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Viejas preocupaciones
Cultura | Este País | Mirador | José Ramón López Rubí C. | 01.06.2015 | 0 Comentarios

Sofía Cándano (Cala), El segundo puro, La Habana, 2015.

Sofía Cándano (Cala),

El segundo puro,

La Habana, 2015.

No me daba miedo ser viejo. Pensar raramente en que, después de muchos años, sería como mi abuelo. No pensaba en mi propia muerte. Hasta que mi abuelo murió como murió. Temí llegar a esas edades y morir de esas maneras. Empecé a tener miedo (sin exageraciones ni obsesiones) de morir de viejo: morir siendo un viejo, de cierta forma…

Nunca preferí, desde luego, una muerte joven. Era miedo a posibilidades hijas de los juegos (muchas veces de azar) entre la muerte inevitable y la vejez probable. Sigue siéndolo; como sigo creyendo que es un miedo perfectamente racional. ¿Qué pasa si no eres rico?, me preguntaba. No porque no pensara que pasaban “cosas malas” sino porque deseaba saber exactamente qué. ¿Qué hubiera pasado si mi abuelo, que no era un magnate, hubiera sido pobre? Cada hipótesis de respuesta es terrible, espeluznante. Mi encuentro con la ciencia social vino a empeorar todo: los países como México, y las sociedades como la mexicana, en el fondo no se llevan muy bien con la vejez. En un país como este, que nunca ha sido Estado de bienestar verdadero y sí muy desigual desde siempre, ¿cómo mueren los viejos que no mueren en accidentes ni, como dice una expresión con usos imbéciles, de “causas naturales” (como si ninguna enfermedad fuera natural, solo el agotamiento por vejez y los infartos, o todas las enfermedades fueran “artificiales” o meramente sociales)?

Ahora camino por las calles y tres cosas suelen ganar la competencia citadina por mi atención: el estado de las banquetas —culpa de un ensayo de José Antonio Aguilar Rivera—, las cabezas de algunas mujeres —culpa de la belleza de ciertos ojos, melenas y narices—, y los hombres y mujeres que no son jóvenes ni ricos. Estos seres de los finales (historias terminando), tan alejados de la riqueza económica como de la juventud física me intrigan, muchos me conmueven más cada día, me persiguen ya. Se me acercan también, claro, desde la ciencia y la filosofía políticas: el hecho comprobado de que la calidad neta de una democracia y de los servicios de las instituciones públicas pueden indicarse más fuerte y nítidamente en el trato a grupos como los ancianos, y la idea de que un Estado y una sociedad decentes y justos no toleran ni posibilitan que sus miembros vivan vidas definidas por la humillación y la indignidad. El mirador puede ser múltiple, la mirada integral —o al revés.

Según el noventañero Roger Angell, en su gran ensayo “This old man”, los ancianos “han aprendido una cosa o dos, incluyendo la invisibilidad”. Y eso fuera del “tercer mundo”. Por supuesto, no todo viejo es un sabio o una sabia, como no todo joven es dinámico o innovador; algunos de los viejos de hoy fueron las malas personas o los malos jóvenes de ayer, como algunos jóvenes de hoy serán los viejos que no aprendieron… Pero el punto no es ese: es que las mayorías de esa edad, a esa edad, por su edad, tienden a no notarse, a no ser notadas. Recuerdo que Susan Sontag dijo alguna vez, palabras más palabras menos, que en la actualidad todo existía para ser fotografiado. Y lo dijo para un hoy anterior, para el ayer carente de smartphones y “redes sociales”. No deja de ser una afirmación excesiva pero se entiende el fondo… Si hago caso a Sontag, me queda desear que tal condición ayude a hacer visibles a los socialmente invisibles. A los ancianos de Angell.

La idea sontagiana me interesa unida a otra: las fotografías no se toman, se inventan. No soy un teórico de la fotografía, pero me parece obvio que las dos cosas pasan: se toman, es decir, registran hechos ajenos hasta entonces, documentan realidades externas, y también se inventan, se componen por completo, se diseñan y proyectan, se maquillan, son arte. Y a veces lo documental y lo artístico se casan (ejemplo: Sebastião Salgado). Si todo eso es así, las fotografías pueden servir para inventar reflexiones realistas, para originarlas, para motivarlas. Observar lo observado, imaginar posibilidades, relacionarlas con hechos, pensar el conjunto. Precisamente lo que me ocurrió con esta foto. La obra de Sofía Cándano (Cala), además de agradarme estéticamente, me hace reflexionar, no solo sobre su protagonista sino sobre otros como él, por lo que muestra, por lo que no, y por lo que no puede mostrar —o no a mí.

¿Quién es el viejo? ¿Cuál es su historia? ¿Está enfermo, de qué? ¿Qué hacía? ¿Qué hace? ¿Vivió bien? ¿Cómo sobrevive? ¿Es feliz? ¿Por qué saluda? ¿Por qué me parece que reía? ¿Qué significa el saludo? ¿Que sí es feliz, a pesar de todo? ¿Que así es él? Preguntas como las que me he hecho tantas veces en la calle. Según yo, las mujeres jóvenes que ahí son fotografiadas sin consentimiento por extraños —desconsiderados extraños, o algo peor— no sonríen ni saludan, cuando se dan cuenta. Su servidor tampoco lo haría si algún desconocido le apuntara con una cámara. ¿Por qué este viejo sí? ¿Es la personalidad o la necesidad? ¿Saluda porque simplemente es así o porque es una oportunidad para algo más? El puro en la boca, a sus años y en las condiciones que se intuyen, me sugiere algo, pero dudo: esa mano levantada, ¿saluda o llama la atención? ¿Ambas cosas? ¿Es solo un gesto cortés hacia cualquiera, o a una fotógrafa que le agrada? ¿O es una declaración?: “Sí, aquí estoy” “¿Me ves?”. De nuevo. ¿Qué vemos? ¿Lo ves? ~

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José Ramón López Rubí C. (Puebla, 1982) se dedica a la Ciencia Política y las publicaciones académicas. Es analista y editor en el CIDE.

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