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Cultura | El Espejo De Las Ideas | Eduardo Garza Cuéllar | 03.01.2011 | 0 Comentarios

A Leo­nel Nar­váez, co­mo ho­me­na­je
a su emo­cio­nan­te tes­ti­mo­nio

Ima­gi­ne­mos la es­ce­na. Nos en­con­tra­mos en la sa­la úl­ti­ma de es­pe­ra de un ae­ro­puer­to. Un gru­po de pa­sa­je­ros es­tá a pun­to de abor­dar.

A tra­vés del al­ta­voz, se es­cu­cha de re­pen­te una voz fe­me­ni­na, adies­tra­da en la ama­bi­li­dad ae­ro­por­tua­ria:

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Foto tomada de Flickr/CC/x-ray delta one

—És­te es un anun­cio de prea­bor­da­je (tra­duc­ción: ni pien­sen en po­ner­se de pie to­da­vía, no sa­bría que ha­cer con to­dos us­te­des de­ma­sia­do cer­ca, man­ten­ga­mos asép­ti­ca dis­tan­cia). Pa­sa­je­ros del vue­lo 356 con des­ti­no a la ciu­dad de Los Án­ge­les, es­ta­mos lis­tos pa­ra abor­dar. Úni­ca­men­te los pa­sa­je­ros de ra­za blan­ca, cer­ti­fi­ca­da, pue­den abor­dar en es­te mo­men­to en una so­la fi­la. Re­pi­to: pa­sa­je­ros de ra­za blan­ca sír­van­se abor­dar en es­te mo­men­to. Les su­pli­ca­mos que lle­ven con us­te­des su cre­den­cial pla­ti­no de cer­ti­fi­ca­ción ra­cial y su pa­se de abor­dar.

Dos (lar­gos) mi­nu­tos des­pués es­cu­cha­mos la mis­ma voz, en un to­no ca­si idén­ti­co:

—Pa­sa­je­ros de ra­za mes­ti­za o api­ño­na­di­tos pue­den abor­dar en es­te mo­men­to. Sír­van­se por­tar su tar­je­ta bron­ce al mo­men­to de abor­dar.

Fi­nal­men­te, des­pués de cin­co mi­nu­tos, es­cu­cha­mos, siem­pre a tra­vés del al­ta­voz, en un to­no más re­la­ja­do, que se es­fuer­za por man­te­ner­se ama­ble:

—Pa­sa­je­ros in­dí­ge­nas, ne­gros y res­tan­tes pue­den abor­dar en es­te mo­men­to. Sír­van­se ama­ble­men­te mos­trar só­lo su pa­se de abor­dar.

Una es­ce­na de es­te ti­po, por de­más co­mún y acep­ta­da en un tiem­po na­da re­mo­to, hoy nos in­dig­na­ría, lo cual es sin­to­má­ti­co no só­lo de que nues­tra con­cien­cia mo­ral se ha de­sa­rro­lla­do sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te, si­no de que pe­ca­mos de ana­cro­nis­mo, es de­cir que mien­tras bus­ca­mos en el nues­tro ma­les de otros tiem­pos, so­mos in­ca­pa­ces de re­co­no­cer las for­mas que la vio­len­cia co­bra hoy en día.

La es­ce­na des­cri­ta nos vio­len­ta­ría. Pe­ro el anun­cio nor­mal de abor­da­je de un avión, al igual que la vio­len­cia con­te­ni­da en el len­gua­je pu­bli­ci­ta­rio, en la fi­lo­so­fía del mar­ke­ting y en el con­su­mis­mo, pa­san inad­ver­ti­dos fren­te a no­so­tros.

Par­ta­mos de una com­pren­sión del con­su­mis­mo —así, con el is­mo que de­no­ta la ad­he­sión acrí­ti­ca de un gru­po so­cial a al­go— y de la dis­tin­ción en­tre es­ta de­vo­ción con­tem­po­rá­nea y el con­su­mo.

Si el con­su­mo es só­lo un es­la­bón —ne­ce­sa­rio— de la ca­de­na eco­nó­mi­ca, el con­su­mis­mo pue­de en­ten­der­se co­mo una apues­ta irra­cio­nal a di­cha prác­ti­ca que la aso­cia de ma­ne­ra más o me­nos con­scien­te con sen­ti­mien­tos de rea­li­za­ción, su­pe­rio­ri­dad, fe­li­ci­dad y au­toes­ti­ma: una ido­la­tría in­su­fi­cien­te­men­te es­tu­dia­da en sus prác­ti­cas y sus dog­mas, pe­ro hon­dí­si­ma­men­te arrai­ga­da en nues­tro tiem­po.

Só­lo en el áni­mo de com­pren­der las co­sas des­de sus ex­tre­mos po­de­mos pre­gun­tar­nos: ¿es aca­so la adic­ción a las dro­gas una ma­ni­fes­ta­ción de con­su­mis­mo en gra­do su­per­la­ti­vo? ¿No se tra­ta en­tre otras mu­chas co­sas de una es­pe­cie trá­gi­ca y pa­té­ti­ca de an­tro­po­fa­gia en la que al con­su­mir, nos ter­mi­na­mos con­su­mien­do? Y más aun, ¿có­mo fue que pa­sa­mos de ser los su­pues­tos su­je­tos, se­ño­res, del con­su­mo, a ser sus ob­je­tos? ¿Aca­so an­tes no ac­tua­mos co­mo anun­cios y co­mo mer­can­cías?

La nar­co­cul­tu­ra pa­re­ce con­fir­mar es­tas sos­pe­chas. Su pri­mer man­da­mien­to, “Ten­drás mu­cho, pron­to y de cual­quier ma­ne­ra”, y el se­gun­do, “Va­le ju­gar­se el to­do por el to­do pa­ra vi­vir aun­que sea cin­co años en la opu­len­cia, en lu­gar de cin­cuen­ta en la mi­se­ria”, apun­tan en ese sen­ti­do.

En Co­lom­bia exis­te un nú­me­ro cre­cien­te de mu­je­res de po­ca ca­pa­ci­dad ad­qui­si­ti­va que, aus­pi­cia­das por sus pro­pias fa­mi­lias, se so­me­ten sis­te­má­ti­ca­men­te a la ci­ru­gía plás­ti­ca con el fin de ha­cer­se ape­te­ci­bles al nar­co de tur­no: se com­por­tan co­mo mer­can­cías.

Ha­bién­do­nos vis­to en el es­pe­jo de lo su­per­la­ti­vo, con­ven­ga­mos que el te­ner mu­cho y rá­pi­do no só­lo es pre­cep­to del nar­co, si­no de nues­tra pro­pia fe con­su­mis­ta. ¿Aca­so no es és­te un man­da­mien­to que asu­mi­mos con cre­cien­te de­vo­ción? ¿Aca­so no tam­bién, en no po­cas oca­sio­nes, ha­ce­mos de mer­can­cías?

Des­de su fi­lo­so­fía de lo “as­pi­ra­cio­nal”, el mar­ke­ting ha inun­da­do nues­tro pai­sa­je de ob­je­tos y es­ti­los de vi­da que ofer­tan la fe­li­ci­dad pe­ro que tie­nen muy po­co que ver con no­so­tros.

Sa­be­mos que la pu­bli­ci­dad en el fon­do ofre­ce la per­te­nen­cia a un mun­do nue­vo. He­mos pen­sa­do tam­bién que, cuan­do os­ten­ta­mos en el es­pa­cio pú­bli­co sus mar­cas, sus au­to­mó­vi­les y sus ri­tua­les, nos con­ver­ti­mos en sus ven­de­do­res. En el fon­do, pa­ga­mos por pres­tar­nos de ma­ni­quís y de mo­de­los, de pu­bli­ci­dad an­dan­te.

En lo que no siem­pre re­pa­ra­mos es en que di­chos ri­tua­les ad­mi­nis­tran si­len­cio­sa, sis­te­má­ti­ca y ter­ca­men­te vio­len­cia.

Al igual que el pa­dre que acos­tum­bra pa­sar el do­min­go en Pe­ri­sur, el pai­sa­je ur­ba­no —al que per­te­ne­ce­mos— nos re­cuer­da in­sis­ten­te­men­te: ¡Tú no pue­des!, ¡tú no per­te­ne­ces!, ¡la fe­li­ci­dad es­tá re­ser­va­da pa­ra unos cuan­tos ex­qui­si­tos!

Los nar­cos pa­re­cen ser los que se can­sa­ron de as­pi­rar pa­ra co­men­zar a vi­vir el pa­raí­so con­su­mis­ta sin pro­por­cio­nes ni lí­mi­tes, de ma­ne­ra os­ten­si­ble y os­ten­to­sa, des­pro­por­cio­na­da. Aca­tan el mis­mo man­da­mien­to, pe­ro sin nin­gún otro que lo con­ten­ga.

Co­mo to­do cír­cu­lo vi­cio­so, el de la vio­len­cia de­be cor­tar­se por al­gún la­do y la éti­ca del con­su­mo su­gie­re fuer­te­men­te por dón­de.

No só­lo la cul­tu­ra de la pro­bi­dad y del es­fuer­zo —co­mo la del con­su­mo ra­cio­nal y res­pon­sa­ble— abo­nan en es­te sen­ti­do.

So­bre to­do, en la in­vi­ta­ción a res­ca­tar la vo­ca­ción sim­bó­li­ca —y el ca­rác­ter de me­dios— que tie­nen los ob­je­tos (el re­tor­no del ído­lo al sím­bo­lo), así co­mo en la vo­ca­ción hu­ma­na de com­par­tir, se en­cuen­tran dos pro­me­te­do­ras cla­ves en es­te sen­ti­do.

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