Monday, 17 December 2018
Artículos relacionados
La política del hambre

Entrevista con Martín Caparrós
Este País | Ariel Ruiz Mondragón | 01.03.2015 | 0 Comentarios

©iStockphoto.com/xochicalco

En un reporte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), fechado en septiembre de 2014, se informó que 805 millones de personas todavía sufren subalimentación crónica, esto es 100 millones menos que la década anterior. Son seres humanos que a diario tienen que enfrentar la carencia de alimentos en sus mesas, muchas veces sin éxito: cada día mueren 25 mil personas por causas relacionadas con el hambre. Lo perverso es que, al mismo tiempo, gracias a los avances técnicos y tecnológicos, la agricultura mundial puede alimentar a 12 mil millones de personas, casi el doble de la población actual.

Este problema es tratado por Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) en su más reciente libro, El hambre (México, Planeta, 2014), una suerte de gran reportaje de 600 páginas en las que el autor no solo relata las dramáticas vivencias cotidianas de personas a las que les falta alimento, sino que intenta comprender y explicar las diversas aristas de esta calamidad.

Para realizar su investigación, el escritor y periodista argentino viajó por Níger, India, Bangladés, Estados Unidos, Argentina, Sudán del Sur y Madagascar. Su amplio recorrido lo llevó desde pequeñas comunidades agrarias miserables, pasando por las villamiserias y basureros donde apenas se sortea el hambre, hasta la Bolsa de Chicago, en donde se hace dinero, mucho dinero (y se decide el destino de miles de personas) con la especulación en el negocio de los alimentos.

Sobre las causas del hambre, Caparrós destaca en el libro que la falta de comida ya no es una de ellas: “El mundo produce más comida que la que necesitan sus habitantes; todos sabemos quiénes no tienen suficiente; mandarles lo que necesitan puede ser cuestión de horas. Esto es lo que hace que el hambre actual sea, de algún modo, más brutal, más horrible que la de hace cien años o mil años”. Y remata: “Más que nunca, no comer es la consecuencia de un mercado mundial que dirige, concentra, excluye: hambrea”.

Sobre este libro conversamos con Caparrós. Licenciado en Historia por la Sorbona, Caparrós dirigió publicaciones como El Porteño, Babel y Página/30. Ha colaborado en The New York Times, Le Monde y El País, entre otros medios. Autor de 25 libros, ganó los premios Internacional de Periodismo Rey de España (1992), Planeta Latinoamérica (2004), Herralde de Novela (2011) y Konex (2004 y 2014).  ARM

ARIEL RUIZ MONDRAGÓN: ¿Por qué escribir hoy un libro como el suyo? Usted dice en las primeras páginas que “es un fracaso” sobre “el mayor fracaso del género humano”, y más adelante afirma que de parte suya hubo falta de valentía e incluso llega a hablar de cobardía.

MARTÍN CAPARRÓS: Quizá tiene que ver con la frase que puse al empezar el libro: “Inténtalo de nuevo y fracasa mejor”. Estoy a favor de esa idea, que trato de desarrollar al final: lo que vale la pena es intentar las cosas sin que tengas ninguna garantía de que vas a conseguir el resultado. A veces se obtiene, a veces no, pero no hay que depender del resultado sino hacer las cosas que uno cree que no puede dejar de hacer porque se sentiría peor si no las hiciera. Y este libro, obviamente, era un problema del tamaño de 900 millones de personas que no comen. Imagínese qué importancia puede tener un libro que yo publique sobre eso. Sin embargo, consciente de que es una pequeñísima gota de tinta en el mar, lo quiero hacer porque me importa haberlo hecho. Me importa intentarlo aunque sea para fracasar.

¿Qué cobertura le han dado los medios de comunicación a este problema? Usted recuerda que en la Inglaterra del siglo XIX Engels y Stead sí le dieron relevancia. También destaca que los diarios lo abordan cuando se trata de desastres espectaculares como las hambrunas. Pero el drama cotidiano de la gente más pobre que está luchando por apenas sobrevivir no aparece en los periódicos.

Lo que pasa es que en el siglo XIX los hambrientos formaban parte de las sociedades más ricas: había hambre en Inglaterra, por ejemplo, después de la Revolución Industrial, cuando era la sociedad más rica de su tiempo. Los obreros no siempre conseguían comida suficiente, como cuenta Engels.

La diferencia es que ahora, en general, los hambrientos están tan perfectamente excluidos que ya no forman parte de nuestro paisaje cotidiano ni son una amenaza directa. Están, si acaso, en las periferias de las grandes ciudades o en zonas rurales alejadas. Y aunque se encuentren a 100 kilómetros de aquí, ya no son parte del aparato productivo.

Es mucho más fácil cerrar los ojos a esos excluidos, no contar sus historias y no hacerles caso. El mecanismo más habitual de este problema no es la explosión de la hambruna, cuando miles de personas se quedan súbitamente sin nada de comer, sino el hambre sostenida y silenciosa que dura vidas y generaciones y que mata porque produce cuerpos tan debilitados que cualquier enfermedad que a otra persona no le haría nada, resulta fatal. Lo anterior es muy poco espectacular, y entre esto y el hecho de que quienes lo sufren están excluidos de nuestras sociedades, los medios muy cómodamente pueden no ocuparse del asunto.

Usted viajó por lugares muy pobres del mundo. ¿Qué riesgos corrió al hacer esta investigación? En el libro cuenta que estuvo enfermo en Níger y en peligro de ser agredido en los basureros de Argentina, o que vivió un terremoto en Bangladés, por ejemplo.

Fueron riesgos infinitamente menores que los que corre todos los días cualquiera de las personas que me contaron sus historias. Son riesgos muy controlados, aunque, obviamente, todo puede salir mal de pronto y puedes joderte, como también te puede salir mal usar avenida Revolución.

Pero no es importante el tema de los riesgos. No creo que un trabajo periodístico sea mejor o peor porque ha supuesto riesgos. Me parece que es mejor si consigue contar lo que quiere contar, si consigue entender lo que quiere entender.

Usted menciona un dato relevante: los alimentos solo representan el seis por ciento de la economía mundial, 10 veces menos que los servicios, pero de ellos depende el resto de la economía. ¿Por qué se les presta tan poca atención si son la base de todo lo demás?

Es una explicación compleja. En general, los productores de alimentos no son los países más ricos, o no son los sectores ricos de los países más ricos. En los últimos 30 o 40 años, los precios de los alimentos bajaron notablemente porque se producía mucho, más que nunca. Entonces, dejó de ser atractivo para los grandes capitalistas invertir en ellos, y prefirieron invertir en tantas otras cosas que, efectivamente, ofrecen beneficios mucho más importantes: industrias de punta, servicios, bancos, especulación.

La producción de alimentos es modesta en cuanto a sus retornos, pero en cualquier caso esa tendencia cambió porque ahora está la idea relativamente nueva de que ha llegado a una especie de techo y por lo tanto no va a ser fácil expandirla más. Eso ha hecho subir bastante los precios y ha hecho que este tipo de negocio vuelva a ser atractivo para los grandes capitales; por otro lado, ha impedido que mucha gente pueda comprar comida, por el encarecimiento.

Así, aunque hubo un cambio en cuanto a la consideración que tiene el negocio alimentario en el mundo, sigue siendo una parte menor porque, efectivamente, toda la industria, tanto de grandes máquinas como de tecnologías de punta, es mucho más eficaz cuando genera plusvalía.

Usted describe algunos efectos perversos que tuvieron los cambios técnicos y tecnológicos, por ejemplo la Revolución verde, que llevó a muchos campesinos de los países más pobres a ser todavía más pobres…

Es un doble movimiento: la Revolución verde consiguió multiplicar la producción agraria, y gracias a esa mejora técnica ahora el mundo produce más alimentos de los que se necesitan. Este es un dato muy fuerte, pero no significa que todos tengan los alimentos que requieren, porque hay un grado de apropiación de esa riqueza muy alto por parte de los más ricos.

Al mismo tiempo, la Revolución verde efectivamente fue usada en muchos lugares para expulsar campesinos, concentrar producciones agrarias de mayor superficie, con más máquinas, menos mano de obra y mayores beneficios para las corporaciones. Pero esto no es culpa de la técnica sino de todo el mecanismo político y económico que aprovecha esas técnicas.

Creo que lo mismo pasa con las semillas transgénicas. Son muy eficaces para producir alimentos pero traen consigo un problema grave: no el eventual daño que pueden causar a los suelos (lo cual tampoco está del todo probado; en última instancia habría que elegir entre un suelo dañado o la muerte de millones de personas porque no tienen comida), sino que esa eficacia y ese incremento de la producción no benefician a todo el mundo sino al señor Monsanto o a cualquiera de esas grandes corporaciones.

Eso se constituye, insisto, en un problema político. ¿Quién tiene el poder de decir: “Usa esas semillas, pero no hay razón para que usted sea el que se lleve todo el beneficio; pertenecen a todo el conjunto de las personas, y todos tendrán el derecho de plantarlas, usarlas, mejorarlas”?

De las entrevistas que usted hizo para el libro, me atrajeron dos que contrastan por la forma en que abordan el asunto de la producción de alimentos y sus beneficios. Por un lado está Vandana Shiva, quien defiende los cultivos tradicionales y ataca las formas modernas de producción, y por el otro un corredor de la Bolsa de Chicago que se dedica a especular (lo cual ya pueden hacer también las máquinas) con los alimentos y decide desde allí el futuro de miles de personas.

Yo no lo sabía y me impresionó eso de las máquinas que hacen inversiones todo el tiempo y van ganando grandes cantidades de dinero mediante operaciones de segundos o milisegundos. Me pareció delirante, la especulación más pura que uno se pueda imaginar: no hay ningún objeto ni nada en el medio, solo tecnología para producir dinero con dinero con dinero con dinero…

A mí me sorprende cómo a veces la izquierda se ha vuelto tan conservadora, en el sentido de reivindicar tradiciones como estas: viejas formas de cultivo que no alcanzaban para que comiera ni la mitad de la población. En la India la gente se moría de hambre con esas viejas formas tradicionales. ¿Cómo puede ser que ahora las reivindiquen? No alcanzarían para alimentar ni a la mitad de la población de mil 300 millones de personas. Me hizo gracia que encontré esa frase de Marx que habla de la India en su época tradicional y dice que es el país más reaccionario, más autoritario, más esclavista del mundo. Ese es el tipo de sociedad que cierta izquierda reivindica.

En el asunto del hambre hay un coctel muy rico y variado, con diversos aspectos culturales: por ejemplo, usted destaca algunos prejuicios, como el machismo, cierto nacionalismo, la resistencia a la medicina moderna, el respeto a las tradiciones, a la religión. Muchos de sus entrevistados, incluso en la situación desesperada en la que se encuentran, no quieren rebelarse contra el orden imperante…

El hambre es uno de esos focos en los que uno puede pararse para mirar desde allí una cantidad de fenómenos sociales distintos. La cuestión de la religiosidad de los hambrientos me impresionó mucho. Buscaba ateos y no los encontraba; a ver si alguien me decía: “Yo no creo en Dios, no creo en nada, yo lo que quiero es conseguir la comida que necesito”. Pero no, todos sacaban a relucir algún Dios. Por supuesto, no hay ninguna idea tan bruta como la hindú del karma, en la que el problema es culpa tuya: si te va mal es por ti, porque en una vida anterior pisaste una cucaracha. Tampoco hay que menospreciar la habilidad del islam o de la Iglesia católica para convencerte de que no puedes hacer nada, de que tienes que soportar lo que te toca. Decía la Madre Teresa de Calcuta: “Qué bonito ver cómo sufren los pobres, cómo soportan su destino”, o algo así.

¿Qué relación ha habido entre los regímenes políticos y el hambre en ciertos países? Hay ejemplos en el libro: el caso de Ucrania bajo Stalin, el “Gran Salto hacia Delante” de Mao Tse-Tung, hasta llegar al Consenso de Washington.

Eso es tremendo. Yo no lo tenía tan claro, es otra cosa que descubrí trabajando para este libro: cómo las más grandes catástrofes, las hambrunas del siglo XX, fueron todas causadas por regímenes políticos autoritarios: Stalin en Georgia en los años veinte, Hitler en Europa del Este en los cuarenta, Mao en China a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, casos todos en los que murieron millones de personas.

A mí siempre me incomodó esa idea de asimilar Stalin a Hitler o a Mao, pero en esto hay que reconocer que los efectos que produjeron fueron muy parecidos, y entre los tres se llevan el podio absoluto de las catástrofes del hambre del siglo XX. Son ejemplos de cómo un Gobierno con todo el poder a su disposición puede hacer desastres absolutos.

En cambio, para mirar un poco del otro lado, digo por ahí que no estoy para nada de acuerdo con esa idea tan famosa de Amartya Sen de que la forma de evitar el hambre es la democracia. Debería ver que su propio país, la India, es el que tiene más hambrientos del mundo y es, al mismo tiempo, la mayor democracia del mundo.

Uno de los casos más extraordinarios, bárbaros y salvajes que recuerdo es el de los Jemeres Rojos en Camboya…

También hubo una gran cantidad de muertos, hicieron lo mismo pero, como es un país más chiquito, no podían competir con China, con la Unión Soviética o con Europa del Este.

Un caso de los que relata atañe a su familia, el del gueto de Varsovia, creado por los nazis. ¿Cómo lo recuerda?

Yo nací 16 años después, y mi abuelo, hijo de la bisabuela Gustava, que aparece en el libro, nunca quiso hablar de eso. Es algo que los familiares fuimos reconstruyendo después por distintos medios.

Me impresiona tener una relación de sangre con una de esas grandes hambres del siglo, y también me impresiona mucho la historia que cuento sobre los médicos judíos; se sabían condenados porque estaban en el gueto y los iban a matar. Aun así, decidieron hacer algo para un futuro que no verían: estudiar a sus pacientes, sabiendo que iba a ser difícil reunir tantos casos sobre desnutrición, para dejar a quienes pudieran retomarlo algún saber que permitiera trabajar sobre casos semejantes en el futuro. Esto me emociona.

Es una situación desesperante en la que están 800 millones de personas. Tras sus viajes y su extenso relato, ¿dónde ve la esperanza para resolver este problema?, ¿en dónde encontró humanidad, a la que usted reivindica?

En muchos lugares. Hay movimientos que van apareciendo y que se van juntando; algunos que consiguen algo, otros fracasan. Pero una imagen que ahora me viene a la cabeza es la de una chica en un pueblito de Madagascar, en donde una empresa se instaló y les está sacando sus tierras de cultivo. Los hombres tratan de convencerse de que no importa mucho, de que, bueno, pasaría de todas maneras, etcétera. Ella, que en su condición de mujer no tendría derecho a hablar, los increpa y les dice que si no se dan cuenta de que se van a quedar sin comida y sin agua. Es ella —la mujer, la que tendría que quedarse callada— la que intenta despertar a sus vecinos, a sus amigos. Una chica como esa es una de tantas personas o situaciones que me dan esperanza.

Históricamente, parece haber una relación entre el hambre y algunas revueltas y revoluciones. Pero en su recorrido usted encontró gente que, a pesar de su situación desesperada, no tenía ninguna intención de rebelarse, y que más bien acepta el maltrato y el engaño.

Me parece que no siempre las mismas causas producen los mismos efectos. Si no, la vida de las sociedades sería tan mecánica como el ascensor que sube y baja. En muchos casos la gente que tiene hambre sufre, al mismo tiempo, una especie de recorte de sus posibilidades que le impide imaginarse de otra manera, pensar qué hacer para salir de esa situación, porque, entre otras cosas, junto con el hambre viene muy fuerte el discurso de que la única solución es que traigan una bolsa de granos, que no hay solución fuera de eso.

Pero de vez en cuando, ese malestar difuso llega a una especie de masa crítica que cristaliza este tipo de revueltas. Muchas veces tampoco alcanzan nada después, son simplemente revueltas, explosiones de cólera que pueden incluso voltear a un Gobierno pero no son capaces de construir otro. Pero a veces sí: hay una acumulación de efectos que llegan al punto en el que realmente cambian algo.

Es interesante la crítica que usted hace al final del libro: vivimos en un mundo en el que ya no hay proyectos y lo único que tenemos es la protesta —los indignados, la antiglobalización… Usted plantea que hay que pasar de la defensa al ataque, y para hacerlo hay que tener propuestas. ¿Qué ideas, así sean vagas y preliminares, pueden comenzar a dar forma a ese proyecto?

No lo sé suficientemente. A mí me gustaría buscar una forma moral de la economía, que produzca una distribución mayor de los bienes y del poder, pero no sabemos cuál es la forma política que acompañaría o sustentaría este modelo económico.

Creo, a muy grandes rasgos, que esto tiene que relacionarse con la idea de la distribución del poder, y que hay medios que avanzan cada vez más para lograrlo. Los sistemas de delegación llamados “democracia” tenían todo su sentido hace 100 años, cuando consultar las voluntades populares era muy complicado; entonces, había que hacerlo cada tanto y tener delegados que supuestamente las representaran, aunque nunca lo hacían. Ya no hay ninguna razón para que esto sea así, porque estamos en condiciones técnicas de autogobernarnos de algún modo, de tener delegados que consulten cada una de las decisiones importantes.

Creo que esa sería la tendencia que me gustaría encontrar: formas en que el poder se disemine y todos seamos capaces de ejercer nuestra parte de poder en vez de entregárselo a un sector pequeño de hombres fuertes económica y políticamente.

Justamente al final del libro hay un par de ideas que usted desarrolla para intentar resolver el problema del hambre: la vanguardia y la rebeldía. ¿Qué significado les atribuye hoy?

Hace muchos años critiqué intensamente la idea de vanguardia, de que hay supuestamente un grupo de personas que sabe mejor que los demás qué es lo que todos necesitan. Es una idea que fue muy dañina durante todos los procesos de rebeldía de la última parte del siglo XX, porque en general hizo que estos terminaran en regímenes muy autoritarios.

Fui parte de eso y fui muy crítico. Pero al mismo tiempo me pregunto —si por definición la mayoría acepta las ideas dominantes— cómo cambiar esas ideas si no es gracias a un pequeño sector de inadaptados que quieren pensar distinto. Y eso es lo que llamábamos “vanguardia”: ese sector de inadaptados que buscaba más allá. Esa es mi perplejidad actual, por eso tengo más preguntas que respuestas.

El desafío, entonces, sería reconocer que pensar distinto no te da derecho al poder, no te da derecho a conducir a nadie. Si acaso a proponer, pero no a mandar. No es sencillo porque, en general, declinar el poder cuando uno cree que tiene algún derecho a tenerlo es difícil. Pero sería una de las premisas básicas para poder pensar en forma distinta los cambios políticos. 

______

ARIEL RUIZ MONDRAGÓN es editor. Estudió Historia en la UNAM. Ha colaborado en revistas como Metapolítica, Replicante y Etcétera.

Dejar un comentario



Recomendaciones y reseñas
Recomendaciones Después de Memoria y espanto o el recuerdo de infancia y de La memoria, la inventora, Néstor A. Braunstein completa su trilogía con La memoria del uno y la memoria del otro. El autor subraya la necesidad de problematizar tanto el tema de la memoria como los vínculos que tiene con otras disciplinas. Da […]
Días de biblioteca (I): libros inventados
¿Qué me llevó a atravesar la ciudad de sur a norte (aproximadamente una hora y media de puentes peatonales, escaleras no siempre eléctricas, vagones atestados, cambios de líneas de metro, varias calle a pie) en pos de algo tan absurdo y quizás anacrónico como lo es un libro inventado, una obra ficticia que —lo sabía […]
Trabajos por encargo (consejos para escribir una reseña)
La película Adaptation, dirigida por Spike Jonze y escrita por Charlie Kaufman, es el mejor retrato que he visto del proceso creativo –a veces doloroso– por el que pasa un escritor cuando tiene que cumplir un trabajo por encargo. Supe de ella porque Erik Alonso la cita en un par de ocasiones dentro de su […]
El peso de la religiosidad en la identidad nacional
“Creer en México” no habla de que los mexicanos tengan fe en su país, sino todo lo contrario: muestra la incredulidad en sus instituciones, en sus valores patrióticos y en sus formas de participación civil. “Creer en México” busca retratar el perfil de los mexicanos a partir de sus preferencias y adhesiones religiosas. En el […]
Inmigración y racismo en Estados Unidos
La discriminación en el país vecino ha alcanzado a grupos muy distintos: a los pueblos nativos y la gente de origen africano, por supuesto, pero también a variados conjuntos de migrantes. Los mexicanos radicados allá no han sido la excepción. Todos los animales son creados iguales, pero algunos animales son creados más iguales que otros. […]
Más leídos
Más comentados
¿Por qué es un problema la lectura? (204.651)
Desarrollar el gusto por la lectura no es cuestión meramente de voluntad individual. El interés por los libros aparece sólo en ciertas circunstancias.

Jóvenes que no estudian ni trabajan: ¿Cuántos son?, ¿quiénes son?, ¿qué hacer?1 (120.754)
...

La distribución del ingreso en México (109.472)
...

Los grandes problemas actuales de México (79.605)
...

Perfil demográfico de México (66.480)
...

Presunto culpable: ¿Por qué nuestro sistema de justicia condena inocentes de forma rutinaria?
Bas­tan­te han es­cri­to y di­cho ter­ce­ros so­bre Pre­sun­to cul­pa­ble....

Los grandes problemas actuales de México
Se dice que el país está sobrediagnosticado, pero en plenas campañas y ante...

I7P5N: la fórmula
Homenaje al ipn con motivo de su 75 aniversario, este ensayo es también una...

China – EUA. ¿Nuevo escenario bipolar?
No hace mucho que regresé de viaje del continente asiático, con el propósito...

La sofocracia y la política científica
Con el cambio de Gobierno, se han escuchado voces que proponen la creación...

1
Foro de Indicadores