Domingo, 05 Julio 2020
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Caminos y otras ventanas
Mirador | Cecilia Kühne | 20.12.2010 | 0 Comentarios

Hay un lla­ma­do a la mi­ra­da en quien, al nom­brar la rea­li­dad con imá­ge­nes, as­pi­ra a ha­cer más vi­si­ble lo más hon­do. El fo­tó­gra­fo lla­ma. El es­cri­tor res­pon­de.

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Fotografías de Andrea Tejeda Korkowski: “Caminos I”, “Caminos IV” y “Ventana”, 2010.

Su mo­do su­gie­re pla­cer —siem­pre tan di­fe­ren­te al do­lor—, una pe­cu­liar ur­gen­cia y un de­seo: el de re­pre­sen­tar la vi­da, el mun­do o la ex­pe­rien­cia. (Y el va­lor de su­frir, siem­pre, el ries­go de la in­ter­pre­ta­ción aje­na.)

Una vez re­ci­bi­do el lla­ma­do hay que abrir el por­ta­fo­lios. Y no es una car­pe­ta o ma­le­tín de ma­no usa­do pa­ra lle­var do­cu­men­tos, co­mo di­ce el dic­cio­na­rio. Es una co­lec­ción de imá­ge­nes vi­sua­les con otro len­gua­je: uno que es­cri­be con luz y es ca­paz de, sin mo­ver­se, trans­mi­tir quie­tud o mo­vi­mien­to.

Abro el por­ta­fo­lios. Voy a es­cri­bir so­bre su es­cri­tu­ra.

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El pri­mer ca­mi­no mi­ra al cie­lo

Inú­til se­ría de­ci­dir si la luz es­tá yén­do­se o ape­nas lle­gan­do. Pe­ro el ojo no ne­ce­si­ta ra­zo­nes. Mi­ra y lis­to. Y la co­ne­xión con al­gu­na par­te del es­pí­ri­tu, que no de la men­te, afir­ma, ine­quí­vo­ca­men­te, que se es­tá ha­cien­do de no­che. Y que el ca­mi­no, con su nú­me­ro uno ro­ma­no co­mo tí­tu­lo, es el prin­ci­pio de to­das las co­sas. Por eso se me­re­cía una fo­to.

Es me­jor co­jear por el ca­mi­no que avan­zar a gran­des pa­sos fue­ra de él, di­jo San Agus­tín en una tar­de ca­si tan ana­ran­ja­da. (Pues quien co­jea en el ca­mi­no, aun­que avan­ce po­co, se acer­ca a la me­ta, mien­tras que quien va fue­ra de él, y cuan­to más co­rre, más se ale­ja.)

Mu­chas fra­ses vie­nen a la men­te, mu­chos se­res ha­blan­do de lo mis­mo: Ma­cha­do ca­mi­nan­do, Con­fu­cio lla­man­do sa­bios a quie­nes vuel­ven a ha­cer el ca­mi­no vie­jo, Pi­cas­so con­ven­ci­do de que el ca­mi­no de la ju­ven­tud lle­va to­da una vi­da y Ste­ven­son ju­ran­do que no quie­re ri­que­zas, ni es­pe­ran­zas, ni amor, ni un ami­go fiel; na­da más el cie­lo so­bre él y un ca­mi­no a sus pies.

Cu­rio­so: el pri­mer ca­mi­no de An­drea, la que ca­mi­na, na­da tie­ne que ver con el pi­so.

CaminosIV-AndreaTejeda_comp

El justo medio

La uto­pía es­tá en el ho­ri­zon­te. Ca­mi­no dos pa­sos,
ella se ale­ja dos pa­sos y el ho­ri­zon­te
se co­rre diez pa­sos más allá.
¿En­ton­ces, pa­ra qué sir­ve la uto­pía?
Pa­ra eso sir­ve la utopía, pa­ra ca­mi­nar.

Eduar­do Ga­lea­no

En el cuar­to ca­mi­no el cie­lo ya es­ta­ba de­ci­di­do. De­ter­mi­na­do a tra­tar a to­do lo que es­ta­ba de­ba­jo de él con la mis­ma gra­cia y tem­pe­ra­tu­ra ama­ble. Pro­me­tía un ama­ne­cer es­pec­ta­cu­lar. Y no le im­por­ta­ba pa­ra na­da lo que pen­sa­ran los ca­mi­nan­tes. El ojo de los que mi­ra­ban —la cá­ma­ra, el ar­tis­ta— po­drían pre­fe­rir el ár­bol. Ése o cual­quier otro. To­mar­le fo­tos, si que­rían. Los ár­bo­les po­drían apro­ve­char­se de su pro­pio pres­ti­gio. Es­gri­mir la clo­ro­fi­la, se­guir sien­do muy ver­des. Na­tu­ra­les, glo­rio­sos, los mal­tra­ta­dos ejes del pla­ne­ta que se mue­re, los hé­roes del me­dio am­bien­te. Pe­ro las nu­bes, ha­bi­tan­tes y pro­pie­dad in­ne­ga­ble de aquel cie­lo, no iban a de­sa­pa­re­cer del pri­mer pla­no. Y tam­bién apa­re­ce­rían en la fo­to.

Se­rán pa­ra siem­pre la co­bi­ja del ca­mi­no.

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La ven­ta­na per­fec­ta

No de­ja de ser, co­mo bien di­ce la de­fi­ni­ción, “una aber­tu­ra he­cha por lo ge­ne­ral de la par­te me­dia a la par­te su­pe­rior de una pa­red”. Ex­ce­de la ale­gría que pro­vo­ca, en­te­rar­se que su nom­bre pro­vie­ne de la pa­la­bra la­ti­na que quie­re de­cir vien­to. Por­que las ven­ta­nas, di­cen, es­tán he­chas pa­ra per­mi­tir la en­tra­da de la luz y el pa­so de los ai­res.

En es­ta ven­ta­na no hay obs­tá­cu­los. No hay cor­ti­nas, ni vi­drios, ni per­sia­nas. Se pue­de mi­rar ha­cia el ex­te­rior sin que des­de fue­ra se pue­da ver lo que hay den­tro. Pe­ro tran­qui­li­za pen­sar que qui­zá de es­te la­do de la ven­ta­na tam­bién es afue­ra y nun­ca aden­tro.

El co­ra­zón del que mi­ra es­ta ven­ta­na pue­de sal­tar de ale­gría y de sol. A es­ta ven­ta­na no hay que abrir­la pa­ra po­der mi­rar al cie­lo. Y cier­to que el al­ma pue­de es­tar un po­co tris­te: por­que na­die va a ti­rar pie­dri­tas con­tra ella. Pe­ro se con­so­la­rá pron­to por­que nun­ca ha­brá ne­ce­si­dad de ce­rrar­la de gol­pe.

Per­fec­ta. Uno es­tá ahí so­la­men­te mi­rán­do­la.

Per­fec­ta. No se pue­de ti­rar la ca­sa por es­ta ven­ta­na.

Y allá, le­jos, nos es­pe­ra el ho­ri­zon­te.

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