Monday, 10 December 2018
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Trilogía neón
Cultura | Este País | Rodolfo E. Lezama | 01.06.2015 | 3 Comentarios

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1. Bigote a lo Hitler

El hombre llegó al bar con el bigote al estilo Hitler y la cara derrotada por el tiempo, el calor del día y la idea del amor. Solo el amor puede salvarme, piensa, mientras se deja revisar por los tipos trajeados de la entrada. El amor de las canciones de los Beatles y de José Alfredo —insiste. El amor que se compra con dinero y se pierde como remanente de los años de matrimonio fracasado. El hombre se sienta, observa su celular como si nada le importara, pero algo le importa: el amor de las canciones y el que puede comprar con esa cartera que alguien le regaló algún día. Su cartera es un recuerdo preciado de otro tiempo, el amor: la ilusión que puede obtener de la marquesina de muchos colores del bar cuyas puertas acaba de cruzar. El hombre por fin guarda el celular. Ya no hay nada que ver en él. Solo el amor que se le niega. El amor de las redes sociales. Compró una cerveza antes de entrar al lugar, tiene el hocico caliente, como cada miércoles que siente que el amor se le ha terminado. El hombre no mira a nadie, no quiere que nadie adivine el amor que necesita, pero las chicas del lugar tienen el entrenamiento de muchos días y lo descifran. El hombre viene solo, pero quisiera tener algún esbirro o un amigo o a otro hombre de bigote que, aunque fuera por casualidad, lo acompañara en el vaciado de botellas. El envase que apura en la boca es la primera cerveza que toma en el lugar. Las chicas de sostén evidente lo miran con recelo. El tipo de saco café y bigote recortado a lo Hitler debe tener alguna debilidad que venza al teléfono que porta en la mano izquierda y acaricia tecla por tecla con la mano derecha, piensan las tres mujeres que lo miran desde su espalda. Ninguna se atreve a acercarse. Han contado apenas una copa. El acercamiento viene después de la tercera. Es la regla. El hombre de bigote asoma la cabeza a la circunstancia y observa cuarenta pares de senos dispuestos y caras de hombres que han perdido el aplomo. Llevan más de tres copas, él todavía es fuerte, lleva una, dos, lo olvida, pues ha tomado una cerveza antes de entrar al lugar de marquesinas en luz neón. No tiene efectivo y el miedo le invade: tendrá que sacar la tarjeta para llegar al tercer trago, el del valor, el que le permite el acceso a la alegría que requiere. Trata de sacar el celular, no puede, ha pedido la segunda copa. Esa que quiebra un poco la fuerza, que invita a la tercera, a la cuarta y a la décima. El hombre del bigote quiere un cigarro, desesperadamente. Uno que obtendrá de alguna de las chicas que hace apenas diez minutos esperaba que empinara el tercer trago. Ha llegado el tercero. Por fin una mujer se sienta a su lado. Se ha borrado la frontera de la prudencia, empieza el camino de la imaginación. Y la plática ocupa el lugar que antes tuvo la timidez. Cómo odia la timidez el hombre del bigote al estilo Hitler, del saco café, de las mancuernas color acero y piedra indescifrable. El único cigarro que porta entre los labios le recuerda sus malestares de presión. Sin embargo, no le importa, la salud es algo pasajero, un estado mental y pide otro y otro, y la chica del corpiño demasiado aparente le dice que si quiere un baile y él no quiere un baile, pero cede ante el romanticismo de la propuesta. El amor es todo, piensa, y mientras toma la cuarta, quinta, sexta, séptima copa, cree que es necesario acceder al baile. La chica le ha platicado que necesita mantener a sus hijos y pagar la rehabilitación de su padre enfermo. La humanidad invade al hombre de bigote y saco café. En la escuela aprendió que los derechos son de todos los hombres y las mujeres, y una mujer que parece buena se ha sentado en el filo de su rodilla derecha. Al menos así la ven sus ojos inundados de alcohol. Ella le pregunta a qué se dedica y él le dice que es abogado. Miente sobre su matrimonio. Ella le contesta que ya es tiempo de que se case y siente cabeza, él hace un gesto interesante y se piensa más interesante al decirle que a sus cincuenta y dos años apenas si ha pensado en el matrimonio, que le gusta divertirse, venir cada miércoles a lugares donde lo quieran, y ella le responde que está en buenas manos, pues ella sabrá quererlo justo como él espera, que le gusta su bigote y su saco café, que solo los hombres con aplomo usan sacos café. La novena copa le ha quitado el miedo al hombre del bigote, ya no recuerda el saco café, se lo ha llevado el mesero, que es robusto y entrado en años, alto. El mesero debe rebasar los treinta y siete. El hombre del bigote rebasa los cincuenta, lo confiesa a la buena mujer que antes se ha sentado en su rodilla. Ella tiene veintitrés y quiere tetas nuevas. Él le argumenta que está triste y que odia a su mujer y que sus hijos le fastidian, ella olvida que en otro momento le dijo que era soltero y exitoso y bueno, y que además del saco café tiene un traje azul y otro naranja para los días de fiesta y un corbatín de moño. Van doce copas y el hombre de bigote, ya sin el saco café, duerme. Nunca fue un borracho problemático, es de ese tipo de dipsómanos a los que les apagas el piloto automático con la copa número trece y sueña como lo haría un niño de siete años, justo como cuando el hombre de bigote, que ahora ha perdido su saco, no usaba sacos, ni cafés ni azules ni de ningún color; cuando no sabía que tendría bigote ni que buscaría su refugio a la frustración en un lugar de luces neón y mujeres de corpiños pequeñitos que se te acercan a la tercera o cuarta copa. El hombre del bigote, sin saco café, se vence ante la copa trece, quiere un cigarro más, pero la chica que antes estaba en su rodilla ahora está resguardada en un cuarto al que él no puede subir. Se fue sin avisarle porque ya todo el bar quiere que se vaya. El valet parking le dice: “Venga mañana por su camioneta. Está muy borracho. Es peligroso”. El hombre se levanta, no ve su bigote, tampoco su saco café. No ve sus manos ni el volante de la camioneta que tiene comprometida en una letra de crédito. Sin camioneta, sin saco, con el bigote que no alcanzan a observar sus ojos, el hombre que se reconocía con un bigotillo de buena factura abandona el bar, las luces neón. Piensa en su casa, en los niños que le han arruinado la vida y en la mujer que le cargará de mierda tan pronto llegue, pero no pierde el romanticismo, sigue pensando en el amor. Tan pronto llegue a su casa sentará a su mujer en sus rodillas y le dirá a los niños que adornen el árbol de Navidad. Las luces le provocan nostalgia de otro tiempo y otros lugares. El hombre del bigote entra a su casa. Se asombra de la alegría que le provoca llegar de pie al lugar en el que debió estar hace tantas horas. Entra, saluda al perro, pisa el orín que despide el animal por tanta emoción. Lava su cara y rasura el bigote. Es un hombre nuevo y promete al espejo que lo mira que no volverá al bar de luces neón. Es jueves y faltan demasiados días para que un nuevo miércoles imponga sus condiciones.

2. Miércoles de ceniza

De la mística del table ella prefería los nombres. Llamarse Irina en un sitio, Dulce en otro, Manuela en uno más. Siempre prefirió Viridiana, a pesar de que la mala suerte la colocó en bares donde el nombre de su predilección pertenecía comúnmente a alguna chica de tanga con rayas de tigre. Ella despreciaba la ropa. Podía vestir una prenda con encaje o sin él y enamorarse de cualquier andrajo o de cualquier hombre que vistiera un pantalón miserable. Le era suficiente que el vehículo de su amor tuviera un nombre para que su corazón lo absorbiera como una esponja: baby doll, strapless, Santiago, Hernán, Rolando. Lo importante era llamarse de algún modo. Por eso gustaba de las películas con mística gruesa, esas de rótulos interminables y nombres en alemán. El nombre era un símbolo: el de alguien que existía. Ella prefería existir a no existir. Repudiaba el cigarro y el sexo en vivo, la lucha en aceite, el lodo y la mermelada en la tina de los bailes lésbicos. Los bailes lésbicos no solían causarle ningún agravio. Había clientes que gustaban de la mermelada. Comerla de un bocado, como si se tratara de una sopa saludable. A ella le gustaba la mística de las tres copas. Una, dos, tres y sentarse en la rodilla de no sé quién: la de un hombre de bigote al estilo Hitler con saco café o el par de rodillas de dos burócratas. Pensaba que los hombres con saco café tenían aplomo. También le gustaban los oficinistas que se llamaban como fuera. Casi cualquier nombre era suficientemente bueno. Lo importante era decirlo. Me llamo Santiago o José y ella se presentaba como Viridiana. No te confundas. La otra Viridiana es otra, yo soy la Viridiana que está en tus piernas. La que se llama como muchas pero que se diferencia de cualquiera por el gran tatuaje con su nombre predilecto y falso partiéndole la espalda en dos. Viridiana porque su nombre real se le quedaba en los vestidores de otras Viridianas. Viridiana, esta y no otra, gustaba de los sabores dulces, a paraíso: nalgas de vainilla y senos de melocotón. El melocotón, una fruta que ella sabía que existía porque alguien la había mentado, igual que el Holocausto y los seis millones de judíos en el campo de concentración y los tres millones de gitanos en la cámara de gases. Gas es un pedo que se inflama entrepiernas, pensaba cuando se sentía elocuente. Gases: muerte de muchos hombres y vida de una mujer. Esta: Viridiana, que no se llama así ni dentro ni fuera del bar, pero persiste en la imaginación de merecer ese nombre porque lo siente suyo ya que se lo ha ganado a fuerza de rotularlo en el ecuador de su espalda y pronunciarlo de manera dulce, como el nombre que se inventa cuando no se reconoce Viridiana o Manuela. Dulce, como el licor o la mermelada que acompañaban sus bailes lésbicos en la tina del bar de luces neón. Dulce como el símbolo de sus días, cualquiera: un miércoles o un miércoles de ceniza. El día en que los hombres buscan el amor y las mujeres de los bares de luces neón lo cobran. El amor: palomita de mierda. Caca dulce. Caca de pecado mortal: Sodoma u Oración de infertilidad, de esa que invocan todos los hombres cuando buscan el amor sin falla, el compromiso de veinticuatro horas. Cuando Viridiana o Dulce o Manuela hace el amor perfecto —ese sin ataduras y gorras de hule—, y también se llama Sodoma o Violeta, si es que el sexo le duele entre los muslos o alrededor de los ojos y prefiere guardar silencio porque cree en los efectos curativos del maquillaje y en los ungüentos desinflamantes o el hielo. Violeta, la de los ojos morados. A la que por un instante le importa poco llamarse como sea. No le gusta la mística de los golpes ni los ungüentos ni el hielo. Cuando se llama como sea —especialmente Violeta o Sodoma— es porque trae en la mano un trapo que envuelve un hielo y le desinflama los pómulos o la boca. Eso le rompe el alma y le destroza en pedazos el nombre y ella destroza a jalones las tangas de encaje que tanto le disgustan y los espejos y todo lo que se le ponga delante. Pero, cuando el sexo es bueno y hay dinero y no le duele nada, habla con alegría y se declara borracha y se pone íntima y cuenta al par de burócratas con los que se sentó un par de horas cualquier cosa que le provoca cosquilla de labios: bailo porque soy bien borracha y me gustan las cosas dulces. Quiero tetas nuevas, les confiesa en esa felicidad, como corolario al buen pago del hombre de saco café y bigotillo a lo Hitler. Renuncia al melodrama y concluye: me gustan mis tetas, pero debo nivelarlas al menos un poco. Mira, toca, le dice al hombre de bigote: la izquierda es más pequeña que la derecha. Pero el hombre del bigotillo ya lleva nueve copas y no puede reconocer la falta de simetría. Él confiesa que su afición al alcohol se enfatiza los miércoles, que es el día en que se siente completamente enamorado y siempre hay alguien suficientemente dispuesto, aunque sea por unos billetes de por medio, para satisfacer ese amor. Ella le pregunta su nombre pero él se niega a decirlo, de hecho no lo recuerda, y empieza a sentir una paranoia inexplicable como si fuera víctima de un interrogatorio de la Policía Secreta Alemana, porque se sabe nadie y no puede confesar un nombre, tan solo un rasgo: tengo bigote, el de cualquier abogado que empeda el miércoles de ceniza porque quiere saber a qué sabe el amor y la ceniza. Entonces fuma hasta que las puntas de los dedos adquieren el color de las vaginas purulentas: amarillo intenso y olor a mayonesa descompuesta. Entonces piensa que la mayonesa expuesta al sol adquiere un olor a podredumbre, a vagina rota, a fermento indeclinable en la nariz. Ella está contenta con el hombre de bigotillo, se siente feliz de contarle su vida sin dramatismo y que él se la cuente con toda la autocompasión de que es capaz. Por un momento ella se siente más fuerte que él. A la decimotercera copa, desgraciadamente, el juego del escucha se termina, él no puede hablar ni entender, no sabe nada. Le han robado el saco y nadie lo sabe más que el mesero robusto, de treinta y siete años, alto, que lo ha guardado en su maleta deportiva. Desconcertada, busca con quién seguir su deseo de oralidad. Analiza los rostros a la redonda y confía en una pareja de hombres: uno se llama Óscar y el otro también se llama Óscar, dicen ser contadores de un despacho muy prestigioso. También dicen que la seguían con la mirada y esperaban que ese pinche borrachito del bigote la soltara, pero que la preferían con encaje a sin encaje. Y ella volvía a la plática de siempre: Mi nombre es Viridiana, como lo anuncian las letras que colindan con mis nalgas. Y entonces la pareja de contadores piensa en un juego: Si adivinamos tu nombre verdadero te vas con nosotros y no nos cobras, sexo de amigos, porque a los amigos no se les niega un vaso de agua ni tampoco el sexo urgente. Ella lo piensa y replica: Es que todavía no termino con mi cliente, antes debo saber si se le ofrece algo. Y nada se le ofrece. El hombre del bigotillo está borracho, con trece copas en su haber y cara de santo. El rostro de un Hitler de nobleza indescriptible. Lo que hace el alcohol. Pero antes me tengo que cambiar, concluye ella. Ellos asienten y le dicen que la esperan a la salida. Le recomiendan que lleve la menos ropa posible, así será más justo el juego del striptease. Ella asiente y guarda en su maleta un sostén de encaje, una camiseta sin brazos y un pantalón a la cadera, que deja visible el nombre de Viridiana en tipo Gadamer 40 que le diseñó otra chica que sí se llama Viridiana. Los contadores que se llaman Óscar juegan volados. Uno y otro han olvidado su relación de jerarquía, que uno es jefe y el otro no. Ponen a la suerte quién manejará y quién irá atrás con la chica del nombre exótico que no se les fija en la memoria: Dulce, Manuela, Violeta. No importa, piensan, mientras Viridiana, con el tatuaje al ecuador del cuerpo, camina hacia ellos. Hacia el auto azul que ocupa una buena parte de la banqueta frente al bar de luces neón.

3. Casa de los espejos

Óscar, el alto, se aferró a una felatio de manos mientras observaba su reflejo —el propio y el del otro Óscar, su jefe, el bajo— devorando la vagina de Viridiana. La imagen de los dos —de Óscar y de Óscar— ocupa la luna inmensa del techo sobre la cama. El espacio restante lo llenan las nalgas de la chica y la porción tatuada de su espalda. Después de escupir la semilla diminuta de Óscar, el bajo, ella le preguntó cómo te llamas y Óscar dijo Óscar y ella volvió a preguntar: ¿Y tu amigo que se la jala sobre la silla? También se llama Óscar, mientras el alto asiente para darle la razón. A ella le parece bien. Ella se llama Viridiana, pero para darles gusto a los clientes decide que ellos escojan un nombre. Antes les explica las razones del suyo: Me llamo Viridiana porque llevo en la cadera un membrete que defiendo con una dignidad incomparable, y cuando me emborracho me llamo Dulce y, cuando no, me llamo Mariana o Manuela o como tú —ustedes— quieran llamarme, pero no me gusta llamarme Violeta o Sodoma. No me gustan los ungüentos ni el hielo alrededor de mis ojos. Ella odia las sombras moradas. Les confiesa que le gusta que los dos se llamen igual y que uno y otro sean el mismo: como si se miraran en un espejo que amplía o disminuye su imagen, o se observaran en un cristal de agua que se distorsiona hacia arriba y hacia abajo, o estuvieran encapsulados en una casa de los espejos donde uno es el otro, y el otro es el mismo, pero más largo o más gordo o más bajo. Que los tres se hubieran encontrado en el lugar y momento preciso fue un capricho de la casualidad. El mismo día, en el mismo bar de luces neón. Dos hombres de igual nombre y una mujer que se amputa el propio para sucumbir ante la personalidad que la hace feliz. Óscar, el alto, descubrió en la mirada de Viridiana su afición por los espejos. Observarla en todos los frentes le devuelve la vida que le arrebata su rutina de oficinista. Óscar, el bajo, le pregunta a su reflejo enorme si la chica le gusta y el reflejo amplio de Óscar, inaugurando su voz en el lugar —es un hombre callado—, dice que sí, que le emociona el tatuaje que brilla en el enorme cristal que trasciende el tubo de table. Viridiana, afecta a los espejos, reacciona a la mirada de uno de los Óscar, el alto, y se acerca a la mesa, cuando observa, también en un espejo, que su cliente de bigote recortado a lo Hitler ha sucumbido al trago número trece. Óscar, el bajo, fuera de la mirada de los espejos, la invita a la mesa y le dice que ya era tiempo de que abandonara a ese tipo del bigote y se uniera a la diversión con dos hombres que saben cómo tratar a una mujer. Viridiana, desde el espejo, observa al hombre desfalleciente con el que estaba hace apenas unos minutos y dice sí. Le gusta que ambos se llamen Óscar, y que uno sea alto y el otro bajo, y que uno sea jefe y el otro no, y que uno tenga pelo, el bajo, y el otro posea una calvicie en ciernes. Los hombres calvos son una suerte de hombres-espejo que reflejan una luz, y con un poco de alcohol hasta una cara o una baraja de rostros, ella piensa. Óscar, el alto, se hace del rogar antes de entrar al bar de luces neón, le dice a su jefe: Bueno está bien, pero solo dos copas, licenciado, y el licenciado asiente como para dar confianza a pesar de que sus ojos revelan la mentira que ambos saben. A la segunda copa sigue una tercera y un baile y una fascinación de ojos, nariz y garganta por las mujeres de los corpiños pequeñitos. A Óscar, el alto, no le fascinan los corpiños ni las tangas, esa noche se da cuenta de su afición por los espejos, por los cuerpos que se reflejan en la mirada y por las anatomías que de tan cercanas puedes tocarlas como si se tratara de una superficie que, además de transparente, es fría y con tacto a agua dura. Cuando Viridiana se acerca, Óscar, el bajo, le acaricia el cuerpo. Óscar, el alto, sigue el reflejo que Viridiana proyecta en el amarillo intenso de la botella de whiskey que su jefe había ordenado y que lleva más de tres cuartos de avance. Luego la observa en el envase verde de su cerveza. Siempre toma cerveza con limón, a pesar de que Óscar, el bajo, le diga: No sabes tomar cerveza y con esas malas maneras vas a espantar a las chavas. Pero ellas no se espantaban. Van y vienen. Ahora viene Viridiana y ya no se irá. Pocos minutos después los acompañará al auto azul que dejaron en la calle frente al bar de luces neón, y luego se estacionarán en otra calle, frente a un hotel de esos baratos, pero muy limpios, que se consiguen en Plutarco Elías Calles o en Tlalpan o en Oceanía. Óscar, el alto, gusta de ese nombre —Oceanía—, porque le suena a mar y a espejos en forma de ola. Y los dos Óscar y Viridiana deciden que Oceanía es un lugar adecuado y dejan el carro azul en una de sus calles y habitan un cuarto de hotel hasta que les dura el frenesí. Óscar, el alto, observa su semen y piensa en que está lleno de proteína. Por eso, explica para sí, una de las pocas mujeres con las que cuenta en su récord personal de conquistas lo untaba en su cara. Quita los granos, le dijeron. Y piensa en alimentar a los peces peleadores que nadan en una pecera al fondo del cuarto. Con sus manos toma los restos de semen que se esparce lento en una pequeña pendiente cerca de la silla desde la que observaba a Óscar, el bajo, y a Viridiana, y decide utilizarlo como alimento de los peces en cautiverio. Los peces naranja de gran cabeza, peces peleadores, se acercan con angustia al semen que flota y lo engullen con sus mejillas de inhalar y exhalar. Ahora, Óscar, el alto, mira el reflejo de su cara. Nunca la vio más parecida a la de su jefe: Óscar, el bajo. La pecera los hermana en un parecido que olvida que uno es alto, el otro bajo, uno jefe y el otro no, que uno tiene cabello, el otro no. Lo que Óscar el alto no puede olvidar es que Óscar el bajo se refleja en los muros con una mujer entre las piernas, una que se llamaba Viridiana y a veces Manuela y otras tantas Sodoma o Violeta, cuando el amor se le arrebataba por la fuerza. Óscar, el alto, no puede pensar más que en la mujer que rompe el parecido de ambos, como en esos juegos infantiles en los que se tienen que encontrar las siete diferencias de dos ilustraciones, y la diferencia que rompe con la identidad es precisamente ella: Viridiana, Manuela, Sodoma, que se refleja en tantos espejos y botellas como Óscar, el alto, es capaz de ver y en más nombres de los que su poca voz se atreve a pronunciar. En un solo momento, Óscar, el alto, decide reponer la unicidad de lo que ve: romper el paisaje de los cristales y los reflejos, y con un reflejo, el de la botella de cerveza que conservaba desde el bar de luces neón, golpea la cabeza de Viridiana, la cabeza de Óscar, el bajo, y la suya propia, con la botella de infinito amarillo que Óscar, el bajo, también conservaba desde el bar de luces neón. Y recuerda, antes de ceder al frenesí del líquido amarillo que se mezcla con gotas más espesas de color marrón, que antes de entrar al bar de luces neón le advirtió a Óscar, el bajo: Pero solo un trago, licenciado, pero nadie se va a sentar en nuestra mesa. Las promesas se cumplen, piensa, antes de entrar en un sueño profundo: de cervezas y de whiskey, de cristales, reflejos y peceras con peces gordos de color naranja que inhalan y exhalan su semen. A la mañana siguiente la camarera saca con una red los restos de semen de la pecera, levanta los vidrios rotos y llama a la recepción para decir que dos hombres idénticos van a dormir más tiempo. Viridiana camina calles sin saber su nombre ni dónde está. Camina sin pensar en que lleva una blusa sin mangas, blanca, con manchas obscuras y amarillas muy intensas. Tampoco reconoce su nombre ni entiende el nombre que lleva tatuado en la espalda, solo reconoce el bar de luces neón y a los hombres de traje que la dejan pasar, también reconoce al hombre de bigote recortado a lo Hitler, que le dice, tan pronto se sienta a su mesa, que le gusta divertirse, venir cada miércoles a lugares donde lo quieran, y ella le responde que está en buenas manos, pues ella sabrá quererlo justo como él espera, que le gusta su bigote y su saco café, que solo los hombres con aplomo usan sacos café, y que se llama Sodoma o Violeta cuando el sexo le duele entre los muslos o alrededor de los ojos, y que prefiere guardar silencio porque cree en los efectos curativos del maquillaje y los ungüentos desinflamantes o el hielo. Violeta, la de los ojos morados. ~

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RODOLFO E. LEZAMA (Ciudad de México, 1974) es escritor por oficio, abogado por necesidad, inconforme por decisión. Ha publicado cuentos en Etcétera, Lumpen Ilustrado, Iconos y El Búho, de Excélsior. Participó en el libro colectivo El vértigo del erotismo.

3 Respuestas para “Trilogía neón
  1. Diana Manrique dice:

    Saludos y felicitaciones.

  2. carlos zamora dice:

    Lectura digerible y suave felicidades al autor

  3. Refugio Pereida dice:

    Qué buen cuento.

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