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Gilberto Bosques: un gran diplomático de la Revolución
Este País | José M. Murià | 01.08.2011 | 0 Comentarios

La notable tradición de México como país de asilo sería otra sin las páginas que escribió Gilberto Bosques Saldívar. Si la relación de España y Cuba con nuestro país puede plantearse en términos de fraternidad, es en parte gracias a la labor humanitaria que realizó Bosques en momentos sumamente delicados para esas naciones.

En la Francia vencida actuaron con toda impunidad y prepotencia, además de los nazis, las policías de Francisco Franco y Benito Mussolini y hasta de los japoneses, que incluso llegaron a tener su representación en Marsella, justo arriba de donde —después de que los alemanes entraron a París, el 22 de julio de 1940— el Consulado mexicano acabó por establecerse y plantarles cara.

Argeles-sur-Mer, France 1939Campo de concentración de Argeles Sur Mer. 1939. Fotografía tomada de todoslosrostros.blogspot.com

El Consulado se asentó primero en Bayona, pero los diplomáticos prefirieron mudarse a la costa del Mediterráneo cuando los invasores ocuparon también aquella zona. La Embajada de México, por su parte, después de Tours y San Juan de Luz, se asentó en Vichy. Pero la flexibilidad que permitía la anormal situación dio lugar a que el 15 de septiembre de 1940 pudieran habilitarse como parte de la legación, con derecho a que ondeara en sus balcones la bandera mexicana, cinco habitaciones del Hôtel du Midi, de Montauban, para darle asilo a Manuel Azaña, ante el inminente peligro de que fuera secuestrado por policías españoles, quienes en realidad lo intentaron. Finalmente, según lo especifica el telegrama del embajador Luis I. Rodríguez del 4 de noviembre: “Presidente Azaña murió hoy entre brazos mexicanos”.

Con justicia puede decirse, pues, que el traspaso de quien había sido el presidente legítimo de España se produjo en territorio legalmente mexicano. La bandera que ondeaba en el balcón del habitáculo donde se produjo el traspaso era ni más ni menos que la del águila y la serpiente.

Por otro lado, a pesar de los muchos obstáculos y peligros fomentados por las propias autoridades de esa Francia que eufemísticamente llamaban “libre”, la humanitaria ayuda de la representación consular mexicana, con el profesor Gilberto Bosques Saldívar al frente, alcanzó éxitos difíciles de imaginar, mayormente a favor de republicanos españoles pero también de judíos y libaneses —la jurisdicción del Consulado era vastísima, pues cubría también prácticamente toda la costa mediterránea. Se dice ahora que fueron más de 150 mil los seres humanos que salvaron la vida o al menos la libertad gracias a las gestiones de mexicanos y al respeto que consiguió para nuestra bandera el señuelo del petróleo recién nacionalizado.

Con recursos mexicanos y la ayuda de los cuáqueros, cuya valiosa participación está lejos de reconocerse como es debido, el Cónsul Bosques logró hacerse de dos castillos cercanos a Marsella: el de Reynarde, para más de 800 adultos, y el de Montgrand, donde llegó a haber unos 500 niños y mujeres. De cualquier manera, un número demasiado pequeño para la enorme necesidad. Por otra parte, muchos niños huérfanos y en mal estado de salud fueron acogidos en una “casa de recuperación” pirenaica con médicos y alimentación especial. Asimismo, para quienes corrían más peligro y requerían más protección, en los barrios marselleses de Mennet y Sulevin hubo sendos refugios bien guardados.

Junto a los campos de concentración franceses, tales refugios resultaban parecidos al paraíso terrenal: techo y calor, la mejor alimentación posible, ayuda médica y la promoción de muy diversas actividades culturales o simplemente recreativas que distrajeran a los acogidos y aliviaran un tanto su tensión.

Otros casos que requerían de protección más cuidadosa y un manejo mucho más discreto se acomodaron en diferentes hoteles y pensiones con el patrocinio económico del consulado.

Los nazis no perdonaron a los mexicanos su gesta, de manera que al entrar México en la conflagración que llevaría a sus mejores aviadores a combatir en el Pacífico Sur, la legación mexicana en Francia fue prácticamente asaltada por la Gestapo y las cuatro decenas de funcionarios, con todo y sus familias, fueron llevados por las autoridades francesas a Amélie-les-Bains, en los Pirineos. Posteriormente, en vez de ser enviados a México como correspondía, fueron entregados formalmente a los alemanes en Mont d’Or y recluidos en lo que Bosques mismo llamó “el hotel-prisión de Bad Godesberg”. Ahí permanecieron más de un año.

La primera aventura europea del profesor Gilberto Bosques terminó cuando, finalmente, cada mexicano fue permutado en Lisboa por 12 prisioneros alemanes que había en México.

El regreso se hizo en un barco sueco, el Gripsholm, hasta Nueva York y, de ahí, un vagón especial que facilitó el gobierno de Washington depositó a los viajeros en la estación central de Buenavista donde, a pesar del gran retraso respecto de la hora anunciada, encontraron una multitudinaria y entusiasta recepción popular. “Realmente todos los andenes y los patios estaban llenos”, dijo Bosques.

¿Quién era este hombre alto, corpulento y de perfil recio que atraía todas las miradas y muestras de afecto? Pues en el fondo un mexicano de tantos que, desde muy temprana edad, abrazó la causa de la Revolución. Para ello, dejó truncos sus estudios de magisterio, aunque los concluyó algunos años después.

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Quizás el último episodio público relevante de su vida tuvo lugar el 4 de agosto de 1988, en la elegante sede principal de la Secretaría de Relaciones Exteriores, ubicada entonces en el antiguo barrio de Tlatelolco. Ese día, con bombo y platillo, Gilberto Bosques entregó formalmente al Archivo Histórico de esa dependencia, uno de los mejores del país, los papeles que constituían su acervo diplomático. Previamente habían sido ordenados por personal del propio ministerio.

Pero, además, también por cuenta de personal capacitado, se le había hecho una larga entrevista sobre su gestión, de acuerdo con los requerimientos de la llamada “historia oral”. El texto obtenido fue cuidadosamente organizado y procesado por Graciela de Garay, hasta convertirse en un libro editado por la propia Cancillería mexicana, el cual fue presentado también junto con sus documentos.

Gilberto Bosques nació en Chiautla, en el estado de Puebla, el 20 de julio de 1892. Fue hijo de campesinos acomodados. Su instrucción elemental se la proporcionó con el orden debido doña María de la Paz, su madre, misma que luego validó oficialmente en la ciudad de Puebla para que pudiera ingresar a su Instituto Normalista. El mismo 20 de noviembre de 1910 estuvo a punto de morir cuando fue reprimida con lujo de violencia la conspiración de los hermanos Serdán, pero logró sumarse a los grupos armados que arremetieron contra el gobierno en la Sierra Madre. Luchó contra el gobierno de Victoriano Huerta y combatió la intervención yanqui en Veracruz.

En 1916 le faltaron unos cuantos meses de edad para ser uno de los diputados constituyentes. Pero sí pudo participar, a principios de 1917, como diputado del Congreso estatal en la redacción de la Constitución particular del estado de Puebla.

Por ser un hombre de enseñanza, decidió entonces organizar el primer Congreso Nacional Pedagógico, cuya intención era la de comenzar la adecuación de la enseñanza nacional al emergente ideario revolucionario.

En 1921 fue Secretario General de Gobierno de Puebla y, al año siguiente, ya con edad de sobra suficiente, pasó a ocupar una curul en la Cámara de Diputados federal. Ocho años después volvería a hacerlo. En 1938 llegó a ser Director del periódico El Nacional, en cuya sección editorial ya venía colaborando.

Durante su primer ejercicio como diputado federal, Bosques Saldívar había ya fijado su residencia en la Ciudad de México, atrapado por el periodismo, especialmente sobre temas económicos e internacionales, de los que sabía originalmente muy poco pero rápidamente aprendió mucho. Llegó incluso a ser Jefe de Redacción, en 1930, de la revista Economía Nacional, cuando también se inició como colaborador de una estación radiofónica.

De cualquier manera, tampoco soslayó sus antecedentes magisteriales. Trabajó en la Secretaría de Educación, primero como Jefe de Prensa, durante un corto tiempo, en 1929, y después como Jefe de Enseñanza Técnica para Mujeres, de 1932 a 1934. Poco antes de partir para Francia había sido nombrado Presidente del Centro de Estudios Hispanoamericanos.

Conocido por muchos de los dirigentes nacionales y amigo de una buena cantidad de ellos, en especial de quienes manejaban la política exterior de México, a nadie sorprendió que en 1938 el Presidente Lázaro Cárdenas, con quien compartía el ideario político y social, lo nombrase Cónsul General en Francia. Solamente algunos diplomáticos de carrera y de viejo cuño hicieron cuanto les fue posible para evitar su traslado e instalación en París.

En esos momentos se veía venir el derrumbe de la República Española y el presidente mexicano envió una de las mejores cartas disponibles. A fin de cuentas, los acontecimientos demostraron cuán acertada fue su decisión.

Cuando las cosas se pusieron en verdad difíciles, Bosques contó con la autorización expresa del Presidente Lázaro Cárdenas para actuar como mejor le pareciera, sin esperar la siempre lenta autorización de la Cancillería.

Lógico es suponer que el gobierno mexicano, encabezado desde 1940 por el General Manuel Ávila Camacho, el último militar en ocupar la presidencia, procurara aprovechar la experiencia del profesor Bosques. Así, alrededor de un año después de su regreso a México y de pensar en él para ir a París o Roma, se decidió que se convirtiera en embajador y ministro plenipotenciario en Portugal, con la intención primordial de “auxiliar a los españoles que escaparan de España” y evitar que fueran regresados a su país, lo que significaba indefectiblemente el cadalso. De nueva cuenta supo hacerlo muy bien.

Su antecesor, Juan Manuel Álvarez del Castillo, había establecido ya el camino entre 1940 y 1944, al acordar extraoficialmente con Oliveira Salazar la tolerancia del tránsito, hasta su partida, de quienes lograran entrar al país y acogerse a la protección de México. Lo mismo hizo Bosques durante los casi cuatro años de su gestión y la lista de españoles que salvaron la vida gracias a él o a las instrucciones de su gobierno se siguió incrementando.

Por otro lado, Bosques aprovechó la posibilidad que le ofreció la intermediación del embajador brasileño para rescatar de Madrid casi todo el archivo de la Embajada mexicana, parte del mobiliario, la biblioteca y algunas obras de arte. El deseo del gobierno de Franco de ganar entonces la buena voluntad del gobierno mexicano en aras de conseguir su reconocimiento o de que mermara su explícita animadversión en los foros internacionales, hizo que las autoridades se hicieran de la vista gorda desde que los camiones salieron de Madrid hasta que cruzaron la frontera.

Finalmente, al declinar 1949 podía decirse que su misión había concluido y, el 25 de enero de 1950, partió rumbo a Estocolmo a desarrollar en Suecia y Finlandia una carrera diplomática libre de sobresaltos y marcada más que nada por la difusión de la cultura mexicana y la promoción del intercambio económico de aquellos países con el suyo.

Precisamente por la vida tranquila que llevó, muchos años después Bosques comentaría que su estancia en Suecia, después de su gestión en Francia y Portugal, le había dejado la sensación de que había estado de vacaciones, a pesar de que su actividad fue intensa. La única incomodidad era el frío… pero en 1953 este problema fue resuelto al ser enviado como embajador en la República de Cuba. Alguien dijo que había pasado del sol de medianoche al sol de todo el día.

Primero fueron los “colaboracionistas” franceses y la Gestapo, después la eficiente policía de Lorenzo en Portugal. Ahora debería vérselas con el terrible Servicio de Inteligencia Militar (sim) del dictador Fulgencio Batista, mucho más burdo e ignorante que Oliveira Salazar pero igualmente duro y sanguinario.

Diez años duró su estancia en La Habana: primero le tocó el progresivo endurecimiento de la dictadura conforme crecía la oposición y, más aún, cuando ya se declaró francamente abierto el frente guerrillero de Fidel Castro y compañía en Sierra Maestra, al oriente de la isla.
Luego vendría el triunfo de la Revolución, en 1959, y la progresiva radicalización de la misma ante la resistencia de Estados Unidos a los cambios que empezó a realizar el nuevo gobierno.

Durante la primera época —en virtud de su natural vocación y de que el presidente de México entre 1952 y 1958, Adolfo Ruiz Cortines, tenía la peor opinión de Batista— Gilberto Bosques ayudó cuanto pudo a la disidencia. No fueron pocos, otra vez, los perseguidos que salvaron su vida cuando lograron el asilo de la Embajada de México. Se llegó a dar el caso de que la Embajada hiciera uso de información privilegiada que llegaba de México, de Estados Unidos y de los mismos cubanos que no simpatizaban con el dictador, para advertir de lo que se planeaba contra determinados opositores. Sucedió incluso que tramitara una visa sin que el interesado tuviera conocimiento para que, en un momento dado, con ella en la mano, casi lo obligara a dejar el país y dirigirse a México. Con ello le era salvada la vida.

Mas a pesar de las simpatías manifiestas que tanto Bosques como la mayoría de los enemigos de las dictaduras militares, dentro y fuera de Cuba, profesaron por los “barbones” cubanos, cuando el primero de enero de 1959 Batista salió huyendo del país, acompañado solamente de los más íntimos, la Embajada de México dio asilo por igual a muchos miembros del gobierno caído y, conforme a las leyes vigentes, les dio salida para México, aunque la mayoría habría de escurrirse después a Estados Unidos, cuya embajada en Cuba, por cierto, mantuvo sus puertas más bien cerradas para ellos.

Vale decir, como el propio Bosques lo refirió siempre, que el sucesor del Presidente Ruiz Cortines, el abogado Adolfo López Mateos, nunca ocultó la preferencia de que la Revolución Cubana pudiera desarrollarse de la mejor manera posible.

Finalmente, en 1964, Gustavo Díaz Ordaz, paisano de Bosques y a quien éste conocía muy bien y con quien discrepaba mucho, fue electo Presidente de México. Bosques le pidió a López Mateos, todavía en funciones, que lo relevara de su encargo diplomático, para no verse “obligado a colaborar con ese señor”. Tenía 74 años de edad y se retiró a la vida privada, aunque sin sospechar que sería una etapa larguísima: murió este admirable mexicano, orgullo de la política exterior de la Revolución anterior a ésta, el 4 de julio de 1995, cuando le faltaban pocos días para alcanzar los 103 años.

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Doctor en Historia por El Colegio de México, JOSÉ M. MURIÀ es miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia desde 1993. Fue Presidente de El Colegio de Jalisco y Director General de Archivos, Bibliotecas y Publicaciones de la sre. En 1979 recibió el Premio del Consejo Mexicano de Ciencias Históricas. Colaborador de unomásuno y Reforma, entre otros medios, su más reciente libro es Jalisco: historia breve (FCE, México, 2011).

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