Thursday, 20 September 2018
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Estrella del Valle: el fuego y el vértigo
Cultura | Este País | Galaxia Gutenberg | Juan Domingo Argüelles | 01.06.2015 | 0 Comentarios

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Estrella del Valle,

La selva afuera: Antología personal,

Universidad Popular Autónoma de Veracruz,

México, 2014.

Bajo la luna de Aholiba fue el primer libro de Estrella del Valle. Me tocó publicarlo en 1998. La autora inició así su travesía poética en la que después seguirían Fábula para los cuervos (2001), La cortesana de Dannan (2002), El desierto, Dolores (2003) y Vuelo México-Los Ángeles, puerta 23 (2007).

En una década publicó sus cinco libros y, desde hace ocho años, no había vuelto a publicar libro alguno hasta ahora que aparece La selva afuera (Universidad Popular Autónoma de Veracruz, 2014), su Antología personal, en cuyas páginas recoge poco más de setenta poemas fruto de una vocación que seguramente ya habrá dado otro libro, pero que todavía no revela. Esto es obvio, porque para el poeta no hay remisión posible. Si escribir es un destino, dejar de escribir no es una opción.

Lo primero que observé en el libro inaugural de Estrella del Valle fue su capacidad para nombrar las cosas y ahondar en las emociones a partir del duelo, en un ejercicio diáfano pero también simbólico y alegórico, aunque sin ninguna intención de artificiosas oscuridades. Oscurecer, o más bien complicar artificiosamente el idioma, es cosa fácil aunque parezca difícil.

Antes no lo sabía, pero hoy, luego de más de cuarenta años de lector, he llegado a la misma conclusión que André Comte-Sponville: “Lo contrario de lo sencillo no es lo complejo, sino lo falso”. Y en poesía especialmente lo mismo concluyó Antonio Machado. Toda poesía originalmente es un lenguaje cifrado y subjetivo (un tanto opaco, como el ámbar), y lo que sigue después es aclararlo, decantarlo y pulirlo cuando lo que se desea es compartir su luz. Lo verdaderamente difícil no es ser incomprensible, sino ser claro, y atreverse, además, a vencer el pudor para decir las cosas con la diáfana expresión de quien desea comunicarse con los otros, pues, si no es así, ¿para qué publicar?

Publicar es compartir con los demás el duelo o la alegría que, en principio, solo a uno corresponde llevar. Y publicar poesía, especialmente, es revelar la intimidad, pues no hay género literario más personal que la poesía, a tal grado que su defecto mayor es, con frecuencia, parecerse demasiado a la literatura. (Recordemos el grito de Sabines: “¡Maldito el que crea que esto es un poema!”.) De ahí el consejo de Verlaine: “Sujeta la retórica y amordázala”. La poesía es poesía: “Y todo lo demás es literatura”. O, como escribió en alguna ocasión T.S. Eliot, la poesía está hecha de palabras privadas que se dicen en público. Y esto es, precisamente, lo que encontramos en Bajo la luna de Aholiba.

Cuando estaba despidiéndome de mi juventud, durante la última década del siglo XX, tuve la extraordinaria oportunidad de leer y en muchos casos editar la poesía de los jóvenes, desde el Programa Cultural Tierra Adentro, y una de las cosas que más aprecié en esa grata tarea fue el conocimiento de las diversas búsquedas personales de poetas que hoy ya no son, exactamente, jóvenes, pero que iniciaron estupendamente y que, como era de esperarse, han continuado consolidando su vocación, porque el que es poeta dondequiera canta, y el que no lo es pronto se baja de la rama. Incluso José Emilio Pacheco llegó a mencionar lo que él llamó las generaciones poéticas de Tierra Adentro, lo cual revela que, para él, esas generaciones no pasaron inadvertidas.

En el caso de Estrella del Valle, su libro inicial, Bajo la luna de Aholiba, es un libro cuyos temas y motivos revelan una especial cultura bíblica y mitológica. Aholiba es el nombre alegórico del antiguo reino de Judá y significa “en ella puse mi tienda”. Aholiba y su hermana mayor Ahola (que así era conocido el reino de Samaria) son las desposadas con Dios, pero ambas son culpables de adulterio contra Jehová, por sus alianzas pecaminosas con los dioses extranjeros. Ezequiel refiere cómo Yahveh censura en ambas la lascivia, y condena a Aholiba a la aflicción y a la angustia.

Ya sea en prosa o en verso, la poesía inicial de Estrella del Valle reformula la alegoría del pecado original y la condena femenina, incluso anteriores a Eva, desde Lilith la infiel de Adán, la bruja, la Reina de la Noche, la Criatura Nocturna, que abandona el Edén por propio pie (no porque haya sido expulsada) y se entrega a la rebeldía y al amor que, para Yahveh, son constituyentes de la maldad.

Erotismo y pecado siempre han estado unidos, pero es necesario, en la poesía, saber expresar esta unión para que sea reveladora —psicológica y poéticamente— tanto de la represión como de la libertad. Si el edén es la inocencia, la pérdida de aquel, o su renuncia (como en el caso de Lilith), no solo llevan al pecado sino especialmente a la libertad con todas sus consecuencias. La libertad no es gratis. Recordemos a Cernuda, evocando precisamente a Verlaine y Rimbaud: “Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos, / en ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto”.

Es así (en este contexto cultural) como tiene que leerse, y comprenderse, ese primer libro de Estrella del Valle, que más que recuperar alguna lejana tradición bíblica o religiosa en la poesía mexicana, lo que hace es reivindicar el casi único antecedente femenino de erotismo y blasfemia en nuestra poesía (el de Concha Urquiza), para decir: “Yo, la ordenación de la manzana, la innombrable Diosa, hablo porque soy juglar del eco y el relámpago, en mi poder doy nombre a esta viscosidad que nos bautiza: la arcilla que desgarra, el muérdago que abres. Mi casa es sucesión de gotas del lenguaje; se detiene en tu cuerpo para sentir que la penetras, que la llenas de luz, que compartes tu convulsión de pez. Como yegua nocturna te cabalgo en la noche más larga del otoño”. Otro poema notable, y ejemplar, de Bajo la luna de Aholiba es, sin duda, “Manus stuprare”.

De hecho, en la poesía de Estrella del Valle, hay dos momentos, hasta hoy, perfectamente visibles y advertidos en La selva afuera. El primer momento lo constituyen sus cuatro libros alegóricos: Bajo la luna de Aholiba, La cortesana de Danann, Fábula para los cuervos y El desierto, Dolores. El segundo, en el que desarrolla un estilo coloquial hasta entonces ajeno a ella, corresponde a su último libro: Vuelo México-Los Ángeles, puerta 23.

Es evidente que la tetralogía de Aholiba, Danann, Fábula y El desierto rinde tributo a mitologías, símbolos y alegorías que se integran a la existencia y se expresan por medio de paralelismos de emociones y estados de ánimo. Cabe decir que las alegorías, cuando lo son, jamás resultan inexplicables: son herméticas, pero hermetismo no quiere decir necesariamente oscuridad; apenas es un poco de pudor y todo lo demás no es literatura, sino poesía, es decir vivencia, como en esta evocación de La cortesana…: “De agua. También de agua se vuelven mis memorias. De un líquido que cerca el colibrí con su perfume, como una vez fui envuelta con un hilo de araña, con esa capa densa que cubre los recuerdos del primer desencanto y nos lava la sangre y nos permite ver la claridad del alba con nuestro mismo rostro y nuestro mismo nombre”.

La cortesana es también la maga, la cazadora y la bruja en Fábula para los cuervos, en cuyas páginas la poeta ajusta cuentas con su infancia, su genealogía y su destino: ese destino que se anuncia con el verso certero e irrevocable: “Puedo escribir mi propia historia”. El desierto, Dolores es el libro que cierra el ciclo iniciado con Bajo la luna de Aholiba. La voz de Lilith, más que la de Eva, es la que afirma: “Al nacer me llenaron de brasas / y fui la noche hirviendo. / Mis ojos se impregnaron de fuego / y entre fuegos extraños me consumí hasta el vértigo”.

El vértigo no es otro sino el de la poesía. Ese vértigo que, con voz decididamente coloquial, se expresa en Vuelo México-Los Ángeles, puerta 23: el otro momento de la historia lírica y personal de esta poeta nacida en Córdoba, Veracruz. Silvia Tomasa Rivera recuerda que Estrella del Valle un día dijo: “No tengo alas para planear mi vuelo, y se fue a California, en un vuelo directo México-Los Ángeles”.

Hasta hoy esta es su biografía, porque la biografía de un poeta está en sus poemas y en sus libros más que en su historia personal. Ha obtenido varios premios de poesía, entre ellos el Efraín Huerta y el Ramón López Velarde. Pero esto es anecdótico. Lo único que no es anecdótico es la poesía misma. Esta que ahora releemos en La selva afuera y que certeramente nos recuerda que “el duelo es más largo que el olvido”. ~

_________

JUAN DOMINGO ARGÜELLES (Quintana Roo, 1958) es poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus más recientes libros son: Antología general de la poesía mexicana (Océano / Sanborns, 2012-2014), Escribir y leer con los niños, los adolescentes y los jóvenes (Océano, 2014) y Por una universidad lectora (Laberinto / UJAT, 2015).

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