Mircoles, 26 Junio 2019
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En la urbe
Cultura | Erotismos | Andrés de Luna | 04.02.2010 | 0 Comentarios

En las urbes contemporáneas está la sugerencia de la apertura al encuentro amoroso. Por ello, el arquitecto Rem Koolhaas, en La ciudad genérica (Gustavo Gili, Barcelona, 2006), afirmaba que “la ciudad solía ser el gran coto de caza sexual. La Ciudad Genérica es como una agencia matrimonial: encaja con eficacia la oferta y la demanda. Orgasmos en vez de agonía: he ahí el progreso”. Antes, el artista holandés ha aclarado que “la Ciudad Genérica es lo que queda después de que grandes sectores de la vida urbana se pasaran al ciberespacio. Es un lugar de sensaciones tenues y distendidas, de contadísimas emociones, discreto y misterioso como un gran espacio iluminado por una lamparilla de noche”.

Entre el paisaje urbano de la zona de Aoyama en Tokio, de pronto y como si se tratara de una aparición fantástica, el ojo se llena con las imágenes de la boutique Prada Epicenter, construida por Jacques Herzog y Pierre de Meuron. El edificio tiene seis pisos que dan idea de un envoltorio de cristal que se complementa con unas áreas verdes. Espectacular desde cualquier punto de vista, entrar a Prada forma parte de esas insistencias eróticas que se forjan al calor de los días. Los reflejos son suaves, mar en calma, y un momento especial ocurre en el invierno, cuando antes de las 16:00 horas se pasa de la luz mustia del día a la placidez de la noche. La clientela busca bolsos y zapatos, además de los accesorios y unas cuantas prendas de vestir. Las miradas se justifican porque unos ven lo que otros compran, es el intercambio que permite el coqueteo y el encuentro, sobre todo entre los turistas. Pareciera que el tiempo queda suspendido y que las mercancías de lujo son un toque de distinción que merece una conquista, porque en la tienda es común observar a hombres y mujeres solos. Basta una indicación, una sonrisa, una complicidad en la adquisición de tal o cual modelo para que la conversación fluya y la tarde concluya con una cena en Pierre Gagnaire o en alguno de los feudos de Alain Ducasse; otros preferirán las tradiciones japonesas y reservarán en el Hamayada. Si antes eran otros los espacios para el “ligue”, en la actualidad los sitios han variado y sus determinaciones están dadas por una concurrencia que convierte un sitio en algo de interés común, que es el principio de las afinidades electivas.

También existen restricciones: ningún varón con dos dedos de frente iría a la tienda de lencería Victoria’s Secret para instalarse en el encuentro amoroso y en la cacería sexual. La obviedad terminaría por derrotarlo. En cambio, en la zapatería del almacén neoyorkino Bergdorf Goodman las cosas pueden fluir. Nada más intenso que la adquisición de unos tacones stiletto de Blahnik o unos Jimmy Choo. La sensualidad podría rebanarse con una daga. Los sentidos están puestos en los zapatos que son del orden de lo femenino. ¿Qué varón es capaz de preocuparse por estos artículos de uso cotidiano que comparten las suciedades del piso? En cambio, la mayoría de las damas se han encargado de elevar al punto de la leyenda esas compras por cambio de estación, en los países europeos o en Estados Unidos, aunque ahora en México se ha sensibilizado a la ausencia de estaciones en nuestro mundo tropical. Por lo pronto, en Bergdorf Goodman reaparecen conceptos que parecieran desterrados y olvidados en el baúl de las necedades: el charm y el glamour. La belleza es un atributo que se contagia en el espacio de la zapatería. Los empleados están adiestrados para acompañar las fantasías y los ritos que supone la elección de uno de esos bellísimos tacones o de las plataformas de Ferragamo o de Louboutin, sin olvidarse de los Gucci o de los Chanel. De pronto, a las seis de la tarde de un día de verano en Manhattan todo se carga de lubricidad. Algunos dirán que en los zapatos está el fetiche, puede ser, pero en ese espacio queda clara la idea de Rem Koolhaas. Son los movimientos de las manos, el cruce de las piernas, el roce de las medias, la prueba de unos y otros modelos, la forma de pedir o de asomarse para ver tal o cual marca de diseñador. El conjunto es lo que establece las potencialidades de un acto seductor.

El mecanismo sexual de esos espacios mercantiles parecen neutralizarlo los diseñadores japoneses. Ellos crean lugares que se despojan de ese carácter irreal o de isla fantástica que tanto gusta a los extranjeros en el mismo Tokio. En su boutique, Issey Miyake ha preferido aislar aquello que distraiga, con tal de que puedan observarse los pliegues de sus modelos. Si en otros lugares la ratonera está puesta en decoraciones ostentosas, en reflejos que convidan y amplifican la mirada, en cambio con Miyake eso está fuera; lo mismo pasa en Ginza con la tienda de la mítica Hanae Mori, sin olvidar al gran excéntrico de la moda oriental, Yamamoto. Este último ha elegido un local exento de cualquier glamour, porque prefiere concentrar el concepto en sus prendas. De hecho, el desfile de personas en estas tiendas es acelerado; los que van a comprar lo hacen con celeridad, sin retrasarse y con el firme propósito de hacerlo sin dilaciones. Experiencia que contrasta con ese espacio que llena de luz las calles de Ginza: la Maison Hermès, de Tokio. Esta tienda supone un gusto occidental aunque muchos de sus compradores sean locales; lo que contrasta es la noción central de unos y otros lugares. Renzo Piano trabajó ese edificio con bloques de cristal; según se decía, cada uno de esos fragmentos transparentes tenía el tamaño de una mascada de seda de la célebre casa; pero esto lo ha desmentido la diseñadora de interiores Rena Dumas.

Desde luego que quedan los bares como epicentro de la conquista amorosa, lo que ocurre es que el encuentro inicial lo permiten esos espacios comerciales que se anunciaban por medio de las plazas, que utilizaban lo panóptico para que sus asistentes vieran, se vieran y miraran a otros. El caso emblemático en México es el de Perisur. Muchos salen en pos de la aventura sin pensar en comprar alguna cosa, es el simple gusto por la cacería inmediata. Escaleras eléctricas, aparadores que reflejan todo, miradas que se enciman para observar algo, un roce que es un anticipo de caricias, todo forma parte de esas insistencias en un eros que se desata en medio de los tiempos del SIDA y de la influenza del puerco con todo y sus múltiples mutaciones. Estos espacios son determinaciones para que los jóvenes hagan posibles las potencialidades de su edad. La plaza congrega y su enorme bullicio, fastidioso para la mayoría, resulta edénico para quien puede adentrarse en sus propias pulsiones y llegar a tierra firme por medio del ligue. Si unos de mayor edad lo hacen en tiendas de lujo o en espacios en donde lo principal es demostrar que se comparten gustos y posibilidades económicas, en los malls es indudable que las miradas se cruzan y el erotismo desfila hasta encontrar un receptáculo, aunque una semana puede fallar y la siguiente también, para que la tercera sea la vencida. El capitalismo canta sus odas al consumismo y a los lugares que celebran el gesto de la compra; pero se le da la vuelta, otros aprovechan la mera condición del espacio sin tener que gastar en nada o, cuando mucho, en el estacionamiento.

Otro espacio, el más común de todos, en el cual es posible interactuar con intenciones de encuentro amoroso es el supermercado. Los carritos van y vienen. Amas de casa arregladas y perfumadas hacen sus compras. Toman la carne o el pollo con el menor número de dedos para evitar mancharse o que se queden esos olores repelentes en la mano. Otros usan una mano para sostener el celular, con el que suponen que hacen negocios fabulosos, y la otra para comprar lo indispensable para la despensa. Los divorciados se notan de inmediato, ya sean hombres o mujeres. Procuran ir solos y se acercan a sus semejantes con visos de conquista; preguntan algo y sonríen sin más; casi de inmediato vuelven a cruzarse en la estrechez de los pasillos, que deben tener un simbolismo sexual. Vuelven las sonrisas y se inicia una plática un poco más duradera. Se encuentran puntos en común y poco a poco llegan a las cajas para pagar sus mercancías y ponerse de acuerdo en una cita próxima. Antes, esos lugares eran privativos de las mujeres: el prejuicio machista impedía que los hombres fueran al supermercado. En estos tiempos la necesidad y una mayor tolerancia han permitido que se rompan esos esquemas medievales, así que entre los corn flakes y el abrillantador de pisos aparece una figura que quita el sueño y que tiene los atributos necesarios para dejar de comprar lo que falta: por lo pronto lo indispensable es el asedio y la cacería lúbrica. La ciudad ha sustituido la agonía por los orgasmos, Koolhaas tiene toda la razón.

Andrés de Luna

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