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Maestros mexicanos mártires: 1927-1940
Este País | Oscar García Carmona y José M. Murià | 01.06.2015 | 0 Comentarios

©iStockphoto.com/Volodymyr_VM

La historia de la educación en nuestro país ha tenido periodos azotados por violentos conflictos. La implantación del laicismo dio lugar a una serie de agresiones contra maestros, algunas de ellas incitadas por brazos de la misma Iglesia.

A la memoria

de la profesora Sonia Ibarra

Nuestra generación creció respetando todavía la figura del maestro, quizá porque entonces había aún muchos rescoldos y vívidos recuerdos de aquella heroica escuela rural mexicana que, con penurias y limitaciones extremas, realizó un gran esfuerzo por llevar las primeras letras y las operaciones aritméticas fundamentales a parajes sumamente marginados. Eran tiempos en los que había por doquier ilusión por la construcción de un plantel y por la llegada de los correspondientes mentores.

Cada Día del Maestro, por las calles y caminos mexicanos pululaban niños y padres que llevaban con cariño presentes a sus “profes”. Era una jornada de abrazos y muestras de gratitud, en prosa y en verso, que pretendían recompensar el trabajo docente de todo el año. Fueron tiempos en los que México concretó grandes esfuerzos educativos que dieron pie al llamado “milagro” con el que alcanzó grandes índices de crecimiento.

En cambio ahora que en la mayor parte del país no faltan escuelas ni profesores, que la profesión de docente se ha burocratizado en exceso y que, en general, hemos perdido la mística de que con la enseñanza mejoramos todos, hasta se ha puesto de moda el vituperio al magisterio y el menosprecio por su quehacer cotidiano. No negamos que se puedan encontrar muchos ejemplos que den la razón a los detractores, pero quienes hemos estado en la enseñanza pública, por cada elemento nocivo que se nos pone enfrente, podemos mencionar un sinnúmero de mentores verdaderamente admirables y venerables, todavía hechos para una gran entrega y un recio compromiso social.

Otra variable que nos han traído los tiempos recientes es el rescate del movimiento denominado “cristero” de finales de los años veinte y principios de los treinta, que en muchos sentidos significó una intentona de anular conquistas revolucionarias y de que el clero recuperara la fuerza que había perdido con el advenimiento de las Leyes de Reforma y del Estado liberal mexicano.

En tiempos recientes hemos visto vituperios a los maestros como en los años treinta. Incluso nos ha tocado ver que se justifiquen las feroces agresiones de que fueron víctimas en aquel entonces. A manera de ejemplo podríamos recordar el proceso de canonización masiva que culminó el 21 de mayo de 2000. Fueron 26 los nuevos santos, 19 de los cuales eran oriundos de la arquidiócesis de Guadalajara, cuando era regida por el mismo prelado que emprendió la construcción del gigantesco Santuario de los Mártires que, en 2008, se vio beneficiado por la famosa “macrolimosna” del gobierno de Jalisco, con la que el entonces gobernador del estado se ganó a pulso el mote de “gober piadoso”.

Precisamente el 20 de noviembre de 2005, no sé si para hacer mofa de la Revolución mexicana o para honrar la memoria del dictador español Francisco Franco —uno de los personajes históricos que más crímenes ha cometido con la bendición de la Iglesia católica, fallecido esa misma fecha 30 años antes—, fueron beatificados 13 laicos por su “sacrificio” pro cristero, 9 de ellos oriundos del arzobispado de Guadalajara.

En el periodo que va de 1927 hasta por lo menos 1940, la educación en Jalisco se tiñó de mucha sangre, además de enaltecerse con quienes salieron a las trincheras rurales en aras de sus ideales de una mejor educación para niños y jóvenes. A muchos maestros abanderados de la educación oficializada por la Constitución les tocaron situaciones muy difíciles de resistencia e intolerancia, popular y oficial, azuzada siempre por algún tentáculo de la Iglesia católica apostólica y romana. Excusas no faltaron para las agresiones: primero por la aprobación del dichoso artículo tercero y por la entronización del laicismo. Aquí el acoso fue con amenazas de excomunión, boicot y demás acciones pacíficas, pero después, en plena guerra Cristera y supuestamente en defensa de la religión, abundaron escuelas quemadas y maestros acosados y agredidos. Finalmente, las razones serían la educación sexual, la coeducación, el reparto agrario, la creación de las llamadas “escuelas Artículo 123” y la escuela proclamada socialista. A partir de esto las agresiones fueron mayores…

Con frecuencia se esgrimió la idea de que tales crímenes habían sido perpetrados por delincuentes del orden común. Puede que haya sido así en algunos casos, aunque los beneficios económicos de las agresiones habrían resultado verdaderamente escuálidos y muy poco atractivos; pero ahora tenemos claro que la mayoría de las manos instigadoras y alentadoras de tales actos estaban muy cerca del agua bendita y, por más de una vía, contaban con la aquiescencia o, incluso, el patrocinio y la bendición de la jerarquía eclesial.

Abundan pequeñas historias enmarcadas precisamente en esta aversión que se generó contra los más elementales principios de libertad de credo e ideas, del derecho universal a la escolarización y de la pretensión de que esta sirviera para el desarrollo y la armonía del conjunto de la sociedad. Una aversión que, desgraciadamente, no murió del todo al finalizar los años treinta y que se ha recrudecido en estos primeros años del siglo XXI.

Fue una verdadera tragedia para la educación, los maestros y sus allegados, cuyo recuerdo se ha diluido incluso en las propias comunidades donde ocurrieron hechos de tal catadura, y, lo que es peor, la mayor parte de los docentes de hoy parece haberla perdido de vista. Sin embargo, es su propia historia y no es muy antigua, toda ella manchada de sangre humilde, sencilla y muy honorable, llena de las esperanzas de quienes asumieron la causa del nacionalismo y la justicia social.

La Dirección General de Educación Primaria y Especial fijó el 25 de agosto de 1925 como la fecha para que todos los maestros “en activo” definieran “por escrito su postura en relación a las disposiciones sobre el laicismo educativo y escogieran entre renunciar a sus prejuicios religiosos o a su empleo”.1 No se trataba de una disposición aislada sino que era parte de un programa para hacer valer la normativa constitucional de 1917, de la cual una porción había sido soslayada ante la debilidad de los sucesivos gobiernos, por lo que sus enemigos supusieron que podrían borrarla del mapa. Muchos maestros quedaron entre la espada y la pared: o se declaraban partidarios de las leyes laicas o perdían su medio de subsistencia. Hubo quienes optaron por aceptar, pero sin estar de acuerdo en su fuero interno, ni con todo ni con alguna parte. La Iglesia también se puso drástica: el arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, por ejemplo, acorde con su merecida fama de belicoso e intransigente, expidió una flamígera circular que en su parte medular decía lo siguiente:

A los católicos de ninguna manera les es lícito contestar adhiriéndose a la actitud actual del Gobierno e incurrirán en falta grave contra la fe los que se atrevan a hacerlo, y además, apoyado en los sagrados cánones, declaro que incurren en EXCOMUNIÓN que me reservo. En la misma pena incurrirán los padres de familia que pongan a sus hijos en las escuelas primarias laicas.2

Es fácil imaginar el ambiente de tensión que se generó —obvia­mente más en el medio rural que en el urbano— y que llevó a la creación en 1926 de comités a favor de la educación “con objeto de que se defendieran del boicot de los fanáticos”. No obstante, “los maestros sufrieron amenazas de las turbas fanáticas [de] las llamadas ligas de defensa y de boicot”.3

Fue también a fines de 1926 cuando estalló la guerra Cristera en Jalisco, alentada por los obispos so pretexto de que el Gobierno había mandado cerrar los templos, cuando en realidad habían sido ellos quienes se pusieron en huelga. Con esta guerra se endurecería la animadversión hacia los mentores y los libros. Muchos sacerdotes tildarían a ambos de “instrumentos del demonio”. En total fueron 250 las escuelas primarias que tuvieron que cerrar en Jalisco en 1927 por falta de garantías.

Al quedarle clara la inviabilidad de la guerra, la jerarquía eclesiástica aceptó firmar unos “acuerdos” de paz con el Gobierno el 21 de mayo de 1929, aunque no todos los prelados aceptaron la situación. El arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, fue el más renuente y se mantuvo en rebeldía, azuzando a que siguiera la lucha, pero poco a poco se fue consolidando la paz, mas no para todos.

Tal fue el caso del magisterio, cuya situación fue agravándose a partir de 1930. El motivo, exaltado también por sacerdotes, era ahora puntualmente la educación de niños y niñas juntos y la educación sexual, complicándose todo con el reparto agrario. Nuevamente aparecieron por doquier los gritos de “¡Viva Cristo Rey!”, “¡Abajo el artículo tercero constitucional!”, “¡Muera la Constitución!”, etcétera. Sobrevinieron los hostigamientos de palabra y obra y no faltaron abusos flagrantes contra docentes.

La animadversión hacia los maestros se recrudeció a partir del 21 de julio de 1934, cuando Plutarco Elías Calles lanzó en Guadalajara su famoso “grito” a favor de una educación más comprometida con la sociedad. Lo que se pretendía era intensificar el alejamiento de los preceptos religiosos de las aulas y forjar educandos más comprometidos con la solución de la problemática social.

Fue entonces cuando se acrecentó la oposición a las escuelas de Gobierno y la inquina contra sus maestros, alentada, según el inspector general, “por los terratenientes y especialmente por los curas y elementos clericales”. De acuerdo con él, la peor zona era la de los estados de Nayarit, Colima, Michoacán, Jalisco, Aguascalientes y parte de Zacatecas, Durango y Guanajuato.4 Iniciaba entonces la época más difícil para el magisterio laico. La lista de agresiones es larguísima y tuvo lugar un sinfín de terribles crueldades en casi todo el territorio mencionado.5

Podría decirse que a mediados de 1937 comenzaron a menguar las agresiones a los maestros en virtud de que la fuerza pública se fue imponiendo; no obstante, en enero y abril de 1938 hubo dos secuestros más y en 1939 ocurrió un par de asesinatos sumamente sonados.

No hay razón para dudar que muchas de las agresiones pasaron desapercibidas y que difícilmente quedó otro vestigio que el recuerdo de personas que, por miedo a las represalias eclesiales o caciquiles, que a menudo eran coincidentes, o por estar de acuerdo con tales crímenes y por consiguiente dispuestas a solaparlos, se llevaron la noticia a la tumba.

Numerosos parajes de Jalisco, donde no pocos maestros se esforzaron para que las letras penetraran, estaban de tal manera incomunicados —para provecho de quienes mantenían el control— que podía suceder cualquier cosa sin que se supiera en el exterior, en tanto que era posible que la administración educativa perdiera de vista a un empleado durante quién sabe cuánto tiempo.

Lo que resulta cierto es que con la poca información que tenemos frente a lo mucho que todavía puede encontrarse, ese horizonte se llenó de acontecimientos terribles cuyas víctimas fueron esforzados maestros que por ganarse el pan y cumplir con un ideario dejaban la tranquilidad de sus hogares para incursionar en lugares plagados de unas alimañas que han dejado muchos herederos.

Solo algunos de esos crímenes fueron castigados, mientras que los deudos apenas obtuvieron los mil pesos de una póliza que aportaba el Partido Nacional Revolucionario y una pensión mensual de 25 pesos durante dos años por parte de la Secretaría de Educación Pública.

Aquella represión constituye un ejemplo de lo que la intolerancia y el fanatismo son capaces. Habría que aprender la lección en lugar de honrar, beatificar y santificar a quienes directa o indirectamente fueron responsables de tales crímenes.

1 AHSEP IV [243 (II-3) (11)], fol. 3., circ. 13134 del director general de Educación, Adolfo Contreras.

2 AHJ Gobernación, caja 2305 s/clasif., circ. 21/26 17, agosto de 1926.

3 AHSEP IV [243 (II-3) (11)], fol. 12, oficio dirigido al jefe del Departamento de Escuelas Rurales.

4 AHSEP IV [000 (IV-6) (732.2)], fol. 9.

5 El Jalisciense, Guadalajara, 21 de abril de 1935.

________

Oscar García Carmona es director general de Formación Continua para Profesionales de la Educación de la Secretaría de Educación del Gobierno del estado de Jalisco. José M. Murià, doctor en historia por El Colegio de México, es miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia desde 1993. Fue presidente de El Colegio de Jalisco y director general de Archivos, Bibliotecas y Publicaciones de la SRE. En 1979 recibió el Premio del Consejo Mexicano de Ciencias Históricas. Colaborador de El Informador, entre otros medios, su más reciente libro es Jalisco: Historia breve (2011).

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