Sbado, 17 Agosto 2019
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1991-2011, la dura marcha ciudadana
Este País | Fernando Serrano Migallón | 06.04.2011 | 0 Comentarios

A vuelo de pájaro, el autor recorre con aguda vista los últimos veinte años de la historia de México. Identifica cada uno de los puntos de inflexión para constatar la honda transformación que hemos sufrido —y logrado— como país y sociedad.

Debería haber una ley, al menos estilística, que obligara a todos quienes gustan de escribir recuerdos, a todos los que fabrican crónicas, a comenzar sus escritos con las palabras sacramentales de José Emilio Pacheco, que son la suma de toda la condición humana en torno a su memoria: “Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquel?…”, sobre todo ahora, cuando en ocasión del xx aniversario de Este País, parece oportuno evaluar estas dos décadas de experiencia humana. Vuelvo a las páginas de Las batallas en el desierto en busca de un parámetro para medir la magnitud de las transformaciones ocurridas en los últimos años; parece imposible. El mundo y México cambiaron más en los últimos 20 años que en las décadas que transcurrieron entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el de la guerra fría, al grado que comportamientos y valores habituales entonces, resultan ahora recuerdos de museo.

Es verdad, la Guerra Fría había terminado un par de años antes de 1991; la Unión Soviética extinta iniciaba un periodo de limbo histórico en que todo podía suceder; México y el mundo entero entraban en una alegre vía de libertad sin límites, de riquezas abiertas para todo el que quisiera apostar por ellas; año aquel en que el Senado de los Estados Unidos aprobaba en un mítico fast track el tlcan porque, así lo interpretábamos los mexicanos, éramos un mercado sumamente deseable; cerraba sus puertas la vieja refinería de Azcapotzalco y todos veíamos la inminente entrada a un mundo de velocidad sin límites y de tecnologización inmediata; la propia muerte de Rufino Tamayo simbolizaba, no sin pena, que el México de antes se estaba acabando; hasta Miss Universo ese año era mexicana. Los ciudadanos mirábamos expectantes la televisión porque cada nota nos aproximaba a un mundo al que habíamos aspirado hacía mucho; éramos fuertes, prósperos y el mañana era nuestro. De 1992 a 1994, el Presidente Salinas visitaba las grandes capitales demostrando cuán lejos podríamos llegar los mexicanos; en el 92 éramos invitados de honor a la Feria Internacional del Libro de Frankfurt; se fundan sedesol e indesol; la solidaridad, herencia de los entonces ya míticos momentos del terremoto de 1985 y principal característica del mexicano en nuestro nuevo imaginario, representaba la generación de riqueza incluyente, y pensar que algo podría no marchar del todo bien parecía una locura o al menos una infidelidad a la euforia colectiva de la que sólo los marginados no participaban: era el momento de la clase media. Para responder a los magnos eventos del Quinto Centenario Iberoamericano, México formó la magna colección “Esplendores de treinta siglos”, memorable para todos los que pudimos admirarla, mítica para quienes la tuvieron que contemplar en libros o catálogos.

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Hubo, sin embargo, un año signado por el destino, un año en que muy pocos, casi nadie, podía leer los signos de que algo, no sólo en México sino en todo el mundo, no estaba marchando bien, cosas que a la larga harían que sistemas tradicionales se vinieran abajo, que los ciudadanos, en países como el nuestro, con una escasa tradición ciudadana, se organizaran y se vieran obligados a llevar el ritmo de la marcha al futuro mientras el resto de las instituciones, a distintos ritmos y con diferentes destinos, vivirían procesos de transformación que todavía no terminan.

En 1993 el peso perdió tres ceros y los millones se hicieron miles, los bienes de consumo volvieron a precios humanamente manejables y nadie tendría que volver a comprar un kilo de carne de cerdo en $22,000. Pero ese año también, cuando murieron Cantinflas, Lola Álvarez Bravo y Blas Galindo, es asesinado el Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, y es aprehendido el narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán. El destino luminoso comenzaba a dejar ver algunas sombras de un mañana que no podíamos imaginar. 1994 sería entonces el año de un lento despertar que comienza en la primera mañana de enero con el levantamiento zapatista y que nos llevó de las comodidades del progreso al sobresalto de los homicidios políticos de Colosio y Ruiz Massieu; entonces nadie sabía que el sistema de partido hegemónico tocaba su último sexenio.

Los ciudadanos tendríamos que acostumbrarnos a escenas de violencia que no conocíamos y que, sin saberlo, se habían incubado a lo largo de muchos años; diversas transformaciones dentro del Estado habrían de dejar al descubierto las costuras de un sistema poco habituado a lidiar con una opinión pública combativa y con la preeminencia de los derechos humanos; narco era una palabra que cada día ocupaba más tiempo de la reflexión, la noticia y la charla. Un día el Presidente rindió su informe sin salutación y, entonces, muchos se dieron cuenta de que había cosas que ya nunca serían como antes; otro día aprehendieron a Jesús “El Güero” Palma y, semanas después, a la cuñada de un Ex Presidente; cuando se supo de la matanza de Aguas Blancas, ya todos sabíamos que la espiral de las transformaciones estaba excediendo el estrecho marco de las oficinas gubernamentales y que entrábamos en un periodo de excepción histórica que bien anunciaba lo que el imaginario colectivo llamaba la constancia de los dieces: 1810, 1910 y, desde luego, 2010. Sin embargo, las instituciones siguieron siendo suficientemente fuertes para que la normalidad política y democrática, si bien sacudida, no pudiera verse interrumpida.

En 1995 el inegi dio los datos de un país que ya se había transformado para siempre. La población del país ascendía a 91,158,290 habitantes, es decir, 10 millones más que al inicio de 1990, casi el doble de la que tenía en 1970. El 41% de la población residía en cinco entidades: México, Distrito Federal, Veracruz, Jalisco y Puebla. El país, que imaginábamos como joven y vigoroso, había iniciado el proceso de envejecimiento poblacional; si en 1970 las personas menores de 15 años eran el 46%, en 1990 eran el 38%, y para 1995 apenas rozaban el 35%; de 1990 a 1995, la edad promedio aumentó de 19 a 21 años. Sin embargo, tuvimos que enterarnos de que, pese a todos los esfuerzos, el promedio de escolaridad de los mexicanos era de primero de secundaria, y la tasa de analfabetismo seguía teniendo dos cifras: 10.6%; que el 15% de las viviendas tenían todavía piso de tierra, el 14% no contaba con agua entubada, el 17% no tenía servicios sanitarios y el 25% no contaba con drenaje. La resaca del sueño del desarrollo nos alcanzaba con sus botas de siete leguas. Es verdad que entonces se aprobó la Ley del Sistema de Ahorro para el Retiro, que buscaba encarar el proceso de envejecimiento poblacional, y que la quisquillosa Comunidad Europea aceptaba negociar un tratado de libre comercio con México, pero también lo es que otras cosas comenzaban a preocupar a los ciudadanos de manera más apremiante. En el aniversario de Aguas Blancas apareció el epr, decidido a demostrar que no sólo actuaba en Guerrero, y el miércoles 28 de agosto, en una larga noche, realizó ataques de manera escalonada a instalaciones y puestos militares y de cuerpos policiacos en esa entidad, así como en Oaxaca, Puebla y el Estado de México. En los ataques, los miembros del epr utilizaron armas de alto calibre, granadas y bombas; el saldo fue de 15 personas muertas y por lo menos 22 heridos. A diferencia de lo ocurrido con Salinas y el zapatismo, el gobierno de Zedillo los acusa de terrorismo y se niega a dialogar. Hasta en la hierática jerarquía católica hubo visiones inauditas: tuvimos que presenciar el enfrentamiento del Abad Shulemburg y Norberto Rivera en torno a ciertas declaraciones del primero sobre las apariciones, discusión que mal disfrazaba una pequeña guerra por el santuario más influyente y mejor financiado del continente americano. Los protagonistas del futuro próximo comenzaban a desplazar a los de los antiguos escenarios. Así, Andrés Manuel López Obrador era electo presidente del Comité Ejecutivo Nacional del prd, en sustitución de Porfirio Muñoz Ledo, quien había terminado su periodo. El ife se compone de nombres nuevos, pero sobre todo de nombres de ciudadanos: como consejero presidente se designó a José Woldenberg; además están Juan Molinar Horcasitas, Jacqueline Peschard, Alonso Lujambio, Mauricio Merino, Jaime Cárdenas Gracia, Emilio Zabaldúa, José Barragán y Jesús Cantú, algunos de ellos también protagonistas de futuras escenas políticas. Lo mismo sucedía en el gabinete del Presidente Zedillo. Por un lado, los secretarios identificados no con partidos sino con grupos ciudadanos o instituciones neutrales como la unam, entre ellos Juan Ramón de la Fuente (Secretaría de Salud), Julia Carabias (Secretaría del Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca), Miguel Limón Rojas (Secretaría de Educación Pública), Arturo Warman (Secretaría de la Reforma Agraria). Por el otro, lo imposible hasta entonces en la historia política de México, un colaborador proveniente del grupo tradicional de la oposición, como Procurador General de la República: Antonio Lozano Gracia. Una lectura correcta abría paso al diálogo y a la incidencia ciudadana; puede decirse que desde la efervescencia de las organizaciones ciudadanas en 1985, no se había visto una movilización similar de grupos ecologistas, obreristas, de consumidores o de participación política, si bien, a diferencia de lo ocurrido en la década de 1980, esta vez ciudadanos más combativos y participativos, dotados de mejores mecanismos, iban forzando desde la opinión pública la toma de decisiones y, lo que resulta más importante, iban desarrollando su propia fuerza de gestión. A final de cuentas, en los años siguientes dos tendencias iban a fortalecer a su despecho el poder ciudadano: la acumulación de poder en manos de los partidos políticos y el tema de la seguridad.

Los tres últimos años del gobierno de Ernesto Zedillo irían componiéndose del mismo modo en que un teatro es dispuesto para la escena crucial de un drama. En nuestro país y en aquel tiempo, la sensación incómoda que precede al cambio, cuando ya se presienten las transformaciones pero todavía no se pueden identificar con claridad, cuando los modelos anteriores ya no marchan pero aún no aparece otro modelo dominante, ése era el momento en 1997. En el mundo, México aparecía todavía bajo la sombra del modelo de desarrollo que en la primera mitad de la década de 1990 había dado tanto de que hablar, pero acusaba también transformaciones que hacían interesante su observación. Culturalmente, su fortaleza tradicional fue la base para convocar al Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, con sede en Zacatecas, en abril de ese año. Pero el gran cambio y la premonición ocurrió el 6 de julio, cuando el pri, por primera vez en la historia, perdía la mayoría absoluta en el Congreso de la Unión y obligaba al Presidente, también por primera vez, a la cohabitación política con la oposición; ese declive parlamentario no se detendría sino casi 10 años después. Asimismo, los procesos democráticos se aceleran: por primera vez los ciudadanos del Distrito Federal eligen a su gobierno y resulta electo el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. A su renuncia, por primera vez, una mujer sería jefa de gobierno de la Ciudad de México. Una vez más, la violencia política y la mayor presencia del narco permiten sucesos como los de Acteal. Los ciudadanos comienzan a sentirse amenazados mientras que los esfuerzos del gobierno parecen apenas suficientes para contener la situación económica que se mantiene estable; a esa estabilidad respondió, un año después, la firma del Tratado de Libre Comercio con Chile.

Durante el último año del siglo, las cifras de la delincuencia, particularmente las relacionadas con el narcotráfico, comienzan a elevarse, si bien en los primeros años del siglo xxi, de manera moderada, el pri acusa signos de ruptura y cierra el siglo con la escisión de Convergencia, la segunda de su era moderna si se considera también la encabezada por Cárdenas y Muñoz Ledo unos años antes. El siglo abre en México con un hecho inédito en su historia: por primera vez un candidato de la oposición alcanza la primera magistratura; en paz, sin violencia alguna, el pri reconoce su derrota, y aunque muchos anuncian la muerte de ese partido, la experiencia histórica demuestra una interesante composición del electorado mexicano. Vicente Fox, candidato del pan, se convierte en un presidente ungido por la oportunidad y la esperanza; acumula en su favor expectativas que en su momento no supo moderar y que convirtió en uno de sus propios enemigos. Sin lugar a dudas, fueron también los movimientos ciudadanos y los ciudadanos en lo particular los que dieron paso a esta transformación histórica; se comienza a hablar de “transición democrática” aunque, apenas unos meses después, se estuviera ya hablando de “alternancia” e incluso de “perfeccionamiento del sistema democrático”.

Todavía es pronto para hacer un juicio histórico de la primera década del siglo xxi. Sin embargo, habría que destacar, en el primer gobierno del siglo, dos hechos que serían definitivos en el desarrollo de la historia posterior. Por un lado, la futilidad, ligereza y banalidad en la persona del Presidente, que iba a derruir la imagen casi sacramental del primer mandatario pero que, a cambio, dejaba un gran vacío; las gracejadas del Presidente, mezcladas con una incultura proverbial, prohijaron un sentimiento de abandono del poder que en mucho se fortalecía tanto por los continuos escándalos de corrupción como por el descontrol en muchas de las instituciones; por la otra, la necesidad de los ciudadanos de defender sus derechos e intereses a través de organizaciones básicas como las de consumidores, usuarios, empresarios y vecinos. Apoyados no sólo por una opinión pública más combativa sino también más directa a través de los formatos digitales, habrían de llevar a una elección presidencial más competida de lo que hubiera podido esperarse, con un pri todavía debilitado pero aún vivo, un prd fuertemente combativo y asistido por la fuerte necesidad de muchos sectores golpeados por la decadencia económica mundial, y un pan que no alcanzaba a consolidarse como partido en el gobierno.

En fin, al llegar Felipe Calderón a la presidencia, contra una resistencia activa que muy pronto decepcionó a los electores, su gestión debía enfrentar dos grandes monstruos: la violencia desatada por una guerra entre grupos de narcotraficantes y la necesidad de imponer la ley, y una crisis económica mundial que no dejaba exentas a las finanzas mexicanas. Y en medio, una vez más, constantes y en trabajo, los ciudadanos. Una buena muestra de cómo funcionan hoy los ciudadanos es el importante ascenso en la labor del poder judicial federal, particularmente en materia de garantías e interpretación constitucional, pero también el uso de las redes sociales y los medios digitales para hacerse oír. Pasó 2010 sin que se cumpliera el pequeño milenarismo de quienes querían ver el desastre; pasarán muchas cosas, pero en todos estos años Este País ha sido testigo y también actor de la transformación de una sociedad en la que los ciudadanos hemos ido ocupando nuestro sitio; no una transición en toda forma pero sí un cambio muy profundo del que mañana, seguramente, nos sentiremos orgullosos.

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Fernando Serrano Migallónes Secretario Cultural y Artístico del conaculta y Académico de Número de la Academia Mexicana de la Lengua. ­Especialista en derechos humanos y constitucionales, ha sido Director de la Facultad de Derecho y Abogado General de la unam.

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