafuerte, 24 x 20, 2005.

Raúl Herrera Márquez,
La sangre al río:
La pugna ignorada
entre Maclovio Herrera
y Francisco Villa,
Tusquets, México, 2014.

 

La lectura de la novela La sangre al río, de Raúl Herrera Márquez, es una experiencia por demás gratificante en la que, al enfrentarse con una visión enriquecida de la Revolución mexicana, el lector se adentra en ese periodo trascendental de nuestra historia, se identifica con él, lo hace propio. Partiendo de la intención explícita de relatar lo ocurrido hace un siglo a la familia Herrera Cano, en particular a consecuencia de su trágico enfrentamiento con Francisco Villa, el autor consigue reflejar en el sufrimiento de sus antepasados el de las innumerables poblaciones del norte del país que, entre combates y embestidas, padecieron un proceso destructivo que las llevó a convertirse, de lugares en auge, en pueblos casi fantasmas. La sangre al río es, pues, una novela que rebasa con mucho los límites que le impondría la intención de relatar la historia de una sola familia o de desmitificar a Francisco Villa, un libro que, en vez de pretender desplegar una lista de supuestas verdades objetivas, da espacio a historias subjetivas que ayudan a formular nuevas visiones y que invitan a un diálogo abierto, tolerante y comprometido, como lo exige la historiografía contemporánea.

Desde el inicio, la novela nos introduce magistralmente a la trama que nos mantendrá atrapados a lo largo de sus 427 páginas: Jesús Herrera Cano, sentado en el despacho de Palacio Nacional el 26 de marzo de 1923, le anuncia al presidente Álvaro Obregón su decisión de matar a Villa. Después de esta seductora introducción, el relato salta a la escena de la muerte de mamá Florencia —matrona de los Herrera Cano— para inmediatamente remontarse a los inicios de la participación de la familia en el estallido de la Revolución de 1910. Así, entre saltos de tiempos y lugares, avanzamos por el largo proceso en que se van encadenando las adhesiones, alianzas, traiciones, demandas, pugnas y asesinatos que finalmente llevan al hijo mayor de los Herrera Cano a tomar la decisión de matar al verdugo de su familia. Cuando el libro retoma, con la zozobra de un tic tac tic tac que marca la aproximación del final, el hilo del suspenso del inicio, el movimiento ya no cesa; con el tiempo acuciado, mientras los rifles acechan a Villa, despiertan voces de muertos que lo cuestionan al tiempo que en las páginas se deslizan paulatinamente fragmentos de su autopsia. El ajusticiamiento de Villa, sin embargo, no es el final del libro: la muerte pacífica de la matriarca se enlaza acertadamente con el fin de una terrible pesadilla.

Es particularmente interesante la originalidad con que se aborda la historia, contándola en diferentes niveles por medio de siete líneas narrativas, de manera que la novela admite varias aproximaciones de lectura y de análisis. Estructurada en diez partes, que a su vez están divididas en capítulos, La sangre al río aborda el tema revolucionario en una especie de novela polifónica, un gran collage donde los fragmentos novelados se combinan con entrevistas a protagonistas de la historia; con descripciones de fotografías; con testimonios escritos; con diálogos sostenidos por el autor consigo mismo; con documentos —cartas personales y oficiales, telegramas, actas, etcétera— procedentes de diversos archivos históricos y familiares, y finalmente con un ensayo histórico. Una novela posmoderna que, tomando como hilo conductor las vivencias de una antigua familia del sur de Chihuahua, nos habla del papel de los Herrera en la Revolución y de su choque con Francisco Villa, envolviendo el relato en materiales que le dan una notable solidez historiográfica.

De las entrevistas contenidas en La sangre al río, las de María Montes, viuda de Luis Herrera Cano, son las más trascendentes, no solo por ser las que tienen mayor presencia sino porque nos permiten “escuchar de viva voz” la experiencia íntima de una mujer valiente que nos lleva a un vívido recorrido de la Revolución que le tocó vivir. Es sorprendente la actualidad que cobran sus confesiones, la empatía que despierta, la capacidad que muestra en momentos para traer a la memoria recuerdos dolorosos con un sentido casi divertido. Son sus confidencias las que más abren la puerta por donde cruzamos al otro lado de la Historia, al lado de los protagonistas; las que nos permiten pasar de observadores a actores, a vivir y sentir lo que la experiencia de la Revolución significó para tantas mujeres. María Montes nos hace ser parte de su familia, de su historia y de su dolor, y con ello teje un lazo de amistad, un sentimiento fraternal, que nos liga entrañablemente a la trama. Entretejidos con los testimonios de otras mujeres y con las diferentes líneas narrativas, los relatos de esta valerosa norteña nos permiten ahondar en el papel de la mujer —comúnmente encapsulada en el nombre de “Adelita” en la gesta revolucionaria; entender a tantas madres que quedaron solas al frente de sus casas, al cuidado de sus hijos con la única instrucción de “encerrarse con trancas”. Mujeres obligadas a escurrirse por puertas traseras y azoteas en medio de los ataques para buscar comida y seguridad para sus hijos; a abrir sus puertas a los invasores forzadas por la violencia de sus embates. Mujeres que participaron en el movimiento armado escondiendo y transportando armas bajo sus enaguas; cocinando y cosiendo para los rebeldes. Mujeres que se ahogaron en sollozos de miedo y de soledad, pero que también aprendieron a guardar otras tantas lágrimas en sus corazones. Mujeres que tuvieron que reconocer los restos de sus hombres, de sus familiares, conseguir dónde y con qué enterrarlos. Mujeres que quedaron viudas, desprotegidas y atenidas a la caridad. Mujeres violadas, ametralladas o quemadas vivas. Mujeres, en fin, que vivieron historias que aún hoy, un siglo después, nos resultan desgarradoras.

Este recorrido por el papel de la mujer en la Revolución, sin embargo, es apenas una de las historias que tenemos del libro. De hecho, cada una de las líneas narrativas tiene su historia que contar.

El recorrido iconográfico de trece fotografías que el autor describe minuciosamente sin incluirlas en el libro resulta sorprendente no solo por la ingeniosidad de la idea sino porque, con la elocuente descripción —más apropiado sería llamarla narración— involucra al lector en el proceso creativo: no solo lo imaginamos a él en un fascinante ejercicio de creación, sino que al imaginar lo descrito contribuimos al ejercicio. En el sentido narrativo, estas fotografías, a manera de símbolos, van construyendo la trama, una historia abierta a sugestivas interpretaciones: desde el retrato que se hicieron tomar los progenitores Herrera Cano con sus ocho hijos antes del estallido de la Revolución, todos con “atuendo formal” y con una “actitud que inspira tranquilidad”, hasta el brutal contraste de la última fotografía, que deja claro el balance obtenido de la guerra: mamá Florencia, enlutada, “mostrando un rostro de Piedad terriblemente envejecido por el dolor” después de haber perdido a cinco hijos y a su marido.

Así como la experiencia de la mujer, también reconocemos en la novela el proceso de organización social y militar en el que poblaciones completas se fueron integrando a la lucha armada. Del campo, las minas, el comercio, de cualquiera de sus anteriores trincheras, vemos a los hombres incorporarse a la violencia: “ninguno tiene idea clara de lo que significa el combate”… irán desarrollando “un espíritu de lucha”… “aprenderán a utilizar contra sus enemigos las armas que antaño solo usaban para cazar”… combate tras combate se irán volviendo diestros “en el empleo de tácticas guerrilleras”adquirirán “conciencia de su fortaleza”aprenderán las prácticas formales de la milicia… triunfarán contra la usurpación de Victoriano Huerta. Finalmente, sin embargo, comprendemos que la experiencia y la formación militar no son garantía de triunfo.

En los recuerdos y reflexiones expuestos en segunda persona, donde el autor habla consigo mismo sobre su relación con la historia de sus ancestros, hay otra línea que se puede seguir y entender de manera independiente: la del enfrentamiento del hombre con su herencia y con su propia historia. Intentando explicar su remoto interés en el tema familiar de la Revolución, Raúl Herrera Márquez nos adentra en el proceso que fue desde escuchar historias y observar objetos y fotografías antiguas durante la infancia, pasando por tomar notas y grabar en la juventud, hasta finalmente dar cuenta de lo que vivieron sus antepasados y así saldar cuentas con las generaciones futuras. En este proceso lo seguimos en sus visitas a Parral: la primera, en compañía de su padre; la segunda, para esparcir sus cenizas; las siguientes, para reconstruir la historia familiar. Es fascinante que, en estos emotivos diálogos interiores, Herrera Márquez consigue un tejido narrativo a la vez complejo y de fácil acceso, invitando así a cada lector a reconocerse en una familia mexicana, chihuahuense, que bien podría ser la propia.

Las citas bibliográficas y hemerográficas, así como los documentos procedentes de diversos archivos que aparecen insertados dentro del texto, permiten transitar por el relato con la confianza de estar inmersos en una novela verdadera, como se designa al libro en la portada. La calidad y el manejo de estos textos respalda los dichos del libro, pero, a diferencia de las citas y notas al pie de página características de los libros técnicos, se trata de materiales incorporados artísticamente a las demás líneas narrativas, como parte del relato, como si las bibliotecas y archivos formaran parte de los narradores. Los fragmentos novelados, por su parte, si bien sirven de mezcla para unir todas las líneas narrativas, no atentan contra su autonomía —condición indispensable para lograr el concierto de voces independientes.

La sangre al río, al ofrecer nuevas visiones de un largo y doloroso episodio nacional que anteriores versiones históricas quedaban a deber, responde a la exigencia actual de una literatura comprometida que fomente una dialéctica para la elaboración de definiciones actualizadas de nuestra identidad, de nuestro pasado y, en consecuencia, de nuestro futuro. Pero es, sobre todo, una lectura apasionante que nos mantiene atrapados de principio a fin.

La lectura de la novela La sangre al río, de Raúl Herrera Márquez, es una experiencia por demás gratificante en la que, al enfrentarse con una visión enriquecida de la Revolución mexicana, el lector se adentra en ese periodo trascendental de nuestra historia, se identifica con él, lo hace propio. Partiendo de la intención explícita de relatar lo ocurrido hace un siglo a la familia Herrera Cano, en particular a consecuencia de su trágico enfrentamiento con Francisco Villa, el autor consigue reflejar en el sufrimiento de sus antepasados el de las innumerables poblaciones del norte del país que, entre combates y embestidas, padecieron un proceso destructivo que las llevó a convertirse, de lugares en auge, en pueblos casi fantasmas. La sangre al río es, pues, una novela que rebasa con mucho los límites que le impondría la intención de relatar la historia de una sola familia o de desmitificar a Francisco Villa, un libro que, en vez de pretender desplegar una lista de supuestas verdades objetivas, da espacio a historias subjetivas que ayudan a formular nuevas visiones y que invitan a un diálogo abierto, tolerante y comprometido, como lo exige la historiografía contemporánea.

Desde el inicio, la novela nos introduce magistralmente a la trama que nos mantendrá atrapados a lo largo de sus 427 páginas: Jesús Herrera Cano, sentado en el despacho de Palacio Nacional el 26 de marzo de 1923, le anuncia al presidente Álvaro Obregón su decisión de matar a Villa. Después de esta seductora introducción, el relato salta a la escena de la muerte de mamá Florencia —matrona de los Herrera Cano— para inmediatamente remontarse a los inicios de la participación de la familia en el estallido de la Revolución de 1910. Así, entre saltos de tiempos y lugares, avanzamos por el largo proceso en que se van encadenando las adhesiones, alianzas, traiciones, demandas, pugnas y asesinatos que finalmente llevan al hijo mayor de los Herrera Cano a tomar la decisión de matar al verdugo de su familia. Cuando el libro retoma, con la zozobra de un tic tac tic tac que marca la aproximación del final, el hilo del suspenso del inicio, el movimiento ya no cesa; con el tiempo acuciado, mientras los rifles acechan a Villa, despiertan voces de muertos que lo cuestionan al tiempo que en las páginas se deslizan paulatinamente fragmentos de su autopsia. El ajusticiamiento de Villa, sin embargo, no es el final del libro: la muerte pacífica de la matriarca se enlaza acertadamente con el fin de una terrible pesadilla.

Es particularmente interesante la originalidad con que se aborda la historia, contándola en diferentes niveles por medio de siete líneas narrativas, de manera que la novela admite varias aproximaciones de lectura y de análisis. Estructurada en diez partes, que a su vez están divididas en capítulos, La sangre al río aborda el tema revolucionario en una especie de novela polifónica, un gran collage donde los fragmentos novelados se combinan con entrevistas a protagonistas de la historia; con descripciones de fotografías; con testimonios escritos; con diálogos sostenidos por el autor consigo mismo; con documentos —cartas personales y oficiales, telegramas, actas, etcétera— procedentes de diversos archivos históricos y familiares, y finalmente con un ensayo histórico. Una novela posmoderna que, tomando como hilo conductor las vivencias de una antigua familia del sur de Chihuahua, nos habla del papel de los Herrera en la Revolución y de su choque con Francisco Villa, envolviendo el relato en materiales que le dan una notable solidez historiográfica.

De las entrevistas contenidas en La sangre al río, las de María Montes, viuda de Luis Herrera Cano, son las más trascendentes, no solo por ser las que tienen mayor presencia sino porque nos permiten “escuchar de viva voz” la experiencia íntima de una mujer valiente que nos lleva a un vívido recorrido de la Revolución que le tocó vivir. Es sorprendente la actualidad que cobran sus confesiones, la empatía que despierta, la capacidad que muestra en momentos para traer a la memoria recuerdos dolorosos con un sentido casi divertido. Son sus confidencias las que más abren la puerta por donde cruzamos al otro lado de la Historia, al lado de los protagonistas; las que nos permiten pasar de observadores a actores, a vivir y sentir lo que la experiencia de la Revolución significó para tantas mujeres. María Montes nos hace ser parte de su familia, de su historia y de su dolor, y con ello teje un lazo de amistad, un sentimiento fraternal, que nos liga entrañablemente a la trama. Entretejidos con los testimonios de otras mujeres y con las diferentes líneas narrativas, los relatos de esta valerosa norteña nos permiten ahondar en el papel de la mujer —comúnmente encapsulada en el nombre de “Adelita” en la gesta revolucionaria; entender a tantas madres que quedaron solas al frente de sus casas, al cuidado de sus hijos con la única instrucción de “encerrarse con trancas”. Mujeres obligadas a escurrirse por puertas traseras y azoteas en medio de los ataques para buscar comida y seguridad para sus hijos; a abrir sus puertas a los invasores forzadas por la violencia de sus embates. Mujeres que participaron en el movimiento armado escondiendo y transportando armas bajo sus enaguas; cocinando y cosiendo para los rebeldes. Mujeres que se ahogaron en sollozos de miedo y de soledad, pero que también aprendieron a guardar otras tantas lágrimas en sus corazones. Mujeres que tuvieron que reconocer los restos de sus hombres, de sus familiares, conseguir dónde y con qué enterrarlos. Mujeres que quedaron viudas, desprotegidas y atenidas a la caridad. Mujeres violadas, ametralladas o quemadas vivas. Mujeres, en fin, que vivieron historias que aún hoy, un siglo después, nos resultan desgarradoras.

Este recorrido por el papel de la mujer en la Revolución, sin embargo, es apenas una de las historias que tenemos del libro. De hecho, cada una de las líneas narrativas tiene su historia que contar.

El recorrido iconográfico de trece fotografías que el autor describe minuciosamente sin incluirlas en el libro resulta sorprendente no solo por la ingeniosidad de la idea sino porque, con la elocuente descripción —más apropiado sería llamarla narración— involucra al lector en el proceso creativo: no solo lo imaginamos a él en un fascinante ejercicio de creación, sino que al imaginar lo descrito contribuimos al ejercicio. En el sentido narrativo, estas fotografías, a manera de símbolos, van construyendo la trama, una historia abierta a sugestivas interpretaciones: desde el retrato que se hicieron tomar los progenitores Herrera Cano con sus ocho hijos antes del estallido de la Revolución, todos con “atuendo formal” y con una “actitud que inspira tranquilidad”, hasta el brutal contraste de la última fotografía, que deja claro el balance obtenido de la guerra: mamá Florencia, enlutada, “mostrando un rostro de Piedad terriblemente envejecido por el dolor” después de haber perdido a cinco hijos y a su marido.

Así como la experiencia de la mujer, también reconocemos en la novela el proceso de organización social y militar en el que poblaciones completas se fueron integrando a la lucha armada. Del campo, las minas, el comercio, de cualquiera de sus anteriores trincheras, vemos a los hombres incorporarse a la violencia: “ninguno tiene idea clara de lo que significa el combate”… irán desarrollando “un espíritu de lucha”… “aprenderán a utilizar contra sus enemigos las armas que antaño solo usaban para cazar”… combate tras combate se irán volviendo diestros “en el empleo de tácticas guerrilleras”adquirirán “conciencia de su fortaleza”aprenderán las prácticas formales de la milicia… triunfarán contra la usurpación de Victoriano Huerta. Finalmente, sin embargo, comprendemos que la experiencia y la formación militar no son garantía de triunfo.

En los recuerdos y reflexiones expuestos en segunda persona, donde el autor habla consigo mismo sobre su relación con la historia de sus ancestros, hay otra línea que se puede seguir y entender de manera independiente: la del enfrentamiento del hombre con su herencia y con su propia historia. Intentando explicar su remoto interés en el tema familiar de la Revolución, Raúl Herrera Márquez nos adentra en el proceso que fue desde escuchar historias y observar objetos y fotografías antiguas durante la infancia, pasando por tomar notas y grabar en la juventud, hasta finalmente dar cuenta de lo que vivieron sus antepasados y así saldar cuentas con las generaciones futuras. En este proceso lo seguimos en sus visitas a Parral: la primera, en compañía de su padre; la segunda, para esparcir sus cenizas; las siguientes, para reconstruir la historia familiar. Es fascinante que, en estos emotivos diálogos interiores, Herrera Márquez consigue un tejido narrativo a la vez complejo y de fácil acceso, invitando así a cada lector a reconocerse en una familia mexicana, chihuahuense, que bien podría ser la propia.

Las citas bibliográficas y hemerográficas, así como los documentos procedentes de diversos archivos que aparecen insertados dentro del texto, permiten transitar por el relato con la confianza de estar inmersos en una novela verdadera, como se designa al libro en la portada. La calidad y el manejo de estos textos respalda los dichos del libro, pero, a diferencia de las citas y notas al pie de página características de los libros técnicos, se trata de materiales incorporados artísticamente a las demás líneas narrativas, como parte del relato, como si las bibliotecas y archivos formaran parte de los narradores. Los fragmentos novelados, por su parte, si bien sirven de mezcla para unir todas las líneas narrativas, no atentan contra su autonomía —condición indispensable para lograr el concierto de voces independientes.

La sangre al río, al ofrecer nuevas visiones de un largo y doloroso episodio nacional que anteriores versiones históricas quedaban a deber, responde a la exigencia actual de una literatura comprometida que fomente una dialéctica para la elaboración de definiciones actualizadas de nuestra identidad, de nuestro pasado y, en consecuencia, de nuestro futuro. Pero es, sobre todo, una lectura apasionante que nos mantiene atrapados de principio a fin.

__________________

CATALINA SEPÚLVEDA (Chihuahua, 1970) es licenciada en administración y maestra en Humanidades por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y tiene especializaciones en Educación y Estudios Literarios por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Residente por muchos años en esta ciudad, participa activamente en la promoción de la educación y la cultura locales: organiza exposiciones de pintura y obras de teatro; es autora de un programa de lectura para primaria en el que niños de cuarto a sexto grado leen y comentan adaptaciones de libros clásicos, y a partir del año 2000 dirige grupos de lectura. Es también miembro del patronato del Instituto de Atención Especial a Niños, A.C., que garantiza la educación primaria de calidad a los niños y niñas de la Colonia Fronteriza Alta en Ciudad Juárez.

Dejar un comentario



El peso de la religiosidad en la identidad nacional
“Creer en México” no habla de que los mexicanos tengan fe en su país, sino todo lo contrario: muestra la incredulidad en sus instituciones, en sus valores patrióticos y en sus formas de participación civil. “Creer en México” busca retratar el perfil de los mexicanos a partir de sus preferencias y adhesiones religiosas. En el […]
Inmigración y racismo en Estados Unidos
La discriminación en el país vecino ha alcanzado a grupos muy distintos: a los pueblos nativos y la gente de origen africano, por supuesto, pero también a variados conjuntos de migrantes. Los mexicanos radicados allá no han sido la excepción. Todos los animales son creados iguales, pero algunos animales son creados más iguales que otros. […]
México: el problema no resuelto de la desigualdad
La modesta disminución de la desigualdad y la pobreza en México durante la última década, ¿es parte de una tendencia consistente o resultado de un conjunto de circunstancias pasajeras? Es preciso responder a esta pregunta si queremos diseñar políticas públicas adecuadas. Para un país como México, una caída de 10% en los niveles de desigualdad […]
Correo del lector
Envíe sus comentarios a <dulceolivia71@estepais.com>. Las cartas escogidas podrán ser editadas por razones de espacio y redacción.   Excelente el capítulo sobre la relación Cuba-Estados Unidos en la revista de febrero. Surgen tantas interrogantes respecto al futuro de este asunto, si es que en verdad hay un futuro, que abordar el tema desde puntos de […]
Más leídos
Más comentados
¿Por qué es un problema la lectura? (214.709)
Desarrollar el gusto por la lectura no es cuestión meramente de voluntad individual. El interés por los libros aparece sólo en ciertas circunstancias.

Jóvenes que no estudian ni trabajan: ¿Cuántos son?, ¿quiénes son?, ¿qué hacer?1 (125.308)
...

La distribución del ingreso en México (113.594)
...

Los grandes problemas actuales de México (94.297)
...

Perfil demográfico de México (69.098)
...

Presunto culpable: ¿Por qué nuestro sistema de justicia condena inocentes de forma rutinaria?
Bas­tan­te han es­cri­to y di­cho ter­ce­ros so­bre Pre­sun­to cul­pa­ble....

Los grandes problemas actuales de México
Se dice que el país está sobrediagnosticado, pero en plenas campañas y ante...

I7P5N: la fórmula
Homenaje al ipn con motivo de su 75 aniversario, este ensayo es también una...

China – EUA. ¿Nuevo escenario bipolar?
No hace mucho que regresé de viaje del continente asiático, con el propósito...

La sofocracia y la política científica
Con el cambio de Gobierno, se han escuchado voces que proponen la creación...

1
Foro de Indicadores