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Y sigo pensando en ti
Almanaque | Cultura | Cecilia Kühne | 11.02.2011 | 1 Comentario

El tiem­po es ese gris com­pa­dre
pi­tan­do allí sin ha­cer na­da.

Ju­lio Cor­tá­zar

“Na­cí en Bru­se­las en agos­to de 1914. Sig­no as­tro­ló­gi­co, Vir­go; por con­si­guien­te, as­té­ni­co con ten­den­cias in­te­lec­tua­les, mi pla­ne­ta es Mer­cu­rio y mi co­lor el gris (aun­que en realidad me gus­ta el ver­de). Mi na­ci­mien­to fue un pro­duc­to del tu­ris­mo y la di­plo­ma­cia”. Así es­cri­bió Ju­lio Cor­tá­zar en una car­ta en­via­da des­de Pa­rís en 1963. Po­co afec­to a descri­bir­se, leer sus pa­la­bras pro­du­ce el mis­mo efec­to —go­zo­so, mor­bo­so, emo­cio­nan­te, pro­hi­bi­do— de abrir la co­rres­pon­den­cia aje­na.

La car­ta es lar­ga. Res­pues­tas epis­to­la­res pa­ra una en­tre­vis­ta. Una for­tu­na sa­ber de su in­fan­cia. No por el afán del co­lec­cio­na­dor de da­tos si­no con la cie­ga as­pi­ra­ción de ha­llar es­pe­jos. ¿Se­rá cier­to que to­dos los bue­nos es­cri­to­res han te­ni­do una in­fan­cia in­fe­liz, que, co­mo de­cía He­ming­way, es un re­qui­si­to in­dis­pen­sa­ble pa­ra te­ner una bue­na plu­ma?

“Te­nía ca­si cua­tro años cuan­do mi fa­mi­lia pu­do vol­ver a la Ar­gen­ti­na —con­ti­núa el escrito—, ha­bla­ba so­bre to­do fran­cés, y de él me que­dó la ma­ne­ra de pro­nun­ciar la ‘r’, que nun­ca pu­de qui­tar­me. Cre­cí en Ban­field, pue­blo su­bur­ba­no de Bue­nos Ai­res, en una ca­sa con un gran jar­dín lle­no de ga­tos, pe­rros, tor­tu­gas y co­to­rras: el pa­raí­so. Pe­ro en ese pa­raí­so yo era Adán, en el sen­ti­do de que no guar­do un re­cuer­do fe­liz de mi in­fan­cia; de­ma­sia­das ser­vi­dum­bres, una sen­si­bi­li­dad ex­ce­si­va, una tris­te­za fre­cuen­te, as­ma, bra­zos ro­tos, pri­me­ros amo­res de­ses­pe­ra­dos.”

Foto tomada de Flickr/Mondo Gasparotto

Gra­cias por el re­fle­jo. Y ca­si te­rro­rí­fi­co que, de pron­to, la des­gra­cia aje­na nos ali­vie. Con­sue­lo de ton­tos. Oja­lá y to­do fue­ra co­mo eso: pen­sar que uno se pa­re­ce a Cor­tá­zar por­que tam­bién tu­vo tris­te­zas fre­cuen­tes y pri­me­ros amo­res de­ses­pe­ra­dos. (¿Quién no? ¡Cuán­tos de in­fe­liz in­fan­cia no con­si­guen atar su­je­to con pre­di­ca­do!)

Pe­ro Ju­lio re­ma­ta al fi­nal de la car­ta: “Yo creo que des­de muy pe­que­ño mi des­di­cha y mi di­cha al mis­mo tiem­po fue el no acep­tar las co­sas co­mo da­das. A mí no me bas­ta­ba con que me di­je­ran que eso era una me­sa, o que la pa­la­bra ‘ma­dre’ era la pa­la­bra ‘ma­dre’ y ahí se aca­ba­ba to­do. Al con­tra­rio, en el ob­je­to me­sa y en la pa­la­bra ma­dre em­pe­za­ba pa­ra mí un iti­ne­ra­rio mis­te­rio­so que a ve­ces lle­ga­ba a fran­quear y en el que a ve­ces me es­tre­lla­ba”.

Pe­ro no se es­tre­lló. Es­cri­bió Ra­yue­la, un día se en­con­tró ro­dea­do de cro­no­pios bai­la­ri­nes, per­tur­ba­do­ras fa­mas y es­pe­ran­zas que lo es­pia­ban y nos lo con­tó, nun­ca es­cri­bió un cuen­to ma­lo y su ver­ti­gi­no­sa vi­da de cos­mo­nau­ta lo lle­vó has­ta la poe­sía y has­ta acu­só a sus crí­ti­cos, con pa­la­bras bien di­chas por su­pues­to: “Se re­pro­cha a mis no­ve­las ese jue­go al bor­de del bal­cón, ese fós­fo­ro al la­do de la bo­te­lla de naf­ta, ese re­vól­ver car­ga­do en la me­sa de luz, una bús­que­da in­te­lec­tual de la no­ve­la mis­ma, que se­ría un con­ti­nuo co­men­ta­rio de la ac­ción y mu­chas ve­ces la ac­ción de un co­men­ta­rio”.

Hoy, que se han cum­pli­do veinticinco años de su muer­te, ya no que­dan car­tas su­yas que leer.

Apa­re­cie­ron, eso sí, co­mo una suer­te de re­ga­lo de Dios —“ese pa­ja­ri­to man­dón”, co­mo lo des­cri­be Cor­tá­zar ahí mis­mo—, unos pa­pe­les ines­pe­ra­dos. Un li­bro que ape­nas el año pa­sa­do, con ho­jas sa­li­das del fon­do de un ca­jón, pu­so an­te nues­tros ojos otros tex­tos. Al­gu­nos de cro­no­pios ol­vi­da­dos, otros que iban a ser par­te de Ra­yue­la. Mu­chos so­bre el amor —no hay otra co­sa— y sus mo­nó­lo­gos.

* * *

Ju­lio Cor­tá­zar mu­rió en Pa­rís el 12 de fe­bre­ro de 1984. La muer­te, di­je­ron sus ami­gos, nun­ca ha­bía que­da­do tan mal co­mo en­ton­ces. Hu­bo una tris­te­za y una re­sis­ten­cia a que el tiem­po de­ja­ra de ser su­yo. A su muer­te re­pa­sa­mos: Cor­tá­zar fue es­cri­tor de cuen­tos, pe­ro en rea­li­dad era un ena­mo­ra­do de la pa­la­bra. Co­mo res­pues­ta a los ins­ti­ga­do­res que ju­ran que no hay más al­ta ex­pre­sión de la li­te­ra­tu­ra que la no­ve­la, es­cri­bió Ra­yue­la, li­bro que, a pe­sar de pa­re­cer lo con­tra­rio, fue ca­li­fi­ca­do co­mo una an­ti­no­ve­la. Pu­bli­ca­da en el mo­men­to en que el fa­mo­so Boom la­ti­noa­me­ri­ca­no arro­ja­ba al mun­do de las le­tras a sus me­jo­res ex­po­nen­tes, ven­dió cinco mil ejem­pla­res el pri­mer año. El éxi­to se de­bió a mu­chas co­sas: su ai­re van­guar­dis­ta y de­sen­fa­da­do que per­mi­tía re­pa­sar al­gu­nas par­tes con una nue­va sin­ta­xis y una es­truc­tu­ra in­só­li­ta; el he­cho de que pue­de leer­se —co­mo ju­gan­do ra­yue­la— de prin­ci­pio a fin o si­guien­do las ins­truc­cio­nes del au­tor, ol­vi­dan­do los ca­pí­tu­los pres­cin­di­bles o re­co­rrien­do un rom­pe­ca­be­zas pro­pio. (Y ni ha­blar de las pa­sio­nes azu­za­das en el fa­mo­so ca­pí­tu­lo 6 con su “To­co tu bo­ca…”.) “Es­cri­bía lar­gos pa­sa­jes de Ra­yue­la sin te­ner la me­nor idea de dón­de se iban a ubi­car y a qué res­pon­dían en el fon­do. Fue una es­pe­cie de in­ven­tar en el mis­mo mo­men­to de es­cri­bir, sin ade­lan­tar­me nun­ca a lo que yo po­día ver en ese mo­men­to”, di­jo Ju­lio Cor­tá­zar.

Es por eso, por­que pue­de re­co­rrer­se co­mo se quie­ra, por­que ca­da ca­pí­tu­lo es una uni­dad en sí mis­mo, que crí­ti­cos y lec­to­res di­je­ron que así no eran las no­ve­las. Y te­nían ra­zón, no po­dían com­pa­rar a Ra­yue­la con nin­gu­na.

Fue­ron sus li­bros de cuen­tos, in­du­da­ble­men­te, las jo­yas más pre­cia­das de su obra. No por na­da so­lía de­cir que la no­ve­la nos ga­na por pun­tos pe­ro el cuen­to por knock out.

Foto tomada de Flickr/VeganWarrior

Dicen que al prin­ci­pio de su ca­rre­ra Cor­tá­zar in­ten­tó pu­bli­car sin nin­gún re­sul­ta­do. Pe­ro qui­so la for­tu­na que uno de sus cuen­tos lla­ma­ra la aten­ción de la per­so­na jus­ta. Es­cri­be Bor­ges re­cor­dan­do a Ju­lio: “Una tar­de, nos vi­si­tó un mu­cha­cho muy al­to con un pre­vi­si­ble ma­nus­cri­to. No re­cuer­do su ca­ra; la ce­gue­ra es cóm­pli­ce del ol­vi­do. Me di­jo que traía un cuen­to fan­tás­ti­co y so­li­ci­tó mi opi­nión. Le pe­dí que vol­vie­ra a los diez días. An­tes del pla­zo se­ña­la­do, vol­vió. Le di­je que te­nía dos no­ti­cias. Una, que el ma­nus­cri­to es­ta­ba en la im­pren­ta; otra, que lo ilus­tra­ría mi her­ma­na No­rah, a quien le ha­bía gus­ta­do mu­cho. El cuen­to, aho­ra jus­ta­men­te fa­mo­so, era el que se ti­tu­la ‘Ca­sa To­ma­da’”. Así, su bau­ti­zo en le­tras de im­pren­ta fue en la re­vis­ta Ana­les de Bue­nos Ai­res que di­ri­gía Jor­ge Luis Bor­ges.

Des­pués co­men­za­ron a pu­bli­car­se sus li­bros. Pri­me­ro vi­no Bes­tia­rio, des­pués Fi­nal de jue­go, lue­go Las ar­mas se­cre­tas, que in­cluía “El per­se­gui­dor”, un ses­go en la na­rra­ti­va de Cor­tá­zar, una ilu­mi­na­ción pro­vo­ca­da por la muer­te de Char­lie Par­ker. Ya pa­ra en­ton­ces sus cuen­tos ha­bían tras­pa­sa­do el me­ro gus­to pa­ra con­ver­tir­se en  me­mo­rias per­so­na­les: el ase­si­no sué­ter azul de “No se cul­pe a na­die”; el in­qui­li­no que se sor­pren­de vo­mi­tan­do otra vez un co­ne­ji­to; la tran­qui­la y atroz sor­pre­sa de “Ma­nus­cri­to ha­lla­do en un bol­si­llo”, el se­co in­fier­no su­ge­ri­do de “Las ba­bas del dia­blo” se con­vir­tie­ron en los me­jo­res epi­so­dios de vi­das aje­nas y con­for­ma­ron el gus­to li­te­ra­rio de mu­chos. En 1962 pu­bli­có His­to­rias de cro­no­pios y de fa­mas, li­bro úni­co en su gé­ne­ro y en la obra de Cor­tá­zar, con sus inol­vi­da­bles Ins­truc­cio­nes (pa­ra llo­rar, pa­ra dar cuer­da al re­loj, pa­ra en­ten­der tres pin­tu­ras fa­mo­sas, pa­ra su­bir una es­ca­le­ra), su lis­ta de Ocu­pa­cio­nes ra­ras y to­das las se­ña­les pa­ra en­ten­der la amar­gu­ra de los fa­mas y la ale­gría de los cro­no­pios.

El año de su muer­te, pu­bli­có Sal­vo el cre­pús­cu­lo, un li­bro que, in­ven­tan­do ver­sos, poe­ti­zó la su­pre­ma be­lle­za de su pro­sa. Lue­go él se fue. Pe­ro sus li­bros si­guen es­tan­do ahí. En­tre ellos un ver­so fa­vo­ri­to, “Siem­pre fuis­te mi es­pe­jo, es de­cir, que pa­ra ver­me te­nía que mi­rar­te”, y la con­vic­ción de que a pe­sar del ri­gor del al­ma­na­que Cor­tá­zar no se ha ido.

Una respuesta para “Y sigo pensando en ti”
  1. […] Julio Florencio Cortázar Scott nació en el 26 de agosto de 1914 en Bruselas. Hijo de padres argentinos, llegó por primera […]

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