Mircoles, 20 Noviembre 2019
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Inspiración de sueños. Rogelio Salmona, in memoriam
Cultura | María Elvira Madriñán | 17.04.2009 | 0 Comentarios

Empiezo confesando que con el correr de los
días no dejo de añorar a Rogelio. Todo a mi alrededor
lo evoca, encuentro su mano, su espíritu,
en cada paso, en cada mirada.
Largos años de trabajo a su lado me permitieron
entrar a su mundo y, poco a poco, ir descubriendo
la enorme riqueza escondida en su
interior, una riqueza que dejaba conocer sólo a
medias, a sus íntimos. Fui partícipe de las innumerables
batallas que emprendía a diario para
proteger las mejores tradiciones urbanas, para
defender los valores particulares de cada entorno,
para poner en evidencia su belleza y la forma
peculiar en que cada sitio hace parte del
alma de sus habitantes. Presencié su desvelo
por recuperar los espacios públicos, en algunos
casos reducidos a su mínima expresión. Día tras
día le vi estudiar juiciosamente fórmulas renovadas
para lograr diseños de vivienda digna
destinada a los estratos populares, a inmensa
distancia de la precariedad que campea en las
políticas públicas y en el negocio de la construcción.
Presencié incontables debates para
defender y recuperar el paisaje de Bogotá, de
sus cerros, de sus fuentes de agua, de su entorno.
Fue un precursor de la defensa del medio
ambiente urbano cuando esa noción no estaba
en la cabeza de nadie.
Desde el inicio de su carrera hasta sus últimos
días, mantuvo la misma reciedumbre. Pensó y
luchó por volver a Bogotá más amable, más
abierta, más participativa, proponiendo espacios
generadores de convivencia, de solidaridad, de
encuentro. Espacios estéticos y saludables para
ser apropiados por todos los habitantes. Y no se
limitó a combatir por ellos desde su estudio profesional:
salió a la calle, habló en foros y universidades,
escribió, acudió a cuanto debate se le
invitó, sosteniendo siempre la prevalencia del
bien público sobre el mercantilismo; de lo bello y
congregante sobre lo banal y artificioso; de lo creativo
sobre la copia falsa, la adaptación de modelos
abusados o lo simplemente anodino; del orgullo y
el apego colectivos a ciertas tradiciones sobre la
novelería y el deslumbramiento fugaz.
La arquitectura lo fue todo para él, inspiradora
de sueños y pasiones, dueña de todas sus horas,
generadora de retos, ilusiones y sinsabores, aliada
y compañera inseparable. Y de esa alianza nos
quedan sus logros que reconocemos a simple golpe
de ojo, porque están todos marcados con el sello
personal de su talento y su generosidad en el
tratamiento del espacio.
Siendo aún muy joven, Rogelio trabajó
persistentemente en la búsqueda de su
propio camino. Fue una búsqueda dolorosa
y solitaria a lo largo de toda su vida,
como dolorosos y solitarios fueron todos
sus desafíos profesionales, los bien logrados
y los no logrados. Rogelio es un caso
peculiar del artista que produce lo que
produce con inmenso sufrimiento, porque
así se lo exige su empeño por dar lo
mejor de sí, vez por vez. Nunca transigió
con la solución mediocre en lo suyo propio
ni en lo que esperaba de sus colaboradores.
Era un perfeccionista, no por
envanecimiento personal, sino por ética.
Creía en el espíritu humano como una
permanente superación colectiva y personal,
y siempre estuvo en primera fila para
dar el ejemplo.
En esa ruta de exploraciones sucesivas
que emprendió a temprana edad, después
de encontrarse él mismo y de encontrar la
forma de expresar sus ideas arquitectónicas,
cada aspecto del estilo y de la concordancia
personal y social de su arte fueron
puestos a prueba y repensados como punto
de partida de los proyectos venideros.
Las modas no le eran desconocidas, pero jamás
se adhirió a ninguna que él mismo no hubiese
probado con extremo rigor. Nunca se
dejó seducir por nuevas tendencias, nuevas
formas, nuevos materiales. Él evolucionaba sobre
sí mismo, sobre su propia experiencia, y
cada nuevo encargo era para él generador de
una nueva exploración que emprendía después
de una feroz autocrítica. Ello le permitió
consolidar su pensamiento, sus ideales estéticos,
su compromiso con la comunidad y, a la
vez, ir decantando una amplia destreza en el
manejo de los materiales.
Buscando soluciones a problemas técnicos,
Rogelio diseña en el transcurso de varios años
nuevos elementos en ladrillo, jambas y alfajías
que en muy poco tiempo su sensibilidad sabe
aprovechar: los vuelve versátiles, les encuentra
nuevos usos, y con ellos logra reintroducir elementos
olvidados en el lenguaje de la arquitectura
moderna, como zócalos, celosías, atarjeas,
alfardas, aljibes, alicatados, que pronto comenzaron
a enriquecer sus patios, muros, ventanas,
vanos y antepechos. Y aprendió a
manejar el agua en hermosos canales y estanques
rodeados de jardines.
Al recorrer sus proyectos no logramos imaginar
los combates que sostuvo consigo mismo
hasta plasmar sus sueños. Los primeros los dio
en su estudio, en silencio, cuando su memoria
le proveía de extraordinarias evocaciones
de los grandes maestros y de la arquitectura
anónima que aprendió en
sus viajes de autodidacta. La bitácora
de esos viajes fue realmente su escuela,
su juventud de peregrino armado de lápiz
y papel jugó más que cualquier experiencia
académica. De ese repertorio
de viajes por el mundo clásico, el cercano
oriente, las ciudades renacentistas y
las grandes ciudades modernas y, por
supuesto, del recorrido por gran parte
de la geografía colombiana, extrajo un
repertorio minucioso de recuerdos y
datos que supo enriquecer con un extenso
acervo de lecturas. Por cierto, de
ese aspecto poco se ha hablado y creo
que es hora de subrayar una condición
de Rogelio no muy común en nuestra
profesión: la condición de hombre verdaderamente
culto. Rogelio tuvo una
sólida cultura literaria, musical, política
e histórica, que sumada al recuerdo de
sus viajes le permitía revivir las emociones
sentidas al registrar cada escenario,
con precisión de fotógrafo. Sabía reconocer
sus proporciones, sus medidas,
para luego, con dibujo certero, plasmar
en el papel no tanto sus recuerdos
cuanto sus anhelos, sus principios vitales,
su manera particular de aliarse y
asociarse al mundo, de ser cómplice
con el mundo.
Después de esos pugilatos que libraba
en su fuero interno, con la historia
como soporte, evitaba caer en veleidades
pasajeras, no se dejaba arrastrar por
las corrientes del momento ni se adaptaba
a las normas existentes si para su
aplicación era necesario sacrificar derechos
ciudadanos o calidad urbana en
aras de obtener una mayor rentabilidad.
No se dejó nunca tentar por el dinero.
Él fue, se sabe de sobra, un asceta y un
hombre absolutamente ajeno a cualquier
afán de riqueza o de utilitarismo
profesional. Su fama de arquitecto no
se debe, en absoluto, al reconocimiento
de los grandes contratistas y urbanizadores;
es resultado espontáneo de quienes
tienen opinión acerca de lo que es
o debe ser la ciudad.
Hacer arquitectura para Rogelio era
una peregrinación solitaria que le permitía
liberar memoria e imaginación.
Tenía que inventar, porque no podía
convivir con el vacío: el vacío era para
él una asfixia cultural y personal. Tenía
que inventar toda especie de realidades
que le faltaban a la vida, inventaba lo
que su vida necesitaba, lo que su ciudad
exigía, inventaba realidades a las
que los habitantes no tenían acceso.
Quería que su arquitectura fuera territorio
de la fantasía, del deseo y, sobre
todo, de los derechos ciudadanos, lugar
donde la felicidad y la poesía fueran
posibles como una realidad colectiva.
Ése es el mérito que muchos reconocemos.
El único del cual él podría sentirse
realmente orgulloso.

• María Elvira Madriñán fue esposa, socia y
colaboradora de Rogelio Salmona.


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