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Los conflictos de la otredad
Cultura | Este País | Histórico | Fragoso Lugo Lucero | 29.09.2009 | 0 Comentarios

Rodolfo Stavenhagen, Conflictos étnicos y Estado nacional, Siglo XXI Editores, México, 2000.

UN BUEN DÍA, el filósofo Jean Paul Sartre se asomó por la ventana del estudio donde escribía y detuvo la mirada en una fila de gente que estaba esperando el camión. Luego se puso a hojear su libro de historia francesa y se detuvo en la página que mostraba un grabado de la masa enardecida tomando La Bastilla. Sartre pensó que los hombres que gritaban fuera de La Bastilla perseguían una causa común, un objetivo que los unía y los identificaba como «grupo» fraternal. En cambio, las personas en la fila del camión lo único que tenían en común era su deseo de abordar el transporte, eran más bien enemigos: el asiento que uno llegara a ocupar se le escaparía al otro. El caso de los pasajeros ilustra las características de una «serie» o grupo «serial», antítesis del «grupo» fraternal ejemplificado por la multitud de La Bastilla que combate por el mismo ideal. Los individuos que constituyen la «serie» toman su unidad del exterior mediante la materialidad, la escasez y la selección, según los conceptos sartreanos.

 

Hay situaciones en las cuales la existencia del otro estorba. Y más aún, cuando no compartimos con el otro ni creencias, ni cultura, ni modo de vida pero sí el mismo espacio, la otredad distinta aparece como un rival. No obstante, ¿las diferencias desembocan inevitablemente en conflictos? ¿La diversidad racial y cultural conduce, por sí misma, a la eterna pelea entre grupos étnicos? El autor de este libro responde que los antagonismos no son inherentes a la diversidad; en otras palabras, las conflagraciones no son un destino fatal de la convivencia entre pueblos que se ven distintos.

 

Las peleas comienzan realmente cuando se atribuyen significados especiales a las diferencias, es decir, si las creencias y sentimientos subjetivos sobre las características de un grupo son más fuertes que los atributos objetivos. Ante la imaginación colectiva que hace de la nacionalidad, el idioma o la religión símbolos incompatibles y que opone irremediablemente a las comunidades, surge la confrontación política. El rasgo político es, sobre todo, el detonador de casi cualquier tipo de conflicto étnico, pues la etnicidad se ha usado frecuentemente como elemento de movilización política de las masas por grupos de poder que sí están en lucha.

 

La legitimidad del discurso étnico se alimenta de las «necesidades afectivas» o de la «identidad psíquica» de una población, ambas profundamente instaladas en la memoria colectiva y que salen a la superficie en un ambiente de descomposición de la sociedad tradicional. Así, el discurso étnico tiene lugar donde se ha tambaleado la posición de varios grupos de hombres que antes formaban parte de un sistema de relaciones recíprocas más o menos estables. Por ello la identificación no se limita al reconocimiento del otro como igual étnicamente, sino se amplía al. uso político de las identidades, a la contienda por un lugar, un espacio y una función como asociación dentro de un universo en agitación constante.

 

De esta forma, cuando la economía de mercado termina con un orden económico determinado, la gente opta por la movilización social clasista como método de reacción para protegerse de las nuevas circunstancias. Stavenhagen encuentra que en la organización política de las colectividades de finales de siglo XX ya no penetra la ideología de clases explotadas que puso en acción a varios grupos unos años atrás. En estos tiempos, lo que llega hasta el fondo de la conciencia colectiva es la identificación con un objetivo común en términos de agrupación cultural, racial o religiosa para hacer frente al desplazamiento y a la exclusión. No es casual que el sentimiento de abandono y extrañeza que invade los movimientos étnicos aparezca en una época de desintegración de las instituciones totalizantes -como el comunismo- y de difuminación de las fronteras nacionales hacia un sistema global que, en su afán por homogeneizar, termina acentuando las diferencias. En este contexto, el discurso étnico se convierte en un intento de recuperar la pérdida de significado cuando se derrumba el antiguo sistema y el nuevo aún no termina de definirse.

 

Desde el punto de vista de Rodolfo Stavenhagen, y lo que constituye el gran acierto de su trabajo, la mera descalificación y desacreditación de los conglomerados étnicos extremistas sólo conduce a ignorar la marginación y la falta de canales políticos que permiten expresarse a los grupos sociales que van en busca de un espacio en el proceso modernizador, incluidos los líderes que los dirigen y los orientan. Los militantes de los movimientos étnicos pertenecen, en su mayoría, a categorías sociales no integradas a la emergente modernización, la cual trae consigo el desarraigo social, el fin de las viejas solidaridades. Es por ello que los integrantes de las comunidades excluidas son fácilmente persuadidos por el discurso de sus líderes para volcarse a la acción social y al grupo étnico como refugio.

 

Dado que, como se ha dicho antes, la politización de los valores étnicos es la causa de fondo de los conflictos, los analistas han propuesto soluciones también políticas, muchas con base en mecanismos electorales. No obstante, las identidades étnicas casi nunca son sensibles a la ingeniería constitucional. ¿Cuál es la razón? Si bien Stavenhagen asegura que la violencia étnica no es resultado de la ira y el odio espontáneo de masas encolerizadas, sino más bien producto de una elaborada manipulación que hacen ideólogos o visionarios aprovechando el sentimiento de desamparo y marginalidad de un conjunto de hombres y mujeres, la gente involucrada en actos violentos se mueve menos por objetivos pensados y más por emociones irracionales. Ello explica que los impulsos derramados del sentimiento de pertenencia a cierta agrupación se aparten de las propuestas institucionales de arreglo.

 

A pesar de esto, y ya que los conflictos étnicos no son resultado de odios ancestrales y más bien evolucionan moldeados según las circunstancias históricas particulares, el autor considera que las masacres y la violencia pueden evitarse mediante la «diplomacia preventiva». De este modo, la responsabilidad de la comunidad internacional es detectar el periodo de incubación de algún conflicto: cuando las élites emplean su poder para dar trato preferencial a grupos étnicos leales o cuando emergen ideologías excluyentes que definen a cierto grupo como «sacrificable».

 

Finalmente, el autor analiza la dinámica de los conflictos étnicos en términos de una lucha entre las diversas etnias que conforman un país por lo recursos del Estado nacional. En una época de integración supranacional, el Estado ya no controla los insumos que antes podía redistribuir a sus clientelas étnicas y regionales. Entonces, en la escasez de recursos nacionales, la competencia entre grupos étnicos se vuelve más intensa, lo que auspicia además una mayor conciencia de identidad, pasando a segundo plano los objetivos comunes como ciudadanos del mismo Estado-nación. Una vez llegadas a este punto, las comunidades raciales y culturales se miran entre sí como los pasajeros que esperan en la fila del camión que Sartre veía por su ventana: como rivales temerosos de que el otro ocupe su asiento, como «series» antagónicas que persiguen causas diferentes y cuyo único objetivo común -obtener recursos del Estado- los liga al tiempo que los opone.

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