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Este País | Federico Reyes Heroles | 06.12.2010 | 0 Comentarios

Federico Reyes Heroles es Presidente del Consejo Rector de Transparencia Mexicana.

No po­día­mos cru­zar por la ine­vi­ta­ble fe­cha sin ha­cer un ba­lan­ce de lo mu­cho que ha cam­bia­do nues­tro país.

Po­bla­ción

A prin­ci­pios del si­glo xx nú­me­ros des­ga­rra­do­res de mu­je­res y ni­ños mo­rían ca­da año. Hoy, por ca­da 1,000 na­ci­mien­tos mue­ren 57 ma­dres. Só­lo 18 de ca­da 1,000 me­no­res na­ci­dos vi­vos mue­ren an­tes de los cin­co años.

En 100 años Mé­xi­co ha lo­gra­do tam­bién el au­men­to de la es­pe­ran­za de vi­da y el cam­bio de pa­tro­nes de com­por­ta­mien­to re­pro­duc­ti­vo, y ha en­tra­do a la fa­se en la cual el en­ve­je­ci­mien­to de su po­bla­ción ya es­tá en el ho­ri­zon­te.

Co­mo re­sul­ta­do del des­cen­so en el cre­ci­mien­to de­mo­grá­fi­co, Mé­xi­co se acer­ca al mí­ni­mo de de­pen­dien­tes por tra­ba­ja­dor, que pro­ba­ble­men­te se al­can­ce en diez años y que se­rá de 0.3.

Por su­pues­to que se po­drán se­ña­lar do­lo­ro­sas ine­fi­cien­cias, al­gu­nas de ellas vi­gen­tes en ple­no si­glo xxi. Las dis­pa­ri­da­des muy mar­ca­das en­tre la po­bla­ción que vi­ve en zo­nas ur­ba­nas y la po­bla­ción de las zo­nas se­rra­nas, zo­nas ais­la­das y de di­fí­cil ac­ce­so en las cua­les la ta­sa de fe­cun­di­dad si­gue sien­do al­ta y la mor­ta­li­dad ma­te­rna e in­fan­til tam­bién, son un pen­dien­te. Sin em­bar­go no po­de­mos ne­gar el cam­bio en el pa­no­ra­ma ge­ne­ral del país. Mé­xi­co vi­vió en la se­gun­da mi­tad del si­glo xx y vi­ve en es­ta pri­me­ra dé­ca­da del xxi lo que los de­mó­gra­fos lla­man la tran­si­ción de­mo­grá­fi­ca.

Ur­ba­ni­za­ción

En 1910, 12 de los 15 mi­llo­nes de me­xi­ca­nos vi­vían en zo­nas ru­ra­les. En el 2010 ca­si el 80% de la po­bla­ción vi­ve en zo­nas ur­ba­nas o se­miur­ba­nas. La ur­ba­ni­za­ción tie­ne muy ma­la fa­ma. Pe­ro es tam­bién la do­lo­ro­sa me­di­ci­na a una con­di­ción que im­pi­de ele­var los ni­ve­les de bie­nes­tar de ma­ne­ra ace­le­ra­da: la dis­per­sión. No es ca­sual que el anal­fa­be­tis­mo se en­quis­te en las po­bla­cio­nes ais­la­das, ni que los peo­res ín­di­ces de mar­gi­na­ción e in­sa­lu­bri­dad y las peo­res con­di­cio­nes de opre­sión se pre­sen­tan en co­mu­ni­da­des ais­la­das. Mé­xi­co pa­de­cía ese mal de ma­ne­ra muy se­ve­ra. Si­gue pre­sen­te, pe­ro en los úl­ti­mos cien años dis­mi­nu­yó de ma­ne­ra muy im­por­tan­te.

In­fraes­truc­tu­ra

Ter­mi­na­mos el si­glo xx con al­re­de­dor del 95% de la po­bla­ción con ser­vi­cio eléc­tri­co y una red de trans­mi­sión equi­va­len­te a 15 vuel­tas com­ple­tas a la Tie­rra. Ca­da año se in­cor­po­ran al­re­de­dor de un mi­llón de me­xi­ca­nos a ese ser­vi­cio. Ya po­cos lo men­cio­nan co­mo un lo­gro.

En 1910 se re­gis­tra­ron al­re­de­dor de 80,000 tras­la­dos me­dian­te vías fé­rreas y al­go de au­to­trans­por­te. El con­tras­te no po­día ser ma­yor. En 2008 na­da más el trans­por­te aé­reo rea­li­zó más de 53 mi­llo­nes de tras­la­dos. Pe­ro esa for­ma de trans­por­ta­ción si­gue sien­do pe­que­ñí­si­ma en re­la­ción al au­to­trans­por­te que re­pre­sen­ta ca­si el 98% de los mo­vi­mien­tos. La ci­fra es asom­bro­sa: el au­to­trans­por­te efec­tuó más de 3,200 mi­llo­nes de tras­la­dos. So­bra de­cir que, con to­das sus de­fi­cien­cias, el sis­te­ma ca­rre­te­ro in­te­gró a Mé­xi­co.

In­de­pen­den­cia de la agri­cul­tu­ra

Las in­ver­sio­nes en in­fraes­truc­tu­ra permi­tie­ron que en 100 años Mé­xi­co de­ja­ra de ser un país al­ta­men­te de­pen­dien­te de la agri­cul­tu­ra de tem­po­ral, con­for­ma­do bá­si­ca­men­te por fa­mi­lias cam­pe­si­nas, con ni­ve­les al­tí­si­mos de anal­fa­be­tis­mo —al­re­de­dor de 72%—, pa­ra con­ver­tir­se en una so­cie­dad bá­si­ca­men­te ur­ba­ni­za­da con un ni­vel de anal­fa­be­tis­mo que ron­da el 9% y que se ha in­de­pen­di­za­do en bue­na par­te de la agri­cul­tu­ra, de los ca­pri­chos del cie­lo. Nues­tro país tie­ne una lar­ga tra­di­ción agra­ria y es­te asun­to ha si­do más bien abor­da­do con una lec­tu­ra lle­na de mi­tos y ta­búes. A di­fe­ren­cia de mu­chos otros paí­ses con una cla­ra vo­ca­ción agrí­co­la, co­mo po­drían ser Di­na­mar­ca, donde 60% del te­rri­to­rio pue­de ser cul­ti­va­ble, o Ale­ma­nia, con 34%, en Mé­xi­co el por­cen­ta­je de tie­rra cul­ti­va­ble es de ape­nas el 13 por cien­to.

No se tra­ta de que dis­mi­nu­ya la pro­duc­ción agrí­co­la si­no de que la pro­duc­ción de los otros dos sec­to­res (in­dus­tria y ser­vi­cios) crez­ca a gran ve­lo­ci­dad y des­pla­ce al sec­tor de la agri­cul­tu­ra pa­ra lo­grar bie­nes­tar lo an­tes po­si­ble. En 1910 la pro­duc­ción agrí­co­la fue cal­cu­la­da en po­co más de 3.5 mi­llo­nes de to­ne­la­das, bá­si­ca­men­te maíz. En 2008 la pro­duc­ción lle­gó a al­re­de­dor de 180 mi­llo­nes.

Cla­ses me­dias

La for­ma­ción de ciu­da­da­nía ha si­do un pro­ce­so mu­cho más len­to. Aun así, la trans­for­ma­ción no tie­ne re­tor­no. Las cla­ses me­dias con­for­man hoy al ac­tor po­lí­ti­co y so­cial más im­por­tan­te de nues­tro país. Mu­chas de las ex­plo­sio­nes o im­plo­sio­nes na­cio­na­les más im­por­tan­tes de las úl­ti­mas dé­ca­das han si­do pro­duc­to de mo­vi­mien­tos de cla­ses me­dias. Pen­se­mos en el 68, en el 71, en el 85, el 88 o el año 2000, con el cual lle­gó la al­ter­nan­cia en el Eje­cu­ti­vo Fe­de­ral y que no pue­de ser ex­pli­ca­do sin una in­ten­sa par­ti­ci­pa­ción de las cla­ses me­dias.

Los ho­ga­res

Tam­bién la com­po­si­ción de los ho­ga­res es to­tal­men­te dis­tin­ta a la de ha­ce 100 años. El es­te­reo­ti­po de la fa­mi­lia me­xi­ca­na ha su­fri­do mu­chí­si­mas mo­di­fi­ca­cio­nes. Qui­zá la más im­por­tan­te sea la in­cor­po­ra­ción de la mu­jer a las ac­ti­vi­da­des pro­duc­ti­vas, que re­ba­sa ya al 40 por cien­to. Se tra­ta de uno de los cam­bios cen­tra­les de una so­cie­dad que se mo­der­ni­za.

Va­lo­res

El cam­bio de va­lo­res tam­bién ha si­do muy ace­le­ra­do. El ca­to­li­cis­mo ha ve­ni­do dis­mi­nu­yen­do len­ta­men­te. En 1960 los ca­tó­li­cos re­pre­sen­ta­ban un 96.5% de la po­bla­ción. Pa­ra el año 2000 el por­cen­ta­je ha­bía des­cen­di­do al 88 por cien­to. En pa­ra­le­lo, las re­li­gio­nes no ca­tó­li­cas han cre­ci­do. Tam­bién se han in­cre­men­ta­do los me­xi­ca­nos que se di­cen sin re­li­gión, que pa­sa­ron del 0.6 al 3.5 por cien­to.

Los com­por­ta­mien­tos se­xua­les de los me­xi­ca­nos nos ha­blan de una so­cie­dad muy abier­ta a es­tos te­mas. 60% de los me­xi­ca­nos jó­ve­nes ex­pre­san que es­tán de acuer­do con las re­la­cio­nes pre­ma­ri­ta­les, 31% con las re­la­cio­nes ex­tra­ma­ri­ta­les y 18% con las re­la­cio­nes ho­mo­se­xua­les.

Los cam­bios de va­lo­res alu­den tam­bién a las con­cep­cio­nes po­lí­ti­cas. En Mé­xi­co la cul­tu­ra au­to­ri­ta­ria ha dis­mi­nui­do sen­si­ble­men­te, si bien to­da­vía exis­te un por­cen­ta­je al­to de ciu­da­da­nos que se in­cli­na por la vía au­to­ri­ta­ria, 28 por cien­to.

En ma­te­ria de to­le­ran­cia, se han rea­li­za­do re­cien­te­men­te va­rios es­tu­dios que mues­tran avan­ces sig­ni­fi­ca­ti­vos. Sin em­bar­go hay al­gu­nos as­pec­tos que re­sul­tan preo­cu­pan­tes. Por ejem­plo la ho­mo­fo­bia. Otra ex­pre­sión de in­to­le­ran­cia muy preo­cu­pan­te es la que se pre­sen­ta en en­ti­da­des don­de la plu­ra­li­za­ción re­li­gio­sa es ya un he­cho.

La se­ve­ri­dad de los da­tos nos obli­ga a acep­tar que hay as­pec­tos de la mo­der­ni­za­ción que se han que­da­do a la za­ga. La En­cues­ta Mun­dial de Va­lo­res re­tra­ta a un me­xi­ca­no que ex­pre­sa muy po­co res­peto a los de­re­chos del otro. Tam­bién res­pe­ta po­co la le­ga­li­dad. Nin­gún sis­te­ma fis­cal se­rá só­li­do cuan­do uno de ca­da dos cau­san­tes po­ten­cia­les en­cuen­tra al­gún ve­ri­cue­to pa­ra brin­car­se la nor­ma. Nin­gu­na de­mo­cra­cia se­rá es­ta­ble cuan­do tres de ca­da cua­tro me­xi­ca­nos ex­pre­sa que só­lo se de­ben res­pe­tar las nor­mas con las cua­les se es­té de acuer­do.

El balance, sin embargo, indica que la so­cie­dad me­xi­ca­na del 2010, en su gran ma­yo­ría, es una so­cie­dad más sa­na, más edu­ca­da, me­jor co­mu­ni­ca­da, más in­for­ma­da, mu­cho más po­li­ti­za­da, más plu­ral y más abier­ta.

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