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Dormir a solas
Becarios De La Fundación Para Las Letras Mexicanas | Cuento | Cultura | Alfredo Loera | 30.11.2010 | 0 Comentarios

Lui­sa abrió la puer­ta con la ma­no li­bre mien­tras, con la otra, de­te­nía a su ma­ri­do. No era la pri­me­ra vez que lo en­con­tra­ba ti­ra­do en las ca­lles del cen­tro. Lui­sa dio un pa­so y co­men­zó a guiar a Ru­bén por las som­bras de la ca­sa. Ac­ción di­fí­cil de rea­li­zar pues Ru­bén de­cía co­sas inin­te­li­gi­bles y le da­ba por di­va­gar por en­tre los mue­bles. Lui­sa re­gre­só a ce­rrar la puer­ta. Des­pués, se vol­vió ha­cia su ma­ri­do, que ya se ale­ja­ba ha­cia cual­quier par­te de la vi­vien­da.

—¿Oyes? ¿Oyes? —de­cía el hom­bre—. ¿Oyes có­mo ha­blan de mí?
Lui­sa tra­tó de ig­no­rar­lo. No lo­gra­ba ver­lo; su voz se­me­ja­ba un eco atra­pa­do en las pa­re­des. Se que­dó plan­ta­da unos se­gun­dos mi­ran­do lo ne­gro; in­me­dia­ta­men­te, se ade­lan­tó ha­cia la re­cá­ma­ra y se acos­tó. Es­tu­vo unos mi­nu­tos al tan­to de los pa­sos, de los bal­bu­ceos des­co­no­ci­dos. ¿Quién es­ta­ba con ella? Se dur­mió.

So­ñó que es­ta­ba vie­ja. Se veía en el es­pe­jo y se sor­pren­día de en­con­trar­se tan an­cia­na. ¿Cuán­to tiem­po ha­bía pa­sa­do? Sus ojos arru­ga­dos, sus ca­be­llos gri­ses, sus en­cías sin dien­tes. Se asus­tó. Por al­gu­na ra­zón, ella com­pren­día que só­lo se tra­ta­ba de un sue­ño, pe­ro no de­ja­ba de asus­tar­se. Su re­fle­jo de cier­ta for­ma era ver­da­de­ro. Sin­tió sus ma­nos hue­su­das y sus te­tas hol­ga­das. En el sue­ño, ella vi­vía con sus pa­dres, así, aca­ba­da y vie­ja.

Ahí es­ta­ba jun­to a su ma­dre sen­ta­da so­bre uno de los si­llo­nes de la sa­la; só­lo mi­ran­do el sue­lo. Ella in­ten­tó lla­mar­la pe­ro su ma­dre pa­re­cía una fi­gu­ra de car­tón. Des­pués se es­cu­cha­ron los gri­tos:

—¡Lui­sa! ¡Lui­sa! —Sí, un sue­ño, pe­ro en­ton­ces, ¿por qué te­nía mie­do?
Ella es­ta­ba en la ca­sa de sus pa­pás y era una an­cia­na y al­guien la lla­ma­ba. ¿Quién po­día ser? ¿Ru­bén? Se­gu­ra­men­te se tra­ta­ba de él, ¿pe­ro dón­de es­ta­ba? Avan­zó por el pa­si­llo prin­ci­pal de la an­ti­gua vi­vien­da. La voz pro­ve­nía del úl­ti­mo cuar­to; un hom­bre se ha­lla­ba en­ce­rra­do. Se vol­vió ha­cia su ma­dre, que con­ti­nua­ba ab­sor­ta. Aho­ra, pa­re­cía sa­ber que Lui­sa la es­ta­ba vien­do. Una es­pe­cie de son­ri­sa apa­re­ció en su ros­tro. Era una son­ri­sa in­de­fi­ni­da, ve­da­da, tris­te.

—Ay, hi­ja, que bue­no que tú no te ca­sas­te pa­ra no te­ner que an­dar car­gan­do bo­rra­chos.

Sí, to­do era un sue­ño. Lo con­fir­ma­ba el he­cho de que ella es­ta­ba ca­sa­da con Ru­bén. Lue­go re­cor­dó: a su pa­dre siem­pre lo en­ce­rra­ban en el cuar­to pa­ra que se le pa­sa­ra la bo­rra­che­ra. Qué cu­rio­so lo que ha­bía di­cho su ma­dre: ella era la que lo me­tía ahí. Siem­pre ella, nun­ca su ma­dre. En­ton­ces, ¿por qué ma­má di­jo eso? Los gri­tos con­ti­nua­ron.

—¡Lui­sa! ¡Lui­sa!

Des­per­tó: la pe­num­bra. To­có su cuer­po. No, aún no es­ta­ba vie­ja. Se sin­tió ali­via­da, pe­ro esa sa­tis­fac­ción du­ró po­co. Al ins­tan­te re­co­no­ció que es­ta­ba ca­sa­da. Y lue­go, al­guien con el de­do ín­di­ce le pi­ca­ba la es­pal­da.

—Lui­sa, Lui­sa —de­cía el hom­bre.

Ella de­jó que si­guie­ra ha­blan­do so­lo, en la no­che, co­mo un mo­ri­bun­do. Es­ta­ba har­ta. Pe­ro el re­cla­mo se hi­zo más obs­ti­na­do.

—Lui­sa, Lui­sa. Te es­toy ha­blan­do… Te es­toy ha­blan­do.

Se vol­vió ha­cia la voz.
—¿Qué quie­res? ¿Qué quie­res? Dé­ja­me dor­mir…

En la os­cu­ri­dad del le­cho na­da se veía.
—¿Es que no oyes?… ¿Es que no oyes?… ¿No oyes que es­tán ha­blan­do de mí… no los oyes?

—No. Es­tás bo­rra­cho… dé­ja­me dor­mir… —di­jo, y se apar­tó dán­do­le otra vez la es­pal­da.

—Oye… Ha­blan de mí…

Al ver que no te­nía res­pues­ta, el hom­bre em­pe­zó a dar­le le­ves pu­ñe­ta­zos a Lui­sa. Ca­da uno era más fuer­te. Ella se vol­vió de nue­vo asus­ta­da.

—¿Es que no oyes?… ¿No ves lo que hay en el ba­ño?… Una co­sa que me da mie­do…

La voz más in­co­he­ren­te e inin­te­li­gi­ble.
—Ten­go mie­do… ¿No ves las hor­mi­gas que vie­nen y que me ha­blan?… Ahí vie­nen… ¡Me es­tán es­pe­ran­do en el ba­ño!…

Lui­sa co­men­zó a sen­tir­se co­mo en otro sue­ño. Aque­llo no po­día es­tar pa­san­do. Se­gu­ro era un sue­ño. Pe­ro no, es­ta­ba jo­ven. En el sue­ño ella es­ta­ba vie­ja pe­ro aho­ra era jo­ven.

—Ayú­da­me… ¿No ves las hor­mi­gas?… ¡Las hor­mi­gas! —vo­ci­fe­ra­ba el hom­bre, la som­bra, la co­sa sin iden­ti­dad que ya­cía jun­to a ella.
Al ver­lo así, tan pu­si­lá­ni­me, de pron­to co­bró va­lor. Los gol­pes ya ha­bían pa­sa­do. Ade­más, no cre­yó que hu­bie­ran si­do tan fuer­tes.

—¡Ya duér­me­te, Ru­bén! ¡Es­tás bo­rra­cho!

Lo ex­tra­ño fue que, aho­ra, ella tam­bién em­pe­zó a gol­pear­lo con los pu­ños. Nun­ca lo ha­bía he­cho. Ti­ró los pu­ñe­ta­zos quién sa­be có­mo.

—¡Ya duér­me­te, Ru­bén!

Se de­tu­vo. La voz se ca­lló. Ella res­pi­ra­ba agi­ta­da, sor­pren­di­da de su ím­pe­tu. Hu­bo un si­len­cio. Des­pués es­cu­chó un so­llo­zo. El ebrio llo­ra­ba. Lui­sa sin­tió lás­ti­ma.

—Duér­me­te… duér­me­te… —di­jo, y es­ti­ró la ma­no en la no­che pa­ra to­car aquel bul­to.

To­mó su ros­tro. Des­cu­brió las arru­gas, la piel re­se­ca, las bar­bas, des­li­zó la pal­ma por el cue­llo aja­do.

—Bue­no… es­tá bien… hi­ja… pe­ro no me pe­gues… no me pe­gues… Hi­ja… tie­nes ra­zón… Es só­lo que… ya me co­no­ces… Ya sa­bes… tu pa­dre es un bo­rra­cho…

Lui­sa se se­pa­ró. To­có su cuer­po. To­da­vía era jo­ven. ¡To­da­vía lo era! No era un sue­ño. Des­pués se que­dó vien­do lo ne­gro. Es­ta­ba acos­ta­da jun­to a su pa­dre. Eso era to­do. 

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