Tuesday, 19 March 2019
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Otra recordación de Urbina: director de la Biblioteca Nacional Parte II.

Vicente Leñero (1933-2014): adiós al cronista
Cultura | Este País | Galaxia Gutenberg | Ocios Y Letras | Miguel Ángel Castro | 01.01.2015 | 0 Comentarios

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El número cuatro marcó la vida de Luis G. Urbina: el escritor nació en 1864 y murió en 1934, y en 1914 dejó la dirección de la Biblioteca Nacional, de modo que estamos a cien años de este suceso, a ochenta de su desaparición y a ciento cincuenta de su nacimiento. Justo es mencionar la “Recordación de Urbina” que Alfonso Reyes le dedicó en 1941 y referir algunos pormenores de su paso por el repositorio del patrimonio bibliográfico.

En el verano de 1914, a punto de caer el régimen de Huerta, Urbina dirigió unas observaciones a las autoridades del ramo de Instrucción Pública (cuya cabeza era muy probablemente Nemesio García Naranjo) sobre la grave situación de la Biblioteca Nacional. Señalaba que más que ninguna otra institución de cultura, esta había sido desatendida lamentablemente; los bajos salarios de los empleados y la falta de recursos para adquirir libros eran los mejores ejemplos, y consideraba que debía dársele toda ayuda “porque en el sentir de Carlyle, una biblioteca es una nueva forma de universidad”; añadía la necesidad de contar con fondos para editar obras pues “la vida internacional de las bibliotecas se debe esencialmente a las publicaciones de ellas, en que se da cuenta de los últimos descubrimientos bibliográficos y críticos, y al canje con el extranjero de obras editadas por el Estado […]”, y remataba considerando que “la Patria, al atender con especial cuidado esta institución, no hace sino fundar la cultura nacional, porque las bibliotecas, según la frase de Napoleón, como los egregios generales, encauzan las revoluciones”.

Las peticiones no encontraron respuesta, como explica Ernesto Mejía Sánchez en el interesantísimo estudio que le dedicó a la gestión de Urbina:

Ni los llamados al patriotismo, ni las citas de Carlyle y de Napoleón, colocadas estratégicamente al principio y fin de este documento, podían ya mover a los empobrecidos y vacilantes poderes públicos. México entero no estaba en ánimo para las tareas pacíficas de la cultura.

El poeta decidió salir del país al año siguiente. Le escribe a Amado Nervo:

Quisiera, como en otros tiempos, hallar mi buen humor bien despejado, para charlar contigo, y así, entre burlas y veras, decirte de mis aflicciones y de mis dificultades. La última carta que te escribí, larga como la cuaresma, salió de la Biblioteca Nacional, de un viejo rincón lleno de papeles, de tranquilidad y de recuerdos. Hoy te escribo en un cuartucho de casa de huéspedes donde todo es improvisado y baladí, todo provisional y fútil. Inútil me parece hablarte de mis trances con relación a la situación del país. Se desataron por allá ciclones de mala pasión, y mi nombre iba de Herodes a Pilatos. Luego, comencé a sentir el aislamiento, y la necesidad y el hambre. Busqué, sin encontrarlos, medios de subsistencia. Me apenaba mucho ver a mi familia en desgracia. Malbaraté todo, muebles, libros, cosas, palos viejos, y dejé unos mil pesos mexicanos en mi casa y vine a Cuba con unos cuantos duros. Aquí vivo, es decir, agonizo escribiendo, dando lecciones, y dispuesto a limpiar calzado si eso se necesita para llevarme un pan a la boca. No he pedido un favor. No he dado un sablazo […]. La situación de México parece tomar un camino de apaciguamiento, una primera etapa de orden. Ya se necesitaba, tan pronto como eso suceda volveré a México por los míos. No sabía yo lo que era pensar en el terruño fuera del terruño. Espantoso. ¿Qué sucederá? Ojalá que nos apresuremos a rehacer la obra civilizadora y sólida.

Llama la atención el poco aprecio que se ha dado a los esfuerzos del poeta por corregir el rumbo de los trabajos y la situación de la Biblioteca Nacional, que desde la muerte de José María Vigil tuvo dificultades para funcionar. Tras los casi cuatro años de Francisco Sosa y los cuatro meses y días de Rogelio Fernández Güel, Urbina halló un “cadáver” y “un verdadero caos bibliográfico”. Detalla sus propósitos:

A brazadas incesantes, a lucha abierta con el desorden, espero conservar, hacer limpiar y dar valor a las joyas exquisitas de que está llena esta Biblioteca. Entre otros proyectos, ya en vía de ejecución, está el de dar a conocer el rico caudal de libros aros y de manuscritos que poseemos. Sería una lástima que todo esto se perdiera por impericia, por abandono, por incuria. La vida colonial y parte de la precortesiana están encerradas aquí en pergaminos que solo de verlos da gusto. ¡Ojalá que me dejen en este rincón para lo que me falta de vivir! Mi afán consistiría en elaborar en una obra ecuánime, de cultura elevada, que pudieran aprovechar los investigadores futuros a los que es preciso allanar y preparar la senda para que no caminen a ciegas como lo hicimos nosotros por falta de orientaciones…

El poeta habitaba la casa que estaba a espaldas de la Biblioteca, en la que murió José María Vigil, y a pesar de sentirse viejo y cansado, no disimuló las deficiencias de la institución pero tampoco se gastó en encontrar culpables, y gracias a un amplio criterio humanista, en opinión de Mejía Sánchez, trazó un ambicioso e inteligente “plan de remedios” que revela la visión que Urbina tenía de la razón de ser de la Biblioteca Nacional. No deja de sorprender su vigencia:

De ahí que en mi concepto, la Biblioteca Nacional se oriente a dos precisas finalidades: la erudita (museo bibliográfico); la popular (gabinete de lectura). Definir y perfeccionar estos dos aspectos; poner en marcha el establecimiento por estos dos caminos, ponderando y equilibrando las dos funciones enunciadas, entiendo que es el deber a que ha de consagrarse el Director, y a él deseo consagrar, por pequeñas y débiles que sean, mis aptitudes y actividades.

Los informes que Urbina envió a sus superiores dan testimonio de lo mucho que logró en tan poco tiempo. Abrigó la esperanza del retorno al hogar pero España lo retuvo hasta que murió el 18 de noviembre de 1934. Lo reclamó su patria, sus restos fueron trasladados a la ciudad de México y llevados, después de tributarles sentido homenaje, al Panteón de Dolores; ahí reposan desde hace ochenta años en la Rotonda de los Hombres Ilustres.

Adiós a Vicente Leñero

Fúnebre coincidencia unirá, a partir de este año, a dos de los cronistas de la vida mexicana más honrados, amenos y luminosos que empeñaron sus plumas en la prensa, que compartieron el gusto por el teatro y el cine. Mucha materia de conversación tendrán Vicente Leñero y el Viejecito Urbina.

Los medios difundieron ampliamente la noticia de la muerte de Vicente Leñero, ocurrida el pasado 3 de diciembre. Tan pronto supe la mala nueva la comenté en casa pues algunos de los familiares de Sandra (mi esposa), los Iturribarría, han sido vecinos de los Leñero en San Pedro de los Pinos desde hace décadas, aunque no han mantenido relaciones de amistad. Al igual que muchos otros, solían reconocer al escritor cuando caminaba por las estrechas aceras cercanas a la parroquia de uno de los santos que le dieron su nombre, San Vicente Ferrer, enfrente del popular mercado de San Pedro, y señalar su casa, como acreditados pobladores, a los visitantes del rumbo. “Ahí vive Leñero”. En ocasiones se añadía: “Enfrente, en la esquina, está la que fue casa de Emilio Carballido. Ahí, donde, desde hace varios años, venden barbacoa los fines de semana”. El barrio ya no será el mismo.

Entre las múltiples noticias y artículos dedicados al escritor, encontré una entrevista que le hizo Cristina Hernández, al parecer en 2010 (Reforma, Revista R, 7 de diciembre de 2014), y en la cual Leñero confirma su gusto por la crónica periodística. No podía ser de otra manera porque consagró su talento en buena medida al periodismo. Las primeras lecciones que tomé de él proceden de su Talacha periodística (Grijalbo, México,1988), libro que reúne más de un centenar de textos que revelan las entrañas del México del último cuarto del siglo pasado. Pasa revista a personajes como María Félix, Raphael, Raquel Welch, Juan José Arreola, Méndez Arceo y Paquita Calvo; pasea por Pátzcuaro, documenta la vida en Cuba y recorre la Zona Rosa; explora las historias de la estatua de Miguel Alemán, de la Diana, del Castillo y del entonces nuevo Colegio Militar; escarnece telenovelas y concursos de belleza; asiste a la función sabatina de box; padece los usos y costumbres de la cargada y las campañas políticas, y reflexiona sobre nuevos procesos inquisitoriales y la teología de la liberación. Un muestrario de los intereses de Leñero, de su probidad, de una escritura que cala y divierte. Atrae la voluntad del testimonio, de la reflexión compartida. Interesante, clave y amena es, por ejemplo, la “Invitación de Salinas de Gortari” en donde refiere que “verboso de puros nervios, traté de encomiar el periodismo cada vez más objetivo que tratamos de hacer en Proceso, a pesar de tantas fallas y convencido como estoy y como estamos muchos de que no hay razón para que los periodistas vivan de la greña con el poder. La distancia con el Príncipe que siempre encomia Paz, no tiene por qué ser barrancón insuperable, despeñadero. Eso hubiera querido decirle a Salinas en ese momento, pero desde luego no logré articular pensamientos coherentes”.

La crónica en Leñero es vida escrita, es pensamiento, realidad y literatura. Consuela saber a quienes lo amaron y a los que lo admiraron que habita en los rincones de la prensa y que podrá viajar a gran velocidad en cualquier momento por Este País y por todo el mundo. ~

________

MIGUEL ÁNGEL CASTRO estudió Lengua y Literaturas Hispánicas. Ha sido profesor de literatura en diversas instituciones y es profesor de español en el CEPE. Fue director de la Fundéu México y coordinador del servicio de consultas de Español Inmediato en la Academia Mexicana de la Lengua. Especialista en cultura escrita del siglo XIX, es parte del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y ha publicado libros como Tipos y caracteres: La prensa mexicana de 1822 a 1855 y La Biblioteca Nacional de México: Testimonios y documentos para su historia. Castro investiga y rescata la obra de Ángel de Campo, recientemente sacó a la luz el libro Pueblo y canto: La ciudad de Ángel de Campo, Micrós y Tick-Tack.

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