Saturday, 19 January 2019
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Reproches de ultratumba
Cultura | Este País | Rediezel Mendoza Soriano | 01.03.2015 | 0 Comentarios

Autodefensa, acrílico sobre tela, 50 x 50, 2013.

Autodefensa, acrílico sobre tela, 50 x 50, 2013.

Raúl Herrera Márquez,
La sangre al río:
La pugna ignorada
entre Maclovio Herrera
y Francisco Villa,
Tusquets, México, 2014.

 

Leí en tan solo doce horas las más de cuatrocientas páginas de La sangre al río —simplemente no pude apartarme del libro. Cuando terminé, esta obra de Raúl Herrera Márquez se había convertido en mi novela favorita.

Lo primero que me cautivó fue la empatía que el autor produjo en mí como historiador. Me vi reflejado en su prematuro interés por acercarse a los viejos y escucharlos, por observar objetos antiguos y preguntar acerca de las historias que encerraban; más tarde, por buscar y reunir documentos, cartas, fotografías, telegramas, memorias; en su necesidad de evitar que los relatos se perdieran en el viento o en los recovecos de la memoria. Me vi a mí mismo, de niño, sentado a los pies de la abuela, oyendo sus historias de los ancestros maderistas; recordé el tesoro que fue para mí recibir una gastada fotografía del antepasado rebelde. Me reconocí en ese llamado de historiador, esa sensación inexplicable que tenemos aquellos que, con cierta parte de nuestro ser, vivimos fuera del tiempo.

Comenta Herrera Márquez que, cuando grababa testimonios, tomaba notas y reunía documentos, no imaginaba que un día se encargaría de dar cuenta escrita de lo que le tocó vivir a su familia, de que se convertiría en su cronista; que la decisión vendría al percatarse de que la historia de sus antepasados no era ya más que “jirones, hilos de sangre a punto de perderse en el río del tiempo”. Nos dice: “La memoria parece un mar de aguas profundas y revueltas del que aquellas remembranzas, inconexas muchas, solían surgir al azar […]; eslabones sueltos, pedazos de historias muchas veces extraordinarias, evocadas en ocasiones ordinarias”. Es notable cómo logró hilvanar y darles orden a esos retazos para crear una exquisita narración que combina el rigor de una investigación histórica con la fluidez de la novela. La aportación de la historia oral al relato es enorme, pero el autor no se limita a ella: el cruce de información y la triangulación de fuentes están presentes en todo momento con una riqueza digna de mención: más de catorce años le tomó a Herrera reunir datos y testimonios, correspondencia, materiales hemerográficos y papelería celosamente resguardada en baúles familiares, así como cientos de documentos procedentes de distintos archivos, entre ellos el más importante, el Histórico de Parral. El resultado es una narrativa de perspectivas múltiples que lleva al lector de la mano.

La sangre al río tiene un gran valor para la historiografía contemporánea, pues, a diferencia de otras novelas que lo único que pretenden es perpetuar el mito villista, ofrece un retrato de la vida cotidiana durante la Revolución, además de una imagen desmitificada de Doroteo Arango/Francisco Villa. Llama la atención que, no por ser el autor familiar de los protagonistas del texto, se observa una narración tendenciosa; al contrario, tuvo la capacidad de tomar distancia de lo que él no vivió y abstraerse de la pasión que podría generar la tragedia de su clan: de igual forma trata las fricciones con Villa que momentos que podrían resultar incómodos y cuestionables para los mismos Herrera.

La sangre al río es, pues, la historia de la tragedia de la familia Herrera Cano, de la que Villa juró que “no dejaría ni semilla”. Es el recuento de los testimonios vívidos de viudas y huérfanos que experimentaron la tragedia de que ese personaje se cruzara en su camino; del odio enfermizo surgido cuando los generales Maclovio y Luis Herrera Cano, después de haberse sumado a la División del Norte con su brigada “Benito Juárez”, a fin de unir fuerzas en la lucha contra el régimen huertista, rehusaron secundar a Villa en su rebelión contra Venustiano Carranza, cuando se negaron a apoyarlo en su guerra personalista contra el Primer Jefe de la Revolución, al que el propio Villa había reconocido como tal. Maclovio Herrera murió en 1915 en extrañas circunstancias, al intentar poner fin a un tiroteo entre sus propias tropas causado por una confusión. Luis, abuelo del autor, fue el segundo que falleció, en combate en Torreón a fines de 1916; una bala le inmovilizó las piernas; sus hombres lo rescataron y trasladaron al hotel Francia, donde murió batiéndose con un arma en cada mano contra numerosos enemigos villistas; su cuerpo fue arrastrado por las calles, y finalmente Villa ordenó que lo colgaran de un poste, en donde le colocó un retrato de Carranza en una mano y un billete en la bragueta. José Concepción murió de un disparo durante un ataque villista a Parral en 1917. Y, por último, el patriarca don José de la Luz Herrera y sus hijos Melchor y Zeferino fallecieron a manos del propio Villa en 1919; sus cuerpos fueron colgados. El mayor de los hijos varones, Jesús, fue el único que sobrevivió, y cuando se encontró ante la disyuntiva de matar o morir, una vez que su acérrimo enemigo se convirtiera en el hacendado de Canutillo, optó por lo primero.

Cabe una duda sobre el subtítulo del libro, La pugna ignorada entre Maclovio Herrera y Francisco Villa, ¿por qué “ignorada”? Si algo viene a la mente al escuchar los nombres de Herrera y Villa, son precisamente los términos pugna, conflicto, que nos remiten a una rivalidad harto conocida. Quizá sustente el autor su elección de términos en la segunda acepción del adjetivo ignorado, ya que lo que el libro demuestra es que los alcances de este choque no habían sido cabalmente comprendidos y tomados en cuenta por la historiografía. Como sea, La sangre al río revela y relaciona detalles poco conocidos de esa pugna, de la que hasta ahora el villismo oficioso había dado cuenta de manera unilateral.

Por ejemplo, al describir la afinidad de los Herrera con Venustiano Carranza y la distancia que mantuvieron con Villa, el autor hace referencia al respeto que José de la Luz Herrera había inculcado a sus hijos por la figura paterna, por las personas instruidas y por quienes representaban la legalidad. “Con esa mística”, explica el autor, los hermanos Herrera se habían sometido a la autoridad de don Guillermo Baca en 1910 y a la del profesor Manuel Chao en 1913; al recibir a Carranza en Parral, lo vieron como el “último reducto de la democracia y la legalidad”. Muy lejos estaba Villa de significarles algo comparable. Obsesionado con el poder, no admitía someterse a la autoridad de nadie, como parece demostrarlo en los hechos y en sus memorias, en las que —explica Herrera Márquez— revela lo fácil que le resultaba mandar y difícil obedecer, y cómo, desde sus años de bandidaje, no había soportado tener jefes a menos que le concedieran autoridad y libertad de acción. En 1910 no admitió recibir órdenes de Cástulo Herrera; en 1911, en Ciudad Juárez, desconoció la autoridad de Madero y estuvo a punto de asesinarlo; en 1912 no toleró estar bajo las órdenes de Huerta y terminó frente al paredón, salvado apenas por sus sollozos y súplicas. En 1913, después de haber suscrito el Plan de Guadalupe, rechazó someterse a la jefatura del Cuerpo de Ejército del Noroeste, desconoció al recién nombrado general en jefe de la División del Norte, Manuel Chao, y a base de intrigas se hizo del mando a pesar de no contar con las simpatías de la totalidad de los jefes de brigada, que, a diferencia de Villa, ya tenían tiempo luchando contra el huertismo con sus propios elementos. En su ambición desmedida, llegó a personificarse en la División del Norte, posteriormente en la Revolución —arrogándose el derecho a arrastrar a una guerra más sangrienta a miles de hombres que se habían pronunciado para combatir al huertismo—, y, tras su derrota en 1915, en la Patria misma. A partir de ese momento, cualquiera que se le opusiera era tildado de traidor a la causa y a la Patria.

En los últimos capítulos del libro, escuchamos el reclamo de las víctimas de los excesos de Villa: de los torturados, de los asesinados; de las mujeres ultrajadas; un reproche de ultratumba que pareciera escurrir de la memoria al tiempo que las balas penetraban su humanidad aquella mañana del 20 de julio de 1923. “¿Te acuerdas, Villa, cuando me colgaste allá en Parral? ¿Te acuerdas, valiente, cuando nos acribillaste allá en Camargo?”. Cientos, miles de voces de hombres y mujeres, arremolinadas en un instante, en la mira de ocho rifles.

La sangre al río siembra una duda respecto al asesinato de Villa: ¿quién lo traicionó? ¿Quién avisaba desde Canutillo cuando iba camino a Parral? Si bien no sorprende, sí resulta sumamente interesante la verdad sobre quiénes estuvieron inmiscuidos en el complot contra Villa, sus motivaciones, y cómo se fraguó el crimen. Hasta hoy, voces insisten en la autoría intelectual del Gobierno de Álvaro Obregón, pero en estas páginas queda claro que, si bien sobraban odios y rencores, esa muerte se trató no solo de una venganza, ni siquiera de justicia, sino de supervivencia; aquellos hombres “mataron para no morir”.

Con la pluma como arma, Raúl Herrera Márquez retoma la encarnizada lucha que se desató tras la traición de Doroteo Arango, alias “Francisco Villa”, al constitucionalismo. Esta vez, sin embargo, la lucha no es contra el hombre de carne y hueso, el militar, sino contra el Villa de bronce, entronizado por novelistas, cronistas e historiadores adictos al personaje. La sangre al río es una obra denominada por el propio autor como “novela verdadera”, lo cual, aunque pareciera sonar contradictorio, tiene mucho sentido cuando la confrontamos con esa “historia ficticia” o “historia novelada” de la que aún hoy se echa mano para difundir el mito de Francisco Villa.

Lo único que se le puede reclamar al autor es que no haya incluido imágenes en su texto; es verdad que la vívida descripción de las fotografías evoca y privilegia la imaginación y el recuerdo por encima de lo visual y es un efectivo recurso literario; no obstante, el lector se queda con las ganas de ver las fotos.

Se pregunta Raúl Herrera si habrían deseado sus antepasados que se escribiera su historia, si no habrían preferido que se dejara todo por la paz y se permitiera que los años borraran tanta muerte y sufrimiento. Después de leer el libro, pienso que sí habría sido su voluntad que quedara registro de lo que padecieron. Da gusto encontrarse con una obra tan comprometida con la investigación, tan perfectamente documentada y tan magistralmente escrita: una novela reveladora que exhibe sucesos y personajes ignorados de la Revolución, un libro de los que hacen falta. La sangre al río viene a dar un aire fresco a la escena literaria e histórica nacional.

__________________

REIDEZEL MENDOZA SORIANO (Ciudad Juárez, 1981) es licenciado y maestro en Historia por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Es autor de los libros Cazadores de la Sierra: Historia Militar de la Revolución en Chihuahua (2010), Jinetes Rebeldes (2011), Rifleros de San Andrés (2011), Guillermo Baca Ronquillo: Comerciante, maderista y revolucionario (2012) y Bandoleros y Rebeldes: Historia de las correrías de Heraclio Bernal, Ignacio Parra, Francisco Villa, Doroteo Arango y Abelardo Prieto (2013). Su trabajo se ha hecho merecedor del Premio Chihuahua 2009 en el campo de las ciencias sociales y del Premio de Ensayo Histórico de la Revolución en Chihuahua 2010. Ha participado como conferencista en diversos foros y seminarios regionales y nacionales de historia de México con temáticas de la Revolución mexicana y el bandolerismo en el norte de México. Actualmente es encargado del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Chihuahua.

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