Lunes, 18 Noviembre 2019
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GALAXIA GUTENBERG. Cruces y confluencias
Cultura | Jorge Degetau | 17.04.2009 | 1 Comentario

Álvaro Enrigue,
Vidas perpendiculares,
Anagrama, Barcelona, 2006.
La narración comienza, a modo
de biografía, presentando
al personaje principal, Jerónimo
Rodríguez Loera, hijo de
un asturiano rico y una tapatía de
abolengo, cuya vida inicia en 1936 y
en la cual el sujeto descubre, con los
años, recuerdos de otras vidas, también
suyas, que lo preceden y de las
cuales ha transmigrado, y que explican,
de una u otra forma, su presente
atípico.
Este argumento, aparentemente
propicio para desarrollar alguna novela
esotérica, es el punto de partida de
Vidas perpendiculares, la última novela
del mexicano Álvaro Enrigue (1969),
en la cual sobresalen exquisitas historias
mesuradas, narradas magistralmente,
que atraviesan todo el libro o
duran una parrafada, como la de una
mujer esteparia que confiesa que
“nunca había visto un árbol” y luego,
como Páramo que dice “ésta es mi
muerte”, afirma, con paralelo desparpajo
—con lo que totaliza su caracterización
de alma simple—, “luego me
morí yo, así, como se muere uno”.
Formalmente, dos elementos sobresalen
durante el desarrollo de Vidas
perpendiculares. El primero de ellos es
la prosa; el otro, el pretexto narrativo.
La de Enrigue es una prosa distinguida
que rememora a Borges, sobria pero
no árida, especialmente ejemplar
en sus imágenes: “Los ojos, dos barcos
hundidos”, o el sol del mediodía, “saqueando
el patio”. Recuerdo que en la
primera Caza de Letras, Enrigue nos
aconsejó a los participantes que escribiéramos
correctamente, pues hacerlo
casi siempre significa escribir bien. A
esa idea de corte clásico debemos, supongo,
su estilo formal y correcto, elegante,
sin presunciones, de grandes
párrafos articulados claramente y
enunciados que saben comportarse
según las circunstancias: sangran, enguyen,
se cortan. No hay tremendismos
ni cursilerías.
También resulta notable el pretexto
narrativo. Escribir una biografía multitudinaria
de alguien que se sabe “un
atascadero de monstruos” promete lo
mismo que la obra magistral de Rulfo:
muchas vetas de acción, resultado de
mezclar realidades temporales y espaciales
que varían en lo aparente pero
convergen en lo capital. Como debe
ser, estas historias se tienden puentes
comunicantes en los puntos más
inesperados (como también ocurre en
Pedro Páramo): a veces, un nombre, Filadelfia,
es el vínculo que une la Decápolis
con Estados Unidos; otras,
algo, cualquier cosa como un cenicero,
se rompe en el futuro y se escucha
en el pasado; o llueve en Marsia como
en Lagos de Moreno, a cientos de años
y a sólo unas páginas de distancia,
con una de esas lluvias “que lo barnizan
todo con la luz de sus relámpagos”;
el desierto aledaño del Laredo
contemporáneo es también el circundante
del Jerusalén del siglo I: cualquier
cosa es todas las cosas, otra
idea clásica, ahora de Parménides.
En lo que respecta al combustible
emotivo, las múltiples historias de Vidas
perpendiculares son atravesadas
por dos pulsiones dominantes, ambas
vitales, que si bien son contrarias se
deben recíprocamente la existencia o
el vigor: primero, la sensualidad, que
es la bala perdida de la obra, por la
que se representa la búsqueda de la
“mujer legítima” y se simboliza con
una fragancia, la de “la fruta carnívora
de sus olores creciendo como orquídeas en las paredes del cuarto”; y
segundo, la violencia, encarnecida en
la figura paterna de ojos verdes.
Teniendo por guías estas pasiones,
resulta obvio que en la obra no habita
un monstruo, como afirma el personaje
principal, sino la animalidad, innegable
y fatal, del ser humano. Por
eso hay mujeres que son leones, hombres-
tigre, Saulos-toros, cazamonjes
que parecen gatos gordos, o poetas
geniales con la gracia de los sapos.
Además de confrontar ideas opuestas
—y complementarias— como lo sensual
y lo violento, Enrigue coteja lo
vulgar y lo elegante, lo profano y lo sacro,
las pulsiones de vida y de muerte,
tanto en las anécdotas o en los personajes
como en algunas frases: “El olor
de mi mujer flotando por nuestro estercolero
como un hilo de estrellas”.
Atinado.
Vidas perpendiculares es un libro que
se lee lo mismo con interés técnico
que con auténtico entretenimiento.
Tangencialmente a los temas que se
abordan, es un registro de épocas y
lugares vastísimo, un exquisito paseo
por el tiempo de los primeros crestianos
o por el Nápoles del siglo XVI,
donde la epopeya es, a pesar de las
circunstancias excepcionales de la
época, sólo personal e íntima. Cierto
es que resulta por lo menos valiente,
si no temerario, adentrarse en las
biografías de personajes como Saulo
de Tarso —“carácter de loco”— o
Quevedo —“el hombre más desagradable
de su siglo”—, o remontarse a
la prehistoria para adivinar su espíritu
—“vivíamos en un cerro que no tenía
nombre porque lo de poner
nombres es posterior”—, pero para
Enrigue la erudición es una herramienta
por demás útil y no un colguijo
ornamental, y gracias a su
atrevimiento explota lo más exquisito
de la sustancia dramática que
compone su novela, esa que emana
de las entrañas mismas del autor.
Podría criticarse, para terminar, el
carácter clásico que permea la obra
de Enrigue, ligado inevitablemente a
la cascada idea de destino. Ésta, se
diría, ampara casi artificialmente a
la novela, a sus personajes y al conflicto
edípico; denota la falta del sinsentido
posmoderno que están
dispuestos a otorgarnos todos los escritores
que pretenden vanguardia. O
podríamos cuestionar el establecimiento
de algunos paralelismos entre
las distintas historias, quizá
demasiados, burdos o frecuentes, o
que el cambio de narrador de tercera
a primera persona sea, para el ojo
atento, notorio y desacomplejado, casi
brusco. Pero opto por aclararme: Vidas
perpendiculares no sólo tiene
virtudes, es virtuosa; ciertamente devela
a lo mejor de la narrativa mexicana
contemporánea, y es, además y
sin lugar a dudas, una novela que yo
mismo hubiera querido escribir. Eso
es todo.


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Una respuesta para “GALAXIA GUTENBERG. Cruces y confluencias”
  1. Pasando dice:

    «engullen», si no le importa.

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