Saturday, 19 January 2019
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La ínsula más frágil
Cultura | Este País | Mirador | Jorge Comensal | 01.02.2015 | 2 Comentarios

Francisco Macías, Y llamé a esa media hora: Perfección de lo Finito (fragmento del poema “Felicidad en Herat”, de Octavio Paz), 2014.

Francisco Macías,
Y llamé a esa media hora: Perfección de lo Finito
(fragmento del poema “Felicidad en Herat”, de Octavio Paz), 2014.

Miro esta foto y falsea mi comprensión de la materia. Hay un remolino de texturas cuyo centro es una herida de gas hecho color —un arcoíris— y un centauro mineral —el gran bisonte—, que se rasca contra una roca y asemeja un parto de la piedra inseminada por la luz. Miro también la hierba que vibra como un incendio y se apaga en el lago. Más allá, la sierra que parece una manada de bisontes desmedidos, y en el cielo nubes, cónsules del tiempo ausente.

Aquí se desdibujan los límites de los estados, de lo sólido y lo líquido, lo vivo y lo inerte. Paco Macías Velasco tituló esta imagen Y llamé a esa media hora: Perfección de lo Finito, en memoria del poema “Felicidad en Herat” de Octavio Paz, donde el poeta recuerda un viaje a la ciudad afgana y concluye:

Vi un cielo azul y todos los azules,

del blanco al verde

todo el abanico de los álamos

y sobre el pino, más aire que pájaro,

el mirlo blanquinegro.

Vi al mundo reposar en sí mismo.

Vi las apariencias.

Y llamé a esa media hora:

Perfección de lo Finito.

Acaso esta fotografía se reveló en “todos los azules” para dar cuenta de esa dicha que Paz sintió en Herat y Macías en la Isla Antílope, donde tomó esta foto, dentro del Great Salt Lake en Utah, Estados Unidos. Según me compartió el fotógrafo, el día que visitó la isla había estado lluvioso, frustrante, y ya iba de salida cuando pasó este bisonte frente a él, rumbo a la roca. Macías, que no contaba en ese momento con un lente para fotos a distancia, tuvo que acercarse a su objetivo. Estar cerca de un animal cornudo que pesa más de una tonelada es siempre una prueba de valentía y una lección de humildad. La imponencia del bisonte se devela en la foto, en la mirada perpleja del humano que contempla algo tremendo, al mismo tiempo frágil y colosal. La luz era plana y oscura, adversa a la captura de una imagen. De pronto, un rayo de sol se filtró entre las nubes y en su trayecto hacia la piedra viva del bisonte formó un doble arcoíris completo. ¿Quién sabría calcular las escasas probabilidades de esta encrucijada? ¿Acaso creeríamos en el prodigio si no fuera por la imagen?

La buena suerte de Paco Macías aquella tarde me parece una metáfora estupenda del instante en que surgió la vida en la Tierra, hace más de tres mil millones de años. Así como en la isla coincidieron fotógrafo, arcoíris y bisonte para hacer esta fotografía improbable, en el origen remoto se juntaron elementos, sustancias, vibraciones, y algo nuevo apareció, raro y hambriento, capaz de crecer y multiplicarse, nacer y morir. El origen de la vida es un misterio que los biólogos abordan sin certeza. Unos dicen que surgió en la boca de volcanes submarinos, otros que en la sopa primigenia de los charcos animados por relámpagos del caos. Otros afirman que la vida llegó de lejos, en un meteorito, y que nuestro más lejano antepasado es una célula extraterrestre. Nadie sabe cómo sucedió, y por eso es que el asombro por la vida tiene tanto de misterio y gratitud.

Pero no siempre es así. Cuando los blancos pioneros del oeste se encontraron con las grandes manadas de bisontes, el asombro fue breve y codicioso. En el bisonte vieron carne, piel, dinero y estrategia para debilitar a las tribus que comían al animal. A lo largo del siglo XIX, el avance de Estados Unidos (vaqueros, soldados, obreros del ferrocarril) hacia el oeste significó la matanza de más de cincuenta millones de bisontes. En 1890 quedaban setecientos cincuenta ejemplares de la especie, y alguien vio en esa escasez una oportunidad de negocio. El 15 de febrero de 1893, William Glassman y John Dooly embarcaron doce bisontes y los llevaron a la Isla Antílope con el fin de reproducirlos y cobrar a los clientes ávidos de cazar a un bisonte por diversión.

Los animales se reprodujeron tanto y el interés por cazarlos fue tan poco (había muchos lobos y venados que cazar gratuitamente), que el rancho de búfalos resultó incosteable, y en 1926 se decidió acabar con los búfalos de la isla. Unos cuantos escaparon de la masacre. Volvieron a multiplicarse y décadas después el Gobierno de Utah compró la manada y estableció una reserva para manejar una población de varios cientos de búfalos. El protagonista de la fotografía es uno de ellos.

Las grandes praderas cubiertas de bisontes americanos ya no caben en el mundo. Aunque hay poblaciones saludables en el Parque Nacional de Yellowstone, en el Estatal de Isla Antílope, e incluso en la reserva mexicana de El Uno, en Chihuahua, estos mamíferos no volverán a proliferar mientras nosotros dominemos el planeta. La razón es simple: las grandes llanuras que antes ocupaba el bisonte americano ahora son territorio de otro tipo de bovino, el ganado doméstico. Según datos del Atlas de la Carne 2014, cada año se consumen en Estados Unidos más de once millones de toneladas de carne de res, así como diez millones de toneladas de cerdo y casi veinte millones de toneladas de pollo y pavo. El apetito humano es tan voraz que cada vez queda menos biomasa disponible para el sustento de grandes animales salvajes como el bisonte.

Cuando el nivel de agua en el lago baja, la Isla Antílope se convierte en una península unida a tierra firme por una planicie de sal. Los primeros occidentales en pisarla cruzaron la planicie a caballo en 1845, y mataron a un berrendo —antílope americano— para comer. Llamaron al lugar Isla Antílope, aunque las sequías hagan de ella casi siempre una península.

Los bisontes americanos son como esa isla que al azar les dio refugio: una reliquia maciza de un tiempo sin humanos. Si algún día aprendemos a compartir el territorio de manera más sensata con el resto de los vivos, acaso sentiremos de nuevo un gran asombro y veremos al mundo reposar en sí mismo, y sobre él a un bisonte rascándose contra una roca en la que nace un arcoíris, para siempre, nada más.

______________________

JORGE COMENSAL es narrador y ensayista. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (en el área de novela) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Actualmente está escribiendo un libro de ensayos sobre la extinción de la biodiversidad mexicana.

2 Respuestas para “La ínsula más frágil
  1. Cecilia Escalante dice:

    Jorge: que enorme capacidad poética que nos liga al instante de lo primigenio que encontraste en esta foto de Paco Macias Velasco y a la historia, que como el hilo de Ariatna nos devela el misterio de la vida y el destino de este glorioso y majestuoso animal.
    Gracias por tu mirada que pones en palabras

  2. Francisco Macías Velasco dice:

    Para Jorge Comensal. Las diferentes lecturas que escribiste de mi foto (momento mágico) deja ver que no sólo eres un buen escritor sino mejor ser humano. Gracias por este magnífico texto Jorge, lo guardo.

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