Friday, 22 September 2017
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México: el problema no resuelto de la desigualdad
Este País | La Brecha De La Desigualdad | Miguel Székely | 01.03.2015 | 1 Comentario

©iStockphoto.com/xochicalco

La modesta disminución de la desigualdad y la pobreza en México durante la última década, ¿es parte de una tendencia consistente o resultado de un conjunto de circunstancias pasajeras? Es preciso responder a esta pregunta si queremos diseñar políticas públicas adecuadas.

Para un país como México, una caída de 10% en los niveles de desigualdad del ingreso entre los años 2000 y 2012 es, a primera vista, una buena noticia. Sin embargo, cuando se incorpora la información sobre los avances en este problema, históricamente persistente, en otros países de Latinoamérica, el panorama es menos alentador. En el mismo periodo, la desigualdad del ingreso en Bolivia, Brasil, Ecuador, El Salvador, Perú, Uruguay y Venezuela se redujo entre 13 y 26%.1 A nivel regional, la reducción en años recientes prácticamente revirtió los aumentos en la desigualdad observados durante las décadas de los ochenta y noventa del siglo XX.

Con la pobreza sucede algo similar. Mientras que, de acuerdo a datos de la CEPAL, las pobrezas extrema y moderada se redujeron en 1 y 4 puntos porcentuales en México durante el mismo periodo, a nivel regional la reducción fue de 6.9 y casi 16 puntos, respectivamente. En países como Perú, con un desempeño mejor que el promedio, se observaron caídas de 17.7 y 24.7 puntos en los índices de pobreza en los mismos años.

Una pregunta relevante, sobre todo en el caso de la desigualdad, que está asociada en mayor medida a factores estructurales (la pobreza tiende a variar con más sensibilidad al crecimiento económico y a factores de coyuntura) es si la tendencia decreciente observada en los últimos años se debe a un cambio de largo plazo o si es un fenómeno pasajero. La respuesta es importante porque, dependiendo de ella, las opciones de política pública para enfrentar el problema pueden ser totalmente distintas.

Un primer elemento distintivo del caso mexicano es que, a diferencia del resto de la región, el progreso distributivo no se dio por un aumento proporcionalmente mayor en los estratos de menores ingresos, sino en lo podemos llamar “clases medias” (es decir, los hogares que se encuentran en la parte intermedia de la distribución y, en particular, por arriba del 40% más pobre y por abajo del 10% con mayores ingresos).

Para indagar a mayor detalle las causas subyacentes de estas tendencias, un estudio reciente utiliza datos de 18 países de la región para el periodo 1980-2012, incluyendo a México, y estima el efecto de tres grupos de factores sobre la dinámica de la distribución del ingreso: los factores de largo plazo, los factores estructurales y los cambios de corto plazo.2

El primer grupo incluye el efecto de variables que siguen una tendencia histórica a lo largo del tiempo. Específicamente, se observa el efecto del crecimiento en la proporción de población económicamente activa —y la subsecuente reducción en el segmento de población entre 0 y 15 años que se observó de manera más pronunciada en los hogares pobres. Los resultados del análisis concluyen que, de hecho, la dinámica demográfica tuvo un efecto igualador, pero solamente explica alrededor de un punto porcentual de la reducción en la desigualdad.

En el segundo grupo se contemplan fuerzas que cambian de alguna manera la estructura y composición de la economía, pero que no necesariamente implican una tendencia histórica previsible de largo plazo. La primera variable en este grupo es la apertura comercial, que se intensificó en los años ochenta como parte de las reformas estructurales promovidas a lo largo de América Latina. Dado que la apertura comercial conlleva una reasignación de factores en la economía, se esperaría un efecto desigualador al principio, pero no necesariamente después de algunos años, en que los procesos de producción han absorbido el cambio y pueden ajustarse a la nueva realidad.

Se incluye también el cambio educativo, que consiste en la modificación de la composición de los recursos humanos durante los últimos 30 años, en los que América Latina pasó de ser una región abundante en mano de obra con nivel de primaria a una en la que la mayor parte de la población culmina los estudios de secundaria, lo cual cambia la conformación del mercado laboral y los niveles de productividad. Dado que este cambio se ha observado especialmente entre los hogares de menores recursos —la acumulación que permite la educación tiene límites, por lo que los individuos de mayores ingresos que han llegado, por ejemplo, a los estudios superiores, tienen menor margen de aumento—, se esperaría que tuviera un efecto igualador importante.

Otro cambio estructural es el aumento en la participación laboral de las mujeres, del cual se esperaría un efecto progresivo si el crecimiento fuera mayor entre los hogares de menores ingresos.

Los resultados del análisis concluyen que, de hecho, la apertura comercial ayuda a explicar una buena parte del aumento en la desigualdad en los años ochenta y noventa, pero que dicho efecto no continuó de la misma manera durante el inicio del siglo XXI, precisamente porque sus efectos distributivos fueron ya absorbidos prácticamente en su totalidad. La expansión educativa tuvo un efecto igualador importante tanto en los noventa como en los años 2000, así como la mayor participación laboral de la población, aunque sus efectos fueron más modestos. En conjunto estas variables explican 16% de la caída en la desigualdad.

El resultado más importante es que las variables que tienen efectos coyunturales de corto plazo, y que de hecho pueden revertirse en el futuro cercano, explican 40% de la mejora en la distribución. En este grupo se incluye la caída en los diferenciales salariales por nivel educativo, la estabilidad económica y la mejora en los precios de productos primarios (incluyendo los agrícolas y los relacionados con la minería) que se observó de manera pronunciada especialmente a partir de la segunda mitad de la década anterior.

Es decir, de acuerdo con estos datos, la mayor parte del progreso en materia de equidad se asocia a factores que podrían cambiar en el corto plazo e incluso revertir el progreso, a pesar de que hay elementos estructurales que pueden seguir propiciando ciertas mejoras.

Al aplicar el mismo análisis a México se identifican dos diferencias, que explican en gran parte por qué la desigualdad se ha reducido menos. Por un lado, los factores coyunturales de corto plazo no han jugado a favor de la equidad en el país en la misma medida —el efecto igualador del aumento en los precios de los bienes primarios ha sido considerablemente menor.

Por el otro, la educación ha tenido un efecto mucho menos igualador que en el resto de América Latina. Esto sorprende porque la expansión educativa del país ha estado por encima del promedio. De acuerdo a las estadísticas internacionales, el promedio de años de educación de la población mayor a 25 años se incrementó a nivel regional de 4.5 a 7.8 entre 1980 y 2010, lo cual se logró sobre todo mediante la universalización de la educación primaria y los incrementos en los niveles de cobertura de la educación secundaria, que pasaron de 70 a 87% en el mismo período.3 En México los avances fueron aún más significativos, con incrementos en los años promedio de escolaridad de 3.9 a 8.3, e incrementos en la cobertura educativa superiores al promedio regional.

Una posible explicación es que, mientras en América Latina la mayoría de los integrantes de las nuevas generaciones que entran al mercado laboral con más educación han logrado obtener empleo en el sector formal de la economía, en México la ampliación de la escolaridad no ha tenido el mismo efecto, y de hecho la mayor educación ha coexistido con aumentos en la informalidad. Mientras que a nivel regional, en promedio, 50% de los trabajadores son informales, en México el porcentaje es de más de 60%, lo cual representa el quinto nivel más elevado de la región —solamente superado por Honduras, Guatemala, Nicaragua, Bolivia y El Salvador, los cuales tienen un nivel de desarrollo económico significativamente menor.

Para el grupo de 18 a 25 años, la informalidad en México está casi 10 puntos por encima del nivel de América Latina, y la diferencia crece considerablemente para otras edades, de manera que en el grupo de 51 a 55 años la diferencia es de 15 puntos, y alcanza niveles de 83% en el rango de 61 a 65 años —una brecha de 30 puntos con respecto al promedio regional.

El problema es que, como la informalidad se caracteriza por una menor estabilidad en el empleo, una mayor fluctuación en los ingresos, menores salarios y falta de acceso a mecanismos de protección social, la brecha entre este segmento y el sector formal es cada vez mayor, lo cual tiene como consecuencia un mayor nivel de desigualdad. Además de sus efectos sobre la desigualdad, la informalidad es un generador de pobreza y puede incluso ser uno de los factores por los que México haya avanzado tan poco en esta dimensión en los últimos años.

Una posible explicación de la poca correspondencia entre el progreso educativo y la informalidad en México en comparación con la región podría ser que la calidad de la educación que se imparte fuera menor, lo cual llevaría a una menor productividad. Sin embargo, la información derivada de pruebas internacionales como pisa (Program for International Student Assessment, realizada cada tres años por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE) para el periodo de 2000 a 2012 sugiere lo contrario, ya que México se ubica como el segundo país con mayor rendimiento en la región. Incluso, los lugares más bajos en la prueba los ocupan Perú, Colombia, Argentina, Brasil, Costa Rica y Uruguay, todos ellos con niveles de informalidad menores y con tendencia decreciente, comparados con los de México.

Existe un creciente número de estudios que indagan sobre las causas de la elevada informalidad en México. Entre las causas identificadas se encuentran la baja productividad de la economía mexicana, que no genera empleos con valor agregado suficiente para cubrir los costos de la formalidad; la introducción de distorsiones derivadas de una política fiscal que no promueve la formalidad; los altos costos relativos de los servicios de la seguridad social, e incluso la proliferación de programas sociales no contributivos que se ofrecen gratuitamente y sustituyen beneficios de la seguridad social.

La necesidad de hacer frente a estas causas es impostergable si se quiere realmente enfrentar el problema de la inequidad en el país. Esperar a que este fenómeno se resuelva por medio de tendencias de largo plazo o incluso que haya mejoras aunque sean temporales, como parece ser el caso en América Latina, no parece ser una opción para México.

1 Datos provenientes de la CEPAL <http://estadisticas.cepal.org/cepalstat/WEB_CEPALSTAT>, 2014. La reducción corresponde al índice de Gini, una medida que resume la información sobre la distribución del ingreso, tomando valores entre 0 y 1.

2 Miguel Székely, “Declining Inequality in Latin America During The 21st Century: ¿Structural Shift or Temporary Improvement?”, Centro de Estudios Educativos y Sociales, 2015.

3 Véanse por ejemplo los Indicadores de Desarrollo del Banco Mundial actualizados al 2014.

________

MIGUEL SZÉKELY es director del Centro de Estudios Educativos y Sociales.

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