Domingo, 25 Agosto 2019
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Blues a la mexicana. ¿Por qué a los mexicanos nos llega tanto este género musical surgido en el río Mississippi?
Cultura | Hugo García Michel | 04.08.2011 | 0 Comentarios

Este acercamiento al blues en español, desde la idiosincrasia mexicana, arroja luz sobre la apropiación en nuestro país de una de las formas musicales más características de los Estados Unidos. El autor desentraña el espíritu que anima esta expresión artística y muestra que el género ha desarrollado en nuestra lengua una veta más variada y rica de lo que tendemos a suponer.

Como es bien sabido, el blues tuvo su génesis a finales del siglo XIX y principios del XX en los campos de esclavos africanos cercanos al delta del río Mississippi, al sur de Estados Unidos. Género musical y manifestación sociocultural, el blues se identifica esencialmente con la raza negra de la zona meridional estadounidense, núcleo humano que en principio parecería muy distante de ese otro núcleo constituido por los mexicanos de origen urbano de la segunda mitad del siglo pasado. Sin embargo, por alguna extraña cuestión a la que intentaré dar respuesta en este texto, a muchos de esos mexicanos nacidos en el Distrito Federal, Tijuana, Monterrey, Guadalajara y en varias otras ciudades, el blues los hace vibrar, les calienta la sangre, los seduce con su cadencia, su sentimiento y su sensualidad.

Podrá decirse que esto sucede en cualquier otra parte del mundo. Que los europeos y los asiáticos, para no hablar de los africanos, también aman y sienten al blues. No obstante, en México se dio un fenómeno peculiar, sobre todo a partir de los pasados años sesenta, cuando el género fue conocido de manera más o menos masiva entre los jóvenes, quienes no sólo lo adoptaron como escuchas sino también —y de muy particular manera— como intérpretes.

Un tipo llamado Javier Bátiz

No sé a ciencia cierta si se trata del primer mexicano que tocó música de blues, pero Javier Bátiz es, cuando menos, quien con mayor fuerza la impulsó y la difundió desde finales de la década de los cincuenta de la centuria anterior. En efecto, quien en realidad fue bautizado como Javier Isaac Medina Núñez comenzó a escuchar a Muddy Waters, John Lee Hooker, Howlin’ Wolf, Buddy Guy y Willie Dixon desde muy temprana edad, y en 1957 fundó a los TJ’s en su natal Tijuana. La banda interpretaba blues en inglés y a mediados del siguiente decenio emigró al Distrito Federal, donde bajo el nombre de Javier Bátiz and The Famous Finks se presentó en diversos sitios —hoy de algún modo legendarios—, como el Terraza Casino y el Harlem, y donde influyó a toda una generación de músicos avecindados en la capital de la República, quienes no querían tocar covers en español de canciones estadounidenses, a la manera de los Teen Tops, Los Locos del Ritmo, los Rebeldes del Rock o los Hooligans, sino que ya pretendían componer sus propias piezas aunque fuese con letras en inglés. Así surgieron grupos como El Hangar Ambulante o Three Souls in My Mind, cuya música estaba claramente basada en el blues.

Aun cuando en México todavía no existía una cultura bluesera, esa música de origen negro prendió de inmediato entre amplios sectores del público rocanrolero. Tampoco era algo ajeno o jamás escuchado con anterioridad. Simplemente, un ídolo como ya lo era desde años atrás Elvis Presley había cantado temas de blues o muy cercanos al mismo (desde “That’s All Right” hasta “Heartbreak Hotel” y desde “Hard Headed Woman” hasta “Milkcow Blues Boogie”, por mencionar sólo algunos). Lo mismo podía decirse de otros músicos como Little Richard, Chuck Berry, Fats Domino y Eddie Cochran, todos ellos muy escuchados en nuestro país. A final de cuentas, como dijera el propio Muddy Waters, “el blues tuvo un hijo y lo llamaron rock n’roll” (si bien en México se conoció primero al hijo que al padre).

El blues en español

Con todo, el blues obtuvo su carta de adopción en tierras mexicanas cuando sus letras empezaron a ser escritas en español. Agrupaciones como El Tri decidieron comunicarse con el público en su propio idioma y dejaron de lado la absurda idea de que sólo al cantar en inglés lograrían “internacionalizarse”. Esta nacionalización bluesera coincidió con los años de represión contra el rock que sobrevinieron a partir del malhadado festival de Avándaro. A lo largo de la década de los setenta y buena parte de la de los ochenta, el llamado rock urbano se marginó en la periferia de las ciudades para ser escuchado mayoritariamente en los infames hoyos fonquis (Parménides García Saldaña dixit). Con El Tri como adalid de esa etapa oscura, muchos de los grupos que lo acompañaron en la marginación empezaron a interpretar canciones con un estilo claramente basado en las estructuras del blues, con letras en español que en su mayoría retrataban la realidad de los jóvenes más lumpendesarrollados y empobrecidos. El desempleo, la miseria, la violencia policiaca, la falta de libertades, las peleas callejeras, las drogas, el alcohol y los amores sin correspondencia eran los temas que interpretaban bandas como El Haragán, Los Blues Boys, Tex Tex, Trolebús y un largo etcétera. Se creó así un público masivo, sobre todo en los alrededores del Distrito Federal y su inmensa área metropolitana, que quizá sin haber escuchado jamás a Sonny Boy Williamson o a Lightnin’ Hopkins, desarrolló un gusto espontáneo por el blues y su sentimiento implícito de dolor y rabia. Expresiones más finas de ese mismo blues que se hacía en México —muy en especial las del grupo Real de Catorce— vendrían a transformar a las letras espontáneas pero muchas veces limitadas y pedestres del rock-blues urbano, para alcanzar un grado mayor de poesía y una mayor sofisticación en sus melodías y armonías.

El rock pasteurizado

Cuando surgió el boom comercial del rock en español, a finales de los ochenta, con el arribo del pop español y argentino y el retorno de los jóvenes clasemedieros a los instrumentos clásicos del rock, el blues se vio más marginado aún. Agrupaciones como Caifanes, Café Tacuba, La Maldita Vecindad, La Lupita, La Castañeda y tantas otras, tomaron de modelos a bandas como Soda Stereo o Nacha Pop, en cuya obra no se distinguía el menor asomo de la música negra estadounidense que dio origen al rock que decían interpretar. Los medios impulsaron a este rock pasteurizado y deseducaron al público joven para crear a un nuevo tipo de escucha que, con el falso pretexto chovinista del “rock en tu idioma”, se vio terriblemente empobrecido en su cultura musical en general y en su cultura rocanrolera en particular.

Así ha sido hasta la fecha. Cuando uno escucha el rock (o lo que aún es llamado rock) que se hace hoy en México, en su mayor parte sigue basado en el movimiento inducido desde hace poco más de veinte años y no en las raíces primigenias del género, y sin embargo…

… se mueve

Pervive casi de manera inconsciente o escondido bajo la piel de muchos mexicanos un gusto esencial por el blues. Basta con que suene el compás inconfundible de una buena composición bluesera, basta con que brote una voz intensa o se escuchen las notas profundas y lloriqueantes de una guitarra o de una armónica para que un algo indescriptible e intangible penetre en la sangre y nos haga experimentar algo muy parecido a lo que podemos sentir con una canción ranchera de José Alfredo Jiménez, un bolero de Gonzalo Curiel o incluso algunos temas de Juan Gabriel, para no hablar de las canciones que interpretaban Javier Solís o José José. Es el mismo sentimiento profundo y casi siempre masoquista, gozosamente masoquista, que hay en canciones como “La que se fue”, “Desesperanza”, “Fallaste corazón” o “La diferencia”. Tal vez —y lo digo como mera hipótesis— con eso se explique en buena parte esa identificación mexicana con el blues.

Aunque hoy en día el blues en México es un movimiento muy pequeño, confinado a algunos pocos bares y a uno que otro festival (es una lástima que ya no existan de manera sistemática aquellos grandes festivales de blues que organizaba Raúl de la Rosa en el Auditorio Nacional y a los que llegaron a venir músicos míticos como Muddy Waters, John Lee Hooker, Taj Mahal, Willie Dixon y B.B. King, entre otros); aunque se trata de una expresión artística minoritaria, persisten en toda la República agrupaciones que hacen muy buen blues —ya sea a manera de covers de los clásicos o con sus propios temas— y se preocupan por difundirlo.

No podemos ocultarlo. En muchos aspectos, los mexicanos compartimos los sentimientos de dolor, de derrota, de frustración, de fracaso y de desamor de los negros estadounidenses y los sublimamos por medio de la canción ranchera, el bolero… o el blues. ~

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Músico, escritor, periodista y editor, HUGO GARCÍA MICHEL (Ciudad de México, 1955) colabora en Milenio Diario y Nexos, entre otros medios. Es autor de la novela Matar por Ángela.

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