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Ocho rojo
Cultura | Askari Mateos | 08.03.2010 | 0 Comentarios

Askari Mateos

Carmelo mira el reloj. Las seis. Está a punto de terminar otra jornada de trabajo. Ese día Ramiro se reportó enfermo y él tuvo que limpiar más zonas de las que normalmente le tocan en el casino donde ha laborado los últimos veinte años. Además de la paga doble existen las fichas. Esos objetos de 2.5 centímetros de diámetro valuados según su color que de vez en cuando se le caen a los clientes cuando alcanzan estados de ebriedad profundos. Hace mucho que ya no le causa asombro ese oasis en medio del desierto, sin embargo la posibilidad de encontrarse alguna ficha siempre le infunde cierto ánimo.

Carmelo emigró a los Estados Unidos cuando tenía treinta y dos años. Ahora ya es residente, pero no le interesa obtener la ciudadanía. ¿Para qué? Eso no le va a dar aceptación entre tanto extraño, le dice al único de sus hijos que decidió irse a vivir con él cada vez que éste lo anima a solicitarla. En el fondo guarda el deseo de regresar a Oaxaca y pasar allí sus últimos años, en compañía de su mujer y sus cuatro hijas, que viven en una casa de la periferia de la capital. Es lo menos que puedo hacer después de tanto tiempo lejos, piensa.

Aparte del área de juego, el casino del Frontier tiene en cada rincón de sus cien mil metros cuadrados televisores que transmiten todo el tiempo competencias deportivas y carreras de caballos; un bingo room y cientos de slots, una junto a otra, formando decenas de filas: el camino que Carmelo debe recorrer y limpiar de lunes a sábado. La fantasía de veinticuatro horas al día es para los dueños de los casinos y para aquellos que van a entregar su dinero a cambio de un poco de ficción, no para él, dice siempre a los paisanos que le hablan por teléfono y le preguntan cómo es trabajar en ese lugar.

Pasadas las seis, cruza el estacionamiento, sube a su Corolla y va a casa. Antes de meter la llave en la cerradura, escucha que el teléfono suena. En su intento por abrir rápidamente se le caen las llaves; las recoge acucioso y entra. El teléfono sigue sonando. Alcanza a contestar. Es Luis, su compadre, de quien ha recibido una media docena de llamadas en los últimos dos años. Tras recapitular historias y repasar la salud y andanzas de sus respectivas familias, invariablemente terminan hablando del mismo asunto: palos de escoba.

—Mira, compadre, todavía tengo las máquinas pa’ hacer palos de escoba, esas que te conté que me vendieron bien baratas en un tianguis —le dice emocionado—. Son muy fáciles de usar, si encontramos compradores podemos hacer hasta cinco mil piezas al día con cada una de ellas. ¿Te imaginas? ¡Cinco mil piezas con cada una!

A diferencia de Carmelo, Luis nunca dejó Oaxaca. Vivió con su familia hasta que su esposa murió. Fue entonces que sus tres hijos tomaron rumbos distintos y ya casi no lo visitan. La permanente soledad no le deja mucho tiempo libre, al menos no tiempo útil, pero sí la ilusión de empezar su propia empresa. Para echarla a andar necesita un socio, y el más indicado es su compadre, con quien corrió grandes aventuras durante la adolescencia.

—Si tuviera tiempo y salud lo haría yo mismo, pero ya sabes cómo ando —insiste—.Y mis hijos están en lo suyo y no les anima la idea de trabajar conmigo. Creo que nada más están esperando a que me muera pa’ quitarse el peso de encima. Lo que no comprenden es que yo todavía no me quiero morir. Por eso necesito que me ayudes.

A Carmelo tampoco le anima la idea de hacer palos de escoba. A quién chingados se los van a vender, sobre todo cuando ya hacen de plástico los mangos de las escobas, piensa.

—No sé, compadre, he pasado los últimos veinte años de mi vida con un palo de escoba en las manos. La verdad es que no quisiera tener que estar más años así —le responde indiferente.

—Sí, compadre, pero no es lo mismo usarlos que hacerlos. Además acá en Oaxaca hay harta madera y bien barata. ¡Anímate, juégatela conmigo!

—No sé qué decirte, compadre. Lo voy a pensar —remata, como ya es costumbre cada vez que Luis le menciona el asunto, por eso Carmelo nunca le llama, para no tener que darle largas. Además lleva meses sin encontrar la agenda donde tiene anotado su número telefónico.

Al día siguiente el casino está a reventar. Es Semana Santa, Easter le llaman los gringos. Carmelo sigue sin entender qué tienen que ver los huevos con esas fechas que para él son tan religiosas. Sin embargo, en esos días aquello se llena. Hay gente de todo el mundo con margaritas en la mano, usando las slots o jugando a la ruleta, al blackjack, al póquer y a los dados, tragando el anzuelo de hacerse ricos en un instante. En sus años trabajando en el Frontier ha visto a muchos apostar fortunas en unas cuantas horas. ¡Qué poca madre! Uno sufriendo para ganarse unos pocos dólares y estos güeyes tirándolos a montones como a un pozo sin fondo, se dice.

Está barriendo ensimismado. Piensa en sus hijas. En Oaxaca. Ya se acostumbró a mirar el pasado apretando los manos en la escoba del presente. De pronto lo jalan por el hombro. Al darse vuelta lo recibe una voz que arroja un fuerte olor a alcohol. Es de un hombre con la mirada desorbitada que bebe apuradamente su trago.

—¿Por cuál vas, amigo, cuál crees que es el bueno? ¿El ocho rojo? Carmelo se pone nervioso, mira hacia todos lados, como quien está a punto de cometer un acto ilícito. Al fin, responde:

—No sé, señor, el que usted escoja es el bueno, el ocho rojo puede ser.

—¡Eso, chingaos! ¡Van cien al ocho rojo! —grita el hombre y coloca un par de fichas en la casilla correspondiente. El crupier hace girar la ruleta y suelta la bolita. Es Jack, un gringo güero de ojos azules, el gafete a la altura de la solapa dice su nombre.

Aunque no tiene permitido cruzar palabra o interactuar con los clientes del casino, Carmelo permanece junto al hombre, con la mirada clavada en la ruleta, esperando con curiosidad el momento en que se detenga. No es la primera vez que un cliente borracho le pide un consejo, pero aquél a leguas se ve que es mexicano, del norte, el sombrero, las botas y lo confianzudo lo delatan. Por eso, en un acto solidario, desea que la bolita caiga en el ocho rojo. Y mientras la ruleta da vueltas y vueltas el norteño sigue recetándole a Carmelo su aliento alcohólico y sacudiéndolo levemente con el brazo que ha puesto por encima de los hombros, con el otro coge un escocés en las rocas. Poco a poco la ruleta se va deteniendo, pero la bolita aún no se posa en ninguna de las treinta y ocho casillas.

—¡Vamos ocho, vamos ocho! —repite como un mantra. Carmelo lo secunda en silencio.

Eighteen black! —lanza Jack. El hombre mira a Carmelo haciendo una mueca y encogiendo los hombros. Luego se quita el sombrero y con el paliacate que guarda en su saco de piel se limpia el sudor en la frente.

—¡Ahh, qué más da, no siempre se gana! —dice sin chistar, como si perder cien dólares fuera como aventar una piedra a un río por el puro placer de escucharla caer en el agua. Al ver que Jack limpia las fichas de la mesa, Carmelo decide hacer lo propio con el piso del área de juego.

—¡Espérese, paisano, no se vaya! —le dice cogiéndolo del brazo—. Vamos a apostarle otra vez al ocho rojo.

—No, señor, yo no puedo estar con usted —responde rápido y escueto, como emulando a un ventrílocuo, para que nadie lo vea hablar con el norteño—. Está prohibido que los empleados de limpieza tengamos contacto con los clientes, entiéndame, además hay cámaras por todos lados.

—Ta’ bueno, paisano, yo seguiré apostando hasta que salga el pinche ocho rojo —vuelve a decir el norteño—. Pero si estos güeyes le dan problemas no se apure, yo le doy trabajo en mi rancho —remata, depositándole a Carmelo un par de sus fichas de diez dólares en la bolsa superior del overol. El paisano es de Sonora. Se dedica a la crianza de miles de cabezas de ganado, de eso ha hecho fortuna, y de vez en cuando va a tirarse unos miles de dólares a Las Vegas. Ese día Ramiro tampoco se presentó, sigue enfermo. Nuevamente Carmelo tiene que trabajar doble. Luego de limpiar el bingo room vuelve a pasar por la ruleta con su escoba y un carrito cargado de basura. Allí sigue el ganadero. Para esconder un derrame en uno de sus ojos verdosos, producto de un par de días de fiesta sin tregua, se ha puesto unos lentes oscuros. Sigue bebiendo escocés. Carmelo lo pasa de largo. Cruza el casino hasta llegar a la pequeña puerta por la cual tiene que salir a la parte trasera del casino y depositar la basura en los contenedores: papel con papel, plástico con plástico, latas con latas. Pinches gringos, son reescrupulosos con la puta basura, piensa. Aprovecha ese momento para platicar con Juan, un mesero que se ha sumado no hace mucho a la lista de los tantos paisanos que trabajan en el Frontier. Él también tiene un gafete con su nombre. Fuma.

—¡Me encanta el Easter! —dice.

—Sí, es chingón, pero nos traen en friega —objeta Carmelo. Juan le pega una última calada a su cigarro y lo tira. Lo aplasta con el pie y mientras lo hace mira a su compañero afanador.

—No te quejes, viejo —espeta y entra de vuelta al casino. El resto de la jornada se le va a Carmelo limpiando la zona de slots. Al acabar pasa a recoger la basura al área de la ruleta y el blackjack, donde visiblemente más borracho el ranchero sigue apostando al ocho rojo. Ya en la parte de servicios mira el reloj, falta una hora para terminar su turno y tiene que darse otra vuelta por el bingo room; lo hace y en punto de las seis termina. Se dirige luego a los casilleros del personal y cambia el uniforme azul por sus vaqueros negros y una camisa de algodón a cuadros verde con blanco. Sale del Frontier por el acceso asignado para los empleados que da al estacionamiento. Camina rumbo a su Corolla cuando se encuentra con el norteño que intenta abrir, sin éxito, su camioneta Lobo negra del año.

—¡Hey! —le grita tambaleándose el ranchero cuando lo ve pasar—. ¡Ayúdeme a abrir esta madre, no sea ingrato! Carmelo duda, pero finalmente se acerca.

—Mire, la verdad no creo que sea conveniente que usted maneje, está muy tomado.

—¡Ah, cabrón! ¿Y quién chingados es usted pa’ decirme qué tengo y qué no tengo que hacer? —dice el norteño agitando con torpeza las manos.

—No, yo no soy nadie, sólo quiero ayudarle —argumenta tranquilamente—. Usted hace rato me preguntó que por cuál iba en la ruleta y yo le respondí que tenía prohibido hablar con los clientes —sigue en el mismo tono servil—. Ahora me pide que le ayude y lo único que puedo aconsejarle es que no es conveniente que maneje.

—¡Ah, pus sí! Ya decía yo que se me hacía conocida su cara. El norteño abre la puerta de la camioneta con la ayuda de Carmelo.

—Mejor recuéstese un rato en el asiento y luego se va, al fin que el estacionamiento está abierto toda la noche, nadie lo molestará. El ranchero mueve la cabeza de arriba abajo. Se quita su sombrero negro de piel y se tiende sobre el asiento. Acostado sigue hablando. —¿Sabe qué, paisano? —¿Qué? —Nunca salió el pinche ocho rojo… pero si usted quiere nos regresamos pa’ ver si sale, sólo porque usted me cayó bien, se ve que es como yo, de los que no se rajan. Carmelo no responde pero esboza una sonrisa de agradecimiento. Mira al hombre un instante y luego le acomoda las piernas dentro de la camioneta. Le pone las llaves en una de sus manos.

—Cuídese —dice sencillamente—. Ya habrá otros días para apostarle al ocho rojo. Cierra con seguro la puerta de la camioneta y se dirige a su auto. Las luces de algunos hoteles y casinos ya se han encendido esa tarde de verano.

Algunas prostitutas se pasean por los alrededores y grupos de jóvenes toman las calles gritando desde sus autos convertibles. Media hora más tarde llega a su casa. Su hijo no está. Camina hasta la sala para derrumbarse en el sillón, adonde llegan los últimos rayos de sol colándose a través de la ventana. Sentado allí echa una mirada por todo el lugar, como quien llega a lo alto de una montaña y contempla un paisaje desconocido. Se rasca la barba. Piensa en el norteño —que sigue dormido en el asiento de su Lobo negra balbuceando osho rojjjj, osho rojjjj, oshoo rrjj—, en cómo habrá de despertar al día siguiente, con una resaca diabólica, abandonado y solo en el estacionamiento del Frontier. Piensa en si habrá alguien que lo esté esperando. Busca con la mirada el control remoto para encender el televisor. No lo ve.

Se pone de rodillas y se asoma debajo del sillón. Allí está lo que busca. Mete una mano y cuando la saca descubre que ha encontrado su agenda. Se incorpora. Lo piensa unos segundos antes de abrirla.

Pasa varias hojas hasta que llega a la L. Levanta el auricular y comienza a marcar.

—¿Bueno? —escucha del otro lado.

—¡Qué pasó, compadre! —dice con regocijo. ~

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