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Un buen libro
Cultura | Este País | Histórico | Ferrer Rodríguez Eulalio | 29.09.2009 | 0 Comentarios

Jorge de Buen, Manual de diseño editorial, Editorial Santularia, México, 2000.

 

UN NUEVO ESPECIALISTA en la materia, Jorge de Buen, es autor de un libro sobre diseño editorial, que tiene todos los grados de la excelencia: bien escrito, bien documentado, bien ilustrado y bien editado. Cumple los requisitos de un manual teórico y práctico en todas sus extensiones. Se trata de una obra espléndidamente organizada y ordenada, el rigor histórico alternado con el ejercicio de la imaginación, conforme los cánones más exigentes, de un oficio tan múltiplemente creativo como lo es el del diseño.

 

El libro de Jorge de Buen tiene otras grandes virtudes: la de ofrecer reglas normativas, precisiones disciplinarias, valores didácticos que hacen de la lectura, en su conjunto, un estupendo tratado del tema, de consulta obligada, acuciosa y sugerente. El autor demuestra, con sus conocimientos y destreza metódica, que es un gran maestro en la materia, que la enriquece y ennoblece sobre los fundamentos humanos de una sólida cultura, lo que aligera, estimula y profundiza la lectura.

 

Por ser Manual de diseño editorial, el autor recorre todos los caminos y afluencias de la letra impresa desde sus orígenes, con anotaciones curiosas y puntuales, deteniéndose en un capítulo estelar de su historia, el que representa Gutenberg, en la Europa del 1450, con la enorme aportación renacentista de su invento, la imprenta. Alguna vez, al ocuparnos de las desventuras de Gutenberg, he citado esa especie de epitafio suyo, frente al olvido de su muerte: «Yo soy la imprenta. Nací de la madre Tierra. Mi corazón es de acero, mis miembros de hierro, mis dedos de bronce…» No olvida el autor la figura sabia de Benjamín Franklin, en los comienzos del siglo XVIII, al elegir y aprender, como primer oficio, el de impresor, con las valiosas contribuciones que le entregó. En las eruditas páginas escritas por Jorge de Buen, se analiza la diferencia en milímetros de dos unidades tipográficas de medida, que dominarán por mucho tiempo el arte de imprimir, la pica de Benjamín Franklin y el cicero de Simón Fournier.

 

A título anecdótico, señalaría que el vocablo originado por Fournier se inspiró en las Epístolas familiares de Marco Tulio Cicerón, el Cicerón que advirtió que la honra cría las artes. En su texto, el autor es pródigo en otros nombres propios del oficio del arte de imprimir, a través de su apasionante desarrollo: cajas, chibaletes, galeras, tipos, componedor, cuerpo, talud, canal, punzón… Abarca las reglas, tipográficas y ortotipográficas, con sus propias características de forma y uso, dentro de la normativa académica y sus puntuaciones adecuadas, concretas. El mundo de los signos, desmenuzado, catalogado, hecho materia de diseño gráfico, con los resplandores de la imagen visual. Nada escapa al rigor minucioso del autor, incluyendo la naturaleza específica del papel, antes de que se convierta en página impresa: su espesura y su textura; el satinado, el saturado, el alisado y el estucado. Más el color distintivo, del gris al amarillo. El libro de Jorge de Buen se vuelve prodigio deslumbrador cuando nos lleva por los laberintos del lenguaje, letra a letra, cada una en su variedad de caracteres, estilos y tamaños. De las letras ascendentes y descendentes, a las capitulares y las versales; de la regular a la chupada, con las negritas, las redondillas y familias cercanas. Nombres antiguos de letras —Non Plus Ultra, microscópica, mosca, parangona—, a veces recuperadas o renovadas o amplificadas desde el esmero y la gracia del diseño alfabético y sus fijaciones. Nombres que en algunos casos, añadiríamos nosotros, tienen paternidad reconocida. La gótica y su minúscula carolingia, por muchos años consideradas las más elegantes y solemnes, corresponden al imperio de Carlomagno; la aldina o cursiva es del italiano Aldo Manuzio, en los comienzos del siglo XVI; la bodoni, también de un italiano, Gianebattista Bodoni, es posterior; la garamond es de Claudio, del mismo apellido, un grabador francés de mediados del siglo XVI; la goudy es del diseñador norteamericano del siglo XIX, Frederich William Goudy. Esto es, la letra como soporte de la palabra, como emblema del texto. Reminiscencias, quizá, de los colores poéticos que Rimbaud asignó a las vocales: el negro para la A; el blanco para la E; el rojo para la /; el azul para la O, y el verde para U. O, también, de los sonidos musicales que Renato Ghil asoció a las mismas vocales: la A con el armonio; la E con el arpa; la / con el violín, la O con los metales, y la U con las flautas. En este concierto armónico de las letras vocales, ¿puede haber una que sobresalga por su frecuencia emblemática? Ignoro lo que pueda reflejar un estudio estadístico.

 

La memoria visual puede llevarnos a la O, dentro de cuya redondez suelen sumarse signos de signos. Lo que importa destacar es la sabiduría y el gusto, hasta en sus minúsculos detalles, con que Jorge de Buen nos enseña cómo las letras son el fundamento racional y simbólico del lenguaje. Fernando del Paso, un escritor que empezó siendo publicista, ha dedicado un poema a cada una de las letras del abecedario, uniendo y conjugando sus significados, con un sentido de libro abierto para entender la grandeza del lenguaje, como lo hace Jorge de Buen desde la disciplina inspirada y creadora de su libro, que lo identifica en el plano elevado de la preocupación cultural con todos sus cabales atributos, ya que el lenguaje es lo que nos constituye, la expresión máxima de nuestra identidad.

 

Resumiendo, diríamos que con su Manual de diseño editorial, Jorge de Buen incorpora una obra de alta magistratura al estudio y ejercicio de una especialidad, sin la cual no podría hoy entenderse la comunicación impresa, lengua materna de la cultura social, pues cuando la letra impresa inicia su ciclo difusor contribuye decisivamente a que la palabra escrita, del dominio de una élite, pase a ser un espacio abierto a todas las clases, privilegio de muchos y no de unos pocos. Sería, antes que ningún otro medio, el de más alcance masivo, revolucionando costumbres e ideas.

 

Ni la televisión, el más masivo de los medios contemporáneos, ha podido desplazar la presencia o el empleo de la palabra impresa. A ella se recurre hoy, según podemos ver, para enfatizar la fuerza de la imagen y para hacer más recordable el mensaje informativo y publicitario. Al amparo de esta realidad faltaría, posiblemente, que diseñadores tan admirables, como Jorge de Buen Unna, puedan inventar lo que llamaríamos la letra electrónica, con su adaptación creadora a un medio que funciona a la velocidad de la luz y que, por eso mismo, está necesitado de un recurso que apoye o atempere las fijaciones de la memoria humana, tan sobrecargada y erosionada por toda clase de mensajes, muchos de ellos perdidos en la distancia que va del emisor al receptor.

 

En la medida en que el texto reclama el genio de un diseñador, para que sea más notorio y comprensible, la contribución de esta obra de Jorge de Buen merece gratitud y admiración. Nada tan intrincado, nos alecciona Jorge, como el diseño de una página impresa. Su libro nos enseña, también, en una noble convocatoria, a amar los libros. A amarlos siempre, desde las perfecciones de la estética hasta el recreo del pensamiento

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