Friday, 24 May 2019
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¿Libros de marfil?
Entrevista con Fernando Escalante Gonzalbo
Cultura | Entrevistas | Este País | José Ramón López Rubí Calderón | 01.02.2015 | 0 Comentarios

El conejo de Alicia en Mexico D.F., óleo sobre tela,  30 x 40, 2013.

El conejo de Alicia en Mexico D.F.,
óleo sobre tela,
30 x 40, 2013.

El universo de los libros y los académicos —del libro en la academia y de la academia en el libro— es multicolor. Un espacio de variadas dimensiones. Especie de multiverso, podríamos decir. Digno de toda exploración. Aquí lo abordaremos preguntando a destacados e importantes académicos, hombres y mujeres de campos diferentes. Sin interés en el paraíso artificial, y sin santificación en el radar. Lo haremos mediante un cuestionario, complejo y simple a la vez, con preguntas “estandarizadas” y también “personalizadas” —lo que ojalá provoque análisis en muchos niveles, así como reflexiones varias. El entrevistado inaugural es Fernando Escalante Gonzalbo, sociólogo, profesor e investigador de El Colegio de México. JRLRC

A la memoria de Rafael Calderón Romay

Primero lo primero: ¿qué significan para ti los libros?

No sabría decirlo. No imagino la vida sin libros —la mía. Los libros son ventanas, puertas; mejor: son conversaciones abiertas. Los libros son como el aire, son los otros, son la compañía, son la vida —la vida humana, quiero decir, en lo que tiene de humana.

¿Qué prefieres: escribirlos o leerlos?

Leerlos, sin ninguna duda.

¿Cómo ha sido tu experiencia de lector?

Imposible decirlo. Leo desde que tengo memoria, y de hecho desde antes, porque mi memoria de infancia es muy mala, casi inexistente. Leo de todo, y lo disfruto todo, incluso algún libro idiota, algún artículo especialmente torpe, porque disfruto el enojo que me producen, porque significa estar en una conversación, o dar un portazo para terminarla —no sé qué sería lo más importante. El mundo es distinto porque existen los libros: más complejo, infinitamente más interesante, inagotable.

¿Eras buen amigo del libro antes de estudiar en la universidad?

Sí, por supuesto. Empecé a leer acaso en cuarto o quinto de primaria —libros de letra, quiero decir, no de monitos. La lectura se me volvió algo absorbente, casi obsesivo, a partir de los doce años.

¿Recuerdas los títulos del primer libro que leíste y del primero que compraste?

No podría decir cuál fue el primer libro que leí, no tengo buena memoria para esos años. Por indicios, pienso que podría haber sido Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio; quien lo haya leído sabrá el impacto que puede tener en la imaginación de un niño. También es seguro que leí muy temprano algunos capítulos de Las inquietudes de Shanti Andía, de Pío Baroja. Después hubo varios de Salgari, Karl May, uno o dos de Julio Verne.

El primer libro enteramente adulto, cuya lectura recuerdo con perfecta claridad, fue La metamorfosis, de Kafka. Lo leí con doce años, recuerdo incluso el lugar en que comencé a leerlo. De ahí pasé a La peste, de Camus, y Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll. Todos en la biblioteca de mis padres.

El primer libro que compré fue seguramente una edición de las Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer. Pero eso es engañoso, porque adquirí antes muchos otros, sin necesidad de comprarlos, porque mi padre se dedicaba a la importación y distribución de libros, de modo que había muchos en casa.

¿Impreso o electrónico? ¿O es posible una “tercera vía”?

Impreso, sin duda; y electrónico, sin duda. En cierto sentido, el soporte es trivial. Pero las diferencias importan: los libros que me interesan, los que quiero guardar, releer, los que aprecio de verdad, necesito tenerlos y leerlos en papel. Aunque no me importa releerlos en formato electrónico.

Ahora, para viajar —y lo hago bastante—, los libros electrónicos tienen ventajas incomparables, y para trabajar también: para subrayar y anotar pueden ser útiles.

No veo motivo para prescindir de ninguno de los formatos, pero sí creo que es importante, una experiencia indispensable aunque fuese ocasional, la lectura de libros en papel: sentir las tapas, oler la tinta, oír el rasgueo de las páginas que pasan, ver la impresión, la tipografía, la caja, el formato. Es una experiencia de la que no hay por qué privarse.

¿Crees que muera pronto o ya esté muriendo el libro de papel y espina?

En asboluto. Repito lo que ha dicho Zaid, y que no sabría decir mejor: el libro es tecnológicamente insuperable. Es resistente, portátil, asequible, fácil de emplear, fácil de guardar, no necesita accesorios ni depende de ninguna otra tecnología. No va a desaparecer. Otra cosa es que circulen más, acaso, los libros electrónicos, y según cuáles.

¿Qué libros estás leyendo en estos días?

La vida lenta, de Josep Pla; Historia del anticlericalismo español, de Julio Caro Baroja; El tiempo en los brazos, de Tomás Segovia; Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier, de Patrick Modiano; Essais sur la Chine, de Simon Leys, y una novela policiaca, mediocre, de Marek Krajewski.

¿Algún libro que haya marcado o cambiado tu vida? ¿Hay alguno que esté en la base de lo que eres hoy?

Muchos, incontables. La metamorfosis, desde luego, pero también Opiniones de un payaso, de Böll, seguramente más por el momento en que lo leí y porque descubrí matices fundamentales de la tristeza, de la soledad. En otro momento, Rayuela, de Cortázar. Y un día feliz recalé en el Gargantúa, de Rabelais.

Pienso en las lecturas de adolescencia, sobre todo. Aunque no estarían entre mis favoritas hoy, y he vuelto a ellas pocas veces. Y siempre dejo aparte El Quijote. Tienen para mí hoy mucho más peso lecturas posteriores: Montaigne, Leonardo Sciascia, Stendhal.

Espantapajaros, óleo sobre tela y tabla, 20 x 30, 2003.

Espantapajaros,
óleo sobre tela y tabla,
20 x 30, 2003.

¿Puedes reprocharle algo a la lectura de libros?

Nunca se me hubiera ocurrido que podía siquiera preguntarse eso.

¿Cuál es la mejor defensa del libro y su lectura?

Me cuesta trabajo pensar en esos términos. No creo que el libro, o la lectura, necesiten defensa alguna. Si se trata de inducir a alguien a leer, no se me ocurre mejor cosa sino que efectivamente se ponga a leer. La lectura adecuada —y hay infinitas— en el momento adecuado —y hay muchos— le puede llegar a cualquiera y descubrir que es fascinante, incluso si no vuelve a hacerlo nunca más.

En el debate sobre el Fondo de Cultura Económica, ¿Zuckermann o Silva-Herzog Márquez?

Tuve la fortuna de poder explicar, largamente, mi propia posición en la entrega del Premio Daniel Cosío Villegas 2014 al Fondo de Cultura Económica. El texto se publicó en La Gaceta del Fondo, con el título: “Contra la corriente: elogio del Fondo de Cultura Económica”.

¿A favor o en contra de cambiar el mundo realmente existente de los libros nacionales?

Todo depende de qué signifique eso, es decir, de quién lo vaya a cambiar y en qué sentido. El mundo del libro está cambiando siempre, y es bueno: surgen nuevas editoriales y otras desaparecen, hay nuevos autores y librerías. Es normal. Desde luego, la industria editorial no pasa por su mejor momento en el mundo de habla hispana, pero la crisis de las grandes corporaciones empieza a abrir huecos interesantes para las editoriales pequeñas, y eso es una buena noticia. Acaso lo peor, lo más difícil de remontar en este momento, y que habría que cambiar, es el sistema de librerías del país —mejor dicho: la inexistencia de un sistema de librerías en el país.

Tu obra A la sombra de los libros será un clásico, creo yo. ¿Cómo resumirías aquí el argumento? Pensando en quienes no han leído el libro, pero podrían, y también en quienes no lo han leído ni lo harán, desgraciadamente.

Agradezco la hipérbole, pero no es una desgracia que no se lea. Es un ensayo de sociología del libro, de la industria editorial, de las prácticas de lectura en México, que importará sobre todo a quienes estén interesados en los libros, en la lectura. Brevemente, dice que en los últimos veinte o treinta años se ha transformado la industria editorial por la formación de grandes conglomerados multimedia (Planeta, Random House, Grupo Anaya), que necesitan grandes tirajes, títulos de venta espectacular, y que para eso han formado una especie de Star System de la escritura, con autores y títulos que aparecen incesantemente en la prensa, en la televisión, en la radio, en un sistema integrado de publicidad, que ha colonizado además los premios, las academias.

En general, en la medida en que buscan al gran público, tienen que ser libros fáciles, ligeros, dirigidos al mínimo común denominador de los posibles lectores; es decir, que en general son mediocres. No deja de haber grandes autores, libros apasionantes, complicados, verdaderamente nuevos, solo que como no son para el gran público, normalmente no los publican los grandes grupos, no tienen circulación comparable.

El resultado es que tenemos un espacio cultural escindido, con una brecha que aumenta cada vez más, entre una élite (cultural, no necesariamente económica) que lee varios idiomas, que conoce lo que se publica en otras partes, que sabe qué leer y dónde buscarlo, y que disfruta la intensa complejidad de la cultura del libro del siglo XXI, y una gran mayoría que se tiene que conformar con la papilla de best sellers que se encuentran hasta en los supermercados, y que recomiendan mucho los locutores de televisión. Esa división tiene consecuencias sobre nuestra vida pública, muchas y graves. Ese es, aproximadamente, el argumento central del libro (aunque lo más entretenido para mí no haya sido ese tronco, llamémosle así, sino todas las ramas).

¿Quiénes son tus escritores favoritos?

La lista sería interminable. Siempre tengo al alcance de la mano la poesía reunida de Gerardo Deniz. Siempre, también, algo de Julio Camba, Tomás Segovia, Josep Pla, Julio Caro Baroja, Antonio Alatorre, Jorge Luis Borges, Leonardo Sciascia, los ensayos de Montaigne y los diarios de Stendhal.

En lo que tú escribes y lees, el lenguaje tiene que ser importante, como sustrato que es, pero ¿cuán importante es el estilo? ¿Es una variable “pesada”?

Es definitivo. A ver si consigo ser claro: no hay escritura sin estilo. Puede ser más o menos elaborado, consciente, más o menos eficaz, torpe, anodino, desagradable, escolar, pero siempre hay un estilo. Una extraña superstición, derivada de ideas más o menos fantasiosas acerca de las ciencias naturales, dice que la escritura científica no debe tener “estilo”, porque debe reflejar solo hechos, datos objetivos, sin literatura. Insisto, es una pura superstición: no hay escrito sin retórica, aunque sea mala retórica, aunque sea inconsciente, adocenada y pueril, en ninguna ciencia.

Y no hay más “literatura”, más subjetividad o menos ciencia, en un texto cuyo autor es consciente de que escribe en español (o en inglés o en francés) y quiere escribir un correcto español, y escribir un texto agradable de leer. Dicho eso, los textos mal escritos, o sea, escritos en ese español burocrático, agramatical, pedregoso, insulso, que es habitual en las revistas académicas, inmediatamente me previenen en contra del contenido y del autor, porque veo de entrada lo peor del “profesionalismo” de la ciencia. En cambio, un texto escrito con gracia, con estilo personal, que puede ser divertido como el de Luis González; exigente, seco, como el de Caro Baroja, o felizmente coloquial como el de Clifford Geertz o Antonio Alatorre, un texto así me gana de inmediato —no necesariamente me convence en todo, pero me hace prestar atención en serio. Me dice que hay ahí una persona con la que me gustaría conversar, porque tiene que decirme algo, que ha pensado por su cuenta.

Tus novelas favoritas son…

Otra pregunta imposible de responder. Seguramente cada año haría una enumeración distinta, y no sé cuántas se repetirían. La lista es bastante tentativa, brevísima: Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline; Stoner, de John Williams; El contexto, de Leonardo Sciascia; El astillero, de Juan Carlos Onetti. Entre los clásicos absolutos —quitando El Quijote—, Middlemarch, de George Eliot; Los Maia, de Eça de Queiroz; Bouvard y Pécuchet, de Flaubert; Almas muertas, de Nicolai Gogol, y la serie completa de El ruedo ibérico, de Valle-Inclán.

¿Una novela política preferida por útil?

No sé si por útiles, pero me quedo con unas cuantas: El gatopardo, de Lampedusa; La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, y Vida y destino, de Vasili Grossman. También, si pensamos en serio la política, seguramente Things fall apart, de Chinua Achebe; Días de llamas, de Juan Iturralde; Nieve de primavera, de Yukio Mishima, y El cuaderno dorado, de Doris Lessing.

Es posible admirar a personajes literarios, no solo a sus creadores. Si pudieras ser el personaje de una novela, ¿cuál serías y por qué?

Extraña pregunta… No me gustaría ser personaje. Pero puesto a escoger, acaso me inclinaría por Gregorio Samsa, y eso porque ya he sido Gregorio Samsa —ya tengo experiencia.

El mensajero, óleo sobre tela, 26 x 40, 2010.

El mensajero,
óleo sobre tela,
26 x 40, 2010.

¿Qué papel juegan la literatura y la imaginación en tu trabajo?

Alguna vez me lo han preguntado y he escrito un par de páginas sobre eso. La literatura es absolutamente central para mi formación, para mi manera de entender la sociología, para mi manera de mirar la sociedad. Es fundamental como objeto, como materia de estudio en la mayor parte de mis libros. Y es absolutamente indispensable para una vida digna de ser vivida —acaso el único ingrediente indispensable de cualquier día de mi vida, así sean los últimos veinte minutos de la noche. La imaginación, bueno, la que tengo, hasta donde alcanza, es sin duda lo único personal, lo único que aporto yo en mi trabajo. Lo demás podría hacerlo cualquiera. No sé si es ganancia ni si verdaderamente importa.

¿Cuáles son los mejores libros académicos y no académicos que has leído?

Es una pregunta imposible de responder. Sobre todo porque la expresión solo tiene sentido como término de comparación, y aun así, cuesta trabajo responder: ¿cuál es el mejor, o cuáles son los mejores libros de antropología? Va una lista muy apresurada: Malinowski, Marcel Mauss, Lèvi-Strauss, Mary Douglas, Evans-Pritchard, Edmund Leach, Marshal Sahlins y Clifford Geertz. Podría seguir: Guillermo de la Peña, Vincent Crapanzano, Claudio Lomnitz. La verdad es que no tiene mucho sentido pensar en esos términos, no para mí, a menos que se proponga una comparación concreta: los mejores en este campo, sobre este tema, con estas características —o los mejores para esta situación.

No dije los mejores en general y en abstracto, ni los mejores de todos los que existen (independientemente de ti, de si los has leído o no), sino los mejores entre los que has leído. Los mejores para ti en todo sentido. Para ti, lector. La comparación sería concreta: libros en esos dos campos en relación contigo como su lector.

Leer también es releer; o ser lectores pasa por siempre volver a leer cosas que ya leímos. ¿Cuál es el libro que has releído más?

Por motivos de trabajo he releído, inevitablemente, muchas cosas, para escribir algo, para preparar una clase. Entre esos, hay autores que se disfrutan siempre, incluso leídos por obligación, con un propósito práctico: Wittgenstein, Max Weber, Ortega y Gasset, Clifford Geertz, Sánchez Ferlosio, Mary Douglas; desde luego Sigmund Freud, Simmel y los diarios de Manuel Azaña.

Otros son de lectura algo más penosa. También releo mucho por gusto, es obvio, páginas, capítulos y pasajes. Releo constantemente los ensayos de Gerardo Deniz, Antonio Alatorre, Julio Camba, Jorge Cuesta, Borges, los ensayos y los diarios de Tomás Segovia y de Josep Pla. De narrativa, novela o cuento, vuelvo con frecuencia a leer pasajes de Isaac Bashevis Singer, Céline, Flannery O’Connor, Sciascia, Pitol, Ibargüengoitia.

También he releído más de una vez, y siempre con gusto, a Thomas Mann, por ejemplo. En poesía, el repertorio que más frecuento es más corto: Jaime Gil de Biedma, Philip Larkin, Fernando Pessoa, T.S. Eliot, Ezra Pound, Saint-John Perse, Gerardo Deniz.

Los libros “peligrosos” deben ser leídos, al menos por algunos. ¿Los malos libros deben ser leídos por quienes no son críticos de libros y muy a su pesar?

No veo motivo para que nadie tenga que leer, por obligación, un mal libro, salvo que sea parte de un trabajo escolar. Y malo, en el sentido que lo entiendo, quiere decir un libro mal hecho, mal escrito, carente de interés, de sustancia. Insisto: puede ser necesario leer algo así, porque interesa para fines didácticos, pero nada más —y siempre con la precaución higiénica de leer inmediatamente después algo que se pueda disfrutar de verdad.

“No leer” sería peor que algunas cosas (que no sean “no saber leer”) pero “leer” sin más no es virtud ni panacea. No todos los libros son buenos… ¿Señalarías en un artículo un libro muy leído que merezca menos lectores o que sea necesario abandonar?

No, nunca. Nunca diría que hay que abandonar ningún libro. Es claro que se leen muchos libros malos, y se dejan de leer otros mucho mejores, más interesantes, más entretenidos, mejores de todo a todo. Ni modo. Sería bueno que se leyesen esos otros, que son mejores, pero insisto: nunca diría que hay que abandonar un libro. La fama injustificada, artificial, de algunos autores famosos se desinflará tarde o temprano, y no tiene mayor importancia.

El peor libro de todos los que has leído se llama…

Me vienen varios títulos a la mente, no vale la pena mencionarlos. Los libros malos que lo son porque el autor es mediocre, libros sin propósito o de propósito comercial, redactados más que escritos, los que uno lee a falta de otra cosa en una cafetería, haciendo tiempo, o en una sala de espera de aeropuerto, esos no tienen ningún interés, por muchos premios que reciban —y algunos los reciben. No vale la pena ni acordarse de los títulos. Dicho de otro modo, no vale la pena decir que un libro de Stephen King, de Carlos Cuauhtémoc Sánchez o de John Grisham es malo: ¡claro que son malos! Pero nadie lo duda, y a nadie le importa. Otra cosa son libros más o menos ambiciosos, de autores importantes, que han escrito grandes cosas, y que tienen resbalones lamentables. Es más útil reparar en ellos. Pienso, por ejemplo, en La serpiente emplumada, de D.H. Lawrence, un perfecto disparate, atiborrado de prejuicios, fantasías racistas, clichés. Ahora, el peor estoy todavía por leerlo.

¿Algún literario “placer culpable”?

Una larga afición por la novela negra, que me lleva a “probar” los autores más dispares, peregrinos, y que la mayoría de las veces no valen la pena. Al cabo de un par de horas, me quedo, como dijo alguna vez Garibay, masticando nada. Eso sí, entre esas docenas de autores polacos, islandeses, italianos, griegos, indios, argelinos, españoles, hay unos cuantos extraordinarios, gran literatura. Pero conste que no los leo por eso.

Un gran lector tampoco es perfecto: siempre es imperfecto también… ¿cuál clásico literario no has leído aún?

No me he puesto a leer La Divina Comedia, de Dante, ni he pasado del segundo volumen de En busca del tiempo perdido, de Proust.

¿Cuáles son tus mayores virtudes y defectos como lector?

Seguramente se puede contar como virtud la curiosidad: me interesa todo, o casi todo. Y acaso eso cuente también como defecto, porque siempre me falta tiempo para leer de manera consistente, sistemática, acerca de todos los temas que me interesan.

¿Alguna mala costumbre para leer o al leer?

Me gusta el silencio.

Si pudieras resucitar escritores muertos, para que volvieran a escribir y publicar, ¿a quiénes sacarías de la tumba?

A Jorge Ibargüengoitia.

El semental, óleo sobre tela y tabla, 40 x 25, 2004.

El semental,
óleo sobre tela y tabla,
40 x 25, 2004.

Hablando de muertos, ¿qué harías con los millones de ejemplares de libros embodegados en y por muchas universidades del país?

Sin pensarlo mucho, se me ocurre que habría que dejarlos donde están, tal como están, como una especie de museo. Y que cada nuevo director de publicaciones, de cualquier universidad, tuviera que pasar unos días recorriendo esa bodega, o esas bodegas, para hacerse cargo de lo que significan. Muchos de los libros ya no tienen ningún interés, muchos no lo tuvieron nunca, no debieron haberse publicado como libros. El despropósito de esas bodegas, cargadas de millones de ejemplares de libros que no interesan a nadie, ni regalados, obedece a dos problemas: el de la edición propiamente y el de la distribución. En primer lugar, si quedan en una bodega mil, dos mil o tres mil ejemplares de un libro, significa que el responsable no hizo bien su trabajo, que entre otras cosas consiste en evitar que se convierta en libro algo que no tiene interés como tal, y en todo caso evitar esos tirajes absurdos que es imposible vender. En segundo lugar, si incluso libros interesantes, que se venderían, se quedan en la bodega, significa que la distribución es deficiente; eso tiene mal remedio, porque es muy difícil colocar un libro concreto al alcance, a la vista de las quinientas, mil personas a las que les puede interesar, en todo el planeta. Por fortuna, ya no es un obstáculo insalvable. Esos libros pueden circular en formato electrónico, o enviarse por correo, e incluso imprimirse sobre pedido. ¿Qué hacer, no ya con esas bodegas, sino para evitar que se sigan acumulando libros así? Muy sencillo: contratar a un editor que sepa hacer su trabajo, darle autoridad para que lo haga, y adoptar una estrategia flexible con respecto a los medios y formatos de publicación, desde el gran tiraje en papel hasta la publicación electrónica, o sobre pedido.

Por otro lado, una “universidad” que carece de programa editorial no puede ser cabalmente una universidad, y la que no apoya ni toma en serio la calidad del programa que tenga no puede ser una de excelencia. Más que el “cuánto”, importan y deben importar el “qué” y el “cómo”. Y el estado de la producción editorial suele ser reflejo o correlato del estado general de la investigación en la universidad. ¿Qué lugar necesita y debe tener lo editorial en lo universitario?

No hay una respuesta única, sencilla. Hay programas editoriales muy distintos, que obedecen a propósitos diferentes, y cada universidad tiene que definir el suyo. Ahora bien, la universidad es impensable sin la cultura del libro, sin la circulación de la letra impresa, sin bibliotecas, sin publicaciones. Es verdad, el departamento de publicaciones dice cosas de la universidad, no solo del estado de la investigación, del propósito de la institución, del modo como se piensa. Y una masa de publicaciones mediocres dice sin duda muchas cosas de la institución.

¿Quiénes deben ser las cabezas de las editoriales académicas?

Según yo, debería haber siempre editores profesionales. Hacer libros es un oficio tan complejo como cualquier otro, y mucho más que otros.

Un hecho: en México no se valora adecuada y suficientemente la labor de los (buenos) editores y traductores. ¿Por qué?

Es indudable. No se valoran ni en las universidades ni en las editoriales comerciales. En los grandes grupos editoriales lo normal es que el gerente editorial, que solía estar a la cabeza, tomando las decisiones importantes, haya sido sustituido por el gerente comercial. Los grandes grupos están en el negocio de vender libros, y lo demás no les interesa mucho. Ni mucho ni poco. No les interesa tener un catálogo con personalidad, con prestigio, no les interesa conservar una nómina de autores, mantener una relación de confianza con los lectores. Y por eso los editores estorban: porque se empeñan en publicar a Lèvi-Strauss en lugar de publicar a Carlos Cuauhtémoc Sánchez, o piensan que no caben en la misma colección los dos.

Lo de los traductores tiene ya proporciones trágicas. Sería demasiado largo para hablar de ello ahora, pero es uno de los puntos más oscuros de la nueva industria editorial. Y es triste que las universidades no se hayan hecho cargo del problema, como parte de su responsabilidad.

Y las universidades, ¿por qué no aprecian el trabajo de los editores? Muchas veces será por ignorancia. Pero también influyen otros factores. Para las editoriales privadas es la lógica del negocio la que se impone. Para las universidades, suelen ser dos lógicas distintas: la exigencia “productivista” del actual modelo académico, que obliga a publicar mucho y pronto, y no hay tiempo ni ánimo de atender a los problemas editoriales; y la inercia burocrática, con todos sus aditamentos, incluidos negocios legales e ilegales, en áreas de publicaciones.

Hay académicos y directivos que no pueden distinguir un “corrector de estilo” de un editor, ni un editor de un impresor. ¿Qué dirías a los que desprecian o menosprecian los procesos editoriales?

Ese menosprecio es básicamente producto de lo que se podría llamar la “ilusión de la transparencia”, es decir, la idea de que un libro es lo que el autor pensó, escribió en sus cuadernos, en su máquina, y que de ahí en adelante no hay más que un proceso mecánico: imprimirlo muchas veces, ponerle pastas y pegarlo. Esa ilusión se explica a veces por ignorancia pura y simple, pero también por una forma particular de la vanidad, por la idea de que el libro lo hicieron ellos, los autores, nada más.

Es indudable que el contenido es obra del autor y nada más. Pero el libro es mucho más, es otra cosa. Para que se lea correctamente, para que lo encuentre quien lo busca, para que sepa cómo valorarlo, hacen falta muchas cosas. El editor, para empezar, tiene que leer el manuscrito y corregir, y seguramente hacer sugerencias al autor cuando haya pasajes poco claros o reiterativos, cuando falten o sobren cuadros o números o referencias, cosas que tienen que ver con el libro como objeto, y no solo estrictamente como producto de investigación. Pero el editor también tiene que decidir la colección en que se ubica, el diseño, el formato en que se ha de publicar, la tipografía, la caja, la calidad de papel, y nada de eso es trivial. Todo contribuye a que el libro sea lo que es.

Hay más: el editor es responsable del catálogo de la institución. No solo de que este o aquel libro, considerado individualmente, esté bien hecho, sino de que el conjunto de los libros de la institución mantenga la clase de diálogo que se quiere sostener.

Es verdad: normalmente no se tiene claro qué tan importante es todo eso. El resultado es que se hacen libros malos, que se distribuyen mal, y no se venden nunca. De modo que a veces da la impresión de que las universidades estuviesen en realidad, según la fórmula de Zaid, en el negocio de reciclar celulosa.

¿Y qué decir a los científicos que no leen literatura? ¿A los literatos que no leen ciencia? Sobre todo aquellos que hacen de “intelectuales públicos” y opinan en los medios sobre asuntos de las ciencias. Si malo el cientificismo, también lo que llamaría artistificismo, su equivalente en otro extremo…

Es el tema viejo de Las dos culturas, de C.P. Snow, que recogió en su momento Susan Sontag y después George Steiner. Es claro que existen los dos campos. Es claro que quienes se ocupan de la física cuántica no tienen ni idea de lo que es un endecasílabo o una hipálage o quién fue Wittgenstein, ni tienen por qué saberlo, igual que los especialistas en poesía barroca o en filosofía griega difícilmente sabrán en qué consiste o por qué es importante el bosón de Higgs.

Ahora bien, cada vez es más fácil tener acceso a textos de divulgación interesantes, atractivos, bien escritos, bien documentados, sobre cualquier cosa, y vale la pena tratar de tener una idea, por lo menos superficial, de las cosas, aunque siempre sea imposible saber de todo, ni siquiera en ese nivel superficial. Dicho lo anterior, que es trivial: sería deseable saber de todo, pero es imposible saber de todo y conviene matizar un poco. En la literatura, en particular, en la narrativa, el teatro, la poesía, hay un saber sobre la humanidad, sobre nuestra concreta humanidad, que no puede encontrarse en ningún otro lado, que no se adquiere de otro modo —no basta con ver la película. Y eso es importante para todos, cualquiera que sea su campo profesional. Además, habrá profesionales de los estudios literarios, pero eso es otra cosa.

La campaña “Lee veinte minutos al día”: ¿Aplausos? ¿Peor es nada? ¿Confundida y confusa? (Pretendiendo motivar a la gente con figuras del espectáculo a las que muchos pueden seguir pero en las que no pueden ver el sello de los libros y sobre las que es improbable que crean que leen.)

Entiendo que se piense y que se diga que “peor es nada”. No estoy seguro de que sea así. La campaña es bastante absurda. Es obvio que los futbolistas, los cantantes, las actrices y modelos de las fotos no leen, ni veinte minutos ni nada. Y eso hace que el mensaje resulte por lo menos ambiguo. Se trata de aprovechar los recursos de la industria del espectáculo, es decir, se llama la atención del público mediante las “estrellas”, a las que la gente reconoce por haberlas visto en la tele. Igual que hacen quienes anuncian pasta de dientes o zapatos.

Me parece una mala idea. En el fondo dice que lo importante es la fama (y el dinero, y la influencia, y demás, que van con la fama), porque lo importante de los anuncios son los famosos que aparecen en ellos, y se supone que deben ser convincentes por eso. Me parece equivocado. Nadie que admire a un futbolista, o a una cantante, va a buscar un libro y ponerse a leer porque los haya visto en una foto enseñando uno. A fin de cuentas, trata de promover la lectura recurriendo a gente que no necesitó la lectura para su carrera, gente cuyo éxito depende de otras cosas, y eso en resumen dice que la lectura no importa, salvo como adorno. La cultura del libro es otra cosa, está en otra parte. No necesita una campaña así.

¿Qué libros recomendarías al presidente, a los gobernadores y a los legisladores mexicanos?

Tengo la impresión de que están, casi todos ellos, más allá de la lectura. El oficio exige muchas horas, todas, exige una atención absoluta. No sé si tengan tiempo para otra cosa, ni si alguno tenga el ánimo, la curiosidad, la necesidad de leer nada. De modo que no sé si tenga sentido recomendar nada. Me atrevería a decir que sería bueno que leyesen algo: lo que sea, cualquier cosa, que leyesen algo de buena literatura, que se dejasen unos minutos, media hora, una vez a la semana, para dedicársela a la lectura de un buen cuento. Nos hace más humanos, y eso hace falta (las recomendaciones concretas, para quien las pida).

De paso: ¿cuál es el mejor libro que has publicado hasta el momento?

Sin duda, La mirada de Dios: Estudio sobre la cultura del sufrimiento (Paidós, 2000).

Recomienda un libro a nuestros lectores, por favor.

No voy a decir que hay infinitos libros recomendables —aunque hay infinitos libros recomendables. Solo uno, un libro divertido, inteligente, amable, de lectura apasionante, que se termina en dos tardes, pero que uno siempre quiere volver a leer: de Sergio Pitol, El desfile del amor. Nadie se va a arrepentir de haber dedicado dos tardes de su vida a leerlo, lo puedo asegurar.

_____________________

JOSÉ RAMÓN LÓPEZ RUBÍ CALDERÓN (Puebla, 1982) es politólogo y editor. Hizo estudios de Ciencia Política y Relaciones Internacionales en el CIDE y la BUAP, universidad donde fundó y dirigió la revista académica Estudios de Política y Sociedad y hasta hace poco fue Coordinador de Publicaciones, Documentación e Información de uno de sus institutos. Entre sus publicaciones se encuentran cuatro libros, incluyendo dos volúmenes de Cartas a los estudiantes de ciencia política (Miguel Ángel Porrúa-BUAP).

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