Sbado, 04 Julio 2020
Artículos relacionados
Anticrónicas: Viena
Galaxia Gutenberg | Teresa de Paz | 26.11.2010 | 0 Comentarios

I. Lo me­jor del via­je,
an­tes del via­je

Li­via­no li­via­no to­do cuan­to ele­gí pa­ra la ma­le­ta, li­via­no e ina­rru­ga­ble o arru­ga­ble fancy: za­pa­tos que no pe­san cha­que­tas que no pe­san bol­si­tas de con­ge­la­dor pa­ra mi­nu­cias. Aun así la ma­le­ta me arras­tra por las es­ca­le­ras.

viena-Flickr-Maccosta

Creative Commons/Flickr/Maccosta

Muy de no­che em­pie­zo a ba­jar de mi sie­rra ha­cia el ae­ro­puer­to, y de sú­bi­to se me apa­re­ce ¡una pues­ta de lu­na! Una mi­tad de in­men­sa lu­na ro­ja des­cien­de tras los mon­tes. Con una se­re­ni­dad, con un em­pa­que, que ni de le­jos ha­ce jue­go con la gra­cia de las di­mi­nu­tas lu­ces ¿es­tre­llas? del pue­blo.

Tan nor­mal ver ama­ne­ce­res que nun­ca veo. Tan­to me han ha­bla­do del co­lor ma­dru­ga­dor del sol. Pe­ro la lu­na, tes­ti­go de nues­tros tras­no­ches, Can­de­la, pe­rri­ta des­ve­la­da, nos hi­zo es­te re­ga­lo. Des­cen­día ella, des­cen­día yo, tú em­pe­za­bas a des­cen­der ba­jo las flo­res de nues­tro jar­dín. Con la mis­ma se­re­ni­dad y to­da la ener­gía del co­lor ro­jo.

II. Cua­tro ho­ras de pa­ra­guas

Cua­tro ho­ras de pa­ra­guas edi­fi­cios es­ca­pa­ra­tes-imán pa­ra Lui­sa, que nos ha­cía de­te­ner una y otra vez y otra, cuan­do no con el pla­no mi­li­mé­tri­co pa­ra leer lo ile­gi­ble y pre­gun­tar y es­cu­char y no en­te­rar­se de na­da, mien­tras agua y frío, y lue­go nos en­ca­mi­na­ba ha­cia un ob­je­ti­vo que nun­ca con­se­guí ave­ri­guar, que só­lo ella sa­bía o no sa­bía y que en to­da la tar­de no en­con­tra­mos. Pe­ro su­bi­mos y ba­ja­mos de sie­te tran­vías. En ellos des­cu­brí que Con­sue­lo te­nía luz pro­pia y que eso bas­ta­ba pa­ra es­pan­tar nues­tra llu­via has­ta irrum­pir al fin en car­ca­ja­das im­pa­ra­bles.

Tan­to que me gus­ta ca­lle­jear las ciu­da­des que vi­si­to. Ni frío ni llu­via ni ca­lor lo im­pi­de si uno se vis­te con lo ade­cua­do. Yo ha­bía lle­va­do la ma­le­ta lle­na de “ade­cua­dos” pe­ro esa tar­de no acer­té. Las tres íba­mos ina­de­cua­das, eso sí, con pa­ra­guas. Si al me­nos hu­bié­ra­mos ca­mi­na­do a pa­so li­ge­ro, ya que la llu­via era fría. Era fría y los tran­vías, la sal­va­ción pa­ra gua­re­cer­nos, la úni­ca, na­da de per­der el tiem­po en un ca­fé, ha­bía que con­se­guir el ob­je­ti­vo. Pe­ro tran­vía que co­gía­mos, tran­vía que de­já­ba­mos en una o dos pa­ra­das, bien por­que “por aquí no es” bien por­que el ve­hí­cu­lo iba “de re­co­gi­da” ya, o bien ¡por fi­nal de tra­yec­to!, co­mo en aquel bos­que de gi­gan­te no­ria atar­de­ci­da. ¿Fue­ron sie­te tran­vías? ¡Por lo me­nos! Has­ta que yo ya, he­la­da, em­pa­pa­da, vien­do que que­rían con­ti­nuar aven­tu­ras, les di­je lo del chis­te: yo… una vuel­ta más y me voy. Y me su­mer­gí en el me­tro.

III. ¡Re­sul­ta que es­toy en Vie­na!

Una ven­ta­na cua­dra­da de sol es mi cóm­pli­ce per­fec­to pa­ra per­ma­ne­cer en es­ta ha­bi­ta­ción. Pe­ro ¡re­sul­ta que es­toy en Vie­na, y no la co­noz­co! Ya. Bien. En­can­ta­da de la vi­da, es­cri­bo en Vie­na, flan­quea­da por Don’t Dis­turb, mien­tras el co­ro en ple­no es arras­tra­do por sus za­pa­tos, tran­vías o el mis­mí­si­mo Da­nu­bio.

Me ro­dea un si­len­cio di­fí­cil de creer y las lim­pia­do­ras res­pe­tan mi puer­ta. Ya no hay un pa­si­llo co­mo el de ano­che, con ni­ños que co­rren sus gri­tos jun­to a unos pa­dres que gri­tan más. Ten­go vér­ti­go si me gi­ro a la de­re­cha. ¿Pi­ja­ma o des­nu­dez? La blu­sa pa­ra el con­cier­to cu­bre mis bra­zos sin man­gas; el edre­dón de la otra ca­ma en­ro­lla­do ba­jo mis ro­di­llas, más dos al­mo­ha­das que sos­tie­nen mi nu­ca, ha­cen po­si­ble un bie­nes­tar agra­de­ci­do a los ra­yos de sol y al bo­li ale­gre­men­te ro­jo “Ho­tel Ana­nas”.

Sa­co un zu­mo de la ne­ve­ra mi­ni, lo re­cu­bro con un klee­nex y me lo co­lo­co so­bre las oje­ras de la tar­de de ayer. ¿Si me pre­pa­ro otro té con el ca­ble ca­len­ta­dor que me tra­je, se me qui­ta­rá es­ta sen­sa­ción ador­mi­za­da (co­mo de­cía San­ta Te­re­sa) que me ha­ce es­cri­bir y es­cri­bir sin pa­rar, y po­dré sa­lir de la ha­bi­ta­ción?

Ten­go una ci­ta con el ita­lia­no de la ca­lle pa­ra­le­la que ano­che me so­co­rrió con una hir­vien­te mi­nes­tro­ne, la cual no pue­do me­nos de ano­tar co­mo lo se­gun­do me­jor del via­je. Pa­ra el al­muer­zo que me es­pe­ra, re­ser­vé en mi me­mo­ria ca­ne­lo­nes de es­pi­na­cas y ri­cot­ta, que de­gus­ta­ré re­la­ja­da en so­li­ta­rio, mien­tras el co­ro en ple­no es arras­tra­do por sus za­pa­tos, tran­vías o el mis­mí­si­mo Da­nu­bio.

IV. Me vol­ví a en­con­trar

con Sis­si, ¡oh!

¡Ah! Se me ol­vi­da­ba: vi ca­lles am­plias des­pe­ja­das im­po­lu­tas edi­fi­cios uni­for­mes de clá­si­ca blan­cu­ra bal­co­nes de ele­gan­te hie­rro for­ja­do cú­pu­las y re­ma­tes de pre­cio­so co­lor tur­que­sa gas­ta­do do­ra­do lu­jo ca­lle­je­ro pre­ten­cio­so en re­ma­tes de edi­fi­cios fuen­tes y cual­quier co­sa; vi pa­la­cios (por fue­ra) co­mo to­dos los pa­la­cios in­nu­me­ra­bles igle­sias in­nu­me­ra­bles mu­seos (por fue­ra) gran­dio­so —es ver­dad— edi­fi­cio de la ópe­ra ad­mi­ra­do con pe­na de aquel hom­bre ves­ti­do con ri­dí­cu­la ca­sa­ca y pe­lu­ca xvi ofre­cien­do las re­pre­sen­ta­cio­nes ope­rís­ti­cas del día ca­da día di­fe­ren­tes.

“¡Vie­na en cua­tro días! Can­te en la ciu­dad de la mú­si­ca. Dos con­cier­tos por cua­tro pa­seos. Can­te y vea lo que es­ta cui­dad in­com­pa­ra­ble le ofre­ce.” No lo de­cía el de la pe­lu­ca, só­lo pien­so ton­ta­men­te que po­dría ha­ber si­do el re­cla­mo pe­ro no: dos con­cier­tos nos lla­ma­ron y el co­ro —pres­to— or­ga­ni­zó el pa­seo de los pa­seos. (Ni lo que hu­bie­ra que­ri­do ver ni lo que vi ni lo que qui­se ver.)

Ex­ce­si­va­men­te co­rrec­ta se­re­na agra­da­ble so­sa-dul­ce a lo Sis­si ¡to­da ella! Lás­ti­ma de Mo­zart mul­tiu­sos en­tre ma­sas de tu­ris­tas pa­sean­do “bo­ni­tas” ca­lles cén­tri­cas lle­nas de tien­das-pri­me­ras fir­mas y jo­ye­rías sie­te de ca­da diez he­la­dos y sal­chi­chas ¡qué sal­chi­chas se­ño­ras y se­ño­res! Nun­ca pen­sé que pu­die­ra gus­tar­me tan­to una sal­chi­cha.

Dejar un comentario



Flores en la tumba de Cyril Connolly
Justo cuando la iridiscente mediocridad en que plácidamente me apoltrono parecía haberlo confinado al rincón más olvidado de mi cementerio mental, el fantasma de Cyril Connolly emergió una noche de la bruma para recitarme ese famoso y severo fragmento de La tumba sin sosiego donde se lee “que la función genuina de un escritor es […]
Cultura, mayo de 2015
Obra plástica de Beatriz Castañeda, poemas de Rafael Castillo Costa y un texto de Beatriz Espejo sobre Edmundo Valadés. Esto y más es lo que podrán encontrar en este número 116 del suplemento de cultura.
Vicente Leñero, sediento de Dios
No fue la primera vez que lo vi, pero sí la primera en que lo escuché hablar de su experiencia de fe. La reunión fue en un jardín en Cuernavaca de noche, tras la presentación en la Gandhi de un libro de Javier Sicilia. En torno a una de esas mesas largas y oscuras que […]
Cultura 113, febrero de 2015
En cultura, José María Martínez nos comparte su luminosa obra y reproducimos el discurso de Eraclio Zepeda al recibir la Medalla Belisario Domínguez.
Entender lo extraño
Desconocemos nuestras propias tradiciones culturales —el origen de un símbolo tan común como el árbol de navidad, por ejemplo— pero, lo que es más grave, somos incapaces de entender otras culturas. Las miramos a través de la lente de nuestra cosmovisión, trastocándolas hasta la caricatura. Este ensayo es el prólogo de Entender lo extraño, el […]
Más leídos
Más comentados
¿Por qué es un problema la lectura? (243.409)
Desarrollar el gusto por la lectura no es cuestión meramente de voluntad individual. El interés por los libros aparece sólo en ciertas circunstancias.

Los grandes problemas actuales de México (207.365)
...

Jóvenes que no estudian ni trabajan: ¿Cuántos son?, ¿quiénes son?, ¿qué hacer?1 (140.008)
...

La distribución del ingreso en México (138.937)
...

La economía mexicana del siglo xx: entre milagros y crisis (85.412)
...

Presunto culpable: ¿Por qué nuestro sistema de justicia condena inocentes de forma rutinaria?
Bas­tan­te han es­cri­to y di­cho ter­ce­ros so­bre Pre­sun­to cul­pa­ble....

Los grandes problemas actuales de México
Se dice que el país está sobrediagnosticado, pero en plenas campañas y ante...

I7P5N: la fórmula
Homenaje al ipn con motivo de su 75 aniversario, este ensayo es también una...

La sofocracia y la política científica
Con el cambio de Gobierno, se han escuchado voces que proponen la creación...

China – EUA. ¿Nuevo escenario bipolar?
No hace mucho que regresé de viaje del continente asiático, con el propósito...

1
Foro de Indicadores