Monday, 10 December 2018
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Los dilemas de la identidad
Este País | Guillermo Máynez Gil | 01.06.2015 | 0 Comentarios

©iStockphoto.com/Annykos

Cabe preguntarse si el progreso que puede dar a los pueblos indígenas la fuerza necesaria para preservar su identidad supone, al mismo tiempo, un atentado contra esta identidad. El siguiente texto ofrece coordenadas fundamentales para entender el problema.

En su libro De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad, el intelectual israelí Yuval Noah Harari se pregunta qué habría ocurrido si otras especies de humanos, como los Neanderthales o los Denisovianos, hubieran sobrevivido junto a los Sapiens sapiens:

¿Qué clase de culturas, sociedades o estructuras políticas hubieran surgido en un mundo en el que diferentes especies de humanos coexistieran? ¿Cómo, por ejemplo, se hubieran desarrollado las religiones? ¿Diría el libro del Génesis que los Neanderthales descienden de Adán y Eva; hubiera Jesús muerto por los pecados de los Denisovianos; reservaría el Corán sitio en el paraíso para todos los humanos piadosos, independientemente de su especie? ¿Se hubiera permitido a los Neanderthales servir en las legiones romanas o en la creciente burocracia de la China imperial? ¿Sostendría la Declaración de Independencia de Estados Unidos la verdad evidente de que todos los miembros del género Homo han sido creados iguales? ¿Hubiera Karl Marx exhortado a los trabajadores de todas las especies a unirse?

Estas preguntas, de respuesta imposible, son pertinentes a la luz de la historia de la idea de la especie humana como dividida en “razas”, que a lo largo del tiempo ha provocado debates tan intensos como los que se sostuvieron en España en el siglo XVI sobre la humanidad o no de los pobladores originales de América, y que se revolvían alrededor de la pregunta de si estos tienen o no alma y, por lo tanto, si son o no humanos.

El Holocausto y otros genocidios, así como la evidencia proveniente de los estudios genéticos sobre la insignificancia de las diferencias entre los distintos grupos humanos, han eliminado del discurso central el concepto de razas, que en su versión políticamente correcta ha sido sustituido por el de culturas. Ninguno de los dos conceptos admite definiciones unívocas e incontestables, e inevitablemente estas conducen a callejones sin salida, notoriamente la que contrapone los derechos individuales con los derechos colectivos.

En buena medida, la historia del ser humano ha sido la historia de la lucha del individuo en contra de la colectividad, desde la tribu primigenia hasta el Estado moderno con sus burocracias y sus mercados más o menos “libres”. Este es el punto de encuentro de la historia de la vida privada con la historia de la vida pública: ¿cuál es el margen de autonomía deseable y posible para el individuo y cuáles son los costos que hemos pagado al liberarnos de la familia y la comunidad íntima (aquellas donde las personas se conocen directamente) y ubicarnos en la esfera de la Nación y el Mercado (comunidades imaginarias)?

Claramente, la pertenencia a las familias y comunidades íntimas ofrece muchas seguridades y a la vez deja mucho que desear: los individuos deben someterse a estrictos códigos heterónomos que son opresivos y asfixiantes, por lo menos para las personas más audaces, imaginativas y emprendedoras: la comunidad elige a la pareja, determina el oficio, impone conceptos de honor o decencia y ahoga los esfuerzos por ejercer la diferencia. No es casual que la literatura, del Renacimiento en adelante, tenga como uno de sus temas centrales esta contraposición entre el individuo y la comunidad. Romeo y Julieta ven impedido su derecho a la búsqueda de la felicidad, y acaso del error, por el hecho de pertenecer a determinadas familias; Robinson Crusoe, forzado por las circunstancias, alcanza la supervivencia autónoma, pero a fuerza de autoaplicarse los códigos éticos y de aprovechar el conocimiento adquirido en su sociedad de origen, y finalmente añora la compañía de otros humanos por molesta que pueda ser a veces; Jane Eyre, y muchas otras heroínas románticas, buscan desesperadamente convertirse en individuos y no en mera posesión comunitaria o máquinas de hacer niños y cuidar la casa. Esta liberación ha llegado incluso a las clases reales, cuyos miembros más jóvenes han decidido sacudirse la obligación de casarse con otros nobles y han empezado a desposar al plebeyo de su preferencia.

En algunos lugares, sobre todo las grandes ciudades, el impulso se llevó al extremo y no faltan individuos en pleno ejercicio de su libertad que, consciente o inconscientemente, añoran la vida comunitaria y la existencia de las familias extendidas. Así como, en su momento, el miembro de la comunidad idealizó al individuo, el moderno alienado ha llegado a idealizar a la comunidad como espacio, fundamentalmente, de solidaridad y lazos emocionales.

En toda esta historia se encuentra la clave para entender, o empañar, el predicamento en que nos encontramos todos, pero en particular los miembros de grupos clasificados como “originarios” o existentes con anterioridad a la llegada de conquistadores de otra parte. En Europa y Asia el enredo es mayúsculo, pues hay que tomar en cuenta milenios de invasiones superpuestas, pero en el continente americano la división es más nítida: es posible identificar a las poblaciones que estaban aquí antes de la llegada de los europeos y que conservan rasgos distintivos entre los cuales quizás el más importante sea la voluntad propia de ser reconocidos como tales.

En el caso de México y otros países latinoamericanos, entre los “europeos” y los “indígenas” hay una mayoría de personas “mestizas” (como si hubiera “razas puras” y los españoles no fueran un collage genético), cuya división en subclases ya produjo en el pasado intentos macabramente cómicos como el que dio con los célebres “saltapatrás”.

No obstante, la persistencia de comunidades claramente delineadas, con ubicaciones geográficas precisas; formas de propiedad, producción y consumo propias; lenguas, vestido y costumbres distintivos y otras formas de diferenciación cultural, ha sido una espina clavada en la idea de la Nación mexicana y más aún en el diseño de políticas públicas.

Por las razones que sea, hay una brecha considerable, pero no abrupta, entre estas comunidades y el resto de los habitantes de México en prácticamente todos los indicadores modernos de bienestar y justicia. Hago énfasis en lo de “modernos” porque la discusión se plantea indefectiblemente en términos “occidentales”: la derrota militar, política y cultural de los indígenas provoca que la pregunta subyacente sea siempre “¿qué hacemos con los indígenas?” y no “¿qué hacemos con los forasteros?”.

Antes de plantear los que, a mi juicio, son los dilemas centrales de este asunto, creo que vale la pena señalar que, del siglo XIX al XXI, las correspondencias del discurso con la ubicación en el espectro político cambiaron totalmente: en el XIX, la derecha (los conservadores) exigían leyes diferentes para razas diferentes, mientras que la izquierda (los liberales) ponían la calidad de humano sobre cualquier idea de razas y propugnaban por un orden jurídico igual para todos. Hoy en día, y sobre todo a raíz del levantamiento semiarmado del EZLN en 1994 (encabezado por un criollo, no por indígenas), las posiciones son exactamente las contrarias: quienes piden un orden jurídico igual son calificados de “derechistas”, mientras que quienes se consideran de izquierda exigen estatutos legales diferenciados por pertenencia a un grupo étnico. Qué opinan los indígenas en cuestión, no lo sé, pues no he encontrado estudios que me permitan tener información clara y por lo tanto una opinión contundente.

Lo único que está claro es que México no ha logrado resolver este asunto de ninguna manera: ni los indígenas son ciudadanos de pleno derecho en la acepción moderna y occidental del término, ni sus comunidades pueden desarrollarse de manera autónoma, libres de la interferencia perniciosa de mestizos y blancos bien o mal intencionados, y esta situación los deja en el peor de los mundos posibles: pobres, marginados, discriminados, alienados y, me temo, con una autoestima muy baja.

Si es que existe un conjunto de soluciones para esta situación, no aparecerá en tanto no demos respuestas, así sea imperfectas, a una serie de preguntas y dilemas; planteo las que me parecen más importantes —no habrá ningún tipo de respuesta útil mientras la planteemos desde la hipócrita retórica oficial o desde la aséptica (y con frecuencia también hipócrita) impostura políticamente correcta. Dicho sea con todo respeto tanto para la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas como para los Caracoles, los voceros de los que son del color de la tierra, La Jornada y los gobernadores que se ponen sombreros con listoncitos de colores.

Por fin, ¿quiénes son

indígenas y quiénes no?

Queda claro que los rarámuris (antes tarahumaras), los hñäñus (antes otomíes) y los lacandones (que se llaman a sí mismos hach winik o “verdaderos hombres”) son indígenas, pero de ahí en adelante, conforme avanzan las mezclas genéticas o mestizaje, la línea que los define se va haciendo borrosa. El famoso Convenio 169 de la OIT no se pronuncia y evade la espinosa cuestión señalando la autoidentificación como criterio fundamental, lo cual suena justo pero no muy convincente, y los elementos que da como indicativos del ser “indígena o tribal” podrían aplicarse en buena medida a otros grupos, como las comunidades hasídicas, que claramente no son indígenas, salvo por la condición de “vivir en continuidad histórica en un área determinada, antes de que otros ‘invadieran’ o vinieran al área”. ¿Siguen siendo indígenas unas personas zapotecas emigradas a Chalco y de ahí a Chicago, que van fundiendo costumbres oaxaqueñas con chalquenses con mexico-americanas, y que cuando visitan México a veces se quedan en Chalco y a veces se dan una vuelta por el pueblo de origen? Mientras los indígenas nacen, viven y mueren en una misma región, la definición parece clara, pero este es cada vez menos el caso, y eso complica las cosas. El Convenio 169 es, sin duda, útil y contiene muchas disposiciones justas y deseables, pero no resuelve el problema de identificación y eso dificulta la aplicación de las mismas.

¿Una persona que es indígena tiene que seguirlo siendo a la fuerza?

Este es el corazón del problema identitario, no solo para los indígenas sino para todo miembro de una comunidad cuya pertenencia conlleva determinados accesos y privilegios. Un neozelandés puede descender de irlandeses, italianos y alemanes, casarse con una maorí o declararse abiertamente homosexual, vivir en Ibiza y ser ateo, sin dejar de ser neozelandés. Es una identidad individual y meramente jurídica que le otorga una serie de derechos y obligaciones. Si los wixáricas (antes huicholes) pueden consumir legalmente peyote por ser parte de sus prácticas culturales, ¿puede hacerlo una persona de padre o madre wixárica, pero no ambos, que vive en Monterrey en un barrio poblado por personas de otros grupos étnicos, que se dedica, por ejemplo, a la albañilería y cuya música preferida es la tecnocumbia? Suena a burla, pero no lo es: son preguntas que carecen de respuestas lógicas y que con frecuencia exasperan tanto a los “indigenistas” como a los “integracionistas”.

Dónde, cuándo y en qué circunstancias se ejerce la identidad es un problema espinoso cuyas implicaciones jurídicas pueden conducir a situaciones extremadamente injustas e incluso absurdas. Países como Canadá tienen legislaciones que muchos indigenistas consideran avanzadas, pero el truco ahí es que el mestizaje es mínimo y la movilidad de los indígenas también. No es el caso de México.

¿Es deseable que la etnia sea la principal marca de identidad?

Los judíos han pagado un precio muy alto por esto y los indígenas también, y quizá sea imposible liberarse del todo de esa carga. Claramente, la identidad que cada quien tenga o desee adoptar debe ser respetada; la pregunta se complica cuando la identidad étnica implica estatutos legales diferenciados y por tanto se obliga a la persona, si desea mantener las condiciones a que da acceso dicha identidad, a mantenerla por la fuerza o a renunciar a ella si no quiere mantener el paquete completo.

En el supuesto de que algunos grupos mantengan una identidad étnica “pura”, esta se paga con la marginación absoluta. Tal vez en el Amazonas los haya, pero en México ningún grupo permanece “no contaminado” por la huella de la civilización occidental, para bien o para mal. El acceso creciente de los indígenas a tecnologías de información y a la cultura del consumo son tal vez las principales amenazas para la permanencia de su identidad cultural. Es imposible predecir cuáles identidades permanecerán y cuáles no. Sigue habiendo curdos, ya mencionados por Jenofonte en la Anábasis, a pesar de haber sido siempre débiles, pero no hay más asirios, que alguna vez fueron hegemónicos en un territorio amplio.

Esto nos lleva al último grupo de preguntas, el más relevante en términos de política pública y el más incómodo de hacer:

¿Por qué los indígenas necesitan

que alguien más los defienda?

Aquí explotan las sobremesas y se revela el cobre de los prejuicios, los de todos. ¿Cómo es posible que un país haya tenido un presidente indígena en momentos en los que en Estados Unidos había esclavitud legal, y 150 años después los indígenas sean, por mucho, la población más pobre y marginada? ¿Hay algo en la cultura indígena que los hace inherentemente más débiles que los demás? ¿Por qué la rebelión indígena más reciente tuvo que ser encabezada por un criollo norteño, que se robó todo el show?

Parece claro que los integrantes de las comunidades indígenas tienen todo el derecho de vivir como les parezca mejor mientras ello no atente contra los derechos humanos generales, pero parece también que la condición de aislamiento y endogamia no los ha favorecido como estrategia de supervivencia e independencia.

La condición de indígena,

¿es mutuamente excluyente con la

prosperidad y la autodeterminación?

No tendría por qué serlo: muchas comunidades han logrado insertarse en culturas ajenas y conservar su identidad cultural a la vez que prosperan y alcanzan espacios de representación y poder: vascos, libaneses, judíos, chinos y muchos otros en México son ejemplo. Lo que parece difícil es que esas costumbres permanezcan intactas a través de los siglos, y no es ni debería ser el caso de los indígenas mexicanos.

Por cierto, ¿existe realmente la categoría de “indígena”?

Más allá de la pobreza y la marginación, ¿qué más iguala a yaquis y tzotziles, rarámuris y mixes, hñäñus y zoques? Hay muchas más parejas interétnicas de otros grupos que las que hay entre indígenas de distintas etnias particulares. Están marginados hasta entre unos y otros.

Quizás el fenómeno de pobreza y marginación indígena no sea sino el ejemplo más extremo de los efectos de un sistema político, económico y social esencialmente oligárquico, despótico y no solo injusto, sino cruel con todos aquellos que no pertenecen a las pocas familias que controlan todos los negocios grandes y los accesos al poder en México.

Contra los fanáticos de la propiedad privada y el individualismo moderno como únicas formas viables de vida, es necesario insistir en que nada en las culturas indígenas es necesariamente refractario a un nivel y calidad de vida aceptable para sus miembros, pero también en que las opciones para alcanzar el poder económico y político en México pasan con demasiada frecuencia por el abandono, no de costumbres “étnicas”, sino de todo decoro y ética. Los indígenas no son mejores ni peores que los no indígenas, pero por las razones que sea no han podido transformarse en comunidades con voz y recursos suficientes para alcanzar la autonomía real en nuestro medio. ¿Culpa suya o culpa de los demás?

En cualquier caso, cada persona debería poder decidir libremente si permanece en una identidad, si la modifica o si la rechaza, pero quienes opten por “ser” indígenas y vivir como tales deberían poder tener el mismo acceso a la justicia y a las oportunidades de prosperidad que tiene —que debería tener— el resto de los habitantes del territorio mexicano, sea cual sea su lugar de nacimiento, el color de su piel, los dioses que adore (o no) y la lengua que se hable en su casa. No ocurre así hoy en México y los indígenas, aunque lo pagan con singular intensidad, no son los únicos que padecen dicha situación.

________

Guillermo Máynez Gil (Torreón, 1969) es maestro en Estudios Internacionales por la Universidad Johns Hopkins. Su carrera profesional ha transcurrido por el Gobierno Federal, el sector privado y la consultoría. Actualmente es director senior de Asuntos Públicos en Llorente y Cuenca.

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