Viernes, 30 Octubre 2020
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¿Por qué es un problema la lectura?

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Este País | Juan Domingo Argüelles | 01.01.2012 | 27 Comentarios

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Desarrollar el gusto por la lectura no es cuestión meramente de voluntad individual. El interés por los libros aparece sólo en ciertas circunstancias. ¿Qué propicia y qué inhibe la afición por la lectura? Si México no es un país de lectores es porque no hay condiciones para ello. El problema empieza en el sistema educativo.

A Jorge Medina Viedas

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La voluntad de leer

Cada vez son más frecuentes en México las reflexiones y debates sobre el poco o nulo “hábito de la lectura”. Poco o nulo hábito, se entiende, de un particular tipo de lectura: el canónico, es decir el de los libros de calidad, el de los clásicos antiguos y modernos o, con palabras de Harold Bloom, el del “canon occidental”.

Yo mismo he abonado no pocas páginas ni escasas palabras a este tema, que se ha vuelto de pronto “muy importante” lo mismo para el discurso oficial que para el interés privado. Pero lo que más me inquieta es que, en este asunto que parece tan importante, casi todos los análisis vayan exclusivamente por el sendero literario y estético hasta desembocar en un punto predecible que ya se ha vuelto lugar común: la vergüenza nacional que representa la muy precaria práctica de lectura y “la falta de disposición” de los mexicanos para leer buenos libros. (También España se avergüenza de que sólo 3% de sus alumnos alcance el nivel más alto de resultados de la prueba OCDE-PISA, en destreza lectora, y del hecho de que su índice de lectura esté “a la cola de Europa”. ¿No lo sabían?)

Lo preocupante de los análisis literarios sobre la lectura es su inflamado lirismo y su acentuada ingenuidad, y el que hagan muy poca o ninguna inflexión sobre lo social y lo pedagógico, es decir sobre la realidad circundante de los lectores y los no lectores.

En los discursos de los escritores siempre queda flotando en el ambiente la especie de que la gente no lee buenos libros porque carece de la decisión para hacerlo y, en cambio, utiliza con alegre y necia disposición mucho de su tiempo en actividades deleznables cuando no nocivas para su salud intelectual.

La mayor parte de los escritores, intelectuales y gente culta piensa así. Son muchos los que observan el fenómeno de la lectura como una muy positiva abstracción a la que la realidad prácticamente no afecta; y lo hacen desde una posición poco realista. En la cima del intelectualismo, la perspectiva de lo cotidiano se empequeñece o se difumina, hasta imposibilitar una mirada peatonal. De ahí que todo se reduzca al siguiente postulado: Leer buenos libros es bueno; no leer libros buenos, o simplemente no leer libros, es malo.

Tal razonamiento resulta, desde luego, inobjetable. Pero de lo que no se habla es del fondo del asunto, del por qué se lee y del por qué no se lee. Atribuir los motivos exclusivamente a la voluntad, o a la falta de ella, es una explicación demasiado simplista y bastante errónea.

Cuando no nos preguntamos el porqué de las cosas ni tratamos de entender qué hay más allá de nuestras certidumbres cultas, la “buena lectura” volitiva se convierte en lo que Bertrand Russell denominó un “mito agradable”. Así, la gente culta concluye que leer libros es cosa estupenda pero no se explica (es decir, le parece ¡asombroso!, ¡increíble!, ¡inconcebible!) que haya gente que no quiera leer o a la que no le seduzca el elevado ejercicio espiritual de leer libros.

¿Qué es lo único que necesita la gente para leer buenos libros?, es la pregunta implícita y explícita desde ese “mito agradable”. Y la respuesta inmediata es: Iniciativa, determinación y ansias de conocimiento.

Pero ello no es así como así. En el fondo hay una realidad que no aparece en esta bienintencionada y candorosa respuesta que soslaya o no comprende lo más importante: la situación, el entorno, el ambiente, la realidad.

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Circunstancias y educación

Desde sus condiciones privilegiadas, desde sus ámbitos de comodidad, cuando ya se poseen circunstancias muy favorables para, efectivamente, desear leer, muchos escritores no examinan a qué se debe realmente eso que se ha dado en llamar, en términos sanitarios, “el problema de la lectura”.

Su pensamiento se queda en la abstracción estética y en el ideal positivo de leer y promover la lectura de los mejores libros, pero no va más allá. Se preguntan, escandalizados: ¿Cómo es posible que, siendo tan maravillosa la lectura, la gente no quiera leer? Y ahí detienen su cuestionamiento; de modo tal que el motivo principalísimo de la falta de lectura acaba atribuyéndose a la simple desidia.

No entienden las condicionantes sociales, no toman en cuenta las limitaciones económicas, soslayan ―como si no existieran― las adversas circunstancias laborales y familiares, y no se enteran en absoluto de lo pésimo que es el sistema educativo, una de cuyas consecuencias más graves es no sólo no favorecer, sino sobre todo obstaculizar, el libre desarrollo intelectual y espiritual de las personas.

Por ello, no es muy inteligente sostener que los mayores culpables de su falta de cultura literaria y libresca ―producto de su atávica indolencia― son, sobre todo, los individuos, y no las instituciones formativas y las circunstancias en las que viven dichos individuos.
La mayor parte de los escritores e intelectuales cree de veras que la gente es muy bruta simplemente porque no se le pega la gana de leer a los grandes escritores, a los autores de las obras maestras que han transformado a la humanidad. Pero los viejos y hoy poco leídos Ensayos sobre educación (1926), de Bertrand Russell, nos ofrecen muchas respuestas claras y sensatas sobre este asunto tan llevado y traído, sobre el cual todo el mundo culto moraliza y pontifica pero sin llevar a cabo un análisis veraz.

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El “problema de la lectura” en México, y en muchos otros países, no es otro que un problema de educación; particularmente de una educación que tiene como propósito “arraigar ideas definitivas” en vez de favorecer una independencia de criterio. Y este problema educativo entronca, por supuesto, con las peculiaridades de un sistema político y económico que, en su pragmatismo tecnocrático, conspira de manera natural contra la cultura y las humanidades.

Russell señala: “A nada conduce, al enseñar literatura lo mismo a pequeños que a mayores, el que aprendan las fechas de los autores, los nombres de sus obras, etc. Lo que se puede hallar en un manual no tiene valor. Lo que sí lo tiene es familiarizarse con algunos trozos de buena literatura, de modo que tal familiaridad influya no sólo al estilo, sino al pensamiento”.

¿Y cómo procede, en México, el sistema escolar en el caso de la lectura? Exactamente como en la primera descripción de Russell, y muy lejos, por supuesto, de la segunda. Es obvio que la mayor parte de los estudiantes odia y sufre esas estériles clases de literatura, a tal grado que acaba por detestar esta materia que le parece el colmo del aburrimiento y la inutilidad, sólo superada quizá por sus aburridos y autoritarios maestros (hijos también de la misma educación) que, muchas veces, dan clases de literatura sin ninguna pasión por su propia materia, no digamos ya por los libros.

Russell, que sustentó muchas ideas contradictorias y polémicas sobre muchas cosas (el pacifismo, la guerra, la ética, el amor, la libertad, el matrimonio, la igualdad, etcétera), sabía, sin embargo, algo incontrovertible que mucha gente culta no sabe, o no recuerda, cuando aborda los distintos problemas del ser humano: “La vida puede ser buena o mala según las circunstancias”.

Esto quiere decir que hay circunstancias que favorecen la lectura, la filosofía, la ciencia, el arte, el deporte, etcétera, y hay circunstancias que los inhiben cuando no los matan. Del mismo modo, hay circunstancias que favorecen y alientan la incultura, la ignorancia, la superstición, la mentira, la hipocresía, la violencia, la frivolidad, etcétera, mientras que otras las impiden.

Se puede refutar esta prevalencia de las circunstancias en el modo de vida, pero sólo mínimamente. Algunos dirán que, contra todo determinismo de unas circunstancias desfavorables, se convirtieron, por ejemplo, en grandes lectores, pero sólo se trata de excepciones, del mismo modo que excepcional es el caso de alguien que consigue vencer las circunstancias de un ambiente criminal ―que conspiraba todo el tiempo para hacerlo un delincuente― hasta convertirse en una persona de bien.

Las circunstancias son determinantes en las personas, y antes incluso que Russell, José Ortega y Gasset, en sus Meditaciones del Quijote (1914), formuló el célebre apotegma que mucha gente culta parece no comprender: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Lo que Ortega dice es que, para poder comprender algo, hay que buscar el sentido del entorno. En otras palabras, no estamos hechos de pura voluntad: lo que nos rodea influye en nosotros y en gran medida nos determina, aunque tampoco todo sea determinismo.

Parece una perogrullada, pero lo malo es que hay muchas personas inteligentes que no comprenden hoy el sentido lógico de las perogrulladas. Con frecuencia, las circunstancias que rodean a alguien y que lo coaccionan y lo determinan, le hacen dificilísimo, cuando no imposible, escapar y construir otros ámbitos; es decir, ir más allá de lo que tales circunstancias tienen de limitación y de peculiaridad.

En su libro, Ortega pone un ejemplo clarísimo: “Los que viven junto a una catarata no perciben su estruendo: es necesario que pongamos una distancia entre lo que nos rodea inmediatamente y nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido”. Y añade: “Los egipcios creían que el Valle del Nilo era todo el mundo. Semejante afirmación de la circunstancia es monstruosa y, contra lo que pudiera parecer, depaupera su sentido”.

¿Cómo tomar una buena perspectiva de las cosas ahí donde las circunstancias nos aplastan o nos favorecen? Circunstancias aplastantes y viciadas son las que viven muchas personas, con escasas o nulas posibilidades de salir al aire puro de la cultura. Circunstancias favorables, que excitan el optimismo, son las que viven muchos escritores e intelectuales, incapaces de tomar una distancia prudente (ni muy por encima ni muy por debajo) para ver en perspectiva, por un lado, sus facilidades propias, y por el otro, las grandes dificultades de los demás.

Vuelvo a Russell y a sus Ensayos sobre educación, en cuyas páginas afirma: “Los niños no son, naturalmente, buenos ni malos. Han nacido solamente con algunos instintos y reflejos; aparte de ellos, el ambiente produce los hábitos que pueden ser sanos y morbosos”.

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Lo anterior es tan lógico (y hoy tan chomskyano) que no admite refutación. Pero, además, Russell sostiene que lo importante, en el caso del aprendizaje, es el espíritu de libertad y aventura. “La sensación de emprender un viaje de descubrimientos”, afirma. (Paulo Freire, Ivan Illich, Vigotsky y Noam Chomsky, entre otros, lo dicen repetidamente también, cada uno, en sus libros.)

Para Russell, si la educación formal procediera con este espíritu de libertad y aventura, no habría siquiera razón alguna para introducir ninguna disciplina externa, pues cuando los niños, los adolescentes y los jóvenes hacen cosas a su gusto, la verdadera disciplina es inherente a ellos, sin necesidad de coacciones. Lo que construyen con ese espíritu de libertad y aventura, haciendo cosas que les agradan, son vasos comunicantes de experiencias que conducen espontáneamente a otras actividades deseables, entre ellas la lectura misma.

La propuesta de Russell es todo lo contrario de como ha venido procediendo la escuela tradicional y contemporánea que se funda en la antigua idea de disciplina que es ordenar a alguien hacer lo que le desagrada al tiempo que se abstiene de hacer lo que le atrae.

En el caso de la lectura en México, éste es, por desgracia, casi el único procedimiento con el que funciona el sistema educativo. Obliga a leer, desde una disciplina externa, aquello que los estudiantes aborrecen, y no les concede prácticamente alternativas para que leer tenga un sentido de gozo, aventura, descubrimiento, identidad y pertenencia.

Para los niños y los preadolescentes (lo mismo que para los cachorros animales, como lo advirtió perfectamente Huizinga en Homo ludens), el verdadero aprendizaje está vinculado más al juego que a la disciplina externa. El juego es, como bien advierte Russell, una necesidad vital que va acompañada de un placer inagotable. Y este elemento es el que debería aprovecharse, en la práctica de la lectura, para que leer sea un auténtico placer y no un castigo disfrazado de disfrute. La educación ha hecho muchísimo daño al placer de leer, incluso desde la más tierna infancia.

Russell sentencia: “La estupidez artificial de muchos libros modernos infantiles es desagradable. O le aburren al niño, o le confunden y le perturban su impulso hacia el desarrollo mental”.

En lugar de obligar a los estudiantes a leer cosas que no les gustan, habría que buscar alternativas placenteras para que leer se convierta en una experiencia inolvidable. Si un libro no les gusta, hay otros millones que podrían atraerles, y no todos son clásicos, por cierto.

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Los clásicos, ¡siempre los clásicos!

El asunto de los clásicos es un tema que no se comprende cabalmente. En México, José Vasconcelos se ha convertido en la muletilla preferida, en relación con esto, pero la verdad es que Vasconcelos editó y distribuyó a los clásicos, pero no emprendió, realmente, ningún programa de promoción y fomento de la lectura. Su programa fue editorial y alfabetizador. Su justificación, desde la sep, entre 1921 y 1924, al publicar los clásicos, es muy precisa:

La divulgación de estas obras viene a constituir la segunda parte de la campaña que estamos desarrollando contra el analfabetismo; pues de esta manera, después de enseñar a leer, damos lo que debe leerse, seguros de ofrecer lo mejor que existe, porque en la selección de las obras no nos guía más criterio que el de la suprema excelencia, y el propósito de formar una colección que abarque, hasta donde es posible, todos los aspectos más nobles del pensamiento humano.

Casi por esos mismos años ―como ya hemos visto―, y en otras circunstancias por supuesto, Russell no habría pensado en ningún momento que Plotino, Plutarco, Platón, Homero, Dante, Goethe, Rolland, Tagore y otros clásicos antiguos y modernos eran lo que debía leerse ni siquiera en Inglaterra, pues él creía que sólo “hay dos motivos para leer un libro: uno, el disfrutar con él; el otro, el jactarse de ello”.

Hay que terminar de una vez por todas con el equívoco de que Vasconcelos llevó a cabo un programa de lectura. Lo que hizo fue un proyecto editorial (trunco) y un programa alfabetizador que las circunstancias nacionales le exigían, y optó por los clásicos (“raíz de toda nuestra literatura”, justificó) porque tal era su formación y porque, en gran medida, su juicio personal prevaleció sobre cualquier otro criterio, incluso en su desafortunado desdén y denuesto público contra Shakespeare. Sentenció: “Se publicarán, también, algunos dramas de Shakespeare, por condescendencia con la opinión corriente”. (En su esclarecedora tesis Análisis del proyecto editorial vasconcelista ―UNAM, 2009―, Yazmín Liliana Cortés Bandala despeja muchas dudas y equívocos sobre este tema.)

Lo cierto es que cuando los escritores, los intelectuales y la gente culta en general, afirman que no hay nada mejor que los clásicos para iniciar a los muchachos en la lectura, lo único que están haciendo es repetir un precepto políticamente correcto pero pedagógicamente falso.
Los libros tendrían que abrirnos puertas a la aventura para que leer signifique, y resignifique, algo más profundo y más libre que únicamente estudiar a los clásicos y hacer reportes y resúmenes de lectura. Leer es, sobre todo, recrear sentidos. Hace poco, en un concurso universitario de ensayo, en el que fui jurado, reconfirmé que muchos universitarios creen que comprender un libro es resumir su trama y mencionar las anécdotas y los personajes. No se atreven a emitir juicios ni a plantear ideas. Se empapelan: no se salen de las páginas leídas. Esto es lo que les ha enseñado la escuela. Y a eso le llaman “ensayo”, cuando ensayo es precisamente todo lo contrario: pensar, inquirir, divagar, descubrir, hallar, como plenamente lo demostró Montaigne.

Una buena cantidad de libros sin ninguna connotación canónica ha iniciado a muchos lectores y luego los ha llevado, en su momento oportuno, a los clásicos, a las obras maestras, a los inmortales. Pero obligar a leer a los clásicos, como lo hace la escuela actualmente (y como creen muchos escritores e intelectuales que debe hacerse), es propiciar que los muchachos se alejen de ellos y, literalmente, los detesten. Los clásicos son, especialmente, el azote de los adolescentes, y en gran medida el desdén que sienten por ellos es culpa de la escuela y de los adultos que los han prejuiciado para siempre, producto de una obligación antipedagógica.

Sensatos lectores e investigadores, como el autor del blog Desequilibros, sostienen que el día que se hizo obligatorio leer el Quijote en las escuelas españolas (mediante decreto del 6 de marzo de 1920) “fue el comienzo del terror que provoca su sola presencia entre escolares y universitarios y en los programas de estudios. Y el comienzo de una larga tradición de aversión hacia la lectura, que no hace sino perpetuarse, como se deduce de los índices de lectura e informes pisa de rigor”. Y añade: “El Quijote es uno de los ‘ochomiles’ de la literatura y de la lectura. Antes de enfrentarse a él, conviene realizar un proceso de aclimatación que nos prepare física y psicológicamente para afrontar el reto de leer una de las mejores y más lúcidas obras que haya parido mente alguna”. Pero esto no lo saben en las escuelas.

Con gran sinceridad y alejado de todo prejuicio culturalista, Russell confesó: “He de decir que gasté durante mi juventud una gran cantidad de tiempo, que hoy considero casi completamente estéril, estudiando latín y griego. El conocimiento de los clásicos no me proporcionó ninguna ayuda en ninguno de los problemas que me han preocupado más tarde. Me ocurrió lo que al 99 por 100 de los que estudian clásicos: que nunca profundicé lo suficiente para llegar a leerlos con placer. […] Cuando yo era niño, la astronomía y la geología me ayudaron más que las literaturas de Inglaterra, Francia y Alemania, cuyas obras maestras leía, obligado a ello, sin mucho interés”.

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Mal leída y peor comprendida, esta confesión de Russell podría llevar a pensar a más de un taimado que el autor de La conquista de la felicidad desautoriza leer en la escuela o fuera de ella a los clásicos, y que quien lo cita le hace eco para machacar su propia convicción. Nada más lejos de ello. Lo que Russell afirma, y con lo cual coincido, es que la educación, aun en el caso de la disciplina, tiene que fundarse más en el placer que en el hábito y más en el goce que en la obligación; y que, para ello, la vieja creencia de que los clásicos y todos los libros canónicos son las lecturas ideales, es, por principio de cuentas, una creencia falsa fundada especialmente en un concepto aristocrático de “educación ornamental” con muy poco asidero, hoy, en la realidad. Una buena lectura de un libro no canónico puede sorberle el seso a un estudiante y ayudarle un día a acercarse a los clásicos, comprenderlos, gozarlos y realmente estimarlos.

Vida y lectura

Después de todo, ¿para qué leer libros? En un inteligente y apasionado artículo (“Libros como espejos”, La Jornada, 2 de noviembre de 2011), el investigador y periodista Carlos Martínez García plantea cosas fundamentales para la reflexión. Escribe: “El valor de los libros no es tanto la información que nos dejan al leerlos, sino su potencial para ayudarnos a descubrir nuestra grandeza y/o fragilidad humana. El acto solitario de la lectura, cuando marca sus improntas en nosotros, nos permite mirar la vida desde nuevos ángulos y posibilidades”.

Parafraseando a Lichtenberg (“Un libro es como un espejo: si un mono se asoma a él no puede ver reflejado a un apóstol”), Martínez García nos dice que los libros deben hacer las veces de espejos no para complacer nuestro narcisismo, sino para ensanchar nuestros horizontes vitales. Parafraseando a Stevenson (“Los libros son lo bastante buenos a su manera, pero también son un poderoso sustituto exangüe de la vida”), nos dice que “leer no puede, no debe, ser un sustituto de la vida”, pues “encerrarse en páginas y páginas de papel, o en su formato electrónico, para evadir sistemáticamente la realidad es practicar un aislacionismo que reduce nuestro potencial humano, porque nos forjamos mejor en contacto con los otros, ya sean parecidos o completamente distintos a nosotros”.

Más aun. Parafraseando a William Hazlitt (“Un simple erudito, que sólo sabe de libros, ni aun de libros sabe”), Martínez García afirma que “los lectores que combinan libros y vida, a diferencia de aquellos a quienes pareciera sólo interesarles sumar páginas consumidas a su currículo, están mejor capacitados para contagiar a otros la pasión de multiplicar los espejos milenarios, centenarios, de hace unas décadas o de hoy que están por muchas partes”.

Dicho lo anterior, la conclusión de este investigador no puede ser más precisa en cuanto al diagnóstico del “problema de la lectura” en México: “Mucho del sistema escolar está orientado a desalentar la lectura. Al hacer esto, en lugar de multiplicar los espejos, se veda a millones de estudiantes la posibilidad de reflejarse y examinarse con mirada inteligente. No hay imaginación pedagógica para transmitir el gozo de leer, simplemente porque en su mayor parte los profesores no son lectores. Y tampoco lo son los funcionarios encargados de aumentar burocráticamente los índices de lectura”.

Un diagnóstico así desnuda por completo el penoso simulacro de las campañas y programas de lectura que, desde la empresa privada y desde el Estado, se quiere erigir en ejemplo de pedagogía y filantropía, por medio de modelos de tenaz analfabetismo cultural. Y cuando los escritores y los intelectuales que abordan este tema no cuestionan ese simulacro, sino que en ocasiones hasta lo avalan, puede afirmarse sin duda que viven fuera de la realidad. Pensar que la gente no lee nada más porque no se le da la gana, sin hacer una crítica real a las circunstancias, es evadir absolutamente el problema. Y poner como modelos de lectura a analfabetos funcionales que brillan en las pantallas del televisor es insultar la inteligencia de las personas.

Por otra parte, hay escritores que ven las cosas muy fáciles y simples porque lo hacen desde las cómodas atalayas de sus circunstancias privilegiadas. Por ello no es casual que hasta ejemplifiquen con ellos mismos para mostrar que leer es muy fácil y que convertirse en ávidos lectores, como lo son ellos, es sólo cuestión de quererlo y emprenderlo. Uno se sorprende de tanta simplificación y de este absoluto simplismo que los hace concluir que vivimos en un país de contumaces brutos que eligen ser brutos en lugar de elegir ser cultos.

La mayor parte de los escritores piensa así porque vive en mundos ideales: en casas y departamentos muy bien acondicionados y en estudios y cubículos color de rosa. Estos escritores creen, además, que la lectura sólo se reduce a la “Literatura” y al “Libro”. Y a la menor oportunidad expresan su nostalgia. Comienzan por decir que se hicieron lectores y escritores porque antes ―¡siempre antes!― había mayor inclinación cultural y ellos tenían más ánimo para aprender y leer que el que ahora tiene la gente holgazana.

Esta película ya la he visto muchas veces y es insoportablemente aburrida. Los escritores se juntan para sumar lamentaciones sobre la ignorancia y la estupidez de los que no leen libros, y no parecen comprender que no es una decisión exclusivamente individual no leer la Ilíada ni el Quijote a cambio de ver todos los días, en la televisión, los Simpson, el futbol y las telenovelas. No entienden que éste es un problema estructural, económico, social, educativo, cultural y no únicamente volitivo. Piensan que la gente en cualquier momento podría dejar la lectura de sus publicaciones baratas de los puestos de periódicos, o podría renunciar a la tele, para ponerse a leer a Shakespeare y a Sterne. Y de veras lo creen, porque a lo largo de sus disertaciones, el factor social (la circunstancia) está ausente de su discurso.

Por lo demás, ¿en qué época de la historia humana los lectores de libros han sido mayoría? No se necesita ser un predicador elitista para saber que esto jamás ha ocurrido. Alberto Manguel lo examina detenidamente en Una historia de la lectura. Es verdad que muchos intelectuales y escritores viven a disgusto con su entorno, porque desean que quienes les rodean sean tan cultos como ellos, pero las cosas no van a cambiar nada más porque lo deseen. Saber distinguir el deseo y la realidad libera de mucha neurosis. La realidad es que internet ha conseguido ―como en ninguna época― que sean más las personas que leen y escriben, aunque no precisamente libros ni mucho menos clásicos.

Estar en la realidad

Muchos escritores e intelectuales han huido de la realidad. No aceptan las contradicciones ni mucho menos las alteraciones que significa vivir en ella. Tienen una especie de nostalgia incurable y hablan siempre del maravilloso pasado contraponiéndolo siempre al detestable presente.
Esto ya lo había advertido Saul Bellow, en 1976, cuando en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura ironizó sobre la “ranciedad de las ideas” de forma tal que había que distinguir entre un “análisis intelectual” y un “análisis de intelectual”. El “análisis de intelectual” ensimisma su nostalgia en un canon libresco cuyo centro es fijo e inalterable, y ello conduce a “una íntima tristeza reaccionaria” al juzgar el presente.

No se trata únicamente de que estos escritores e intelectuales no entiendan la actualidad, sino de algo peor: no la aceptan y, por lo tanto, lo único que ofrecen es ofuscación y lamentos sobre la actualidad. Todo era mejor antes; todo es peor ahora. Lo que no quieren aceptar es que, por encima de todo, es diferente, y con ello hay que vivir.

“Pese al despliegue de radicalismo e innovación, nuestros contemporáneos son en realidad muy conservadores ―explicó Bellow―. Siguen a sus decimonónicos dirigentes y se aferran a los viejos valores, interpretando la historia y la sociedad del mismo modo que en el siglo pasado”. En otras palabras, no aceptan la realidad, y, por ello, lo único que siguen ofreciendo, como alternativa cultural, es el retorno a su “tiempo recobrado”.

Muchos escritores e intelectuales aceptan de buen modo y hasta con entusiasmo casi infantil el avión, el iPad, el smartphone, el Twitter y demás maravillas tecnológicas, pero en cuestión de cultura siguen anclados en un centro canónico casi religioso, sin comprender que todas esas maravillas forman parte de una nueva realidad que también engendra otro tipo de personas y, en cuestión de cultura, otro tipo de lectores.
Si no lo aceptan, peor para ellos, pero los nuevos lectores o consumidores de tecnología no están ansiosos de encender la pantalla para leer la Ilíada, la Eneida o el Quijote. Bellow tenía razón: no podemos aspirar a mejorar las cosas si no somos capaces siquiera de revisar nuestras actitudes y ortodoxias y dejar de huir de esa realidad que negamos simplemente porque no nos gusta.

La mayor parte de los escritores mexicanos muestra alarma por el hecho de que los mexicanos lean mal, escriban mal, comprendan mal y sean poco menos que unos bárbaros alfabetizados. ¡Así lo dicen cuando están ofuscados! Pero estos escritores creen que todo radica en que la gente opta por lo peor en vez de elegir lo mejor. Es decir, creen de veras que la gente tiene opciones, y que entre estas opciones elige siempre las peores.

Comprender es saber relacionar causas y consecuencias. Y muchos no comprenden muy bien. Dicen que los mexicanos leen mal, escriben mal, piensan mal, comprenden mal, etcétera, pero no dicen que estos mismos mexicanos viven mal, duermen mal, comen mal, beben mal, estudian mal, trabajan mal, etcétera, y, por si ello no bastara, son fruto de un sistema educativo que no está dispuesto a cambiar sus métodos y a adaptarse a una nueva realidad.

La mayor parte de los escritores y los intelectuales cree de veras que basta con los discursos bienintencionados de los políticos, con los lemas favorables a la lectura, con los spots edificantes y con los consejos de los propios escritores e intelectuales para que las cosas cambien y nos transformemos en “un país de lectores”. Sobre todo, si los televidentes ven, escuchan y leen a los escritores e intelectuales que ―¡desde la tele!― aconsejan apagar la tele y leer un libro, es decir encender la inteligencia y echar a volar la imaginación en vez de entontecerse frente a la tele.

En un país de mentiras (como lo ha denominado Sara Sefchovich), ¿hay alguien que crea de veras que a la televisión mexicana le interesan los lectores? Le interesan los televidentes, y es obvio que quienes tienen podrido el seso por la lectura, no son muy televidentes que se diga. No olvidemos el chiste de Groucho Marx: “La televisión me parece muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”.

La mayor parte de los escritores que habla sobre lectura ha leído a muchos escritores literarios, pero no así a los pedagogos, psicólogos, sociólogos y filósofos de la educación. Por ello, son muchos los que no saben que el “problema de la lectura” es un problema educativo y no volitivo.

En general, las personas han sido moldeadas en el arraigo de ideas definitivas y, por ello, pertenecen a una educación en la que la lectura de libros sólo tiene un propósito utilitario o instrumental, para arraigar más las ideas, pero no un sentido liberador ni favorecedor de la independencia de criterio.

Aunque los oficios de “lector” y “escritor” estén muy lejos de ser ambiciones aspiracionales, la mayor parte de los escritores cree, inexplicablemente, en una utopía arcaica que, todas las veces, pretende ser moderna: la de que todo el mundo puede ser lector y escritor canónico. Es curioso que así lo crean, y ello revela que aunque se tomen muy en serio a sí mismos, no toman muy en serio lo que hacen, porque no se conocen.

Esta utopía arcaica no la comparten, por cierto, pintores, músicos, escultores, bailarines, actores y ni siquiera los futbolistas ni los boxeadores. Éstos saben que todo el mundo puede pintar, que todo el mundo puede gustar de la música, que todo el mundo puede gustar de la escultura, el baile, la actuación, el futbol y el boxeo, pero también saben, y de ello están seguros, que no todo el mundo puede ser pintor, músico, escultor, bailarín, actor, futbolista o boxeador.

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Un pensamiento cuerdo y centrado de los escritores tendría que llegar a la misma conclusión respecto de la escritura y la lectura: todo el mundo puede escribir y leer (y, en general, de hecho, casi todo el mundo lo hace), pero no todo el mundo puede ser escritor canónico ni lector ávido de los clásicos. En este mundo hay tantos intereses como personas hay, y muchos de los intereses de las personas están muy lejos de la escritura y la lectura canónicas. (Hay excelentes lectores anticanónicos.)

Cuando se habla del libro y la lectura y nos quedamos tan sólo con los mitos amables y aun confortables de los que habla Russell, hemos comprendido muy poco en realidad. Leer o no leer no depende únicamente de un acto de voluntad, sino también de la realidad que unas veces favorece la lectura y otras tantas conspira contra ella.

En este punto recordamos la breve y diáfana definición de inteligencia de Xavier Zubiri: “Ser inteligente no es más que saber estar en la realidad y comprenderla”. Mientras no comprendamos las circunstancias en las que se da o se deja de dar la lectura, nuestro discurso al respecto sólo será un ideal teórico y retórico: ese ideal de que todo el mundo lea los mejores libros de la universalidad, independientemente de las condiciones en las que viven (y muchas veces padecen) las personas. Pero, además, la lectura del siglo xxi no es la lectura del siglo xviii o la del XIX y ni siquiera la del XX; menos aún la lectura del XVI, ese mojigato anacronismo modélico con el que se sigue aterrorizando y ahuyentando a los posibles lectores.

La escuela y, en general, las instituciones se han desentendido de la realidad para proponer ideales forjados en el humo del pretérito. El saber es importante, pero, para todo el mundo, es más importante la supervivencia. Los libros son extraordinarios, pero no hay nada más extraordinario que la vida. Dotemos a esta vida de las circunstancias menos precarias y de un ambiente más favorable, y entonces los libros y el saber podrán ocupar el sitio que hasta hoy se les ha negado en el universo vital de las personas; pero además dentro de una actualidad vital que tarde o temprano les revelará sus raíces.

La gente puede pasársela muy bien o muy mal sin Shakespeare, sin Homero, sin Platón. Pero la gente que se la pasa muy bien con ellos, y tiene conciencia de esta circunstancia, ha de aprender a relativizar las cosas, revitalizándolas; no ahogándolas en el lamento nostálgico. Y, al final, si consigue saber que la vida sabe mejor con Shakespeare, Homero, Stendhal y los demás, que sepa también que ello es porque tuvo una oportunidad, o muchas, que otras personas no han tenido, por diversas circunstancias, en una determinada realidad.

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JUAN DOMINGO ARGÜELLES (Quintana Roo, 1958) es poeta, ensayista, crítico literario y editor. Hizo estudios de Lengua y Literaturas Hispánicas en la unam. Ha publicado el volumen de ensayos El vértigo de la dicha: Diez poetas mexicanos del siglo XX. En 2004 reunió su obra poética de dos décadas en el volumen Todas las aguas del relámpago (UNAM) y en 2009 la Editorial Renacimiento, de Sevilla, le publicó una antología general de 25 años de escritura poética, con el título La travesía. Es autor también de varios libros sobre el tema de la lectura, como Escribir y leer con los niños, los adolescentes y los jóvenes (Océano, 2011) y Estás leyendo… ¿Y no lees? (Ediciones B, 2011). Entre otros reconocimientos ha recibido el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, el Premio de Ensayo Ramón López Velarde, el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen y el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.

27 Respuestas para “¿Por qué es un problema la lectura?
  1. Diana dice:

    Excelente artigo!

  2. Valeria dice:

    ¡Maravilloso ensayo! Me invita a reflexionar y compartir.

  3. Ricardo H. dice:

    Estoy listo para aplicar los argumentos del Sr. Argüelles con mis nietos. El placer de la lectura y crearles las circunstancias favorables. Haber si es cierto.

  4. Ricardo H. dice:

    Estoy listo para empezar a aplicar con mis nietos los argumentos del Sr Argüelles. El placer de la lectura. Veremos que pasa.

  5. MARIA dice:

    SEAN REALISTAS!! EL POBLEM NO EMPIEZA EN EL SISTEMA EDUCATIVO SINO EN CASA!! EN LA FAMILIA CON LOS PADRES!.. QUE NO LES INTERESA LA EDUCACION DE SUS HIJOS!! Y LOS MANDAN A LA ESC PARA NO BATALLARLOS, QUE FACIL ES DEJARLE EL PROBLEMA A LOS MAESTROS NO?… CUANDO USTEDES NO VAN A LAS ESCUELAS Y NO SE PREOCUPAN SI EXISTEN LOS MATERIALES Y RECURSOS NECESARIOS Y SOBRE TODO EL APOYO DE LOS PADRES DE FAMILIA. EN FIN SI NO LES GUSTA LEER ES PORQUE EN CASA NO LO VEN ASI DE SENCILLO, NO GANA NDA EL MAESTRO QUE LO MOTIVA A LEER SI LLEGA A SU CASA Y AHI NO HACEN NADA PARA MOTIVARLO.

  6. Buen análisis. Es necesario cambiar el sistema educativo que hace «memorizar», «estigmatizar», viejas historias que no dan un sentido utilitario al ciudadano, que es el de comprender su entorno, aportar valiosas ideas y sobre todo, cambiarlo.

  7. Carlos Alberto Burelo dice:

    Estimados señores; Primero hay que lograr que el principiante se interese por la lectura, y que él o ella empiecen con lo que quieran leer. Por ejemplo, empecé a leer la novelas de vaqueros (sin dibujos) eran 110 páginas, ya sé sabía uno como iban a suceder las historias después de ser lector de ellas, pero se va haciendo un un lector, pasas a otro tipo de lectura y así te vas hasta que te conviertes un lector consuetudinario.

  8. […] Juan Domingo. ¿Por qué es un problema la lectura? Publicado en revista cultural Este País. Tendencias y Opiniones, enero […]

  9. SILVIA DELGADO MORALES dice:

    Interesante ensayo que parte de una realidad que muchos no queremos aceptar pero lo importante es que hay jóvenes e investigadores que día con día leemos y compartimos estrategias de lectura y escritura; gracias por compartir artículos tan interesantes.

  10. Adriana Eslava dice:

    Excelente reflexión sobre el papel de la lectura en nuestro entorno actual y la relevancia que tiene la educación para que los individuos disfruten y transformen su entorno a través del saber adquirido y con el apoyo de los libros. El documento ha sido un insumo muy importante para apoyar mi trabajo en la institución educativa donde colaboro. Gracias!!

  11. yolanda dice:

    justo lo que pensaba precisamente hoy fui a la bibloteca publica de mi comunidad traje algunos libros y afortunadamente encontre el señor de los anillos que se que le encanta a mi hermano con ello trato de interesar a mi familia por la lectura ya que no tengo el dinero suficiente para comprar libros acudo a la bibloteca publica. y solo las personas concientes de la realidad que les rodea sabemos las circunstancias que implican leer cuando las condiciones no son las idoneas.

  12. Juan José dice:

    Me encantó, este ensayo contiene varias líneas excelsas.
    Excelente revista también.

  13. Elizabeth Hernandez dice:

    el artículo tomas varios temas fundamentales. Uno de ellos es la pobreza y el contexto social. La lectura desgraciadamente no va a remediar la falta de alimento a las familias. Pero sí vuelve al lector más exigente en lo que recibe y su entorno crece. Otro problema es qué es lo que en ese momento le atrae a los lectores y como muchos han mencionado ya. También es el momento en el cual está viviendo. ahora los lectores infantiles y juveniles y también en otros tiempos necesitan lecturas con imágenes. Pero se debe elegir lecturas que tengan calidad para poner imagen. Lo que comento no es nuevo eso ya lo había dicho Eduardo Rius y yo coincido con él. En general el texto es bastante apegado a la realidad que mexicana. Un fuerte abrazo al ensayista.

  14. Lili dice:

    Muy buen trabajo y reflexión, es muy importante adquirir el hábito de lectura, nos hace menos ignorantes

  15. Siempre pensé que el principal error de las escuelas es forzar a los chicos a leer libros «viejos» o «clásicos» eso no los motiva para nada. Ni siquiera pueden identificarse con lo que leen. Muy buen artículo!.

  16. Víctor Cervantes dice:

    ¿Y donde dejamos a las comunidades, localidades o muncicpios de escasos recursos en donde los pocos libros que existen, solo los leen por los lomos los roedores? No existe en nuestro país un programa verdadero de lectura en los niños pobres, lo unico que se ha medio hecho, es llevarles la mitad de un pan. Hoy quiero pensar si llenamos ese pan con letras envueltas con libros, tendremos un mejor país con mujeres y hombres con un punto de vista diferente de la realidad permitida por la información manipulada que les llega, simplemente cambiaríamos nuestras vidas.

  17. sheccid dice:

    es elemental la información, publicada a qui,
    para mi trabajo universitario gracias

  18. mavik dice:

    Es muy cierto lo que he leído y con pena digo que no se leer y tengo problemas para escribir por lo mismo.

  19. Es importante profundizar en las causas. Una serie de observaciones e investigaciones han permitido obtener mejores resultados. Publico videos de las observaciones de muchos años dedicados a buscar un mejor aprendizaje; que demuestren los logros alcanzados para que y surja mayor interés por encontrar verdaderas soluciones. El proyecto “Los mejores lectores” ¡Pequeños con habilidades lectoras extraordinarias! se encuentra en la página http://www.aprendizajeuniversal.com
    Espero sea de utilidad.

  20. Enrique Farfán Mejía dice:

    El autor repite el error que critica: no porque alguien afirme, desde su punto de vista como lograr algo, es que así son las cosas.

    Lugares comunes, desde el otro lado, el empírico.

  21. […] ¿Por qué es un problema la lectura? (Juan Domingo Argüelles – Este País) Una interesante reflexión que analiza como el sistema educativo o ideas arraigadas (por ejemplo, querer iniciar a los chavitos en la lectura a través de los “clásicos”) afectan el futuro interés de las personas en los libros. [Se publicó a principios de año, pero me doy permiso de compartirlo porque me parece un texto necesario.] Like this:LikeBe the first to like this post. […]

  22. es un exelente articulo muy congruente

  23. Juan dice:

    Es evidente que hay un doble discurso en México con relación a la lectura. Por una parte, todos parecen coincidir acerca de la importancias de la lectura; por otro lado, hay programas de estudio como el del CCH que decidieron reducir de cuatro semestres en que se impartía la marteria a uno sólo. Hoy la lectura de los clásicos y de cualquier tipo de literatura en el CCH sólo quedó en el nombre, pues en los hechos desapareció.Así las cosas la lectura se convierte en un problema y los reformadores del Programa de Estudios del CCH se sienten orgullosos de su valentía por actualizar los contenidos.

  24. […] revista Este país publica un extenso ensayo de Juan Domingo Argüelles en el que extiende diversas reflexiones que coinciden en criticar la […]

  25. Excelente, retrata con gran realismo la situación escolar en torno a la lectura.

  26. Susana dice:

    De verdad creo que el ensayo es muy bueno, porque por primera vez alguien comenta la verdad, mucho se exige con el plan de televisa porque se lea, pero en realidad no conocen las circunstancias de los jóvenes ni las escuelas, y mucho menos conocen las condiciones precarias de las familias. Para iniciar a la lectura habria que trabajar primeramente por romper conparadigmas de los mismos e indiscutiblemente dejar que cada quien escoja el libro que desea leer. y de verdad si hay muchachos a los que les gusta la lectura tal vez sean pocos pero si los hay.

  27. Juan dice:

    muy cierto, felicidades por poner este tipo de ensayos. !Que vengan más!

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Se dice que el país está sobrediagnosticado, pero en plenas campañas y ante un nuevo sexenio, vale la pena recordar tanto como haga falta cuáles son los principales desafíos que enfrentamos como nación, y abordarlos desde distintas perspectivas. Una de estas perspectivas, sin duda esclarecedora, es la que propone nuestro autor. Introducción En un indirecto y muy modesto homenaje a don Andrés Molina Enríquez, autor de Los grandes problemas nacionales, libro de 1909, hace seis años intenté resumir en tres los problemas que a mi juicio eran los más importantes del país en ese momento electoral. El resultado fue un artículo que por muy diversas razones nunca se publicó. Al revisar el texto ahora veo que esos mismos tres problemas siguen siendo los que más afectan a nuestro país, simultáneamente, en los ámbitos político, económico y social. En efecto, de los últimos 18 años del siglo pasado a la primera docena del actual hemos vivido en México el surgimiento o agravamiento de un buen número de problemas económicos, políticos y sociales, que pueden parecer efecto de los cambios políticos y económicos que ha experimentado el país desde el inicio de los años ochenta: la reforma política iniciada en el gobierno del presidente José López Portillo (1976-1982) pero concretada hasta el de Ernesto Zedillo (1994-2000) y las reformas económicas iniciadas en el de Miguel de la Madrid (1982-1988) y profundizadas en el de Carlos Salinas (1988-1994), nuestra perestroika y nuestro glasnost correspondientes. Después de un largo periodo de estabilidad política y crecimiento económico iniciado en los años cincuenta, que concluye a finales de los sesenta y principios de los setenta, México vive un corto periodo de auge –gracias a ingresos imprevistos de divisas por exportaciones petroleras– que vino a desembocar en una crisis económica y política, dando lugar a una serie de cambios durante los años ochenta y noventa que, lejos de resolver los problemas básicos de pobreza e inequidad, parece ser causa de su agravamiento y del surgimiento de nuevos conflictos. Es una larga lista de problemas que incluye la pobreza, el desempleo, el comercio informal, diversas formas de delincuencia, el narcotráfico, el contrabando, la emigración de mexicanos a Estados Unidos, la fuga de capitales, la corrupción, la contaminación y destrucción del medio ambiente, la impunidad, los homicidios sin resolver, los levantamientos populares regionales y el caciquismo, entre los más destacados. Si bien algunos de estos problemas son ya muy viejos, hay dos factores nuevos que acentúan la percepción de ellos por parte de la sociedad: la consolidación de los medios de información como un nuevo poder que, ya sin cortapisas, presenta y resalta –no sin prejuicios– dichos problemas, y el desencanto de la sociedad mexicana por el fracaso de los gobiernos del PAN –el primer partido de oposición que triunfó electoralmente en más de 70 años– para enfrentar y resolver, así fuera parcialmente, algunos de ellos. En contraste, desde hace 17 años México experimenta una gran estabilidad en materia de precios, salarios, tasas de interés y tipo de cambio, resultado de un férreo equilibrio fiscal y un superávit en divisas sin precedentes. A ello se ha llamado “estabilidad macroeconómica”, lograda por medio de la reducción sistemática del gasto público, el control del crédito hasta casi su desaparición, la contención salarial, la expansión de las exportaciones y el estancamiento del mercado interno. Este panorama económico y social no es exclusivo de México, sin embargo. En otros países se presenta en forma más o menos similar, a pesar (o quizá por efecto) de la aplicación de políticas económicas comunes de corte neoliberal orientadas a modernizar las economías de la región en la nueva etapa de la globalización. Entre los factores que determinan el conjunto de problemas contemporáneos más graves, hay tres que siendo de suyo conflictivos generan en combinación una dinámica social y económica perversa, un círculo vicioso que produce y amplifica otros problemas. Estos tres factores son: (1) el empobrecimiento de una parte importante de la sociedad como producto del desempleo y, en general, de la falta de oportunidades; (2) una tendencia por parte de los diversos grupos sociales a no cumplir la ley (en sentido amplio, es decir cualquier norma de carácter público) salvo en determinadas circunstancias, y (3) la total ausencia de una política industrial y comercial, por parte del Estado, orientada al estímulo de la inversión productiva. Estos tres factores son determinantes, en el caso de México, de buena parte de los demás problemas, pero no son exclusivos de nuestro país y es muy probable que se presenten también en otros países en desarrollo, aunque quizá con una intensidad y una dinámica distintas. 1. Desempleo y pobreza La población económicamente activa asciende en México a unos 40 millones de personas. Esta población crece a una tasa anual aproximada de 3%, lo que significa una cifra de un millón 200 mil personas que cada año se incorporan al mercado laboral en busca de empleo. En años de crecimiento económico alto, el sector formal de la economía ha podido crear alrededor de 400 mil empleos por año. El resto de la nueva fuerza laboral, unas 800 mil personas, se ve obligado al empleo informal de diversos tipos (incluyendo actividades ilegales) o a emigrar a Estados Unidos. Sin embargo, la economía no ha estado creciendo a un ritmo alto y sostenido en todos estos años, lo que implica que el número de personas forzadas al empleo informal, la emigración o, de plano, la delincuencia, sea mayor y creciente, a causa de la falta de oportunidades de trabajo. Es decir, a la pobreza endémica del país se suma cada año un nuevo grupo de desempleados, lo que constituye sin duda un caldo de cultivo propicio para todo tipo de actividades ilegales. La causa directa de esta falta de oportunidades es la relativamente baja inversión en proyectos productivos generadores de empleos formales, lo que a su vez se debe en parte a la ausencia de un sistema financiero real y el abandono de la política industrial por parte del Estado en los últimos 30 años, temas que veremos más adelante. 2. Falta de respeto a las leyes La carencia de una cultura de respeto a la ley, entendida esta en un sentido amplio, no es algo nuevo en México: podríamos ubicar su origen en la época colonial. Tampoco es exclusiva de nuestro país. De hecho no hay país en el mundo en el que todas las leyes se cumplan y respeten siempre. Pero cualquiera que sea el indicador que se tome al respecto, México se cuenta actualmente entre los países en los que las leyes se respetan en menor grado. Es evidente que en nuestra sociedad las normas se cumplen solo cuando hay una amenaza clara de sanción y autoridades con capacidad para aplicarla. Esta carencia de cultura de la legalidad obedece a varios factores de diversos tipos, de los que destaco solo dos. El primero es que una buena parte de las leyes no se puede cumplir, ya sea porque unas leyes contradicen a otras, porque son obsoletas o inadecuadas o porque simplemente no hay autoridades en cantidad y con capacidad suficientes para hacerlas cumplir. El segundo es la ignorancia y el temor, o el desprecio que sienten los diversos sectores sociales respecto a las leyes. En los sectores de menores recursos económicos se percibe a las leyes como impuestas, es decir decididas al margen de ellos y, en consecuencia, se ven como ajenas y, en general, hechas para perjudicarlos, no para protegerlos. En los grupos de recursos económicos altos la percepción es más o menos inversa, es decir, se percibe que las leyes están para favorecerlos, pero solo a ellos y cuando no es así, se busca cualquier resquicio técnico para evadirlas. El resultado en ambos casos es el mismo: las leyes no se perciben como propias, como un mecanismo que se da la sociedad para funcionar en sus diversos ámbitos, en sí mismo digno de respeto, justo y de aplicación general. Las autoridades de diversos tipos, niveles y orígenes partidarios no han podido eliminar la percepción que se tiene, entre la sociedad, de que son ellos los primeros en violar la ley y esto aparece como un elemento adicional de justificación moral para el incumplimiento de las normas entre los ciudadanos. De ahí que se identifique a la corrupción como un obstáculo fundamental para el avance social. Pero la corrupción es solo una parte del problema más amplio y contextual que es el incumplimiento de las leyes en general. Este tiene implicaciones políticas, económicas y sociales de primera magnitud, sobre todo en un país que intenta adecuarse a la modernidad y a la globalidad. Desde una perspectiva económica, la falta de cumplimiento de las leyes por los diversos grupos sociales complica y limita la política económica instrumentada por el Estado, por ejemplo en lo que se refiere a la recaudación fiscal, y hace prácticamente inútil cualquier reforma que al respecto se pueda llevar a cabo. En este contexto las recomendaciones de los economistas ortodoxos, consistentes en la reducción de la regulación, han empequeñecido todavía más los ingresos del Estado y, lejos de eliminar los problemas, en realidad han favorecido el contrabando y la piratería. En términos más generales, el comercio y otras actividades económicas informales son resultado de la incapacidad del Estado para hacer cumplir las leyes y del abandono de la regulación. En su dimensión política, el no apego a la legalidad vigente por parte de algunos grupos o personas, unos con la justificación moral que da el ser sujetos de abandono y explotación por décadas, como los indígenas, otros sin ella, combinado con la falta de capacidad de las distintas autoridades, sea para negociar acuerdos en el marco de la ley con los primeros o para aplicar la ley de manera estricta con los segundos, lleva tarde o temprano a un camino de ingobernabilidad y desintegración social. En sustitución de las leyes de aplicación general, empiezan a prevalecer usos y costumbres locales. De ello son muestra el surgimiento en diferentes zonas del país de municipios autodeclarados autónomos y de linchamientos. 3.    Falta de inversión, falta de crédito y falta de política económica Como en el caso de otros países en desarrollo, México requiere de una tasa de inversión respecto a la producción nacional de cuando menos 25% anual en términos reales y de manera sostenida para alcanzar tasas de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), a su vez, altas y sostenidas en el largo plazo, según estimaciones de organismos internacionales. Con ello, la economía podría aumentar significativamente la generación anual de empleos y, en consecuencia, la proporción de los salarios en el valor agregado, es decir, reducir la concentración del ingreso. En ninguno de los últimos 25 años la proporción de la inversión entendida como formación bruta de capital fijo ha alcanzado esa meta respecto al pib, aun considerando la inversión extranjera. Desde la primera parte de los años ochenta, el Estado ha reducido de manera significativa su participación en la inversión total como resultado de la orientación ortodoxa de la política económica, que concibe la inversión pública como factor de desplazamiento de la inversión privada y que además considera a la burocracia paraestatal como esencialmente corrupta, ineficiente e incapaz de ser regulada. Por estas dos razones, se hacía indispensable –en esta lógica– la privatización de las empresas estatales rentables y la liquidación de las no rentables. La nueva inversión pública estaría limitada, además, por razones presupuestarias. En estos casi 30 años de política ortodoxa, la inversión privada nacional no ha podido llenar el hueco de la inversión pública y el Estado ha tenido que revertir algunas de las privatizaciones debido a problemas de rentabilidad, derivados de una deficiente administración en manos privadas. Tales fueron los casos de la mayor parte de las carreteras nacionales de cuota, las líneas áreas nacionales y –un caso muy especial– los bancos. La nacionalización de la banca mexicana decretada en 1982 por el gobierno de López Portillo, como medida última para frenar la fuga de divisas, no ocasionó ninguna catástrofe financiera como auguraban sus críticos. En contraste, la reprivatización de la banca ocurrida años más tarde bajo el gobierno de Carlos Salinas puso al sistema bancario mexicano en manos inexpertas y lo volvió altamente vulnerable. Aunado a ello, la apertura financiera acelerada provocó el ingreso de grandes cantidades de capital especulativo externo. Además, la sobrevaluación de la moneda hizo aún más vulnerable al sistema financiero. En esas condiciones, la primera crisis de divisas del gobierno de Zedillo, ocasionada por el mal manejo de una decisión cambiaria, implicó la quiebra real del sistema bancario mexicano y de sus deudores. El rescate bancario y la política astringente del crédito interno, seguidos desde entonces, han impedido que haya crédito barato y oportuno para financiar actividades productivas de todo tipo, especialmente en el campo. El sistema bancario, hoy en manos extranjeras, es esencialmente rentista y especulador. Asimismo, tanto la crisis de 94-95 como la apertura financiera anterior a ella han provocado que haya permanentemente capital mexicano en el extranjero por una cantidad más o menos equivalente a la deuda pública externa, en tanto que el ingreso neto de divisas al país que registran las reservas internacionales se inmoviliza, para evitar la ampliación del circulante y crear un blindaje preventivo de otra crisis como las de 76, 81 y 94, todas por fugas masivas de capitales. El elemento crucial que explica la baja inversión productiva no es, sin embargo, la falta de crédito, sino la ausencia de una política industrial y agropecuaria activa por parte del Estado. Esta ausencia obedece sin duda a una concepción neoliberal de la economía. Dicha concepción se concreta en la reducción indiscriminada del gasto público, tanto corriente como de inversión; en la total ausencia de políticas comerciales, y en la falta de definición y aplicación clara de reglas de la participación de la inversión extranjera con una orientación a la integración económica y el desarrollo. Ello es lo que en realidad provoca la falta de incentivos a la inversión privada nacional. Situación general y perspectivas En un contexto de poco respeto a la ley (que incluye a las propias autoridades), de desregulación de las actividades económicas, de bajo crecimiento económico y de desempleo real creciente, las actividades ilegales e ilícitas tienden a proliferar, lo mismo que la emigración. Este último fenómeno incluye ahora personas con mayor grado de escolaridad. Hay, además, fuga permanente de capitales que pese a todo encuentran más atractiva y segura su inversión fuera del país que dentro de él, y las empresas locales se vinculan o venden al capital extranjero. Las empresas de exportación sin control alguno son ya indistinguibles de la industria maquiladora, que opera sin control ni programa de integración. Los empresarios mexicanos pequeños y medianos que sobreviven, lo hacen sin crédito y sin apoyo y, lo que es peor, sin que se apliquen reglas de funcionamiento que los favorezcan, de modo que en cualquier momento un monopolista nacional o extranjero los desplaza. La transición en México de una política de masas corporativizadas a una política de ciudadanos no pasó por la revisión, modificación y establecimiento de leyes y normas que puedan cumplirse, ni por un pacto que obligue a los actores económicos y políticos a cumplir y hacer cumplir las leyes; no pasó tampoco por la discusión y puesta en marcha de un programa claro de cambio político y sobre todo económico que tuviera como eje la atención de las necesidades básicas de la sociedad, destacadamente el empleo. Pasó solo por la venta mediática del carisma de actores políticos, construida como imágenes propagandísticas de un cambio que nadie supo, bien a bien, hacia dónde iba, ni para qué. En contraste, la estructura corporativa de control de las masas por el partido hegemónico hasta antes del “cambio” sigue intacta, los problemas sociales no solo siguen sin resolverse sino que se han agravado y el camino a la ingobernabilidad parece estar en marcha. En este contexto, la transición real en México implica que el gobierno entrante atienda primero que nada estos tres problemas básicos, y eso solo lo puede hacer mediante un nuevo pacto social en el que todos los sectores sociales y partidos participen, aunque ello pueda significar un cambio constitucional de gran magnitud. El Estado tiene que recuperar su papel de liderazgo económico y social, pero sin menoscabo de la democracia y actuando en el margen que le dejan el gobierno de Estados Unidos y sus organismos financieros. Es una difícil pero inevitable tarea. De no realizarse, regresaremos tarde o temprano al simulacro de democracia que fueron los gobiernos del pri, con movimientos casi pendulares en lo económico, unas veces a la derecha y otras al centro, unas veces liberales y otras no, eso sí siempre populistas en lo político. _________________________________ PABLO RUIZ NÁPOLES es licenciado, maestro y doctor en economía, profesor de la Facultad de Economía de la UNAM, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y consultor de la CEPAL y del Programa del Medio Ambiente de Naciones Unidas.

La distribución del ingreso en México (143.902)
En un país donde la educación y los servicios sanitarios, entre otros, todavía dejan mucho que desear, la desigualdad en el ingreso –una de las mayores del mundo– va aparejada de una desigualdad equivalente en la calidad de vida. Paradójicamente, sin educación de calidad y buenos servicios básicos se antoja difícil revertir este grave problema. La riqueza México es una nación con mucha riqueza. Ocupó el décimo tercer lugar en la lista de los países con mayor Producto Interno Bruto1 (pib), con un billón de dólares, en 2010.2 Este nivel se debe, en buena medida, al tamaño de nuestro país. De acuerdo a estimaciones de las Naciones Unidas, México ocupó en 2010 el décimo primer lugar en términos de población, con 113 millones de habitantes.3 No obstante, el pib por persona muestra, en los últimos 20 años, un crecimiento formidable. Durante los años sesenta y setenta le correspondió a cada habitante de México menos de dos mil dólares del PIB al año. En los primeros años de los ochenta dicha cifra tuvo un aumento, que se perdió después de la crisis de 1982. A partir de 1988, el pib por habitante inicia un camino ascendente, con un único tropezón en la crisis de 1994, para llegar a casi los 10 mil dólares por habitante en el año 20084 (ver Gráfica 1). Por otro lado, México tiene 4 millonarios en la lista de los 100 hombres más ricos del mundo de la revista Forbes.5 La suma de la riqueza de estos 100 hombres es de 1.7 billones de dólares. Los acaudalados de Estados Unidos poseen 40% de este monto; les siguen los rusos, que suman 10%. En tercer lugar se encuentra México: los cuatro empresarios mexicanos de la lista Forbes tienen 7% de la riqueza de la lista de los 100 millonarios. Por cierto, Noruega, país con el mayor Índice de Desarrollo Humano de acuerdo al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud), no tiene ningún representante entre los primeros 100 millonarios y su ciudadano más rico, el empresario de bienes raíces Olav Thon, ocupa el lugar número 205. La riqueza y el desarrollo no se llevan bien.6 Otra fuente con una metodología más depurada no muestra un panorama similar. De acuerdo a un estudio que el banco Credit Suisse encargó a Anthony Shorrocks y James Davies, publicado en 2010, la riqueza7 en el mundo muestra una fuerte concentración: 24 millones de personas mayores de 20 años (0.5% de la población mundial adulta) tenían 35.6% del total de la riqueza mundial. En el otro extremo, 3 mil millones de personas (68.4% de la población mundial adulta) tenían tan solo 4.2% de la riqueza mundial. De acuerdo con esta investigación, México se ubicó en el lugar 21 en la lista de los países con mayor número de personas “muy ricas”, con 114 mil 997 adultos que —en 2010— contaban con una riqueza mayor a un millón de dólares, lo que coloca al país por arriba de Dinamarca, Finlandia y Hong Kong.8 La pobreza Si miramos la otra parte de nuestra realidad encontraremos que, de acuerdo al Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) —organismo público descentralizado de la Administración Pública Federal encargado de evaluar el nivel de pobreza en México—, 81% de la población en 2010 era pobre o vulnerable, es decir tenía una o más carencias sociales.9 El CONEVAL mide la pobreza de manera multidimensional, esto es a partir de seis indicadores de carencia social: alimentación, educación, salud, seguridad social, calidad de la vivienda y servicios básicos en la vivienda. La población pobre o vulnerable en México tuvo, en promedio, 2.3 carencias sociales. Si analizamos con mayor detalle la alimentación, por ejemplo, de acuerdo con el CONEVAL, 25% de la población tuvo en 2010 inseguridad alimentaria, es decir, sufrió la falta de alimento o tuvo poco alimento y de baja calidad, y por lo tanto llegó a experimentar hambre.10 A pesar de ello, la Organiza­ción Mundial para la Agri­cultura y la Alimentación (FAO, por su siglas en inglés) muestra en su informe “El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2011” que el nivel de personas desnutridas en México es “estadísticamente no significativo”.11 Si bien el concepto de desnutrición es distinto al de inseguridad alimentaria (la FAO define la desnutrición como “la ingesta de alimentos que no permite cubrir las necesidades energéticas mínimas”12), me parece que México sí debería estar incluido en esta lista. Si asumimos que la población con inseguridad alimentaria, de acuerdo con el coneval, no logra cubrir las necesidades energéticas mínimas y, por lo tanto, está desnutrida, México ocuparía el séptimo lugar con mayor número de personas con hambre en el mundo y el lugar número 27 en cuanto al porcentaje de personas que sufre este flagelo, empatado con Botswana, Camboya, Madagascar y Pakistán.13 La desigualdad en el ingreso Preguntar a las familias sobre su ingreso no es una tarea sencilla. Muchas de ellas, en especial aquellas se ubican en los sectores altos, no divulgan el monto de sus percepciones por temor a las autoridades hacendarias o por seguridad personal. Por ello, es muy probable que las encuestas que miden el ingreso familiar tenga un subregistro, es decir que se declaren menos ingresos de los que realmente se perciben. A partir de 1983 el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) ha levantado la “Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares” (ENIGH), en los años de 1983-1984 y desde 1992 cada dos años, con excepción de 2005, cuando por razones del calendario político en México se levantó una de ellas de manera extraordinaria. La última ENIGH disponible es la de 2010.14 De acuerdo con los resultados arrojados por la ENIGH de 2010,15 el promedio de ingreso mensual por familia en México era de 12 mil 163 pesos. Si distribuimos a todas las familias mexicanas en 10 grupos iguales, ordenadas según su ingreso desde las que menos percibieron hasta las que más percibieron —lo que se conoce como “ordenar por deciles”—, tenemos que el 10% más pobre, es decir el primer decil, tuvo una percepción media de 2 mil 149 pesos mensuales. En el otro extremo, el 10% de las familias más ricas —el decil más alto— tuvo una percepción promedio de 41 mil 927 pesos mensuales, casi 20 veces más que los más pobres. Entre los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México es el que revela la mayor distancia entre las familias que menos ganan y las que más ganan, por arriba de Chile, Israel, Turquía y Estados Unidos. México es un país muy desigual en materia de ingresos.16 Si dividimos al 10% de las familias más ricas en 10 grupos de igual tamaño, es decir, si desglosamos al decil más alto y obtenemos centiles, tenemos que el 1% de las familias más ricas del país, poco más de 290 mil, tuvieron en 2010 un ingreso mensual de 101 mil 217 pesos, esto es, 47 veces más que el 10% más pobre (ver Cuadro 1). Estas cifras ya nos muestran una desigualdad importante; no obstante, antes de derivar más conclusiones, debemos preguntarnos: ¿es correcto el monto de ingreso promedio de las familias más ricas de México? De acuerdo al Manual de percepciones de los servidores públicos de las dependencias y entidades de la Administración Pública Federal, publicado por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público el 31 de mayo de 2010 en el Diario Oficial de la Federación, los directores de área podían tener una percepción ordinaria bruta (sueldo base más compensación garantizada) de entre 47 mil 974 y 95 mil 355 pesos al mes. Por arriba de este puesto se ubican los directores generales y coordinadores generales, jefes de unidad, oficiales mayores, subsecretarios y secretarios de Estado, cuyo rango de sueldo va de los 85 mil 889 a los 205 mil 222 pesos mensuales.17 Sin embargo, de acuerdo a los datos originales de la ENIGH 2010, el ingreso mensual promedio de los hogares cuyo jefe de familia era “alta autoridad del sector público o privado”, fue de 44 mil 192 pesos mensuales. En el sector privado, los sueldos de las altas autoridades son aún mayores. De acuerdo al Informe anual de gobierno corporativo 2010 del Banco BBVA, la percepción media que recibió cada uno de sus principales altos directivos durante el año 2010 fue de 2.5 millones de pesos mensuales. Entre ellos se encuentra el director general de bbva Bancomer de México.18 No obstante, su principal competidor tuvo un ingreso mucho mayor: el director general para México y Latinoamérica de Citigroup percibió, en el mismo año, un sueldo de 570 mil pesos mensuales, más una compensación variable anual por 7 millones 450 mil dólares19, es decir, en total percibió 8.3 millones de pesos mensuales.20 La diferencia entre el ingreso del director general de este grupo financiero y el de un cajero es de 1 a 3 mil 260, una distancia fuera de toda proporción y que raya en la inmoralidad. Todo parece indicar que las cifras de la ENIGH presentan un subregistro que debe corregirse. A esta conclusión llegaron tanto Ifigenia Martínez de Navarrete en los años cincuenta y sesenta, como Oscar Altimir en las décadas de los sesenta y setenta.21 Las cifras del ingreso corregidas por subenumeración Podemos conocer el nivel de subregistro si comparamos el ingreso que reportan las familias en la ENIGH con el ingreso que contabiliza el Sistema de Cuentas Nacionales de México. Después de contrastar las dos fuentes de información, entre 1994 y 2010 se observa un importante subregistro, que se incrementa año con año. En 2010, por ejemplo, por cada peso declarado por familia en la ENIGH, el Sistema de Cuentas Nacional registró 2.17 pesos.22 Si corregimos el ingreso de las familias de la ENIGH, bajo el supuesto de que el subregistro depende del nivel de ingreso —es decir, las familias más ricas no declaran la totalidad de lo ganado, como hemos visto—, la desigualdad aumenta. El ingreso del 10% de las familias más ricas crece de 41 mil 927 a 141 mil 100 pesos mensuales, lo que representa 66 veces más que el del 10% más pobre; y el ingreso del 1% más rico, es decir las 290 mil 613 familias más ricas de México, aumenta de 101 mil 217 a 359 mil 594 pesos mensuales (167 veces más que el ingreso del 10% más pobre). Los hogares cuyo jefe de familia es un alto directivo de gobierno o de una empresa privada perciben, una vez hecho el ajuste, 131 mil 215 pesos mensuales, en lugar de 44 mil 192 pesos mensuales (cifra original de la enigh, sin ajuste). Los sueldos ajustados son más creíbles. Si analizamos la desigualdad global con las cifras corregidas por subregistro de las encuestas que se han levantado en México desde 1950 —tanto las de Ifigenia Martínez y Oscar Altimir como las estimadas por el autor—, la tendencia es clara: somos un país con una fuerte desigualdad, que aumenta año con año. El coeficiente de Gini23 se incrementa del 0.50-0.53 de los años cincuenta al 0.58-0.60 de los años sesenta, y llega al rango de 0.62-0.64 en los años ochenta. No obstante, continúa aumentando para ascender al rango 0.61-0.65 en los noventa y llega al registro récord de 0.62-0.65 en los primeros años del siglo XXI (ver Cuadro 2). ¿Por qué tenemos una desigualdad tan alta? La desigualdad se amplía en México por el incremento en el ingreso del 30% más rico, que suma 8.7 millones de familias. Los ingresos de este grupo representaron, en 2010, 83% del total.24 El resto de la población no solo tiene cada vez una menor participación en la economía nacional; los pesos que gana le alcanzan para menos bienes y servicios cada año. En los últimos años, la población ha sufrido en México al menos tres efectos: (1) el empleo precario, (2) la pérdida del poder adquisitivo, y (3) la eliminación de los subsidios. El empleo precario A partir de los años noventa, los empleos formales se tornaron cada vez más precarios. Con el propósito de competir y obtener una ganancia cada vez mayor, muchas de las empresas han tomado una serie de medidas: 1. Despedir a la población adulta que ha acumulado antigüedad y, por lo tanto, prestaciones; 2. Reducir prestaciones y/o incorporarlas al sueldo, como en el caso de los empleados bancarios, cuyas prestaciones fueron incorporadas al sueldo, lo que provocó un beneficio temporal que se perdió cuando los grupos financieros comenzaron a despedir a los adultos y a contratar en su lugar a jóvenes con un sueldo bajo; 3. Contratar personal “barato” bajo el esquema de outsourcing; 4. Reducir la proporción de gerencia media, así como puestos de apoyo, conocidos como staff, ocupados –en su mayoría– por profesionistas. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, tres millones de personas perdieron el empleo en 2009; de ellos, 2.6 millones fueron víctimas de recortes de personal o su trabajo temporal terminó25 (ver Cuadro 3). En cuanto a la disminución de prestaciones, de acuerdo con la enigh 2010, 51.4% de la población que trabaja para otro no tiene ningún apoyo por parte del patrón, y prácticamente la totalidad de quienes trabajan por su cuenta no tiene prestaciones. El impacto en el ingreso es directo: si no tengo seguro médico y enfermo debo pagar mi tratamiento. Si soy madre y trabajo fuera de casa, y la organización para la cual laboro no me ofrece una guardería, debo pagar una. Si carezco de una ayuda para despensa, debo destinar una mayor proporción de mi ingreso a la alimentación. En la medida en que se propongan reglas laborales que tengan como propósito abaratar la fuerza de trabajo, la situación se agravará. Poder adquisitivo La población ha sufrido, desde mediados de los años ochenta, la pérdida de poder adquisitivo. En el año de 1976 el salario mínimo era de 6 mil 500 pesos, si traemos su valor a pesos actuales.26 Para 2011 había bajado a mil 766 pesos, una pérdida de 73%. Si bien no todo el personal ocupado percibe el salario mínimo, su aumento es un parámetro que rige el crecimiento de otros salarios. El salario medio industrial, por ejemplo, ha sufrido también una pérdida, aunque ligeramente menor. Buena parte de la estrategia económica de los últimos años ha dependido de mantener el crecimiento de los salarios por debajo del aumento de los precios. A diferencia de los años sesenta y setenta, cuando la meta era crecimiento y empleo, ahora se tiene como objetivo la reducción del gasto público y de la inflación (ver Gráfica 2). Reducción de subsidios La eliminación o reducción de subsidios afecta de manera directa e indirecta. Su impacto es indirecto cuando el gobierno reduce los montos de gasto e inversión y, por lo tanto, las familias deben aportar dinero directamente. Por ejemplo, la inversión en educación superior no ha crecido lo suficiente como para cubrir la demanda. Por ello, muchas familias deben destinar ahora parte de su ingreso al pago de una institución de educación superior privada. Todo esto se refleja claramente en la estadística. De acuerdo con la Secretaría de Educación Pública, en el ciclo escolar 1980-1981 había 892 escuelas de educación superior (normal, licenciatura y posgrado), de las cuales 70% eran públicas. 30 años después, en el ciclo escolar 2010-2011, las escuelas privadas son mayoría: representan 55% del total de instituciones. De las 6 mil 289 instituciones de educación superior del ciclo 2010-2011, 3 mil 481 son privadas y educan a 804 mil alumnos.27 En 2011, 21.5% de la inversión que se realizó en educación de todos los niveles provino del sector privado; 30 años atrás, en 1980, esta proporción era de tan solo 6.9%.28 El 7% del PIB de actividades terciarias (comercio y servicio) es generado por los servicios educativos de particulares.29 En materia de salud ha sucedido algo similar. Como producto de la precarización en el trabajo, tan solo 39% de las personas con 12 años o más de edad está afiliado o inscrito para recibir atención médica de parte de alguna institución pública, de acuerdo a la ENIGH 2010; el resto debe acudir al Seguro Popular (que solo es gratuito para el 40% más pobre) o pagar por su cuenta la atención privada. De hecho, de acuerdo con la misma encuesta, 40% de las personas manifestaron que cuando tienen un problema de salud, acude a una clínica o farmacia privada o se automedican. La eliminación de subsidios también afecta de manera directa a la población. A partir de los años noventa se han retirado, poco a poco, los subsidios al pago de la energía eléctrica, el predial, el agua y la gasolina, entre otros bienes y servicios que otorga el gobierno. La telefonía que antes era pública y con tarifas bajas, ahora es una de las más caras del mundo, de acuerdo a la OCDE.30 En síntesis, no solo el ingreso se ha concentrado en unos cuantos, sino que además las familias de los sectores medios y bajos deben pagar bienes y servicios que antes les otorgaba la empresa por medio de prestaciones o el gobierno de manera gratuita. Tienen un menor poder adquisitivo y deben gastar más por los mismos bienes y servicios que antes recibían. _________________________________ 1 El producto interno bruto (PIB) es el valor de los bienes y servicios que produce una nación en un periodo determinado. 2 Datos del Banco Mundial, consultados el 16 de marzo de 2012: . 3 Population Division, “World Population Prospects, the 2010 Revision”, consultada el 16 de marzo de 2012: . 4 Si bien México tuvo una ligera caída en este indicador, por la crisis mundial de 2008, registró una recuperación en 2010, para llegar a 9 mil 123 dólares por persona. Datos del Banco Mundial, consultados el 16 de marzo de 2012: . 5 Revista Forbes, consultad el 16 de arzo de 2012: . 6 Si bien Alemania tiene siete millonarios en la lista Forbes, la suma de su riqueza representa 6% del total. 7 Para el autor, el concepto de riqueza considera tanto los activos financieros como los no financieros (no así la deuda) que tienen las personas mayores de 20 años de una familia. Acepta que su estimación es más complicada, ya que muy pocos países tienen la estadística necesaria para su cálculo. El estudio de la riqueza es relevante ya que el ingreso de las personas se genera a partir tanto de capital humano, como de sus activos. La riqueza se hereda y se convierte, para algunos, en su destino. Los hijos de las familias con mayor riqueza tienen más oportunidades que los hijos de familias con menos activos. Ante una situación difícil, por ejemplo la pérdida de empleo del principal proveedor del hogar o una enfermedad grave, el dinero ahorrado y las inversiones son de gran ayuda. 8 “Credit Suisse Global Wealth Databook 2010”, Credit Suisse Research Institute, Suiza, octubre de 2010, pp. 88 y 93. 9 Este porcentaje incluye a la población, que si bien tenía cubiertas sus necesidades, ganó menos de 2 mil 114 pesos, así como a las personas que vivían en una zona urbana, o tenían un ingreso menor a los 978 pesos, o si vivían en una zona rural. 10 Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), “Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social en México 2011”, México, 2012, cuadro 2.1, p. 21. 11 Es decir, la proporción de las personas desnutridas se ubicó por abajo del 5% de la población total. 12 De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), “la necesidad mínima diaria de energía es de unas mil 800 kcal por persona. La necesidad exacta viene determinada por la edad, tamaño corporal, nivel de actividad y condiciones fisiológicas específicas: enfermedades, infecciones, embarazo o lactancia”. 13 Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, “El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2011”, en ¿Cómo afecta la volatilidad de los precios internacionales a las economías nacionales y la seguridad alimentaria?, Roma, 2011, pp. 50-53. 14 En 1956 y 1958 la Dirección General de Estadística levantó las encuestas de “Ingreso y egresos de la población en México”, y en 1960 la encuesta “Las 16 ciudades de la República Mexicana, ingresos y egresos familiares”. En 1963 y 1968 el Banco de México llevó a cabo las encuestas de “Ingresos y gastos familiares”. Durante el periodo de 1969-1970 la Dirección General de Estadística realizó la encuesta “Ingresos y gastos de la República Mexicana” y en 1977 la “Encuesta Nacional de Ingreso-Gasto de los Hogares”. 15 Los resultados que se muestran de la “Encuesta de Ingresos y Gastos de los Hogares” se obtuvieron a partir de la descarga de archivos de la página del INEGI en la sección dedicada a dicha encuesta bajo el rubro “Microdatos de la muestra”. Estos datos fueron trabajados estadísticamente por el autor: . 16 “Divided We Stand: Why Inequality Keeps Rising”, OECD, 2011, p. 45. . 17 “Acuerdo mediante el cual se expide el Manual de Percepciones de los Servidores Públicos de las Dependencias y Entidades de la Administración Pública Federal”, Diario Oficial de la Federación, anexo 3a, SHCP, lunes 31 de mayo de 2010. 18 Banco Bilbao Vizcaya Argentaria, S.A., “Informe anual de gobierno corporativo 2010”, pp. 17 y 18, consultado en la página de internet el 16 de marzo de 2012: . 19 El pago se repartió en los 12 meses de 2011. 20 Citigroup, Proxy Statement 2010, pp. 55 y 56, consultado el 16 de marzo del 2012: . 21 Véase Ifigenia Martínez de Navarrete, “La distribución del ingreso en México. Tendencias y perspectivas”, El perfil de México en 1980, 2a edición, editorial Siglo XXI, México, 1982. pp. 17-71; y Oscar Altimir, “La distribución del ingreso en México”, Distribución del ingreso en México: Ensayos, tomo I, documento no. 37, Banco de México, México, 1982, pp. 15-95. El banco Credit Suisse también ajusta la información en su reporte sobre la riqueza en el mundo, consciente de que de no hacerlo prácticamente no tendría mercado en muchos países, entre ellos México. 22 En La desigualdad y la clase media en México, un libro de próxima aparición, Carlos McCadden Martínez explica con mayor detalle la justificación y los cálculos específicos para llevar a cabo el ajuste a las cifras de las ENIGH. 23 Medida de desigualdad propuesta por el científico social Corrado Gini en 1912, que va de 0 a 1. A medida que el valor se aproxima a 0, la sociedad tiene igualdad en sus ingresos. Por el contrario, a medida que el índice se aproxima a 1, la distribución presenta una mayor concentración en el ingreso. 24 Si nos vamos a la cúspide de la pirámide, 1% de las familias más ricas, poco más de 290 mil, obtiene 13.7% del ingreso de todos los hogares. 25 Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, consultada el 14 de marzo de 2012: . 26 Se deflactó el monto del salario mínimo con el índice de precios al mayoreo de 1934 a 1969, y con el índice de precios al consumidor para el periodo de 1970 a 2011, según el Banco de México. 27 SEP, “Estadística Histórica del Sistema Educativo Nacional”, consultada el 16 de marzo del 2012: . 28 Felipe Calderón, “Quinto Informe de Gobierno”, Anexo Estadístico, Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos, Presidencia de la República, México, 2011, p. 322. 29 Ibídem, pp. 97-99. 30 “Perspectivas OCDE: México, reformas para el cambio”, OCDE, 2012, p.45. ______________________________________ MIGUEL DEL CASTILLO NEGRETE ROVIRA es profesor del Departamento Académico de Estudios Generales del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y profesor visitante en la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa.

Jóvenes que no estudian ni trabajan: ¿Cuántos son?, ¿quiénes son?, ¿qué hacer?1 (142.204)
El diseño de programas efectivos para enfrentar los mayores desafíos del país, como el de la inclusión cabal y justa de los jóvenes, debe pasar necesariamente por diagnósticos puntuales. El presente estudio constituye un análisis detallado y fundamentado del fenómeno de los Ninis. Sirva lo que revela para la discusión y el diseño de estrategias sobre un asunto de la mayor importancia. En los últimos años se ha hecho cada vez más visible en el debate público el fenómeno de las y los jóvenes que no estudian ni trabajan (los llamados “Ninis”). La expectativa social es que, durante su juventud, hombres y mujeres acudan a la escuela para adquirir conocimientos y desarrollar habilidades y destrezas o bien que trabajen para generar ingresos, formar un patrimonio y convertirse en personas autónomas. Se suele pensar que si los jóvenes no estudian ni trabajan, están en riesgo y se colocan en una situación de vulnerabilidad. Consecuentemente, constituyen un motivo de preocupación para sociedad y gobierno. En términos generales, el fenómeno de los Ninis2 se explica tanto por causas que escapan al control individual (acceso limitado a la educación, obsolescencia de los modelos educativos, falta de oportunidades de empleo y desarrollo productivo, inestabilidad y precariedad laboral e insuficiente ingreso de los hogares, entre otros), como por entornos familiares poco propicios para el desarrollo de los jóvenes e incluso –como veremos más adelante– por decisiones de carácter personal relacionadas (o no) con eventos del curso de vida (como la unión o el matrimonio y el embarazo tempranos) que determinan una elevada deserción escolar. Se trata, en consecuencia, de un fenómeno con múltiples causas y diversas manifestaciones. Diversos autores han señalado que el fenómeno de los Ninis no es privativo de las naciones en desarrollo —como México—, sino que ocurre en todos los países. Postulan también que se trata de un fenómeno reciente que afecta a la generación actual de jóvenes, en contraste con las precedentes. Sostienen que si bien los jóvenes tienen actualmente más acceso a la educación, los afecta la falta de perspectivas, los vaivenes continuos, el deterioro de las condiciones laborales y la incertidumbre en el empleo.3 Estas tendencias aparentes han conducido, a su vez, a centrar la atención en las consecuencias que se supone que podría traer aparejada la condición Nini. Entre otras preocupaciones formuladas por la literatura sobre el tema, destacan las siguientes: • Se dice que la doble exclusión que sufren estos jóvenes compromete no solo su presente sino también su futuro, al tiempo que constituye un doloroso desperdicio social de sus capacidades y potencialidades de desarrollo. De hecho, para muchos esta condición puede resultar en un “ocio frustrante, obligatorio, impuesto, incómodo, improductivo y, por supuesto, angustiante y doloroso”.4 • Además, la doble privación parece imponer a los jóvenes una enorme dificultad para emanciparse y definir o desarrollar un proyecto de vida, lo que, según diversos analistas, influye negativamente en su autoestima y les provoca escasa confianza en el porvenir, desánimo, apatía, indolencia, frustración, angustia, ansiedad, incertidumbre e indefinición.5 • Algunos otros autores sostienen que la situación de exclusión y los obstáculos crecientes que dificultan la emancipación refuerzan entre los jóvenes el descrédito de los estilos de vida tradicionales y la aparición de un nuevo modelo de actitud caracterizado por el rechazo simultáneo a estudiar y a trabajar. Según esta visión, los jóvenes piensan que “el futuro es tan incierto que es mejor vivir al día” y no están dispuestos a realizar “esfuerzos exorbitantes cuando el beneficio no es seguro”.6 • Por todas estas razones, diversos analistas piensan que, de no ser atendidos por políticas públicas adecuadas, existe el riesgo de que la condición Nini puede hacer de los jóvenes presa fácil de la violencia, las adicciones y el crimen organizado;7 convertirlos en un peligro para la cohesión social y la democracia,8 e incluso en una “bomba de tiempo” para la seguridad del país.9 Tomando en cuenta estas y otras preocupaciones similares, este artículo utiliza los resultados de la Encuesta Nacional de la Juventud de 2010 (ENJ)10 y de otras encuestas recientes para explorar y comprender mejor el fenómeno de los Ninis en el país. Esencialmente, en este artículo nos preguntamos si existe evidencia sólida que apoye en el caso mexicano algunas de las interpretaciones e hipótesis de trabajo arriba enunciadas. Estimamos, en primer lugar, la cuantía actual de los jóvenes Ninis y cómo se compara con otros países; procuramos conocer también su evolución en el tiempo y algunas de las características de los jóvenes que experimentan esa condición. En segundo lugar, exploramos otras interrogantes de indudable interés: ¿Qué pasa con los jóvenes Ninis? ¿A qué se dedican? ¿Qué valor le otorgan estos jóvenes a la educación? ¿Qué expectativas tienen? Finalmente, en tercer lugar, el artículo se propone llamar la atención acerca del imperativo de diseñar e instrumentar políticas públicas (preventivas y correctivas) para hacer frente a este complejo y preocupante fenómeno social. Jóvenes Ninis, un fenómeno mundial Las encuestas y censos permiten cuantificar el número de jóvenes que no estudian ni trabajan.11 Lo hacen interrogando a los jóvenes directamente sobre ambas condiciones. Esta manera de medir el fenómeno, aunque lo simplifica, permite seguir su evolución y comparar su intensidad en diferentes latitudes. Los datos disponibles confirman que efectivamente los llamados Ninis son una realidad mundial que tiene causas, alcances e implicaciones distintas en cada país. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (ocde) estima que, en los países que la integran, alrededor de 15.2% de los jóvenes de 15 a 29 años de edad no estudia ni trabaja.12 Esta misma organización precisa que: • Un total de 19 naciones de la ocde tiene un promedio inferior al porcentaje indicado; destacan, entre los más bajos, los casos de Dinamarca (6.6%) y Holanda (7 por ciento). • En contraste, con valores ligeramente superiores al promedio, se ubican Francia (15.6%) y el Reino Unido (15.7%); en una posición más alejada destacan Italia (21.2%), España (22.7%) y México (24.8 por ciento). • A su vez, Israel y Turquía alcanzan los porcentajes más elevados, con 28.7 y 39.6%, respectivamente. Es decir, México ocupa el tercer lugar entre las naciones de la OCDE según la proporción de jóvenes (hombres y mujeres) Ninis. El valor atribuido por la ocde a México es muy similar al que deriva de la ENJ (25.2%). Cuando se incluye a toda la población de 12 a 29 años (y no solo a las personas de entre 15 y 29 años, como ocurre con el estudio de la OCDE), el porcentaje desciende a 21.6%, lo que significa alrededor de 7 millones 820 mil jóvenes (ver Gráfica 1). La tendencia del fenómeno Nini es a la baja La gran mayoría de los jóvenes (casi 8 de cada 10) actualmente estudia y/o trabaja. En consecuencia, no hay una “generación perdida”.13 Más aún, a diferencia de lo que comúnmente se cree, en México hay menos Ninis que en décadas pasadas. De acuerdo con los datos de muy diversas fuentes:14 • En 1960, 59% de los jóvenes sufría la doble exclusión. • Con el avance económico y social de las décadas siguientes, esa proporción descendió hasta uno de cada tres (33.1%) en 1990. • La tendencia a la baja prosiguió en las siguientes dos décadas aun cuando esta se moderó significativamente y alcanzó su mínimo en 2007 (en alrededor de uno de cada cinco jóvenes). • Hay indicios de que este fenómeno se ha elevado dos o tres puntos porcentuales en los últimos tres o cuatro años, debido al impacto de la crisis de 2008-2009 sobre el empleo y el gasto social. La tendencia de largo plazo obedece a mejoras notables en la cobertura educativa en todos los niveles, a la creciente participación de los jóvenes en los mercados laborales y —como veremos más adelante— a cambios favorables en la condición social de las mujeres. Los datos disponibles confirman que los jóvenes de hoy no son menos trabajadores o tienen menor escolaridad que los de generaciones previas. La gran mayoría de las y los jóvenes mexicanos estudia y/o trabaja y lo hace en una proporción significativamente mayor que quienes integraban las generaciones anteriores. Mayor proporción entre las mujeres La disminución de largo plazo en la proporción de jóvenes Ninis se origina en el avance significativo de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. En 1960 alrededor de 35.4% de los varones no estudiaba ni trabajaba; en contraste, la mayoría de las mujeres (81.4%) se encontraba en esa condición. Tres décadas más tarde, en 1990, su peso disminuyó a 12.4% entre los hombres y a 52.2% entre las mujeres. La tendencia descendente siguió su curso, aunque cada vez más lentamente, hasta alcanzar en ambos casos un mínimo en el cuarto trimestre de 2007. Desde entonces se advierte con diversas fuentes un aparente incremento de dos o tres puntos porcentuales en la proporción representada por los jóvenes Ninis, hasta alcanzar un total de 11.7% entre los hombres y 36% entre las mujeres. Si bien la doble exclusión de las mujeres no es privativa de México, el estudio de la OCDE ubica a nuestro país como uno de los más excluyentes hacia ellas. Lo coloca en el segundo lugar entre las naciones que integran esta organización con mayor proporción de mujeres Ninis, solo superado por Turquía (49.9%). Más alejados se encuentran Israel (25.2%), Italia (17.4%), Nueva Zelanda (16%) y Hungría (15.8 por ciento). En contraste, el mismo estudio advierte que el promedio registrado por los varones mexicanos se asemeja al de la ocde y es inferior al de países como Canadá, Nueva Zelanda, Hungría y Estados Unidos.15 Dicho estudio indica que la gran mayoría de los jóvenes mexicanos está estudiando o trabajando, incluso en mayor proporción que en algunas naciones líderes de la economía global (ver Gráfica 2). La marcada diferencia en la incidencia de este fenómeno por sexo se refleja en el hecho de que, del total de jóvenes Ninis (7 millones 820 mil), alrededor de 5.9 millones son mujeres (75.7% del total) y 1.9 millones son hombres (24.3%). La gran mayoría de las mujeres que no estudian ni trabajan entre 12 y 29 años están unidas (59.1%) y/o tienen hijos (67.2 por ciento). Entre las mujeres, la probabilidad de pertenecer al grupo Nini se incrementa con la edad. Alrededor de 5.3% de las mujeres de entre 12 y 15 años se encontraba en esa condición; dicha probabilidad se triplica (15.7%) entre las jóvenes de 16 a 18 años; se eleva al doble (33.1%) en el grupo 19 a 23 años y sigue su curso ascendente (46%) entre los 24 y 29 años. Este patrón es incluso más marcado entre los varones en las edades más tempranas (10.9% entre los 12 y 15 años y 25.3% entre los 16 y 18 años) y alcanza su máximo en el grupo de 19 a 23 años (33.2%, con una cifra similar a la de las mujeres en esas edades), pero empieza a declinar a partir del grupo de 24 a 29 años (30.6 por ciento). Estas cifras revelan que la existencia de la doble privación está marcada por el acceso desigual a la estructura de oportunidades entre hombres y mujeres. Nadie puede estar satisfecho de esta situación. A pesar de los esfuerzos por reducir la brecha de género, la población femenina sigue teniendo menos opciones educativas y laborales que los varones. De esta manera, para muchas de ellas, el confinamiento doméstico es la única opción, en vez de estudiar, trabajar y vivir el mundo público. La influencia de los eventos de la vida personal Algunos eventos de la vida personal (como la unión o el matrimonio y el embarazo tempranos) suelen obligar a las mujeres a truncar tempranamente sus estudios e influyen poderosamente en su alejamiento de la actividad económica. Así, mientras que dos de cada tres mujeres Ninis (67.2%) de entre 12 y 29 años están unidas, la cifra se reduce a 18.8% entre los varones. Igualmente, 59.2% de las mujeres Ninis tienen hijos, en contraste con solo 12.8% entre los varones. La unión y la reproducción tempranas reflejan la persistencia de patrones culturales que exaltan los roles femeninos de esposa y madre, y actúan como poderosos determinantes de sus trayectorias educativas y laborales. De esta manera: • 60.7 y 75.3% de las mujeres Ninis de 19 a 23 y de 24 a 29 años de edad tienen hijos. Las proporciones descienden hasta 12.7 y 25.2% entre los jóvenes de esas mismas edades. • 63.6% de las mujeres Ninis que no terminaron la educación básica tienen hijos, en contraste con solo 14.4% de los hombres. A su vez, 51.7% de las mujeres Ninis que terminaron algún grado de educación superior se encuentra en esa misma condición, mientras que entre los hombres se reduce a 10 por ciento. La relevancia de las decisiones de la vida personal en la deserción escolar es reconocida por una proporción significativa de las mujeres. Cuando se les pregunta explícitamente las razones por las que dejaron de estudiar, 17.6% se refiere al matrimonio o la unión o bien al nacimiento de un hijo, en contraste con 1.6% entre los hombres. Cuando se interroga a las mujeres que únicamente realizan quehaceres del hogar por qué dejaron de estudiar, la cifra de quienes invocan esos hechos se eleva a casi 25 por ciento. Además de la desigualdad de género y la importancia que cobran los hechos de la vida personal en la configuración de las trayectorias de las jóvenes, los factores vinculados al entorno económico y social también suelen tener una gran importancia. Estos factores, aunados a las diferentes dotaciones de capital escolar, crean una red de privaciones que obstruyen el desarrollo integral de las mujeres. Por ejemplo, de acuerdo con los datos de la ENJ-2010, una proporción semejante de hombres y mujeres Ninis invocó razones económicas (‘Tenía que trabajar’, ‘No tenía dinero’ y ‘No podía pagar la escuela’) como las determinantes para dejar la escuela. Asimismo, 27.6% de los hombres y 15.6% de las mujeres Ninis identificó como motivo de la deserción escolar la reprobación, el aburrimiento o la indisciplina, factores que se relacionan con un bajo clima educacional de los hogares. A su vez, alrededor de 7.2% de los hombres y 5.5% de las mujeres citaron problemas de acceso a la escuela (‘La escuela me queda lejos’, ‘No me aceptaron en la escuela’, ‘No había escuela’). Los Ninis están presentes en todas las entidades y todos los estratos Los jóvenes Ninis no están confinados en algunos territorios. Radican tanto en las ciudades (60%), como en las localidades mixtas (12 de cada 100) y en las localidades rurales (28 de cada 100). Desde el punto de vista de su distribución por entidad federativa, este fenómeno sigue, en términos generales, las pautas de los asentamientos humanos. El Estado de México —la entidad federativa más poblada— tiene el mayor número de jóvenes Ninis (1 millón 36 mil); la menor cantidad se registra en Baja California Sur, con 37 mil. A su vez, desde el punto de vista de su peso relativo, existen diferencias importantes: la proporción de Ninis en 18 estados es superior al promedio nacional (de 21.6%) y en 14 entidades es menor. Por ejemplo, entre las entidades con los porcentajes más bajos, destacan Tlaxcala (10.7%), Puebla (11.1%) e Hidalgo (12.6%). En contraste, las entidades con las proporciones más altas son Coahuila (31.3%), Guanajuato (29.6%) y San Luis Potosí (29.5 por ciento). Todas estas cifras sugieren que el fenómeno de los Ninis constituye un asunto de la mayor importancia que exige la intervención de todos los órdenes de gobierno y reclama un esfuerzo de coordinación intergubernamental (ver Gráfica 3). El fenómeno de los jóvenes Ninis afecta tanto a las entidades más avanzadas, como a las de menor desarrollo relativo. Por ejemplo, Guerrero, el estado con el índice de marginación más elevado,16 ocupa la posición 6 entre las entidades con mayor proporción de Ninis; a su vez, Chiapas, la segunda entidad en marginación, ocupa la posición 14, y Tlaxcala, la número 16 en marginación, es la entidad con la menor proporción de jóvenes Ninis. En el otro extremo, el Distrito Federal, la entidad con menor marginación, se sitúa en la posición 29 y Nuevo León, la segunda entidad menos marginada, en la posición 7. Finalmente, Coahuila, una de las entidades menos marginadas (la número 29), ocupa la primera posición, con la mayor proporción de jóvenes Ninis. También hay presencia de Ninis en todos los estratos sociales. Sin embargo, los datos reflejan claramente que la probabilidad de ser Nini es significativamente mayor entre los grupos de escasos recursos: 6 de cada 10 jóvenes en condición Nini (4.7 millones) pertenecen a los cuatro primeros deciles de ingreso, uno de cada tres (2.6 millones) a los de ingreso medio (de los deciles V al VIII) y 6.7% (poco más de medio millón) a los de ingreso alto (IX y X deciles). Heterogeneidad y complejidad del fenómeno Nini Conviene señalar que en la medición de los jóvenes que no estudian ni trabajan no hay mayor esfuerzo de conceptualización. En consecuencia, no debe sorprender que el universo de estos jóvenes sea muy heterogéneo y exhiba expresiones muy variadas, unas de corta duración y otras más estables. Entre los jóvenes que sufren esta doble privación, destacan los siguientes: mujeres unidas (con o sin hijos) dedicadas a labores domésticas, jóvenes con discapacidad y personas que están buscando un empleo y no lo encuentran, hasta jóvenes que abandonaron la escuela y no desean trabajar (incluso porque piensan que no lo encontrarán) o bien aquellos que no asisten a la escuela pero estudian en sistemas abiertos y/o a distancia, o reciben capacitación para el trabajo. La información proveniente de la ENJ-2010 indica que 72.1% de las mujeres en la condición de Nini se dedica a quehaceres del hogar, otras buscan empleo (9.8%) o estudian en medios informales (1.5%)17 y algunas más tienen alguna discapacidad o están pensionadas (0.6%). A su vez, entre los varones, 41.1% de los jóvenes Ninis está buscando activamente un empleo,18 9.8% se dedica a los quehaceres del hogar, 3.4% estudia en sistemas abiertos o informales y 2.9% tiene alguna incapacidad o está pensionado. Se puede advertir que la mayor parte de los jóvenes Ninis tiene funcionamientos socialmente útiles. Además, hay un número importante de jóvenes que no realiza ninguna de las actividades antes identificadas (los llamados “otros no activos”). Se trata de alrededor de 16% de las mujeres y 42.7% de los hombres que aparentemente se encuentran en un estado de inactividad absoluta.19 Las causas de dicha inactividad son muy diversas: se dedican a la familia (10%), tiene trabajo eventual (7%), carecen de oportunidades laborales (7.5%) o sus padres los mantienen (56.2%), entre otras. Cabe precisar que en este grupo, dos de cada tres jóvenes desean seguir estudiando. Debido a esta enorme heterogeneidad, algunos analistas sostienen que la definición del universo de jóvenes Ninis pudiera no ser tan útil desde la perspectiva de la instrumentación de políticas públicas. El Consejo Nacional de Población, por ejemplo, señala que el excesivo interés mediático en el conjunto de los jóvenes Ninis ha contribuido a relegar del análisis cuidadoso a “otros fenómenos también preocupantes”, como son “la desocupación juvenil, la precariedad de la actividad laboral entre los jóvenes o la participación temprana de muchas mujeres en la vida doméstica y reproductiva, entre otros”.20 Los jóvenes Ninis no son improductivos, ociosos o indolentes A menudo se piensa que los jóvenes Ninis son improductivos. Sin embargo, como ya se dijo, muchos de ellos realizan funciones y actividades socialmente útiles. En consecuencia, sería incorrecto decir que estos jóvenes son improductivos o están ociosos. Algunas voces han calificado a los jóvenes Ninis como frustrados, perezosos, carentes de proyectos y expectativas.21 La información de la ENJ-2010 sugiere que eso es muy discutible. Destaca, por ejemplo, el alto valor que los jóvenes Ninis confieren a la educación. Alrededor de 74% de los jóvenes Ninis desea continuar estudiando. Entre quienes terminaron o aprobaron algún grado del nivel básico, el porcentaje se sitúa en 62.6 entre los hombres y 70.8 entre las mujeres; se eleva a 77.1 y 80.4 entre quienes poseen el nivel medio superior; y aumenta hasta 78.1 y 84 entre los que cursaron algún año de educación superior. Entre los principales motivos invocados por los jóvenes para seguir estudiando, destacan: ‘obtener un empleo’ y ‘ganar más’ (31.2%), ‘mejorar nivel de vida’ (45.8%) y alcanzar ‘mayores conocimientos’ (20%) y ‘reconocimiento social’ (1.3 por ciento). Sin embargo, muchos jóvenes Ninis enfrentan un entorno familiar y social poco favorable para regresar a estudiar o trabajar. Así, llama la atención que 31.3 y 40.5% de las mujeres y varones Ninis, respectivamente, declara que no puede volver a estudiar porque debe atender “responsabilidades familiares”. Incluso, alrededor de 13.5% de las mujeres Ninis manifiesta no tener tiempo para estudiar (en contraste con 10% entre los hombres). Hay, además, 15% de las mujeres y 35% de los hombres que dicen que no regresarían a las aulas porque no les gusta estudiar, lo que se relaciona con el escaso capital cultural de sus hogares. La condición de Nini no es permanente ni una opción de vida Existe cierta inclinación a considerar que los jóvenes Ninis se encuentran en una condición permanente e inevitable de inactividad o bien a decir que reflejan una forma de vida. Sin embargo, se sabe que alrededor de 58% de los jóvenes Ninis (y 87% de los jóvenes Ninis que están buscando activamente un empleo) tienen experiencia laboral previa. Esto quiere decir que todos estos jóvenes no han permanecido inactivos o desocupados durante su juventud. Más aún, la escasa evidencia disponible sugiere que, para muchos jóvenes, la condición en la que se encuentran es solo transitoria:22 hay una alta movilidad entre estos jóvenes de un grupo a otro (de Nini a estudiar y/o trabajar).23 Según los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), 19.7% de los jóvenes Ninis en el segundo trimestre de 2010 ya se desempeñaban laboralmente en el tercer trimestre de ese mismo año; de la misma forma, 3.5% en ese mismo lapso regresó a estudiar y 0.5% decidió estudiar y trabajar simultáneamente. En contraste, 76.2% de las y los jóvenes Ninis retuvo esa condición entre el segundo y el tercer trimestre de 2010. El capital escolar de los jóvenes Ninis Las distintas cuotas de capital escolar de los jóvenes Ninis configuran situaciones muy diversas para escapar de esa condición. • El grupo de mayor vulnerabilidad lo conforma el 26.6% que no concluyó la educación básica, entre quienes la edad promedio de abandono de la escuela es de 15 años para hombres y mujeres. • Un segundo grupo lo integra el 43.8% de los jóvenes, cuyo logro educativo le permitió concluir la educación básica o bien incursionar en el nivel medio superior sin terminarlo. Para este grupo, la edad promedio al momento de abandonar la escuela se eleva a 18 años entre las mujeres y a 20 años entre los hombres. • El tercer grupo de jóvenes Ninis es el de menor vulnerabilidad y está integrado por alrededor de 29.6% que posee el mayor capital escolar. De este total, 18.6% concluyó el nivel medio superior y 11% aprobó algún grado de educación superior o terminó sus estudios profesionales. En el primer caso, la edad promedio es de 19 años para las mujeres y 20 para los hombres, mientras que en el segundo caso se incrementa a 22 y 26 años, respectivamente. Como se puede advertir, la menor formación de capital escolar entre las mujeres, reflejada en la edad promedio de abandono de la escuela, compromete sus oportunidades de desarrollo personal. El rezago educativo de los jóvenes Ninis se origina en decisiones recientes de abandono escolar o bien de hace uno, dos o hasta tres lustros (según la edad actual). Por ejemplo, entre los jóvenes Ninis que no han concluido la educación básica, 16.8% proviene del grupo de 12 a 15 años de edad (decisiones de abandono escolar en curso); 19% del grupo de 16 a 18 años (decisiones de abandono que en promedio ocurrieron hace menos de un lustro); 26.8% del grupo de 19 a 23 años (decisiones que tuvieron lugar entre uno y casi dos lustros), y 37.3% del grupo de 24 a 29 años de edad (decisiones que se tomaron hace dos o casi tres lustros atrás). Esto implica la necesidad de reforzar las acciones tanto de carácter preventivo, como correctivo en el ámbito educativo (ver la Gráfica 4). El desafío de la inclusión social de los jóvenes Ninis En las últimas décadas el Estado y la sociedad mexicana han intentado encarar el reto que significa el desarrollo y la inclusión social de los jóvenes. Son amplias y diversas las acciones de política pública dirigidas hacia este segmento de la población. Destaca, sin duda, la constante ampliación de las oportunidades en la educación básica, media superior y superior a través del sistema escolarizado,24 y más recientemente de las modalidades abierta y a distancia.25 Igualmente, la expansión de los programas de becas está propiciando mayor acceso y permanencia de los jóvenes en la educación.26 También se han fortalecido las intervenciones públicas para facilitar el tránsito hacia la vida laboral de los jóvenes, tanto a través de becas de capacitación para el trabajo, así como otras acciones que vinculan la oferta y la demanda laboral.27 Sin embargo, estas y otras muchas intervenciones han resultado insuficientes, como se advierte en la enorme cuantía de los jóvenes Ninis. Estado y sociedad deben reconocer la prioridad que representa la atención a los millones de jóvenes que por razones muy diversas no estudian ni trabajan. Desafortunadamente, tanto en México como en otros países es hasta recientemente que se hace visible este problema social y, en consecuencia, resultan aún escasas y un tanto dispersas las acciones expresamente dedicadas a la atención de los jóvenes Ninis en sus diferentes expresiones. Urge, en consecuencia, estructurar políticas integrales para transformar las condiciones de vida de este segmento de la población. Miguel Székely28 señala correctamente que la atención a este numeroso grupo de jóvenes debe adoptar un conjunto articulado de políticas de protección, de ampliación de capacidades y de generación de oportunidades, integradas —en cada caso— por medidas tanto de prevención en las etapas previas del ciclo de vida, como de reacción o correctivas en el presente. Se requiere, en suma, configurar una agenda de políticas, estrategias y acciones en esta materia, complementada además con un conjunto de políticas transversales que, entre otros propósitos, contribuyan a garantizar igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. Resulta prioritario consolidar la tendencia histórica a la disminución del número de jóvenes Ninis mediante el fortalecimiento de políticas de protección, priorizando la atención a grupos en situación de vulnerabilidad: en la niñez, con acciones de nutrición y de salud, apoyos alimentarios y escuelas para padres y madres, entre otros; y en la juventud, mediante intervenciones en las áreas de salud, salud sexual y salud reproductiva, programas para evitar el consumo de drogas y alcohol, estrategias de prevención de la violencia —en el hogar, la escuela y la comunidad— y acciones que faciliten la inserción y reinserción social, entre otros. A su vez, las políticas de la ampliación de capacidades están llamadas a jugar un papel crucial en el futuro de los jóvenes que enfrentan la doble exclusión. Estas políticas abarcan intervenciones educativas en la niñez, como son las de ofrecer servicios de educación básica suficientes y de calidad, fomentar la asistencia a la escuela, ampliar las becas y prevenir el abandono escolar a edades tempranas. A su vez, durante la juventud se requiere contar con un conjunto articulado de intervenciones, entre las que destacan las dirigidas a ampliar las oportunidades educativas en los niveles de educación media superior y superior; actualizar de manera permanente los modelos educativos para ofrecer aprendizajes que resulten pertinentes y relevantes para los jóvenes; diversificar la oferta educativa en ambos niveles educativos; fortalecer los incentivos a la permanencia escolar; enfatizar los programas de tutorías y acompañamiento permanente a los jóvenes; atender el rezago educativo; ofrecer programas de educación alternativa o facilitar su reinserción en el sistema educativo, y ampliar los programas tanto de becas para los jóvenes como de incentivos financieros y otros apoyos (como guarderías y estancias infantiles) para mujeres (con hijos o sin hijos) que deseen regresar a la escuela.29 Finalmente, las políticas de generación de oportunidades deben orientarse a generar más y mejores opciones de empleo y autoempleo para los jóvenes; mejorar los sistemas de información y orientación laboral dirigidos a este segmento de la población; impulsar el emprendimiento juvenil y la formación de negocios; apoyar los programas de inserción al primer empleo; fortalecer los programas de orientación y capacitación laboral; incentivar, reconocer y regular las pasantías para adquirir entrenamiento y experiencia, y revisar la legislación laboral para remover las barreras que impiden o desalientan el acceso de los jóvenes a los puestos de trabajo, entre otras intervenciones. Las políticas públicas en la materia deberán dimensionar la envergadura de los desafíos, diseñar e instrumentar acciones y promover su articulación mediante estrategias globales que contribuyan a erosionar la red de privaciones que atrapa a los jóvenes en la doble exclusión de no estudiar ni trabajar. Asimismo, dichas políticas públicas deberán ser sensibles a la enorme heterogeneidad de los jóvenes que no estudian ni trabajan.30 Cualquiera de las intervenciones públicas aquí mencionadas requiere de la inversión de cuantiosos recursos. Sin embargo, “el mayor costo de todos los posibles es no atender el problema, generando riesgos crecientes para el futuro”.31 Por esta razón es tan importante que en el país sean cada vez más amplias las oportunidades para los jóvenes. México es una nación que debe cuidar y procurar a sus jóvenes. Así también será capaz de perfilar su futuro con mayores posibilidades de éxito. _______ 1 Los autores agradecen el apoyo de Carlos Fuentes Villalba en la generación de la información de este artículo. 2 Se utiliza el acrónimo Nini para referirnos tanto a las mujeres como a los hombres de entre 12 y 29 años de edad que no estudian ni trabajan. 3 En México, por ejemplo, la gran mayoría de los jóvenes que trabaja recibe bajos ingresos y no cuenta con prestaciones: dos de cada tres jóvenes (67.6%) recibe hasta tres salarios mínimos y más de la mitad (56.7%) no cuenta con prestaciones. 4 La frase es de Sabino Bastidas, citada en el artículo “Ninis: ¿Generación sin esperanza?”, www. abcuniversidades.com/Articulos/263/Ninis__generacion_sin_esperanza_.html. 5 Véase Alejandro Schujman, Generación NI NI, Grupo Editorial Lumen, Buenos Aires, 2011. 6 Véase José Luis Barbería, “Generación NI NI: Ni estudia ni trabaja”, El País, 22 de junio de 2009. 7 Algunos analistas han dicho, por ejemplo, que este sector de la población constituye “la bolsa de trabajo del narcotráfico”. 8 Véase, por ejemplo, Miguel Székely, “Jóvenes que ni estudian ni trabajan: Un riesgo para la cohesión social en América Latina”, MIMEO, junio de 2011. 9 Algunos se preguntan: ¿Por qué no protestan los jóvenes Nini? ¿Por qué no toman las calles? Aunque no hay evidencia sólida, se dice que fue decisiva la participación de los jóvenes Nini en las revoluciones árabes de 2010 y 2011. Al respecto, véase José Ignacio Torreblanca, “Revoluciones ni-ni”, El País, 18 de febrero de 2011. 10 La ENJ fue levantada por el Instituto Mexicano de la Juventud del 19 de noviembre al 9 de diciembre de 2010. Consta de 29,787 cuestionarios individuales y es representativa a nivel nacional, estatal y seis zonas metropolitanas. Cuenta también con un cuestionario de hogares y su diseño es probabilístico, polietápico, estratificado y por conglomerados. 11 Referido al momento del levantamiento de alguna encuesta o durante algún periodo determinado de referencia. 12 OCDE, Education at a Glance 2011. OCDE Indicators, www.oecd.org/publishing/corrigenda. 13 Pablo Peña ha dicho que “este término es melodramático e incorrecto”. Véase al respecto “La generación ‘Nini’… y otros cuentos” en . 14 Para hacer posible la comparación entre muy diferentes fuentes de información, fue necesario acotarla únicamente al grupo de 14 a 29 años de edad. 15 Véase OCDE, Education at a Glance 2011, pp. 345-346. 16 Véase Consejo Nacional de Población, Índices de marginación 2010, México, 2011. 17 Toda vez que las encuestas generalmente se basan en la asistencia (o no) a un centro educativo para determinar la condición de la educación, se suele incluir dentro del fenómeno Nini a los jóvenes que sí estudian pero lo hacen a través de sistemas informales, en las modalidades abierta o a distancia, o bien llevan a cabo capacitación laboral u otro tipo de instrucción mediante sistemas no formales. 18 ¿Es correcta la inclusión —como parte del fenómeno Nini— de los jóvenes que están buscando trabajo y no lo han encontrado? Diversos analistas consideran que, debido al hecho de que destinan activamente sus esfuerzos a conseguir un empleo, no se les puede considerar como inactivos. 19 Se trata, según los datos de la encuesta, de alrededor de 1 millón 750 mil jóvenes conocidos como “otros no activos”. La naturaleza no especializada de la ENJ-2010 en materia laboral probablemente explica que el número de los “otros no activos” sea significativamente mayor que el generado por las encuestas laborales (del orden de 765 mil jóvenes). Respecto a los “otros no activos”, véase CONAPO, “¿A qué se dedican los jóvenes en México? Análisis de la condición de actividad de la población de 14 a 29 años de edad” en La Situación demográfica de México, México, 2011. 20 Al respecto, véase CONAPO, óp. cit., p. 23. 21 La Encuesta Nacional sobre Discriminación en México indica que 36% de la población entrevistada percibe que los jóvenes NINI se encuentran en esa condición porque así lo desean. 22 Fue el Dr. Jaime Domingo López Buitrón, anterior Subsecretario de Empleo y Política Laboral de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, quien nos compartió hace algunos meses la idea de que, desde el punto de vista laboral, la condición NINI era transitoria en el caso de muchos jóvenes, ya que es común que en un periodo corto de tiempo entren y salgan del mercado de trabajo. 23 Además, existe una gran cantidad de jóvenes que permanecen sin estudiar ni trabajar en periodos específicos del año o en determinados momentos de su entrada al mercado laboral, terminación de estudios, cambio de estado civil y otras coyunturas de tipo familiar y personal. 24 Esas acciones se han visto fortalecidas en particular con el aumento de las oportunidades educativas para las mujeres. Por ejemplo, entre 1990 y 2010 aumentó la proporción de mujeres de 15 a 29 años dedicadas únicamente a estudiar, al pasar de 19 a 30%, lo cual significó un crecimiento —en valores absolutos— de 2.4 a 4.2 millones de mujeres. 25 En este sentido, destaca la reciente creación de la Universidad Abierta y a Distancia de México y de la Preparatoria Abierta en Línea de la SEP, dado que se trata de iniciativas flexibles que podrían contribuir a aumentar el capital escolar de los jóvenes. 26 Una beca puede significar la diferencia entre seguir estudiando o abandonar la escuela. Actualmente se otorgan más de 2.8 millones de becas a jóvenes de educación media superior y superior que benefician a los adolescentes y jóvenes mayores de 15 años. 27 Se han entregado en los últimos cinco años casi 600 mil becas de capacitación para el trabajo y en el sector educativo se atendió directamente a un 1 millón 345 mil alumnos. 28 Véase “Jóvenes que ni estudian ni trabajan: Un riesgo para la cohesión social en América Latina”, mimeo, junio de 2011. 29 Debe considerarse que del total de jóvenes Ninis en México, 2 millones 80 mil jóvenes no concluyeron la educación básica; de ese total, 76% son mujeres. Además, 3 millones 425 mil jóvenes concluyeron la educación básica pero no siguieron estudiando o bien truncaron sus estudios en el nivel siguiente. De nueva cuenta, la gran mayoría son mujeres (77%). Finalmente, 1 millón 930 mil jóvenes concluyeron el nivel medio superior pero no siguieron estudiando o truncaron sus estudios de nivel superior. La gran mayoría son mujeres (73.5 por ciento). 30 Por ejemplo, en los programas orientados a abatir el rezago educativo y ampliar el capital escolar, debe considerarse el predominio de las mujeres unidas con hijos. La omisión de esta característica en el diseño de las intervenciones puede reducir significativamente la eficacia de las intervenciones públicas en la materia. 31 Miguel Székely, óp. cit., p. 16. ___________________________________ RODOLFO TUIRÁN es subsecretario de Educación Superior de la Secretaría de Educación Pública. JOSÉ LUIS ÁVILA es académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Con toda la barba (99.706)
Mil palabras dicen más, mucho más, que una imagen. El autor de esta nota nos brinda una escena memorable, cinematográfica, que pinta de cuerpo entero al Castro revolucionario en sus tiempos mexicanos, al Castro omnipotente de la Cuba del último medio siglo y al anfibio que pasaba gustoso de las aguas estancadas del protocolo tropical a los aires abiertos del humor involuntario y la broma fácil. En el año de 1986 asistí por tercera ocasión al Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, que se celebraba en La Habana, Cuba. La recepción en el Palacio de la Revolución sería el miércoles 17 de diciembre, con la presencia siempre incierta, por razones de seguridad, del comandante Fidel Castro. Durante los años que acudí al festival, la asistencia del presidente del Consejo de Estado y del Gobierno de la República de Cuba nunca fue confirmada, pero, al final, siempre llegaba a los eventos. Los representantes de las diversas cinematografías éramos agrupados en el Palacio de la Revolución de acuerdo a un protocolo muy estricto. Se trataba de una suerte de comitivas nacionales que aguardaban mientras Castro las recorría en compañía del funcionario responsable de la industria del cine cubano, a quien correspondía presentarnos con el comandante. Sobra decir que alrededor de Castro se movía un tumulto y eso le daba cierto aire teatral al momento. Nosotros, de pie, esperábamos ansiosos. Después de una larga dilación, el comandante Castro y Pastor Vega, director cubano de cine, llegaron finalmente hasta nosotros. Vega presentó a la delegación mexicana. Castro vestía su tradicional traje verde olivo y botas militares con doble tacón que lo hacían lucir aún más alto. Le dije mi nombre; me pidió que se lo repitiera. Así lo hice y en ese momento inició, sin ninguna prisa, con esa actitud relajada que tienen los políticos cuando saben que son ellos quienes fijan los tiempos de la entrevista, una conversación informal. –Mire, compañero Hernández Torres, quisiera comentarle que guardo un cariño muy especial por el cine mexicano, porque una de las etapas más difíciles de mi vida fue la de los meses previos a la salida por Tuxpan, Veracruz, hacia el inicio de la Revolución Cubana. Recuerdo que lo que me ayudó mucho a subsistir fue mi participación en el cine mexicano como extra en diferentes películas que se rodaban en los estudios Churubusco. Esta invitación la recibía de un hombre al que considero mi hermano mexicano y es Rodolfo Echeverría, que en esa época tenía gran influencia en el sindicato de actores, la anda, y nos daba la oportunidad, a mí y a un grupo de cubanos, de representar esos pequeños papeles y contar con algunos recursos. Eran modestos pero, en ese momento, indispensables para seguir adelante con nuestros planes revolucionarios –contó el comandante. Haciendo gala de su memoria, continuó su relato: –Otro hermano mexicano es Fernando Gutiérrez Barrios, quien desde su cargo en Gobernación nos ayudó a salir de un retén carcelario ubicado en la calle de Miguel Schultz en la colonia San Rafael, donde fuimos a parar un par de veces por falta de documentación migratoria actualizada. Usted, Hernández Torres, ¿los conoce? –me preguntó. Yo empezaba a responder, “Sí, desde luego. Por cierto…”, cuando me interrumpió y siguió contándome de los lugares donde se reunían los revolucionarios cubanos. Me dijo que cuando cobraban sus sueldos como extras comían en Sanborns, y cuando se agotaban los dineros, en una fonda cercana a la anda, o tomaban café en el Café La Habana en las calles de Bucareli. En esta pausada y amena charla estábamos cuando, abriéndose paso entre los funcionarios de Fidel y el equipo de seguridad que lo acompañaba, apareció una mujer de unos 30 años y, casi gritando, llamó la atención de los ahí presentes: “¡Comandante Fidel, comandante Fidel!”. Él volteó y, con una discreta seña a su equipo de seguridad, le permitió el paso hacia donde estábamos. –Dime compañera, ¿en qué puedo ayudarte? –Comandante, soy chilena; desde joven lo he admirado y ahora que en mi pueblo supieron que venía al festival de cine me pidieron hacerle una petición. –Pues dime… –Quisiera pedirle que me regalara un pelo de su barba para colocarlo en la biblioteca de mi pueblo –dijo para asombro de todos, Fidel incluido. Se hizo un silencio total. Los ahí reunidos mirábamos indistintamente los ojos de Fidel, los de la chilena, a los agentes de seguridad y a los funcionarios de cine cubano, que trataron de intervenir. Esos segundos, que parecieron horas, fueron resueltos con una mirada complaciente de Castro y una sonrisa que a todos nos relajó. A esa siguieron algunas risas, hasta que el comandante dijo con voz firme: –Pero con una condición–. Volvieron el silencio y las miradas cruzadas. –¿Cuál condición? –preguntó con voz temblorosa la chilena. –Que seas tú misma la que me la arranque. Ante la sorpresa de los asistentes, el comandante bajó la cabeza. A la mujer le temblaban los dedos. No decidía si ir por una barba del frente o de un costado. Finalmente opto por el frente y jaló rápido y con firmeza una barba cana del comandante. Después, como en cámara lenta, la depositó en el centro de un libro y con devoción de reliquia sagrada cerró el volumen lentamente, tratando de no maltratar la barba. Con los ojos en llanto, apenas atinó a decirle: “Gracias, comandante, gracias por su generosidad. Gracias”. Y caminando siempre hacia atrás para no darle la espalda, se retiró. El comandante volteó nuevamente hacia nuestra delegación y dijo con gran sentido del humor: “Espero que su pueblo sea pequeño y no genere una peregrinación anual a La Habana, no para escucharme sino para dejarme lampiño”. Nos dio la impresión de que el comandante Fidel Castro quería contar más anécdotas de su estancia en México, pero la presión de la delegada del cine soviético lo urgió a seguir el recorrido. __________________________________________ JESÚS HERNÁNDEZ TORRES fue director general de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC) y del Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa. Se encargó de crear el Fondo de Fomento a la Calidad Cinematográfica.

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