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Homenaje a los hacedores de imágenes
Cultura | Mirador | Ana Cruz | 11.02.2011 | 0 Comentarios

En es­ta ima­gen mi­ra­mos a un gru­po de fo­tó­gra­fos de la Re­vo­lu­ción Me­xi­ca­na. Esos hom­bres que en los años ague­rri­dos de 1910 lle­va­ron a ca­bo un ofi­cio muy par­ti­cu­lar, que fue el de re­gis­trar, con sus pe­sa­das cá­ma­ras, los su­ce­sos más im­por­tan­tes ocu­rri­dos en tiem­pos de la lu­cha ci­vil.

El in­ven­to de la fo­to­gra­fía se em­pe­zó a di­fun­dir por el mun­do en 1839, cuan­do el fran­cés Louis Da­gue­rre dio a co­no­cer pú­bli­ca­men­te su pro­ce­so pa­ra la ob­ten­ción de fo­to­gra­fías so­bre una su­per­fi­cie de pla­ta pu­li­da a la que nom­bró “da­gue­rro­ti­po”.

El in­ven­to muy pron­to ad­qui­rió po­pu­la­ri­dad, ya que era muy útil pa­ra ob­te­ner re­tra­tos. Los “re­tra­tos al da­gue­rro­ti­po”, co­mo se les lla­mó ini­cial­men­te, es­ta­ban de­di­ca­dos a re­gis­trar a la cla­se bur­gue­sa de la so­cie­dad fran­ce­sa, por ser mu­cho más ba­ra­tos que los pin­ta­dos. Es­ta ca­rac­te­rís­ti­ca dio un gran im­pul­so a la no­ve­do­sa téc­ni­ca.

En Mé­xi­co, el pri­mer da­gue­rro­ti­po se rea­li­zó en el mis­mo año en que su inven­tor lo die­ra a co­no­cer en Eu­ro­pa. Así que ya pa­ra la dé­ca­da de los cua­ren­ta, los pri­me­ros fo­tó­gra­fos na­cio­na­les se de­di­ca­ron a re­tra­tar a los miem­bros de las fa­mi­lias aco­mo­da­das del país. A la lle­ga­da de Por­fi­rio Díaz a la pre­si­den­cia de la Re­pú­bli­ca en 1880, és­te se con­vir­tió en uno de los prin­ci­pa­les per­so­na­jes de la fo­to­gra­fía de la épo­ca. Fue él quien im­pul­só el arri­bo de mo­der­nas cá­ma­ras de imá­ge­nes fi­jas en tie­rras me­xi­ca­nas, y pos­te­rior­men­te, en 1896, quien alen­tó a los her­ma­nos Lu­miè­re pa­ra que tra­je­ran “su nue­vo apa­ra­to”, que re­gis­tra­ba las imá­ge­nes en mo­vi­mien­to.

Fotografos_opt

Grupo de fotógrafos de la Revolución Mexicana, imagen de Manuel Ramos,

Ciudad de México, c. 1910.

Des­de el na­ci­mien­to de las pri­me­ras cá­ma­ras, los fo­tó­gra­fos se con­vir­tie­ron en per­so­na­jes le­gen­da­rios. No só­lo eran fuer­tes y há­bi­les pa­ra car­gar sus equi­pos, si­no que po­seían co­no­ci­mien­tos téc­ni­cos y sen­ti­do es­té­ti­co.

De acuerdo con la in­ves­ti­ga­ción rea­li­za­da y pu­bli­ca­da por Mi­guel Án­gel Be­ru­men Cam­pos en su li­bro Fo­to­gra­fía y Re­vo­lu­ción, la fo­to en cues­tión co­rres­pon­de a la au­to­ría de Ma­nuel Ra­mos, quien se en­cuen­tra en el gru­po de fo­tó­gra­fos re­tra­ta­dos.

Aun sin co­no­cer­los, los pro­ta­go­nis­tas de es­ta fo­to­gra­fía me re­sul­tan hom­bres de un enor­me atrac­ti­vo. No só­lo por su ga­la­nu­ra y ele­gan­cia —que pue­de apre­ciar­se en sus ges­tos, ro­pa y ac­ti­tud—, si­no también por­que se­gu­ra­men­te fue­ron aman­tes de la aven­tu­ra. Es­ta fo­to es an­te­rior a 1910, se­gún con­sig­na la in­ves­ti­ga­ción de Be­ru­men, pe­ro en los días pos­te­rio­res al 20 de no­viem­bre de ese mis­mo año, ca­da uno de ellos, cá­ma­ra en ma­no, de­bió sa­lir a do­cu­men­tar los di­fe­ren­tes ros­tros de la vi­da y la muer­te, du­ran­te uno de los epi­so­dios más san­grien­tos de nues­tra his­to­ria.

Al re­gis­trar las imá­ge­nes de la Re­vo­lu­ción, es­tos va­lien­tes inau­gu­ra­ron el fo­to­pe­rio­dis­mo de gue­rra na­cio­nal, que mos­tra­ba los ho­rro­res de la con­di­ción hu­ma­na. Sus len­tes de­ja­ron de re­fle­jar las son­ri­sas fa­mi­lia­res de los ri­cos sa­lo­nes pa­ra sal­tar a los cam­pos de ba­ta­lla y fi­jar las ca­ras más per­ver­sas de la lu­cha en­tre her­ma­nos.
De­bi­do a su sen­si­bi­li­dad y co­ra­je, un buen nú­me­ro de acon­te­ci­mien­tos fue­ron do­cu­men­ta­dos y de­nun­cia­dos en su mo­men­to. Gra­cias a su mi­ra­da in­qui­si­ti­va y cu­rio­sa, los he­chos ocu­rri­dos en tiem­pos de agi­ta­ción po­lí­ti­ca pue­den es­tu­diar­se hoy en día con se­re­ni­dad mi­nu­cio­sa.

Po­cos even­tos de la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad han si­do tan aten­di­dos por la fo­to­gra­fía y el ci­ne co­mo la Re­vo­lu­ción Me­xi­ca­na. La lis­ta de fo­tó­gra­fos de ese pe­rio­do al­can­za los tres ce­ros.

Al ver en es­ta ima­gen los ros­tros jo­via­les y fres­cos de los fo­tó­gra­fos —con ex­pre­sión in­ge­nua, di­ría yo—, re­sul­ta di­fí­cil ima­gi­nar que su ma­no fir­me dis­pa­ró la cá­ma­ra con frial­dad an­te cuer­pos mu­ti­la­dos y ca­dá­ve­res cal­ci­na­dos. Los más jó­ve­nes, ca­si ni­ños, sen­ta­dos en las es­ca­li­na­tas, son los asis­ten­tes de cá­ma­ra que muy pron­to de­bie­ron apren­der que se tra­ta­ba de un ofi­cio pa­ra el cual se ne­ce­si­ta­ba tem­pe­ra­men­to y ga­rra, más que ta­len­to ar­tís­ti­co.

Siem­pre he te­ni­do pro­fun­do res­pe­to por el ofi­cio del fo­tó­gra­fo. Me pa­re­ce que es un cam­po de tra­ba­jo que en­cie­rra mu­chos re­tos y se­cre­tos. Al co­no­ci­mien­to téc­ni­co de­ben su­mar­se in­tui­ción, de­ci­sión, pre­ci­sión, buen gus­to, vi­sión cer­te­ra y sen­ti­do hu­ma­no.

Tris­te es de­cir­lo, pe­ro el de­sa­rro­llo de la fo­to­gra­fía pe­rio­dís­ti­ca se ha da­do es­pe­cial­men­te en los con­flic­tos po­lí­ti­cos de los di­fe­ren­tes paí­ses o en las con­fron­ta­cio­nes bé­li­cas. El pa­pel de los fo­to­pe­rio­dis­tas ha si­do vi­tal pa­ra re­gis­trar la his­to­ria de las dis­tin­tas gue­rras en el mun­do. Ca­be men­cio­nar que la épo­ca do­ra­da del fo­to­pe­rio­dis­mo se re­gis­tra entre 1930 y 1950 en Eu­ro­pa, pre­ci­sa­men­te du­ran­te la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial, cuan­do la fo­to­gra­fía al­can­za un im­pre­sio­nan­te de­sa­rro­llo tec­no­ló­gi­co.

En nues­tro país, la pa­ra­do­ja es si­mi­lar. Con­for­me ocu­rría la des­truc­ción de la pa­tria, el fo­to­pe­rio­dis­mo iba ad­qui­rien­do es­pe­cia­li­za­ción y ofi­cio. Los ar­chi­vos fo­to­grá­fi­cos na­cio­na­les, pú­bli­cos y pri­va­dos, nos dan mues­tra de ello. Los pe­rió­di­cos, re­vis­tas y pu­bli­ca­cio­nes de la épo­ca, mar­can una for­ma de ha­cer pe­rio­dis­mo y son hoy en día un re­fe­ren­te in­va­lua­ble.

Cien años des­pués del inicio de la Re­vo­lu­ción, Mé­xi­co en­fren­ta una gue­rra in­ca­li­fi­ca­ble con­tra el cri­men or­ga­ni­za­do. Las imá­ge­nes de las con­fron­ta­cio­nes con­tem­po­rá­neas son mil ve­ces más crue­les y es­ca­lo­frian­tes que las re­gis­tra­das por los fo­tó­gra­fos de la Re­vo­lu­ción Me­xi­ca­na. Las pá­gi­nas de los dia­rios ac­tua­les nos gol­pean con sus imá­ge­nes vio­len­tas. Val­dría la pe­na re­fle­xio­nar so­bre la éti­ca de las imá­ge­nes, de las fo­to­gra­fías y los hom­bres que las re­gis­tran, las pu­bli­can y las ma­ni­pu­lan. Es im­por­tan­te re­cor­dar que en tiem­pos de gue­rra se vuel­ve más ur­gen­te que los ha­ce­do­res de imá­ge­nes, los fo­tó­gra­fos, su­men al co­no­ci­mien­to téc­ni­co, in­tui­ción, de­ci­sión, pre­ci­sión, buen gus­to, vi­sión cer­te­ra, pe­ro so­bre to­do sen­ti­do hu­ma­no.

La me­mo­ria vi­sual de un pue­blo se con­ser­va gra­cias a sus imá­ge­nes. El ima­gi­na­rio co­lec­ti­vo de la hu­ma­ni­dad en­cuen­tra sus prin­ci­pa­les re­fe­ren­tes en el tes­ti­mo­nio de la rea­li­dad, con­se­gui­do a tra­vés de una len­te fo­to­grá­fi­ca. Sin lu­gar a du­das, la res­pon­sa­bi­li­dad so­cial de los fo­tó­gra­fos de gue­rra es di­fí­cil e in­va­lua­ble.

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