Friday, 22 March 2019
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El jinn de la patineta: Afsoon y Parishad
Cultura | Este País | Mirador | Marshiari Medina | 01.03.2015 | 0 Comentarios

Skateistan , Kabul, Afghanistan, Kufan Orphanage.

Skateistan ,
Kabul, Afghanistan, Kufan Orphanage.

El lente capta con precisión el momento exacto en que sus sonrisas se iluminan ante nuestra mirada. El momento es eterno, siempre en el presente, siempre en el pasado, siempre un recuerdo para el futuro. Tomar una fotografía es participar en la vida de otra persona, permitiéndonos admirar la evocación de su existencia, con la libertad de ir transformando nuestro panorama, contemplando aquello que quedó confinado en el espacio y se desvaneció en un segundo. En pos de la fotografía hay paisajes, historias, sentimientos e ideas que se congregan y nos atrapan.

Así, el ingenio de la cámara da paso a la luz que atraviesa el objeto, capturando en el instante un relato. Ante la imagen, diversas visiones cuentan una historia, luego otra, y otra. La cara infinita del tiempo. El desdoblamiento de las formas. En un paisaje árido, cubierto por desolación y polvo, una patineta —un objeto tan común en Occidente— se convierte en el espíritu liberador de estas niñas afganas. Su expresión se transforma en una destreza de luces, sombras y memoria. ¿A qué juegan estas pequeñas? ¿Qué buscan sus ojos sonrientes? ¿Cuáles son sus nombres? ¿Afsoon, Zheela, Mahsheed, Elaha, Parishad?

Contemplar esta imagen es descubrir con sorpresa aquellos rostros desconocidos e infantiles que nos miran de frente. Observar cada detalle es abrir una puerta que nos separa de lo que realmente podemos ver y lo que se nos oculta. Sumergirnos bajo su alegre gesto es participar de la algazara de estas niñas que se escaparon por un instante del mundo, revelando un mensaje de esperanza y autonomía. ¿Qué secretos nos cuenta su alegre juego? ¿A dónde van y por qué ríen? ¿Por qué una patineta y no una muñeca de plástico? Las preguntas se nos antojan pequeñas piezas de un rompecabezas interminable. No resta más que mirar y responder: cada quien a su manera.

El arte fotográfico, en ese sentido, nos une. Nos permite compartir relatos. Mi historia es tu historia. Mi historia es tu memoria. Tu memoria son mis palabras. Tus palabras son mi mirada. La fotografía nos otorga el regalo de improvisar un relato sencillo, en un intento de transformar el ayer en una remembranza sempiterna.

Fijémonos en la imagen, adivinemos el motivo de aquellas risas bosquejadas, respiremos el soplo gélido que baja de la montaña de Paghman, percibamos el dulce olor del samanak endulzando el aire, e imaginemos lo siguiente: Afsoon y Parishad se levantan al amanecer, en el orfanato de Kufan. Su cuarto —unas paredes en ruinas cubiertas por el moho de un papel tapiz desbaratado— deja filtrar un sol frío y brillante a través de una ventana mortecina. Cruzan el pasillo de arcilla, mientras un perro famélico explora los muros asolados, y se dirigen al comedor. Una anciana las espera, junto con otros huérfanos que deambulan pacientemente por todo el recinto.

El día comienza con sus actividades. Afsoon y Parishad tienen encomendada la tarea de ir al pozo para sacar agua. En la cocina un hombre joven calienta el tandoor y hornea el pan. La vieja barre con los pies descalzos el piso cubierto de ruinas y olvido. A mediodía se escucha el rumor penetrante del muecín abriéndose eco entre el viento, y todos se dirigen al patio a rezar.

Por la tarde, Afsoon y Parishad recorren cada rincón del orfanato. Ahí donde el techo se ha derrumbado observan el cielo. Algunos cometas multicolores se deslizan entre las nubes. En ocasiones se asoma algún avión. Afsoon y Parishad sueñan con la suavidad de la brisa humedeciendo sus mejillas curtidas. Sueñan con volar y sentir el frío del celaje abrazar sus pequeños cuerpos. Imaginan gotas traslúcidas guiándolas al paraíso. En el paraíso encuentran palmeras, juguetes y silencio. El silencio del mundo se convierte en alegría, y la alegría se materializa en carcajadas, las carcajadas de Afsoon y Parishad.

Cuando el atardecer se adormece, los últimos rayos del sol ceden ante la obscuridad de la noche. Las estrellas tintinean. Afsoon y Parishad regresan al calor de su cuarto; se sientan en cuclillas y recitan las únicas líneas del Corán que han aprendido de memoria: “Los pacientes recibirán una recompensa ilimitada”. Parishad cierra los párpados y se pierde en el sopor del sueño. Afsoon se queda mirando hacia el brillo azul de los astros.

Un día, escuchan un pequeño alboroto. Un murmullo excitado. Algo ocurre. Son extranjeros que han venido de manera callada y se han instalado. Ahora enseñan a todos a andar en un artefacto extraño que parece una tabla con ruedas. Las niñas se llenan de curiosidad. Se acercan tímidamente, vacilan y observan con cuidado la destreza de mantenerse en equilibrio.

Una voz femenina las convoca. Una mano cálida las sujeta firmemente por el codo. Las risas comienzan a congregarse. Parishad reta a Afsoon a sentarse sobre aquella tabla inestable y amenazadora. Afsoon se cae dos, tres, cuatro veces. Parishad la levanta. Después de algunos minutos, las dos niñas van corriendo sobre el camino grisáceo del patio, sintiendo una fuerza boyante nacer en su rostro. El viento adusto del mediodía les reseca la piel. Perciben cómo la velocidad avanza y retrocede, observan las ráfagas de polvo levantarse y hacer airones centellantes de sol. Parishad empuja con empeño, Afsoon dirige con rapidez sigilosa cuando, de pronto, una luz blanca las captura en la eternidad.

Afsoon y Parishad se asoman frágiles, sonrientes, bajo el cielo zarco de Afganistán. Un árbol, oculto en la perspectiva, proyecta su débil sombra en el suelo. El mundo se extiende a lo lejos. En una tabla rústica han descubierto un misterioso jinn que las guía a un nuevo destino. Afsoon y Parishad son libres, son niñas, son felices.

Nosotros damos fin a este relato. Despertamos de la ilusión, abrimos los ojos y vemos de frente su fotografía. Sonreímos porque hemos descubierto su historia, la cual se une a tantas otras. Sin embargo, su retrato está ahí, imperturbable, rotundo, eterno. Afsoon y Parishad sonríen siempre para nosotros.

__________________________

MARSHIARI MEDINA (Ciudad de México, 1983) es escritora y traductora. Estudió Letras Inglesas en la UNAM y ESL en California. Ha publicado en diversas revistas literarias digitales. Actualmente trabaja para el proyecto “Recorridos Arquitectónicos de México” con el arquitecto Carlos Mijares.

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