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Y cuando la prensa llegó…
el narco ya estaba ahí
| Víctor Núñez Jaime | 30.06.2010 | 0 Comentarios

Con este reportaje sobre el periodismo colombiano y su cobertura del narcotráfico mantenemos nuestra atención sobre el tema de la ética periodística, iniciado en nuestra edición anterior, con la intención de favorecer el debate sobre el tema.

Esa tarde la batalla fue inevitable. Un centenar de soldados y dos helicópteros llegaron a un lujoso fraccionamiento de Cuernavaca. Un grupo de sicarios los recibió con granadas y ráfagas de ametralladora, pero los soldados pudieron llegar hasta la habitación donde se encontraba uno de los narcotraficantes más buscados a nivel internacional. Era el miércoles 16 de diciembre de 2009 y la Marina Armada de México había acabado con Arturo Beltrán Leyva, La Muerte, El Barbas, El Botas Blancas o El jefe de Jefes, quien fuera una de las principales cabezas del poderoso cártel de Sinaloa.

El golpe fue decisivo en la “guerra contra el narco” y los militares no tardaron en difundir su trofeo. Al día siguiente una fotografía llegó a los medios de información. Era el cadáver de Beltrán Leyva, golpeado, balaceado, con los pantalones bajados, cubierto de billetes de quinientos pesos y dólares ensangrentados.

Y, a través de los medios, la imagen le dio la vuelta al mundo.

¿Cuál fue el mensaje que en realidad quiso enviar la publicación de esa foto? ¿A quién? ¿Difundirla fue “apología de la violencia” o “libertad de expresión”? ¿Uno y otro bando de esta supuesta guerra utilizan a la prensa para hacer propaganda de su capacidad de fuerza y terror?… Los dilemas y retos que enfrenta un periodista al cubrir el narcotráfico no son sólo estos. No porque antes no existiera este fenómeno, sino porque no ocupaba los primeros lugares de la agenda mediática. No obstante, con una escasa comprensión del tema y muchas veces de improviso, los medios se aventuraron a informar, porque desde el principio quedó claro que la llamada “guerra contra el narcotráfico” también iba a ser mediática.

En medio del crimen organizado y del Estado mexicano se encuentra la prensa. Todos los días las notas al respecto reproducen declaraciones y documentos de funcionarios, sin mayor variedad de fuentes que verifiquen o contrasten las versiones oficiales. Desde el principio se aceptó que México estaba en una “guerra”, pero no quedaron claras sus tácticas y estrategias ni cómo se saldría de ella. Todos comenzaron a recopilar las balaceras y el número de ejecutados del día, haciendo a un lado el contexto y la explicación de los hechos.

Pocas veces se habla de las violaciones a los derechos humanos que comete el ejército, los políticos corrompidos, los jóvenes captados por los cárteles, el dinero que mueve todo este negocio, el presupuesto público que se invierte en combatirlo y las soluciones sociales y culturales para la situación. El lenguaje policiaco y judicial domina el lenguaje informativo y ocasiona un “distanciamiento” del público. Hay un abuso del prefijo narco (narcoejecución, narcoatentado, narcoestado…). Y a veces da la impresión de que sólo el norte es la región afectada, porque no suele hablarse de lo que sucede en el centro y el sur del país. Pero es cierto que para informar como se debe haría falta trabajar sin las amenazas, secuestros y asesinatos que instalan en las redacciones el miedo, la censura y la autocensura.

María Teresa Ronderos es directora de semana.com, la versión online de la revista Semana de Colombia, país que durante muchos años se ha visto afectado por la violencia que genera el narcotráfico y la guerrilla, y tal vez la experiencia más cercana y directa que México debe tomar en cuenta para aprender. Con base en su experiencia como reportera y editora, considera que los periodistas deben utilizar tres puntos fundamentales: proteger la libertad de información, olvidarse del ego profesional y ser transparente.

“Esto no se hace a costa de héroes porque un periodista heroico hoy, mañana ya no puede informar, y entonces no sirve”, explica la periodista. “¿Cómo se protege la libertad de información? Por ejemplo, se informa junto con otros medios, todos al mismo tiempo; muchas veces los periodistas apelan a sus mejores o más cercanas fuentes para poder informar. El segundo punto, que es fundamental, es lo que llamo: ‘bala o ego’. Uno tiene que bajarse del ego. Si uno quiere firmar todas las historias y contar historias de narcotráfico en México, no las va a poder contar por mucho tiempo. Uno no tiene que firmar, se debe bajar del ego y decir esto es un trabajo colectivo, hacer la investigación colectivamente, porque es mucho más difícil y difumina el riesgo para el periodista y para el medio.

“Y la tercera cosa que debe hacer el periodista –continúa–, es jugar muy limpio. Entre más peligrosa es la fuente, más limpio tiene que jugar. ¿Qué significa esto? Jamás mentirle a una fuente, jamás prometer cosas que no le puede cumplir. A veces un periodista novato le dice a un narco o a algún amigo de un narco, ‘mira es que yo te saco tu versión, te saco esto o aquello’. Es decir, como tratando de ganarse la fuente. Con esto, que no pasaría nada en una fuente normal, con una fuente de éstas, armadas o peligrosas, eso no se puede hacer porque ellos se la toman en serio y después te lo van a cobrar con una bala. Este punto es fundamental. La transparencia siempre es importante en todos los casos del periodismo, pero cuando hay violencia y polarización es mucho más importante.”

Álvaro Sierra es otro periodista colombiano que ahora imparte cursos sobre la cobertura del narcotráfico en el Centro Knight de Periodismo para las Américas, de la Universidad de Texas en Austin. Para él, en primer lugar, “es esencial entender que cubrir el narcotráfico quiere decir dos cosas completamente distintas si uno trabaja en los lugares que están bajo control de algunos de los grupos de traficantes, o si trabaja en otra parte. Cuando uno está en un sitio donde Los Zetas dictan qué se publica y qué no, las cosas son muy distintas.”

Se refiere a casos como el de David Piñón, jefe de información de El Heraldo de Chihuahua, quien en su crónica “Mi vida con el narco”, merecedora del Premio Nacional de Periodismo 2009, cuenta cómo empezó a compaginar su trabajo con las presiones de los narcotraficantes. Le pedían ayuda para “quemar” con cierta información a sus rivales y le ofrecían dinero y droga “para agradecer sus atenciones.” Una madrugada le hablaron por teléfono para avisarle que acaban de asesinar a unos hombres y le aclararon que no querían que se publicaran los nombres o las fotografías de los que lo hicieron. El reportero no sabía qué hacer y las presiones aumentaron. Así, el miedo, la incertidumbre y la autocensura se impusieron en su labor informativa diaria.

Pero ha habido actos más contundentes, como los atentados a los periódicos El Mañana de Nuevo Laredo, El Debate de Culiacán o a Televisa en Monterrey. Esto, aunado a las amenazas, secuestros y asesinatos, ha propiciado que la organización Reporteros Sin Fronteras concluya que en México es más peligroso ejercer el periodismo que en Irak.

Por eso algunos medios toman sus precauciones. Proceso, por ejemplo, publica constantemente un “Aviso a los lectores”: “Los cárteles del narcotráfico continúan imponiendo su ley –la ley de la sangre– en prácticamente todo el territorio nacional, por encima de las optimistas proclamas oficiales sobre los éxitos de los operativos conjuntos policiacomilitares que emprendió el actual gobierno. Dadas esas circunstancias, Proceso asume la política de proteger a sus reporteros y corresponsales presentando –de manera excepcional– ciertas notas y reportajes relacionados con el narcotráfico sin su firma. Del contenido de esos trabajos, de su veracidad, se hace responsable institucionalmente nuestra casa editorial.”

Álvaro Sierra tiene, sin embargo, una postura crítica con aquellos que afirman que hay cosas que los reporteros no pueden hacer. “Muchos dicen que explicar el fenómeno está reservado a los analistas y académicos. Basta investigar un tema a fondo para descubrir noticias, montones de noticias. Y, en las situaciones más peligrosas ésta es, además, una fórmula para publicar historias que pueden ser menos riesgosas para el periodista y su medio y, a la vez, contribuir a la que es la misión última del periodismo: enriquecer la comprensión y el debate públicos.”

Para el también profesor de la Universidad para la Paz de las Naciones Unidas en San José de Costa Rica y ex editor del diario bogotano El Tiempo, la clave está en la capacitación de los periodistas, porque “aparte capturas, extradiciones, homicidios y decomisos, se trata de uno de los temas de los que menos sabe la opinión pública”.

“El problema, en el fondo –explica–, es que se cubre el narcotráfico como si eso significara que se cubre el tema de las drogas. Es como si fuera un huracán: se cubre la destrucción y sus efectos. Pero narcotráfico y drogas no son lo mismo. Una cosa es el negocio ilegal que la prohibición ha generado, la actividad de los grupos criminales y sus nexos con las élites y las autoridades. Pero igualmente importante es el vasto universo de las drogas ilícitas, las políticas para enfrentar el problema, el debate sobre ellas y el aspecto del consumo y los usuarios de esas drogas. Se trata, entonces, en primer lugar, de cubrir no sólo el tráfico sino las drogas. La producción, su geografía cambiante, la situación social de las comunidades donde se siembra droga son toda un área de investigación en los países productores. Hay que cubrir la política antidrogas y el amplio debate internacional que está en curso sobre ella. Y, por supuesto, está el tráfico, con sus secuelas de violencia que, a la vez que debe ser objeto de un seguimiento cotidiano, también debe cubrirse viéndolo en perspectiva, con su historia y su contexto, tratando de detectar dinámicas, evaluando las políticas de los gobiernos para combatirlo, haciendo inventarios y balances periódicos de lo que se avanza o se retrocede. Hay que contar al público nacional del narcotráfico y las drogas a nivel internacional. Buscar comparaciones, identidades y diferencias entre países y situaciones: comparar la larga historia de extradiciones de narcotraficantes colombianos a Estados Unidos con la reciente política de México, o dónde está penalizado y dónde no el consumo mínimo de ciertas sustancias… Todo eso ayuda a poner al lector o espectador nacional en el contexto internacional. El cubrimiento debe siempre estar atento a las dinámicas, no sólo a los hechos del día. Porque esto no es un fenómeno local, sino global.”

“¿Cómo se deben manejar las imágenes de decapitados, de militares torturados o la publicación de ejecutómetros?”, le preguntaron hace unas semanas a Javier Darío Restrepo, encargado del Consultorio Ético de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que preside Gabriel García Márquez, y uno de los máximos referentes de la ética periodística en América Latina. “La violencia –respondió–, no puede convertirse en un espectáculo, para satisfacer la curiosidad y el morbo del público… Estas informaciones, por consiguiente, cumplen su función de servicio al público cuando le muestran lo que está sucediendo, le explican por qué sucede, y le abren los ojos para ver el daño que sufre la sociedad en el presente y las consecuencias que tendrá en el futuro. Tal información no es, pues, respuesta para curiosos y morbosos, pero sí es aporte inteligente para hacer entender los hechos. Además es una información que se convierte en un estímulo permanente para la acción. El receptor debe sentirse presionado por la pregunta sobre lo que él y la sociedad deben hacer para que la violencia no siga.”

Y al final de su respuesta, Restrepo citó a Carlos Soria, autor de La ética de las palabras modestas: “Evitar la exaltación de la violencia es informar desde las víctimas, no desde la perspectiva de los violentos. Y es también informar de aquello que los violentos no quieren que se sepa. Un exceso de informaciones violentas o la intensidad de la información sobre la violencia pueden insensibilizar a los ciudadanos. La insensibilización trivializa la violencia, produce hastío social, vuelve indiferentes a las sociedades, enerva los mecanismos de respuesta ciudadana.”

La ética periodística es imprescindible en todos los asuntos abordados por los periodistas, pero tal vez cobra mayor relevancia en casos difíciles como el narcotráfico. Con un manejo adecuado de la información, la prensa puede ayudar a resolver la situación, como ocurrió en Palermo, capital de Sicilia, en Italia. En la última década del siglo pasado, la cultura de la mafia y la violencia dominaba a la sociedad, hasta que un día dijeron “Palermo no es la mafia. La mafia no es Palermo.” Y para reducir la violencia se replantearon la forma de convivir mediante la sincronización de la cultura y la justicia. Las autoridades y la sociedad desarrollaron una conciencia cívica de respeto a la legalidad gracias a la transformación del sistema educativo y de los medios de información, quienes actuaron con suma responsabilidad en el manejo de los acontecimientos. Se reconstruyeron los valores a través de la escuela y así los niños transmitían esos valores a sus familias; también a los periódicos, en donde los estudiantes comenzaron a participar. Recuperaron los espacios públicos de la ciudad y los medios dejaron claro que los ciudadanos pueden participar en el fomento del Estado de derecho.

María Teresa Ronderos está convencida de que “la ética periodística no depende de qué tan buena persona sea un periodista. La ética periodística depende de qué tan bien use las técnicas del periodismo. Un periodista puede ser una buena persona, puede tener buenas intenciones; pero si no sabe manejar las herramientas del oficio se puede equivocar tremendamente y no le puede causar la muerte a una persona, sino a muchas. Esto puede ser muy peligroso. ¿Cuáles son esas herramientas que puede usar? La primera y más básica es la verificación. El periodista tiene que verificar y verificar: si tiene una versión de las cosas, hay que preguntar por la otra, o si tiene una acusación de alguien, preguntarle al acusado qué opinión tiene al respecto. La segunda herramienta es usar muchas fuentes, contrastar y comparar las fuentes. Cualquier evento, así sea el más sencillo, como un accidente en una esquina cuando un automóvil estrelló a otro, la única manera de saber qué pasó es consultar con muchas personas.”

Por eso, agrega Ronderos, “es muy importante contextualizar. Y puede ser otra norma fundamental. Tiene que ver con que las cosas no se pueden informar solas, las cosas sueltas, fuera de contexto… es casi desinformar. Si uno dice, por ejemplo, que un militar cometió un error, mató a unas personas por error. Si uno no cuenta cuál es el contexto, con qué miedo actuaba ese oficial, cuáles eran las circunstancias difíciles, si había neblina o cuáles eran las circunstancias históricas, geográficas, políticas del momento, entonces se puede entender todo mal y el periodista en lugar de informar, desinforma.”

Por su parte, Javier Darío Restrepo asegura que “en el caso de la violencia del narcotráfico, aparecen como objetivos de los periodistas: denunciar la indignidad del ideal del dinero fácil. Destacar el valor de la vida humana, de toda vida humana. Provocar el rechazo del público al poder ostentoso que resulta del dinero mal habido y de la presión de las armas.”

El crimen organizado también tiene su “estrategia de comunicación”: narcomantas, ejecutados con mensajes, videos en YouTube, narcocorridos… Lo señalaba el escritor Juan Villoro en su texto “La alfombra roja”, galardonado este año con el Premio Internacional de Periodismo Rey de España: “El narcotráfico suele golpear dos veces: en el mundo de los hechos y en las noticias donde rara vez encuentra un discurso oponente. La televisión acrecienta el horror al difundir en close up y cámara lenta crímenes con diseño ‘de autor’. Es posible distinguir las ‘firmas’ de los cárteles: unos decapitan, otros cortan la lengua, otros dejan a los muertos en el maletero del automóvil, otros los envuelven en mantas. En ciertos casos, los criminales graban sus ejecuciones y envían videos a los medios o los suben a YouTube después de someterlos a una cuidadosa posproducción. La mediósfera es el duty free del narco, la zona donde el ultraje cometido en la realidad se convierte en un informetial del terror.”

Ante esto, ¿qué hacer si algún mando delincuencial le ofrece una entrevista o un texto a un medio de información? En mayo de 2009 la revista Gatopardo publicó las memorias de Miguel Ángel Félix Gallardo, “el primer capo mexicano”. Guillermo Osorno, el director editorial, explicó entonces: “La primera reflexión, y la más urgente, fue si sacar a la luz un texto con un evidente impacto periodístico nos iba a convertir también en la caja de resonancia de los intereses del capo. Me di a la tarea de preguntar a los amigos periodistas colombianos sobre qué criterios habían aplicado ellos cuando han tenido en sus manos textos similares. En Colombia, me dijo Juanita León, autora de País de plomo, la historia del narcotráfico la han escrito los propios involucrados. Y es cierto, las publicaciones colombianas no han tenido reparo en ventilar estas versiones que se convierten en un foco de discusión pública y una fuente importante para el conocimiento del fenómeno. María Teresa Ronderos contestó de manera similar. Sólo había que cuidar, me dijo, que el texto no hiciera apología de la violencia.

En México, Ernesto López Portillo, director del Instituto para la Seguridad y Democracia, me dijo que todo registro formal de la expresión de un líder de la delincuencia tiene un valor inapreciable para mejorar la calidad del debate sobre el fenómeno criminal y su relación con el Estado. López Portillo señalaba que la clandestinidad de estos grupos son un reto para los investigadores y que “los testimonios de primera mano se convierten, entonces, en algo único”.

Un caso más reciente es el de Julio Scherer, quien el pasado 4 de abril publicó, en la revista Proceso, el relato de su encuentro con Ismael El Mayo Zambada, “estratega del cártel de Sinaloa.” Fue un acontecimiento que suscitó opiniones encontradas. Héctor Aguilar Camín escribió en el periódico Milenio: “Si alguien conservaba alguna duda de que el narco sabe usar a la prensa y hay prensa que se deja usar por el narco, no tiene más que acudir al encuentro que Julio Scherer aceptó tener con Ismael El Mayo Zambada, capo número dos del cártel de Sinaloa, uno de los más buscados y temidos de México. […] Zambada escogió a un vocero periodístico con autoridad. La autoridad del vocero confiere autoridad al que habla y el que habla, aunque habla poco, reconoce la autoridad de su vocero: ha leído sus libros y le parece que no miente. Supongo que Scherer no hace sino repetir una vieja historia de periodistas en países donde el crimen organizado se vuelve centro de las noticias. Llegados a ese punto, de pronto la entrevista con un jefe del narco es codiciable. Momento climático de nuestra confusión pública: el criminal se vuelve personaje y puede escoger al periodista que lo visita. El Mayo Zambada escogió a un santón de la prensa mexicana, y el santón fue a su guarida, ‘un lugar no revelado’, derramando adrenalina, valentía, entereza periodística. Qué pena.”

En contraposición, Javier Darío Restrepo, para quien el narcotráfico es la gran historia que los periodistas tienen que contar en este siglo en México, opina que “cualquier periodista consciente de su responsabilidad para con la sociedad, hubiera hecho lo mismo que don Julio. Es tarea del periodista dar a conocer lo que pasa, aportar elementos de comprensión y conocimiento y contribuir así a la toma de decisiones y a la movilización de la sociedad. Las autoridades ven con recelo al periodista que no se atiene a su idea del trato que debe darse a los delincuentes. Es una idea que no puede ser igual a la del periodista, quien parte de la convicción de que para conocer una situación, se deben escuchar los puntos de vista de todas las partes. Para la sociedad es una necesidad saber quiénes son los que la amenazan o le hacen daño, por qué actúan así, qué conciencia tienen del daño que hacen, qué reclaman y esperan de la sociedad. En una palabra, utilizar la fuerza de las palabras, como alternativa a las acciones de fuerza.”

*Periodista mexicano, ganador del Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 2009, en la categoría de prensa escrita.

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