Domingo, 25 Agosto 2019
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Tratados de libre comercio, ¿lo correcto?
Este País | Arturo Damm Arnal | 01.12.2011 | 0 Comentarios

La utopía capitalista de un mundo de flujos mercantiles irrestrictos reconoce en los tratados de libre comercio un paso importante aunque incipiente. Son, desde el punto de vista de nuestro columnista, aproximaciones a una dinámica económica de mayor competencia que, en último término, tiene en el consumidor a su principal beneficiario.

Cuando pedimos que el Estado proteja
el libre desarrollo de todos los órdenes de la actividad humana,
sin favorecer a unos a expensas de otros,
creemos que el conjunto de esas fuerzas vivas de la sociedad se
desarrollará armoniosamente bajo el influjo de la libertad.
Federico Bastiat

I

La globalización consiste en la eliminación de las barreras que, de manera arbitraria, los gobiernos han impuesto a las relaciones entre individuos de distintas nacionalidades y, por ello, se trata de un proceso de liberación, de una evolución a favor de la libertad para intercambiar información; para atesorar, ahorrar o invertir; para comerciar; para transitar por el mundo, todo ello sin más límite que el respeto a los derechos de los demás, globalización que, de llevarse a buen término, dará como resultado la globalidad, entendida como aquella situación en la cual (1) ningún gobierno prohíbe, entre sus gobernados y los ciudadanos de otros países, el intercambio de información; (2) ningún gobierno le prohíbe a sus gobernados el atesorar, ahorrar o invertir en el país que consideren más atractivo; (3) ningún gobierno prohíbe o limita el intercambio comercial entre sus gobernados y los ciudadanos de otras naciones; (4) ningún gobierno prohíbe, limita o condiciona la entrada o salida de personas, nacionales o extranjeras, hacia y desde su país.

©istockphoto.com/Zack Blanton

De llevarse hasta sus últimas consecuencias, la globalización daría como resultado la globalidad, definida como aquella situación en la cual los gobiernos reconocen plenamente, definen puntualmente y garantizan jurídicamente la libertad individual y la propiedad privada de sus gobernados, lo cual supone que las únicas acciones que deben prohibir y castigar son las delictivas por su propia naturaleza, es decir las que violan el derecho a la vida (asesinar), a la integridad física (mutilación, violación), a la libertad (esclavitud, secuestro) y a la propiedad (robo), lo que supone que ninguno de los cuatro frentes de la globalización —intercambio de información entre personas de distintas nacionalidades; atesoramiento, ahorro e inversión en el país que más convenga; intercambio de mercancías entre personas de distintas nacionalidades, y tránsito de personas entre todos los países del mundo— implica una actividad delictiva por su propia naturaleza, razón por la que cualquier ley, política pública o acción gubernamental que las condicione, limite o prohíba, resulta arbitraria.

Entonces, si ninguna de las acciones correspondientes a los cuatro frentes de la globalización son delictivas por su propia naturaleza, ¿por qué en muchos casos, en mayor o menor medida, los gobiernos las prohíben, limitan o condicionan? No porque tengan el derecho de hacerlo, sino simplemente porque tienen el poder para ello, que es algo muy distinto. ¿Qué se pretende con la globalización? En última instancia, eliminar ese poder arbitrario. ¿Cómo? Aboliendo las barreras que, despóticamente, los gobiernos han impuesto, en todos los frentes posibles, a las relaciones entre individuos de distinta nacionalidad, globalización de la cual forman parte los tratados de libre comercio, por medio de los cuales se pretende si no eliminar total y definitivamente —¡y en ello hay que centrar la crítica!—, sí reducir las barreras con las que los gobiernos condicionan y limitan el intercambio de mercancías entre personas de distintas nacionalidades.

II

¿Qué es un tratado de libre comercio? En esencia, es un acuerdo entre gobiernos de distintas naciones para reducir o eliminar las barreras que impiden o limitan el intercambio comercial entre los habitantes de sus respectivos países o, dicho de otra manera, es el acuerdo entre gobiernos de distintos países para ampliar los mercados de bienes y servicios, permitiendo la oferta de mercancías no solamente nacionales sino también extranjeras. Básicamente, consiste en la eliminación o rebaja sustancial de los aranceles, es decir, de los impuestos con los que los gobiernos gravan, sobre todo, la importación de mercancías. Como tales, los tratados de libre comercio forman parte integral de la globalización.
¿A quiénes benefician los tratados de libre de comercio? A los consumidores, quienes gracias al aumento tanto cuantitativo (mayor oferta de mercancías) como cualitativo (mayor oferta de mejores mercancías) en la oferta de bienes y servicios, consecuencia de las importaciones, son capaces de elevar sus niveles de bienestar. Las importaciones generan competencia, y la competencia entre oferentes de bienes y servicios da como resultado la trilogía de la competitividad en beneficio de los consumidores: menores precios, mayor calidad y mejor servicio.

¿A quiénes perjudican los tratados de libre comercio? La respuesta, aparentemente lógica: a los productores nacionales, quienes por obra y gracia de las importaciones, consecuencia de la eliminación de las barreras que el gobierno les imponía, que a su vez es efecto del tratado de libre comercio, ahora enfrentan la competencia. Ante ésta, se les abren tres caminos: (1) ser capaces de elevar la productividad (hacer más con menos; reducir costos de producción) para poder elevar la competitividad (hacerlo mejor que los demás; ofrecer a menor precio) hasta poder competir con las importaciones y así seguir operando en el mercado; (2) ser incapaces de elevar la productividad, lo cual hace imposible elevar la competitividad, lo cual impide que compitan con las importaciones, lo cual imposibilita que sigan operando en dicho mercado, momento a partir del cual tendrán que dedicarse a producir algún otro bien o servicio en el cual sí sean productivos y, por lo tanto, competitivos; (3) ser incapaces de dedicarse a la producción de alguna otra mercancía en la que sí sean productivos y competitivos, situación ante la cual la única opción es el cierre, que supone la liberación de factores de la producción, comenzando por el trabajo, que serán utilizados por algún empresario en la producción de alguna otra mercancía, cuya manufactura supondrá mayor productividad y competitividad.

Al final de cuentas, la competencia que, por obra y gracia de los tratados de libre comercio, traen consigo las importaciones, es ocasión para que de una u otra manera las empresas nacionales —hasta antes del tratado de libre comercio protegidas de la competencia generada por las mercancías extranjeras— eleven su productividad y competitividad o, dicho de otra manera, para que hagan un mejor uso —más productivo, más competitivo, en pocas palabras: más económico— de los factores de la producción a su disposición, que por ser escasos, deben utilizarse de la manera más económica posible.

Vistas así las cosas, ¿es correcto afirmar que los tratados de libre comercio, que los obligan a ser más productivos y competitivos, perjudican a los productores nacionales? Si la respuesta es que sí (que la competencia que traen consigo las importaciones sí perjudica a los productores nacionales, razón por la cual tiene que prohibirse), entonces lo que se está defendiendo, al final de cuentas, es la incompetencia, sobre todo la que da como resultado precios elevados, en perjuicio de los consumidores y, ¡esto no hay que pasarlo por alto!, de otros productores nacionales: si, gracias a las importaciones y al menor precio que ocasionan en una determinada mercancía, los consumidores gastan menos dinero, éstos tendrán más ingreso disponible para gastar en otros bienes y servicios, lo cual beneficia a los productores, que bien pueden ser nacionales.

Además de la reducción o eliminación de las barreras al comercio entre personas de distintas nacionalidades, con los tratados de libre comercio se buscan los siguientes objetivos: (1) promover las condiciones para la competencia justa; (2) incrementar las oportunidades de inversión; (3) proporcionar una protección adecuada a los derechos de propiedad intelectual; (4) establecer procesos efectivos para la estimulación de la producción nacional; (5) fomentar la cooperación entre países amigos, y (6) ofrecer una solución a controversias, todo lo cual apunta en la dirección correcta, sobre todo si se hace apropiadamente.

III

¿Cuál es, desde la perspectiva del verdadero libre comercio —que consiste en aquella situación en la cual la composición (el qué) y el monto (el cuánto) de importaciones y exportaciones lo determinan los oferentes y demandantes, ofreciendo y comprando en el mercado, sin ningún tipo de intervención del gobierno—, el contenido de un tratado de libre comercio, de verdadero libre comercio? En esencia el siguiente, que no excede de cinco renglones: “A partir de tal fecha los gobiernos signatarios de este tratado se comprometen a eliminar, total y definitivamente, las barreras, arancelarias y de cualquier otro tipo, impuestas a las relaciones comerciales entre los habitantes de nuestros países”. Nada más se necesita para pasar del proteccionismo, en cualquiera de sus versiones, al libre comercio que, si es el verdadero libre comercio, no tiene más que una versión, la del total y absoluto respeto a la libertad individual y a la propiedad privada, lo cual en el ámbito del comercio supone que el qué (composición) y el cuánto (monto), tanto de las importaciones como de las exportaciones, lo determinan, sin ninguna intervención gubernamental, ofreciendo y comprando en el mercado, oferentes y demandantes, tanto nacionales como extranjeros.

Hasta hoy los tratados de libre comercio, recogidos en cientos, y en algunos casos hasta en miles de páginas, han dado como resultado un comercio internacional menos condicionado y limitado por los gobiernos, pero limitado y condicionado en distintos grados, que van desde la prohibición para importar determinadas mercancías hasta la imposición de aranceles a la importación de otras, todo ello de una manera menos agresiva que en el pasado, pero todavía presente. Se ha avanzado hacia la libertad, pero se dista mucho de haber llegado a la meta: los privilegios (protecciones, apoyos, subsidios, concesiones monopólicas, etcétera) a favor de muchos productores nacionales siguen vigentes, y lo seguirán mientras perdure una prohibición para importar, un arancel que grave alguna importación, alguna cuota que limite la cantidad importada, algún permiso que condicione alguna importación.

Hoy, gracias a los tratados de libre comercio, el intercambio entre personas de distintas nacionalidades está menos condicionado y limitado que ayer, pero dista mucho de poder practicarse con entera libertad, ello en detrimento del bienestar de los consumidores, consumidores que somos todos.

En este, como en muchos otros temas, hay que ir más allá de la frontera.

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ARTURO DAMM ARNAL es economista, filósofo y profesor de Economía y Teoría Económica del Derecho en la Universidad Panamericana.

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