Sunday, 20 January 2019
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La crítica y el gusto
Becarios De La Fundación Para Las Letras Mexicanas | Cultura | Este País | Adán Brand | 01.04.2015 | 0 Comentarios

Ni agua ni desierto,  encáustica sobre tela y madera,  1 x 1.20,  2011.

Ni agua ni desierto, encáustica sobre tela y madera, 1 x 1.20, 2011.

Debe haber cientos de libros al respecto del arte y lo artístico, aunque en nuestros días sigamos sin poder generar una definición convincente, abarcadora, consensuada y definitiva de ‘arte’. Dirán algunos que enfrascarse en esa discusión es un desperdicio de tiempo, que lleva a debates bizantinos. Es posible que tengan razón, pero no deja de resultar desconcertante que pueda existir algo como la crítica de arte sin el ancla de una definición útil en términos operativos, que nos permita saber a partir de qué elementos se desarrolla dicha crítica.

Hay quienes intentan bordear esta problemática o posponerla definitivamente, proponiendo una revisión de cada objeto artístico por sí mismo (es decir, que haya sido creado con la intención de ser ‘arte’). Pero eso puede ser ingenuo e inútil: se necesita al menos un grupo de objetos con características similares y variaciones para poder establecer una crítica que encuentre las virtudes de la obra y su unicidad, su valía como rara avis, como pieza que sobrepasa el mero valor de la artesanía o del objeto producido en serie.

La lectura comparativa de las características similares de un grupo de obras, sus variantes o particularidades y la combinación de estos dos conceptos (similitudes y variaciones), puede ser una clave importante para lograr una crítica más o menos sensata; una que al menos permita apreciar una técnica y un trabajo detrás de la obra.

Afortunadamente, no se trata de crear el mundo. Como habitantes de Occidente, estamos insertos dentro de una tradición (llena de ramas y rupturas, si se quiere) que nos permite saber cuáles han sido las similitudes técnicas privilegiadas a lo largo de los años, y cuáles han sido también las variaciones que han logrado generar nuevos hallazgos, nuevas revelaciones, nuevas maneras de decir las cosas, de hablar de los mismos temas.

El ojo entrenado, acostumbrado a consumir continuamente obras etiquetadas como ‘artísticas’, logrará diferenciar con mucho mayor certeza aquello que, en efecto, se inserta en una de las ramas de la tradición y a la par la refresca, de aquello que apela de forma facilista a la explotación del pathos (aquí: el sentimentalismo y la sensiblería propia de todas las personas); es decir, le será más fácil observar y separar, ante un mismo tema tratado en un grupo de obras, las que logran el hallazgo y la pericia técnica, de las que caen en el lugar común. Por otro lado, el ojo poco preparado tendrá dificultades para hacer la distinción; además, se emocionará, sufrirá genuinamente y se enternecerá hasta las lágrimas con la telenovela de las ocho de la noche o con la novela sobre un tórrido romance, plagada de frases trilladas y giros de tuerca (si los llegara a tener) completamente previsibles. Que una persona entrenada pueda disfrutar también la telenovela, la novela de Corín Tellado o la película dominguera, no significa que la valore como obra de arte: no es gratuito el concepto de “gusto culposo”.

De lo anterior puede deducirse que gusto personal y apreciación estética no son conceptos que necesariamente deban ir juntos: lo mismo me pueden fascinar los gansitos que una pieza de la más alta repostería francesa, y no por eso diré que al final el trabajo, la técnica, “el arte” de cada pastelito es el mismo. También puedo ser fan de las películas de terror mal hechas y del cine de autor, sin que por ello mi gusto comprometa mi valoración estética. Finalmente, puede haber obras de arte que no me gusten, y no por ello dejaría de reconocer su valor como piezas artísticas.

A pesar de lo evidente que pueda resultar lo anterior, es frecuente escuchar conversaciones en distintos ámbitos —desde charlas de bar y pasillo universitario, hasta presentaciones museográficas o talleres literarios—, en las que aparece el gusto personal como el primer parámetro —cuando no el único— de juicio de valor artístico. Es decir, aunque teóricamente podemos reconocer que el gusto es una cosa y la valoración estética otra, en el plano de los hechos solemos traslapar conceptos, de tal suerte que descalificamos o ensalzamos obras desde una supuesta mirada crítica sin ningún otro sustento que el gusto personal.

Por supuesto, así como el poderoso “racionaliza” la injusticia que le favorece, de tal suerte que la legitima; al ejercer nuestra labor como críticos intentamos disfrazar nuestras filias y manías en falsa erudición, adverbios y adjetivos calificativos, pero pocas veces logramos determinar cuáles son los recursos específicos usados en una obra que nos parecen malogrados, en relación con la funcionalidad o la coherencia interna de la obra misma, y en comparación con el uso de esos mismos recursos en otras obras pertenecientes a la corriente estética en la que se inserta la que está sujeta a crítica. Un ejemplo sencillo, tomado de talleres universitarios de literatura, es la punición del uso de gerundios en poemas, basado en el mero gusto y el completo desconocimiento de la inserción sintácticamente adecuada del verboide.

Así como hay quien determina que lo artístico es exclusivamente lo que le gusta, hay quien cae en cuenta de que no tiene las herramientas necesarias para juzgar una obra desde una mirada crítica, pero en lugar de aceptarlo así y emitir una humilde opinión desde su gusto personal, declara que no hay manera de decidir qué es artístico y qué no, por lo que cualquier cosa puede ser considerada arte (o “buen arte”) sin ningún problema. Se cae entonces en el mismo conflicto: si solo el gusto personal determina lo que es arte, entonces todo puede ser arte; si todo objeto puede etiquetarse como ‘artístico’, entonces la categoría, el concepto mismo de arte/artístico pierde su razón de ser, por su falta de orillas, de límites definicionales.

Quienes trabajamos o vivimos de alguna de las ramas del arte, no podemos disculparnos de saber de qué estamos hablando cuando juzgamos una obra determinada. Siempre existe un marco y un grupo de características técnicas y estéticas (y filosóficas) privilegiadas en una época, con toda una historia de diálogos y rupturas detrás. Ignorar esto nos puede llevar a desechar un poema valioso y aplaudir uno deficiente; nos puede llevar a ignorar una buena pintura y a meter en la sala de un museo diez cubetas con agua. Ahora bien, si se trata nada más de decir qué nos gusta y qué no, bien podríamos hacerlo sin aseverar, a partir de ahí, que la obra es buena o es mala, artística o no, porque eso ya es otro cuento.

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ADÁN BRAND (Aguascalientes, 1984) es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes y maestro en Lingüística Aplicada por la UNAM. Ha publicado poemas, cuentos y ensayos en diversas revistas y antologías. Actualmente es coeditor de www.mexicokafkiano.com y becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el área de poesía.

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