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Minucias del lenguaje. Pseudoarcaísmos del español mexicano
Cultura | Galaxia Gutenberg | José G. Moreno de Alba | 05.10.2009 | 2 Comentarios

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Casi todos los manuales y tratados sobre el español americano coinciden en que el léxico que aquí empleamos tiene un componente importante de arcaísmos, es decir de voces y acepciones que se emplearon en determinada época pero que hoy no se usan. Por ejemplo Alonso Zamora Vicente, autor de un célebre texto de dialectología española, escribe lo siguiente: “A pesar de las sucesivas capas de español importado, el fondo patrimonial idiomático [en América] aparece vivamente coloreado por el arcaísmo”. Esta manera de explicar los fenómenos del español americano es en buena medida defectuosa porque tiene un carácter marcadamente eurocentrista, con lo que quiero decir que el español de este lado del Atlántico suele explicarse desde una perspectiva europea, confundiendo en uno solo dos conceptos distintos: parecería que hubiera una equivalencia entre español europeo y lengua española. Grave confusión, sin duda. Si determinado vocablo, que aparece en textos del siglo XVI, dejó de emplearse en España, algunos filólogos, equivocadamente, lo consideran arcaísmo, aunque siga usándose por los americanos que, como se sabe, somos la inmensa mayoría de los hispanohablantes.

Evidentemente no pertenecen a la misma clase de arcaísmos, por una parte, voces como llantar (‘comer’) y, por otra, vocablos como calentura (‘fiebre’). El primero se empleó en la Edad Media y hoy nadie lo emplea ni lo conoce; el segundo, por lo contrario, tiene vigencia entre muchos hablantes americanos, y sólo dejó de usarse en la mayoría de las hablas europeas. El primero, llantar, es un arcaísmo absoluto; el segundo, relativo. Llantar por comer es una voz arcaica para todos los hispanohablantes actuales; calentura por fiebre les resulta arcaica exclusivamente a los hispanohablantes europeos. En todo caso, calentura puede también concebirse como un pseudoarcaísmo, es decir por un aparente, engañoso arcaísmo, frente a llantar que no es otra cosa sino un vocablo verdaderamente arcaico. Debe recordarse que la lengua puede concebirse como un gran diasistema constituido por la suma e intersección de múltiples sistemas, en derredor de sus tres principales ejes de variación: el diatópico, el diacrónico y el diastrático. En una perspectiva geográfica, por tanto, el español está constituido por la totalidad de sus dialectos. El léxico de la lengua española es la suma total de los léxicos de cada uno de sus dialectos (geográficos, históricos o sociales).

Ahora bien, resulta indudable que en el español americano o, al menos, en algunos de sus dialectos, tienen plena vigencia muchas voces empleadas por los autores clásicos y que hoy son desconocidas o muy poco empleadas en el español europeo. Esto puede verse, en mi opinión, como una muestra de riqueza léxica aquí y como cierto empobrecimiento allá. Las listas de palabras de este tipo pueden ser muy largas y la historia y etimología de cada una de ellas tiene gran interés para la filología. Me limito en esta nota a dar algunos pocos ejemplos de voces de este tipo que se emplean si no en todo el continente americano, sí al menos en México, donde vivimos más de cien millones de hispanohablantes. Anoto entre paréntesis el equivalente léxico en el español europeo:

Aburrición (‘odio, antipatía, aburrimiento’), acalenturado (‘febril’), acuerdo (‘reunión, consejo, consulta’), alcanzar (‘tender, ofrecer, hacer llegar’), alcayata (‘escarpia, clavo grande de gancho’), aldaba (‘travesaño para asegurar una ventana o puerta’), alistar (‘tener pronto, poner a punto’), alzar (‘recoger, llevarse algo, guardar algo en su lugar’), amarrar (‘atar’), apeñuscar(se) (‘apiñar, agrupar, amontonar’), avante (‘delante’), bagazo (‘residuo de lo que se exprime para sacar el zumo’), balde (‘cubo para agua’), bastimento (‘provisión’), benefactor (‘bienhechor’), beneficiar (‘cultivar, refinar, valorizar’), bordo (‘extremo u orilla, borde’), boruca (‘bulla, algazara’), botar (‘lanzar, arrojar, tirar’), bravo (‘enojado, enfadado, colérico’), brea (‘resina’), candil (‘lámpara de brazos colgada del techo’), caporal (‘jefe, el que manda’), carpeta (‘tapete de mesa’), cazcorvo (‘patizambo’), cerco (‘cerca, cercado, vallado’), cerrero (‘no domado, cerril’), cobija (‘ropa y abrigo de cama’), colorado (‘indecente, obsceno’), comedido (‘trabajador, voluntario’), correr (‘expulsar, despedir, echar fuera’), cuidador (‘el encargado de cuidar algo’), curioso (‘entendido, hábil, diestro’), chapa (‘cerradura’), chicote (‘extremo de cuerda, pedazo de cuerda’), chícharo (‘guisante’), chiquero (‘corral, recinto’), chivo (‘macho cabrío’), despotricar (‘atacar sin contemplación’), desvestirse (‘desnudarse’), dilatar (‘tardar, demorar’), durazno (‘melocotón’), enojar(se) (‘irritar[se]’), ensartar (‘enhebrar la aguja’), esculcar (‘registrar, indagar’), festinar (‘apresurar, precipitar, trajinar’), foráneo (‘extranjero, forastero’), frijol (‘judía, habichuela’), friolento (‘friolero’), gente (‘persona’), gresca (‘riña, pendencia bulliciosa’), hablantín (‘hablador, hablistán’), lindo (‘bueno, excelente’), mercadería (‘mercancía’), nómina (‘lista de nombres’), oreja (‘asa de vasija’), palangana (‘jofaina, vasija redonda para lavarse las manos y para otros usos’), palo (‘árbol, madera’), pálpito (‘presentimiento, corazonada’), pileta (‘pila pequeña para recoger agua’), piola (‘cordel’), prieto (‘moreno, negro’), reburujar (‘tapar, cubrir, revolver alguna cosa’), recibirse (‘tomar grado universitario’), renco (‘cojo por lesión de la cadera’), rezago (‘atraso, residuo’), sancochar (‘cocer rápidamente o a medias’), tantear (‘tentar, ir a tientas’), temblor (‘terremoto’), torzón (‘cólico’), tusar (‘trasquilar, atusar’), valija (‘maleta’), zonzo (‘tonto’).

Hay un tipo particular de pseudoarcaísmos o de arcaísmos relativos del español americano que se clasifican como marinerismos. Son, como su nombre lo indica, voces de origen marinero que aquí adquirieron un significado peculiar, una nueva acepción, en alguna medida figurada, en cuanto que ya no remiten de manera directa al campo semántico del mar. Siguen cuatro ejemplos:

Abarrotar (en el Diccionario académico: “asegurar la estiba [pesos de un buque, y en especial su carga] con abarrotes [fardo pequeño o cuña]”); en Chile: “monopolizar un género de comercio”; en México: (tienda de) abarrotes, “muchos muy diversos artículos de comercio, nacionales o extranjeros” (de ahí, abarrotero, ‘persona que tiene tienda o despacho de abarrotes’).

Arbotante (“palo o hierro que sobresale del casco del buque”); en México, según algunos lexicógrafos: ‘candelabro’. Creo que en el español mexicano de hoy, arbotante sólo o predominantemente designa las grandes lámparas de iluminación urbana.

Balde (“cubo, generalmente de lona o cuero, que se emplea para sacar y transportar agua, sobre todo en las embarcaciones”). En América se usa en varias partes esta voz para designar lo que en España se denomina comúnmente cubo (Diccionario: “vaso de madera, metal u otra materia, por lo común de figura de cono…”).

Chinchorro (“red a modo de barredera y semejante a la jábega, aunque menor”); en el mismo Diccionario de la Academia tiene cabida otra acepción de gran vigencia en América: “hamaca ligera tejida de cordeles, como el esparavel”. ~

2 Respuestas para “Minucias del lenguaje. Pseudoarcaísmos del español mexicano”
  1. en mi opinion, creo que el autor del articvulo esta en lo correcto. si en America nunca dejamos de usar esas palabras, significa que estan vigentes. La mayoria de las que se mencionan yo y muchos que conozco las seguimos usando como si nada.

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