Viernes, 25 Septiembre 2020
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Minucias del lenguaje. Sobre el gentilicio americano
Cultura | Este País | Histórico | Moreno de Alba José G. | 29.09.2009 | 1 Comentario

HACE TIEMPO ESCRIBÍ una notita sobre el adjetivo americano (cf. Minucias del lenguaje. Fondo de Cultura Económica, p. 29), refiriéndome en particular al que no por generalizado deja de ser (para mí al menos) un irritante empleo, no sólo en inglés (americari) sino también en el español de casi todas partes: cuando se designan americanos, en una abusiva restricción, a los estadounidenses, también impropiamente llamados norteamericanos. Suponía yo entonces que este uso no sólo estaba muy extendido entre hispanohablantes (ya no se diga en el inglés, lengua en la que es exclusivo gentilicio), sino que además su empleo venía dándose de muchos años atrás. Nunca imaginé sin embargo que hubiera pruebas de que esto ocurrió por primera vez, en lengua española, en el siglo XVIII. En un artículo de Pedro Álvarez de Miranda («Para la historia de americano»}, que aparecerá en el Homenaje a E González Ollé, de cuyo original cuento con una copia gracias a la gentileza del autor, se nos informa que, en 1783, el patriota venezolano Francisco de Miranda emplea americano con el sentido de ‘perteneciente o relativo a los Estados Unidos de América, o natural de ellos’. Confía el autor en que este dato, «verdaderamente llamativo», acaso pueda servir «para suavizar o relativizar las protestas de quienes, todavía hoy, rechazan (esta restricción)».

 

En aquel artículo mío de hace años, aclaraba que el que yo sugiriera decir estadounidense en lugar de americano suponía, de mi parte, una fuerte dosis de ingenuidad y que el imperio acabaría, como siempre, imponiéndose. Es decir que, aunque ciertamente protestaba, daba ya por perdida la batalla. Ahora bien, lo que ha sucedido con las eruditas observaciones de Álvarez de Miranda no es tanto que sienta la necesidad de suavizar o relativizar mis protestas, sino más bien de que éstas no sean ya airadas sino simplemente melancólicas. Trataré de explicar por qué. El texto de Álvarez no tiene por objeto estudiar el empleo de americano por estadounidense, asunto al que alude sólo margi-nalmente, sino la historia del gentilicio americano. Y digo que mis quejas serán más tristes porque ahora me entero del hermoso y profundo sentido que tiene americano en los primeros textos en que se documenta y que se pierde cuando pasa a significar estadounidense. En el fascículo 17 del Diccionario histórico de la lengua española se anota, como primera documentación para americano, un pasaje de Quevedo (La hora de todos), de hacia 1635. Álvarez cita un texto de Bernabé Coto {Historia del Nuevo Mundo, 1653), en el que, indirectamente, se explica la razón de tan tardía documentación, comparada con la del francés américain (1556) o del inglés american (1598). Escribe Coro:

«No tuvieron los indios nombre general que comprehendiese a todos los naturales de la América, como nombramos a los de África, africanos, a los de Asia, asíanos, y a los de Europa, europeos (…) Los nombres que han puesto los españoles a todos los naturales desde Nuevo Mundo son tres: el de Indios, el de Naturales y el de Américos, todos modernos y postizos, inventados desde que se descubrió esta tierra. El nombre de Américos no está tan recebido en uso; los otros dos son más comunes.»

 

En textos españoles, después de la documentación de Quevedo, hay un gran salto hasta Feijoo (1730). En el resto del siglo XVIII la palabra americano se hace de uso corriente. El descubrimiento más interesante, en el artículo de Álvarez de Miranda, es que, por una parte, son numerosas las documentaciones de americano, en este lado del Atlántico, durante el siglo XVII y, por otro, que muestran con evidencia una conciencia de «americanidad» los autores que la emplean. Particu- larmente destaca-bles en este sentido son algunos textos de don Carlos de Sigüenza y Góngora, como en el siguiente, tomado de Las Glorias de Querétaro en la Nueva Congregación Eclesiástica de Marta Santíssima de Guadalupe… (1680):

«Huvo copia grande de faroles, hachones y luminarias, siendo la Iglesia de Guadalupe (…) remedo encendido de los Europeos Vesubios y de los Americanos volcanes.»

O, mucho más claramente, en los siguiente pasajes. El primero, de su libro Parayso occidental, plantado y cultivado por la liberal benéfica mano de los muy Cathólkos y poderosos Reyes de España… (1684), en el que, refiriéndose a cierta monja (mexicana, obviamente) de un convento, escribe:

«Alcanzóle también a ella la infelicidad con que procura nuestra desgracia el que no se propague por el mundo lo que, por ser Americano, aunque en sí sea muy grande, lo tienen en el resto del universo por despreciable cosa; pues, no quedando ni aun el primer borrador de su vida en la Nueva España, pereció el original de ella en la antigua (España), donde murió su Autor.»

 

En el segundo, contenido en su obra más importante {Libra astronómica y filosófica, 1690, aunque redactada en 1681) se revela una aún más profunda conciencia criolla:

«Piensan en algunas partes de la Europa, y con especialidad en las septentrionales, por más remotas, que no solo los indios, habitadores originarios de estos países, sino que los que de padres españoles casualmente nacimos en ellos, o andamos en dos pies por divina dispensación, o que aun valiéndose de microscopios ingleses apenas se descubre en nosotros lo racional.»

 

Cita asimismo Álvarez de Miranda varios pasajes de Sor Juana Inés de la Cruz y nos recuerda que, a partir de la segunda edición, el volumen pri mero de sus obras, impreso en Madrid en 1690, lleva por tirulo Poemas de la única Poetisa Americana, Musa Dézima…, denominación que reaparece en el tercer volumen {Fama y obras pósthumas del Fénix de México, Décima Musa, Poetisa Americana…, Madrid, 1700). Aporta también valiosos testimonios de Nueva Granada (hoy Colombia).

 

Es obvio que, en España, durante los siglos XVI y XVII, se prefería hablar de las Indias o del Nuevo Mundo, mejor que de América. A veces el rechazo a esa denominación se hizo explícito. Sin embargo era inevitable que América y americano fueran ganando terreno, sobre todo a partir de principios del XVIII. En una publicación de 1701, relativa a la muerte de Carlos II, ya se le denomina, raramente, como Rey de las Españas y Emperador de la América. Coincido plenamente con el filólogo al que estoy glosando en esta nota, cuando afirma que el nuevo gentilicio americano «nació» en América y que su adopción ha de relacionarse con la maduración de la conciencia y el orgullo criollos. Todavía en 1730 Feijoo, titula uno de sus discursos del Teatro crítico «Españoles americanos». Ello ya no será posible algunas décadas después, como se comprueba con el precioso testimonio de Humboldt, en su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, que transcribe, al final de su artículo, Alvarez de Miranda:

«Los criollos prefieren que se les Ha-‘ me americanos; y desde la paz de Versa-lles y, especialmente, después de 1789, se les oye decir muchas veces con orgullo: ‘Yo no soy español, soy americano’.»

 

Pues bien, ahora se entenderá por qué me parece triste que un adjetivo que nació y creció con tan gran sentido de orgullosa idenridad, de «americanidad» abarcadora, se vea hoy reducido a servir de gentilicio a uno solo de los países del continente, el cual además, así sea el más poderoso, no formaba parte de la comunidad que decidió llamarse a sí misma americana

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