Saturday, 19 January 2019
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José Vasconcelos y la Reforma de Córdoba
El fracaso revolucionario
Cultura | Este País | Marcos Daniel Aguilar | 01.03.2015 | 0 Comentarios

Cuerpo, tinta y acrílico sobre papel, 30 x 60, 2013.

Cuerpo, tinta y acrílico sobre papel, 30 x 60, 2013.

Un repaso por la revolución cultural y educativa que encabezó en nuestro país José Vasconcelos. Ideas que emigraron hasta Argentina, donde retomaron fuerza para consolidar la idea de lo latinoamericano. ¿Hasta dónde esos esfuerzos erradicaron las taras de la educación? ¿Cuáles fueron los fracasos de esas propuestas y qué debemos retomar en esta época? De esos temas nos habla el autor de este ensayo.

 

I. Embarque

Nuestros utopistas fracasaron. El grupo intelectual que a comienzos del siglo XX trató de forjar una nueva ideología ética acorde a los cambios de la Revolución mexicana no pudo consolidar una república libre con ciudadanos autónomos. No pudo abatir el monopolio del poder en la política ni en la esfera universitaria. Por su nebulosa imagen, se olvida que la obra de Gabriel Zaid está ahí para explicar que desde los tiempos de la postrevolución lo que ocurre en la academia es un reflejo del Estado. El sueño de José Vasconcelos de romper las barreras entre directivos universitarios y alumnos se fue diluyendo a cuentagotas hasta llegar —como dice Zaid— al culto desbordante por los títulos universitarios y a la simulación de un poder, adquirido por el acaparamiento de los saberes que se crean, desarrollan y mueren en las aulas.

Pero en la historia esto no siempre fue así, pues el mismo Vasconcelos participó en un movimiento intelectual que llevó la educación a un plano más abierto de enseñanza, con la introducción de las más disímiles filosofías del momento. José acompañó a la construcción de la Universidad de México, de la mano de Justo Sierra, y con la palabra precedió al cisma social de la revolución de 1910, pues años antes había comenzado el idealismo juvenil de “don” José, al rechazar lo que a su instinto no le gustaba.

¿De qué servía comprender el conjunto social como si fuera una máquina biológica, si esta no podía interpretar el latido de su corazón al pensar en la vida o la muerte? Las ciencias con las que se forjó el entonces joven estudiante traían la esperanza del progreso humano, pero un progreso limitado que solo departía para el lado material. José, al presentir esta contradicción, escuchó las enseñanzas liberadoras del filósofo Friedrich Nietzsche, quien fue uno de los primeros en criticar las ideas absolutistas de la razón kantiana y comptiana, quienes creyeron que las teorías sobre los hechos verificables eran la única verdad, sin tomar en cuenta lo que quedaba fuera de lo tangible, es decir, la metafísica, esos hechos que ocurrían en el ser y que no siempre se explican con el raciocinio.

¿Qué ocurría entonces? Se preguntó Vasconcelos. Había algo en el ambiente que escapaba a sus viejos maestros. Era el sentido común. Ese conocimiento formado por las emociones que hacen que un individuo sea diferente y que tome decisiones en cada bifurcación temporal y espacial. Sin fórmulas que seguir, no despreció el positivismo, lo exaltó, pero con el objetivo de ponerlo en la larga fila de enseñanzas. Así, en 1910, durante las conferencias que ofreció en el centenario del comienzo de la Independencia de México, Vasconcelos aplicó la técnica aprendida de Nietzsche para criticar y superar las viejas escuelas a través de una sensibilidad casi psicológica.

Entonces ofreció una charla sobre el maestro que colocó las teorías de Augusto Compte en el sistema educativo y político mexicano: Gabino Barreda. Pero el exaltado muchacho utilizó la imagen de Barreda para dar a conocer sus propias ideas. Colocó al maestro positivista mexicano como un promotor de la esperanza juvenil que mejoraría la existencia. Lo describió como un hombre con una voluntad crítica para enseñar a partir de la renovación del intelecto humano. José, hábilmente, aunque no conoció a Barreda, se colocó como heredero de esta ambición de progreso pero quitándose la rigidez metódica. Con la sombra de Barreda, Vasconcelos introdujo ese “sentido común nietzschiano” que, para comienzos del siglo XX en América Latina, significó “espíritu”, un sentido basado en la libertad.

José fue claro en sus ideas, y en esta misma conferencia se preguntó “¿seremos realmente de los que asisten a las épocas gloriosas en que los valores se rehacen?, ¿o es solo un vigor de juventud?”. José sabía que esa razón extrema con la que fue educado tenía que mezclarse con la emotividad, con el fin de comprender al mexicano. Si durante el siglo XIX algunos académicos despreciaron el mestizaje americano al calificarlo como acto impuro y bastardo, esta joven generación en México leyó pronto nuevas ideas que cambiaron la concepción de América Latina para dotarla de una herencia milenaria, con valores provenientes de varios pueblos.

Vasconcelos quería participar en esta idea utópica, casi romántica, de cambiar esos valores negativos que el evolucionismo y naturalismo anglosajón les habían impuesto a los pueblos de cultura hispana, para hacer una revolución moral, en donde la expresión y la justicia fueran la prioridad. Con el tiempo, esta pluralidad de ideas cumplió su objetivo intelectual, como dice Zaid, y se abrió hacia el espacio cívico cuando, en 1912, José y su grupo fundaron la Universidad Popular, misión de justicia social que fue al paralelo del conflicto de la Revolución.

Pero esta idea convertida en acción, que Vasconcelos sintetizó en el concepto de “espíritu juvenil”, no paró ahí sino que tuvo una segunda oportunidad lejos de México, al otro lado del continente. Sudamérica. Ciudad de Córdoba. 1918.

 

II. Llegada

Paisaje agreste. Arbustos rebeldes en la meseta ríen. Deódoro Roca pinta. Todo está por hacerse. Es un cuadro con marco dorado. Impresiones impresionistas visten la tela. Una rúbrica en rojo desvela lo impensable. El pintor es argentino. Cordobés del siglo XX. Sensible a las emociones de la piel o el pincel. ¿Quién lo creería? Este pintor de paisajes montañeses fue el mismo que redactó el Manifiesto Liminar de Córdoba en junio de 1918, en el que los estudiantes de la Federación exigieron libertad para la sociedad americana.

Roca fue, entre otros, pilar de esta reforma, que ocurrió en Argentina y que se convirtió en el emblema para conseguir la autonomía en las universidades latinoamericanas y los derechos de los alumnos que querían elegir sus planes de estudio y forma de gobierno. Estos adolescentes, que pusieron su entusiasmo, escucharon la caja de resonancia de la revolución intelectual mexicana que creó la educación pública justo al otro polo de la región. En el Manifiesto cordobés se leen las palabras de los egresados de San Ildefonso en el centro de la Ciudad de México, entre ellas, la de José Vasconcelos, quien desde entonces ya prefiguraba esa “hora americana juvenil” que escribiera Roca.

El grito de los argentinos estaba liado contra el poder de las autoridades, civiles y eclesiásticas, que controlaban la educación en casi todo el continente; poder unilateral que solo enseñaba a “insensibilizar y a crear ignorantes”, idea parecida a la expresada por Vasconcelos en su discurso “Don Gabino Barreda y las ideas contemporáneas” (1910), en el que exigía diversidad en la enseñanza, sin repeticiones vacías que solo gastan la “virtud” de los jóvenes, método de repetición sin aprendizaje que abandona el “impulso fecundo”. En las palabras de Roca, como en las del mexicano, existe una preocupación por recuperar la sensibilidad en la educación, para que la universidad no sea el reflejo de una “sociedad decadente que padece inmovilidad senil”.

Por eso se quejaron en 1918, por eso tomaron las aulas, para acabar con la “burocracia” estática y con la “tiranía”. Entre líneas se oye el eco sutil del mexicano que ocho años antes también se quejó del viejo pensar positivista y escolástico, de la vieja dictadura militar y política porfiriana que “nos pone en incertidumbre, en inquietud y como nostálgicos”, alejados de la energía que es capaz de “dignificar nuestras vidas”. La Federación de Córdoba pidió también democracia y el gobierno para los estudiantes: cambio de valores que también asumió en cierta medida la Revolución mexicana, al paralelo del fratricidio que se cometió.

Estos escritores jóvenes en México hicieron una crítica pensada y aliada al concepto del “espíritu”, que para Vasconcelos era también el “gusto”, esa preferencia inmaterial que diferencia los intereses de las personas. El concepto del espíritu, con el que escribían sus ensayos y conferencias, también fue recuperado en el Liminar de Córdoba, que ante esas fuerzas que no dejaban respirar a los estudiantes, reclamó que “las almas de los jóvenes deben ser movidas por las fuerzas espirituales”, gusto este que era la “verdad”, y no la ciencia, ya que para ellos esta solo era un camino hacia el conocimiento, pero nunca la verdad absoluta. Pensamiento nietzschiano que supieron recuperar.

Con este movimiento cordobés, consiguieron para el resto del continente “una libertad más, y una vergüenza menos”. A la distancia, Vasconcelos, al oír estas noticias desde su exilio en Estados Unidos —tras sus diferencias con el presidente Venustiano Carranza—, pensó que su movimiento tuvo algún efecto en Argentina, así como lo dictara también en su conferencia “El movimiento intelectual contemporáneo en México” de 1916, en Lima. Los lazos a lo largo del continente estaban tensados en esta época de saltos y revoluciones. Esperanza que encontraría su buen norte nuevamente en el puerto de donde había salido, aquel, el de las aguas agitadas.

 

III. Regreso

Naveguemos, Ulises, hacia la vieja Ilión. A la ciudad lacustre amurallada por el agua laguna. Civilización de presagios es la antigua México. Ahí surgieron ideas de cambio. Presagio. Para aventurarse al océano en busca de otros nudos qué desatar. Presagio. El sur acogió las palabras y los hechos revolucionarios del norte de América. El sur concretó los hechos y le devolvió a la Ilión mexicana sus mismas palabras resignificadas.

Los cordobeses pretendieron eliminar la jerarquía universitaria. Los argentinos dijeron que debía existir una “vinculación espiritual entre maestros y alumnos, para que la enseñanza sea fecunda, porque la educación es amor”. Cuando en México triunfa la revolución de Álvaro Obregón sobre Carranza, José Vasconcelos es nombrado rector de la Universidad Nacional en 1920; entonces reprodujo la máxima cordobesa que significaba “igualdad”, para plantearlo como programa de trabajo.

En el día del maestro de 1921, Vasconcelos pronunció un discurso en el que exhortó a los maestros a agotar a la soberbia y trabajar con los jóvenes para acabar con las injusticias y “maltratos de la vida”. Conociendo el tratado de fraternidad entre maestros y alumnos que dictaron los argentinos tres años atrás, también pidió a los educadores mexicanos reproducir este anhelo con firmeza para “iluminar sus vidas”.

Les dijo que no fueran egoístas, que repartieran sus conocimientos, ya que solo estos, a través de la educación, podrían combatir la injusticia social. El mensaje del entonces rector de la Universidad, y posterior secretario de Educación Pública (a partir de octubre de 1921), era que la Revolución mexicana no se tenía que hacer con las armas, sino con ejércitos de conocimiento, pues la universidad “debe mostrarse servicial, si acaso no puede ser sabia”. El manifiesto de Córdoba también había predicado la lucha contra la autoridad que no enseña la verdad y que impone un poder mediocre.

En este nuevo programa educativo, el maestro no era una autoridad sino un revolucionario que debía iluminar a los ciudadanos para alcanzar la libertad, después de tanto dolor que habían provocado las dictaduras, golpes de Estado y las batallas. Pero ¿hacia dónde se dirigía esta revolución educativa? Se encaminaba a motivar a los jóvenes y a los espíritus entusiastas de sus mentores a crear una nueva civilización; lo que los cordobeses llamaron “esperanza en el destino de la raza” y que Vasconcelos entendió como “la fe en la raza” o “por mi raza hablará el espíritu”, es decir, la construcción en conjunto de varias sociedades en América capaces de crear nuevos valores morales.

La moral fue la columna vertebral tanto del grupo del joven José (1910) como de los de la federación de la Universidad de Córdoba (1918), asimismo del programa educativo de Vasconcelos (1920). Incautos moralistas estos. La moral es otro concepto políticamente incorrecto hoy en día, pero que siempre destapa las entrañas de una civilización. Como lo dice Fernando Escalante Gonzalbo (Ciudadanos imaginarios): la moral es esa reunión de valores y costumbres que explican las conductas de las personas en relación con los demás y que se trasladan a la política.

Durante esta campaña civilizatoria y educativa, estos jóvenes y mentores deseaban una “salud moral” a través del trabajo y la enseñanza, pues al luchar contra el dictador o el maestro impositivo querían llegar a la libertad y a la justicia, al repartir el conocimiento para alcanzar un entendimiento. Por ello intentaron al menos en la imaginación forjar esa raza cósmica, esa sociedad de sociedades que pudiera llegar a la belleza, que es la posibilidad de cada ser humano para seguir sus instintos.

Esa era la revolución: romper con infantilismos y paternalismos para trascender a una vida y educación abierta y de ahí a una transformación con valores ahora claros: justicia, libertad, igualdad, caridad, belleza y verdad. José Vasconcelos conformó en su programa a líderes espirituales que trataron de enseñar esto, “en común a indios y blancos […] en un desarrollo de la vieja tesis católica española de la igualdad de los hombres ante el espíritu”. Esta educación renovada, según él, debió llevar estas virtudes humanas de la escuela a la vida civil y política. Pero esto no ocurrió. Tampoco entre sus pares argentinos. Ese barco de esperanza naufragó en las aguas del intento.

 

IV. Naufragio

Aunque Vasconcelos produjo una reforma educativa que tuvo la posibilidad de incrustarse en el resto de las esferas sociales, su idea de revolución no pudo abatir los males de su época. Él mismo, ante su decepción por las mezquindades de la política, por las complejidades de la multiculturalidad del mexicano, y al enfrentarse con los supuestos horrores que representaba la cultura de Estados Unidos hacia el mundo, se acercó a las vacías virtudes del nacional socialismo alemán, que para él simulaba una casticidad y uniformidad utópica ante lo yanqui.

Los mismos reformistas argentinos erraron el camino, cuando algunos de ellos apoyaron el golpe militar lidereado por José Félix Uriburu en 1930, que acabó con el Gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen, con lo que lapidaron lo que ellos mismos propusieron veinte años atrás: civilidad y democracia. A pesar de los fracasos de estos jóvenes que querían las libertades para todos, sus enseñanzas son parte de la tradición de pensamiento latinoamericano al que se puede recurrir para entender este siglo XXI.

Filosofía que tanto en el Liminar de Córdoba como en los discursos y en La raza cósmica de Vasconcelos fue parte de esta literatura utópica-imaginativa, que pretendió clarificar y dar orden, entre los bienes y males sociales, a los pueblos latinoamericanos sumidos en la pobreza e ignorancia. Como dice Ignacio Sánchez Prado, que el término mestizaje y de “unión americana” fueron los buenos deseos de unos cuantos que querían, al menos en la retórica, erradicar los vicios y las diferencias.

En estos tiempos de escasa certeza sobre lo que son las virtudes o males para el ser humano y en medio de la relatividad e individualización de la vida que vuelven “un tanto cínico” a “nuestro tiempo”, como lo diría Escalante Gonzalbo, se podría pensar que esta lucha del siglo XX no sirvió de nada; sin embargo, ahora, se podría recuperar y reconsiderar aquel clásico concepto de moral que procuraba explicar y cambiar a las sociedades.

Incluso, si se observan las estadísticas educativas de los últimos años, parece que hubo una regresión y que en esta materia no se logró mucho a pesar de los intentos reformistas. Según datos oficiales de 2012, en México hay 32 millones de personas mayores de 15 años que viven con rezago escolar; mientras que 5.1 millones de mexicanos son analfabetas. Esa intentona de don José por igualar las condiciones educativas entre indígenas y no indígenas no tuvieron los resultados deseados, ya que en la actualidad 9% de los niños de diversas comunidades originarias no asiste a la escuela, mientras que la mitad de los indígenas mayores de 15 años no concluyó la primaria.

Parecería que de nada sirvió la lucha de los utopistas de principios del XX, pues resulta que el actual rector de la Universidad Nacional Autónoma de México está repitiendo el mismo discurso sobre la educación y su necesidad para el desarrollo del país: “solo los países que elevan el nivel educativo y cultural, que reducen las desigualdades y hacen del conocimiento el motor del desarrollo”.

Aunque importantes, los movimientos reformistas tanto en México como en Argentina no lograron consolidar ese nuevo estado moral que de la universidad llevara a la sociedad y a la política los valores de la educación para transitar a la democracia, al bienestar económico social y de derecho. Se debe aprender que los discursos de los últimos años no son nuevos. Que ya se dijeron. Que formaron parte del pensamiento de los intelectuales más lúcidos del siglo pasado, y que ahora toca retomarlos para darles nueva vida fuera del papel, en una actuación real, para que el “poder” no sea más la dictadura y beneplácito de una élite sobre una masa indiferente, sino que sea el “poder” civil de elegir lo mejor para la vida y su constante transformación.

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MARCOS DANIEL AGUILAR (Ciudad de México, 1982) es ensayista. Autor de Un informante en el olvido: Alfonso Reyes (Conaculta, 2013). También es coautor de los libros de ensayos Facciones (Universidad Veracruzana, 2012) y Un escritor en la tierra: José Revueltas (FCE, 2014). Es colaborador de Laberinto, de Milenio diario, La Jornada Semanal y de la revista Tierra Adentro.

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