Monday, 17 December 2018
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La virtud de la neblina. Interculturalidades posibles en México
Este País | Cuauhtémoc Jiménez Moyo | 01.06.2015 | 0 Comentarios

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Para que haya un intercambio positivo entre las muchas culturas que componen México, hacen falta condiciones mínimas de equidad. A continuación, un análisis de la relación entre las comunidades culturalmente diversas de nuestro país y las condiciones en que esta ocurre.

Para el maestro Ernesto, mi padre

Si hay un país que es plural y diverso, impredecible y complejo, es México. Según datos oficiales,1 en nuestro país hay más de 60 pueblos indígenas. Como el inesperado relámpago que cimbra la negra noche, los pueblos indígenas acometen la imaginada homogeneidad cultural. Durante centurias se nos ha afirmado una verdad aparente: somos una nación de mestizos, una raza cósmica con virtudes clásicas y modernas, ciudadanos iguales, mixtura irreductible. Sin embargo, igual que el hombre que quiere olvidar su pasado traumático y, en vez de reconocerlo y aceptarlo, lo niega y es golpeado por él con más fuerza a la menor provocación, la pluralidad persiste y nos impone un desafío primordial: ¿quiénes somos?

La respuesta ha de invocar la complejidad para acercarnos a una realidad escurridiza que es ontológica y, a la vez, profundamente política. Parece evidente que somos un país pluricultural: cosmovisiones diversas, costumbres divergentes. Del mismo modo que para los nuevos astrónomos el multiverso es una hipótesis inevitable —pues la evidencia sugiere que somos tan solo un grano de arena—, a quienes hemos tenido la suerte de convivir con alguna cultura distinta de la nuestra nos parece claro que puede haber tantas verdades y formas de ver el mundo como culturas hay en nuestro horizonte.

En México, la diversidad cultural cobra relevancia porque deviene en interculturalidad, es decir, porque de las interacciones culturales emergen desafíos identitarios, políticos y, como se afirma en este ensayo, ontológicos. Debemos decir, en primera instancia, que la interculturalidad2 vivida en México es la mostrada por la interacción entre pueblos y comunidades indígenas y una sociedad mayoritariamente mestiza. Esta interacción no se ha dado en un plano de equidad. Basta una revisión de nuestra historia para darnos cuenta de que se ha caracterizado por la imposición política, económica y cultural de los mestizos sobre los indígenas. De esta triple imposición, el ángulo más preocupante es el cultural pues, como nos lo ha demostrado Luis Villoro,3 en las diferentes etapas que hemos vivido como país, una conciencia ajena a los indígenas los ha pensado. El desafío primordial de responder a la pregunta “¿quién soy?” se ha vuelto para muchos indígenas una necesidad de resignación, de aceptar lo que otros dicen de su ser: identidad horadada, autoimagen deformada por un río turbio.

Este es el esquema que ha retomado el Estado mexicano para promover políticas públicas respecto al tema de la interculturalidad: si existen indígenas y no indígenas y la relación entre ellos ha sido injusta, ha de promoverse la equidad, la tolerancia, la igualdad de derechos, etcétera. A pesar de que se han logrado muchos avances en la materia,4 hay que decir también que las condiciones que posibilitan la inequidad no desaparecen aún y que, quizás, el esquema en el que hemos pensado la pluralidad cultural en México está resultando insuficiente.5

Si todo depende del cristal con que se mira, quizá necesitamos renovarlo para interpretar mejor nuestras realidades, pues el análisis dicotómico que piensa la coexistencia entre indígenas y no indígenas muchas veces supone que las culturas son entidades inmunes a la influencia de otros: sospecha que la cultura es una coraza, que el tiempo confirma a los ancestros y que el horizonte es una forma de la reiteración. La cultura, sin embargo, puede no ser una coraza.

Todas las culturas que conozco tienen espacios comodines que permiten ser llenados con nuevos sentidos producto del diálogo y la negociación. Son entidades que permiten movimientos y mutaciones. Negarlo es condenar al sujeto al aislamiento y la soledad, al ensimismamiento y, desgraciadamente, al enojo, la furia y la cerrazón. Uno de los mayores riesgos de vivir la cultura como una coraza es negar la diferencia. El liberalismo siempre ha creído que la dignidad del sujeto debe prevalecer ante un conflicto con su comunidad cultural. Fernando Salmerón6 señala que un sujeto tiene derecho, incluso, a abandonar en bloque su cultura si esta no le da lo necesario para su felicidad. Generalmente, quienes son diferentes en las culturas coraza tienen que transitar por el infierno, como lo hizo Dante alguna vez, si quieren ver de nuevo la luz; sin embargo, a diferencia de Dante, que fue acompañado por Virgilio, los que son diferentes en las culturas coraza no tienen aliados y recorren en soledad todos los círculos del infierno, que se traducen en discriminación, humillación, estigmas sociales, ninguneo, desamor.

Toda coraza surge porque uno se siente amenazado. En realidad, muchos conflictos entre la universalidad del reconocimiento de la dignidad humana en Occidente y el comunitarismo de muchas culturas indígenas en México se debe a que las culturas indígenas no negocian ni dialogan en condiciones de equidad. Por ello se acorazan. Para debilitar el blindaje deben fortalecerse las culturas comunitarias. La robustez cultural resulta de una educación cultural y lingüísticamente pertinente, de políticas públicas que protejan el hábitat de las comunidades y aseguren trabajos y salarios dignos, del reconocimiento de sus saberes ancestrales sobre salud, formas de gobierno e impartición de justicia: de su cosmovisión. Y entonces, en condiciones de equidad, las culturas pueden abandonar su coraza, desfragmentar su torva faz para dejar ver los rostros vulnerables, trémulos ante la incógnita del otro.

Una interculturalidad ideal en condiciones de equidad es únicamente una hipótesis formal, pues si bien es cierto que tanto desde las políticas de Estado como desde la sociedad civil debemos reivindicar esta deseable condición, también es verdad que mientras el modelo económico del mundo privilegie la generación de riqueza —que, en muchos casos, deviene en explotación— sobre el cuidado del territorio de los pueblos y sobre el modo en que estos generan su alimento y recrean su cultura, no podremos ver, en bloque, una interculturalidad equitativa.

Es por esto, y porque en el seno de todas las culturas hay diversidad cultural, que propongo que pensemos en interculturalidades posibles: no es lo mismo pensar en la interculturalidad necesaria para el caso de la interacción del Estado mexicano con los indígenas zapatistas —quienes, desde antes de 1994, fortalecen una propuesta educativa que tiene sentido para ellos, están cerca de la soberanía alimentaria y promueven la igualdad de derechos entre hombres y mujeres— que con la población indígena que vive en las Altas Montañas del centro de Veracruz —caracterizada por la presencia de una cultura política caciquil y por la casi total dependencia económica de la población urbana que vive en el valle. La diversidad es una condición que nos exige creatividad, sagacidad: quizá para casos similares al primero debamos ir pensando en comunidades autónomas, no reguladas por el Estado sino autorreguladas.

Si bien es cierto que el espíritu de lo nacional tiene como base la homogeneidad cultural, el presente nos reclama repensar la nación desde la pluralidad

La autonomía no es sinónimo de desintegración nacional. Aunque si bien es cierto que el espíritu de lo nacional tiene como base la homogeneidad cultural, el presente nos reclama repensar la nación desde la pluralidad. El temor de la fragmentación nacional es infundado: el Estado está dando muestras de sus límites, sobre todo para el caso de la impartición de justicia; no puede —ni debe— intentar cubrir todas las dimensiones del ser humano ni, en particular, de las comunidades. Un Estado plural confía, entabla puentes, escucha a su gente. Y para casos como el segundo, quizá debamos, primeramente, pensar en afianzar los mecanismos ya existentes de impartición de justicia y de rendición de cuentas de las autoridades locales para que, desde el seno de sus propias culturas, sea posible la crítica al cacicazgo y, aún más importante, el empoderamiento7 de los indígenas; podría pensarse también en asegurar un intercambio económico justo debido a que la casi total dependencia que tienen los indígenas de las lógicas económicas urbanas no les permite la negociación en términos de igualdad, resultando muchas veces una condición contraria a la dignidad de la persona; los indígenas devienen en sujetos que piden caridad en vez de ser sujetos que exigen lo que les corresponde. Este caso no reclama una modificación radical de nuestra idea de Estado nacional: reclama sencillamente que la ley se cumpla, que nuestra Constitución se ponga en marcha.

Pensar en interculturalidades permite también no pensar a las culturas como un bloque sino como sectores identitarios que puedan interactuar con otras culturas porque coinciden —o necesitan coincidir— en proyectos económicos, políticos o, incluso, amorosos. Muchas veces —sobre todo hoy que las redes sociales han permeado en todas las sociedades— podemos observar mayor coincidencia entre sectores de culturas diferentes y mayor disidencia entre miembros de una misma cultura: realidad compleja que muestra que nuestra manera parcial y dicotómica de pensar lo intercultural quizá necesite ser repensada.

La interculturalidad como proceso de interacción entre sectores identitarios nos lleva, también, a pensar en políticas públicas diferenciadas de acuerdo a las características, necesidades e ideales de cada sector; nos permite, además, aceptar uno de los desafíos primordiales del sujeto: ensayar respuestas a la punzante pregunta “¿quiénes somos?” Eso es, de eso se trata: ir de lo óntico a lo ontológico y de lo ontológico a lo óntico con el otro y con lo otro, el recorrido necesario del ser para la muerte, el caminar conjunto de seres capaces de llorar de alegría y reír de la muerte misma: la travesía del maravilloso ser humano.

Para concluir este ensayo, quisiera compartir dos experiencias que pueden graficar esencialmente cómo se ha concebido aquí la interculturalidad. Mi libro favorito es la Odisea. Siempre quise ser Ulises, navegar por largos años, combatir a Escila y a Caribdis y derrocar imperios con mi ingenio. Los años me han llevado a convertirme en un hombre sedentario y hogareño, y no puedo dejar de compartir el extrañamiento que viví cuando leí unas líneas de la Divina Comedia en las que Dante narra el episodio en que él y Virgilio se encuentran al genial Ulises en el círculo del infierno donde están los mentirosos y embusteros. Al referirse a su muerte, el héroe dice: “Ni la ternura de mi hijo, ni la piedad de mi anciano padre, ni el debido amor que tanto había de regocijar a Penélope, fueron bastantes para vencer la irresistible afición que tuve a adquirir experiencia del mundo y de los vicios y las virtudes de los hombres”. Cuando leí esto, no podía creer que mi personaje favorito prefiriera viajar y conocer lo extraño a estar con sus seres amados, sobre todo después de haberse perdido la infancia de su hijo, parte de la madurez de su esposa, la vejez de su padre y la muerte de su madre durante su travesía por Troya. Llegué a pensar que tal vez no tendría que seguir identificándome con alguien tan distinto a mí. Pero inmediatamente me arrepentí. ¿Dos seres tan distintos deben estar separados? No lo creo: ahora que lo conozco más, más me intriga y más me dice de mí mismo. La elección de los seres humanos en el transcurso de su vida va dejando atrás posibilidades vitales que podrían haber cambiado radicalmente su existencia. Solo el otro puede enseñarte quién serías si… en cuanto que ha elegido distinto a ti. Una vida no es suficiente para entender la vida: de ahí que la interculturalidad, más que una política pública, sea una necesidad humana de completitud, de trascendencia.

La otra experiencia de la que quiero hablar se refiere a algo con lo que convivo cotidianamente en el lugar donde trabajo. La Universidad Veracruzana Intercultural tiene cuatro sedes o campus; yo laboro en el de Tequila, Veracruz, una zona montañosa que nos hace ver lo diminutos, precarios y frágiles que somos los seres humanos ante la grandeza de la existencia. Buena parte del año, pero sobre todo a partir de septiembre, por las tardes baja una neblina que alcanza a cubrir las montañas y nos hace sentir que estamos en medio de una nube. La neblina hace que se hermanen el cielo y la tierra: dos cosas tan distantes y tan distintas son enlazadas por una niebla poco espesa que no borra las diferencias pero las atenúa, que permite al ojo humano centrarse más en las similitudes, pues ambas partes están cubiertas por esa omnipresente bruma. La neblina montañosa me ha ayudado a comprender que el otro es cognoscible, pues el otro —quien, insisto, podemos ser nosotros mismos— es un ser esencialmente abierto: no un fenómeno inescrutable sino, como piensan los hermeneutas,8 una pregunta abierta. Me ha ayudado también a imaginar que con voluntad el otro no es un puerto lejano en el que nuestras naves no pueden encallar; el otro es la posibilidad de encontrar el reino de horizontes enlazados.

____

Bibliografía

Aguirre Beltrán, Gonzalo, La población negra de México, FCE, México, 1946.

Jiménez Moyo, Cuauhtémoc, “El debate por la interculturalidad en México y el horizonte de la indianidad”, en María de Lourdes Casillas Muñoz y Laura Santini Villar (coordinadoras), Reflexiones y experiencias sobre educación superior intercultural en América Latina y el Caribe, SEP/CGEIB, México, 2013, pp. 845-854.

Paz, Octavio, “Piedra de Sol”, en Octavio Paz, Libertad bajo palabra, FCE, México, 1960.

Salmerón, Fernando, Diversidad cultural y tolerancia, UNAM-Paidós, México, 1998.

Toriz, Rafael, El negro mexicano, 2014.

Villoro, Luis, “Filosofía para un fin de época”, en Nexos, mayo de 1993.

——-    , Los grandes momentos del indigenismo en México, FCE/Colmex/El Colegio Nacional, México, 1996.

1 Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, “Los pueblos indígenas en México”, 2010 <http://www.cdi.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=1387&Itemid=24>.

2 Concibo la interculturalidad como ‘el efecto de la relación o interacción entre sujetos o comunidades culturalmente diversas’. Véase Cuauhtémoc Jiménez Moyo, “El debate por la interculturalidad en México y el horizonte de la indianidad” <http://eib.sep.gob.mx/isbn/reflexiones2013c.pdf>.

3 Los grandes momentos del indigenismo en México, FCE/Colmex/El Colegio Nacional, México, 1996.

4 Por ejemplo, las autoridades han reconocido el derecho al uso de recursos pesqueros de los indígenas cucapás <http://www.jornada.unam.mx/2014/05/27/sociedad/032n2soc>; el municipio de Cherán, Michoacán, ha exigido su derecho de estar representado por autoridades indígenas <http://www.reforma.com/aplicacioneslibre/preacceso/articulo/default.aspx?id=243044&urlredirect=http://www.reforma.com/aplicaciones/articulo/default.aspx?id=2430449>, y a partir de 2005 se han creado universidades interculturales, entre otras cosas.

5 El esquema no se vuelve complejo únicamente reconociendo la existencia de una tercera raíz, como genialmente lo han sugerido Gonzalo Aguirre Beltrán en La población negra en México y, más recientemente, Rafael Toriz en El negro mexicano <http://periodicoperformance.blogspot.mx/2014/08/el-negro-mexicano.html>, al recordar la presencia de personas descendientes de africanos en nuestro país. El esquema mejora cambiando nuestra mirada.

6 Diversidad cultural y tolerancia, p. 46.

7 Concibo el empoderamiento como ‘el descubrimiento de que se tiene dignidad’, y dignidad —recordando a Salmerón (óp. cit., p. 51)— como ‘la capacidad de elegir el plan de vida que responda a las necesidades y deseos, siempre y cuando no invada ni impida esta misma capacidad a otros’.

8 Hans-Georg Gadamer, Verdad y método, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2005.

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Cuauhtémoc Jiménez Moyo es académico de la Universidad Veracruzana Intercultural y ha colaborado en La palabra y el hombre, revista de dicha institución.

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