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Este País | Nélida Piñón | 02.07.2012 | 0 Comentarios

Me costó creer en la voz que, desde el otro lado del Atlántico, me anunciaba el fallecimiento de Carlos Fuentes. La noticia generó en mí tal incredulidad que insté a esa voz a que me la repitiera tres veces. Un número con una dimensión mágica, capaz, quién sabe, de disolver los efectos de una realidad que me dolía. Las Moiras del destino, que son tres, y cuyas acciones malévolas nunca se ausentan, insistieron, sin embargo, en afirmar que el escritor ya no se encontraba entre nosotros, que a partir de esa fecha deberíamos contentarnos con su obra y su memoria literaria.

©Vicente Rojo

Me sumergí en el luto, que es una tradición de mi grey. El traje negro, en un sentido simbólico, posee la ventaja de servir para llorar por diversos muertos al mismo tiempo. Aquel, no obstante, que nos había dejado, encarnaba un hombre excepcional, instalado hacía mucho tiempo en el panteón de las Américas, la figura paradigmática de un escritor universal.

Sujeta, con todo, a los dictámenes personales, prolongo mi tristeza y recuerdo preciosos detalles de la vida de Carlos Fuentes, de cuya riqueza nos hizo depositarios. Evoco su obra que perdurará, y aun sus gestos, su caminar apresurado —casi intemporal—, su rostro parecido a un palimpsesto en el que se estampaban los rastros de las variadas civilizaciones que había estudiado a lo largo de su formación intelectual.

Pienso, asimismo, cómo cosechábamos sus reflexiones, originarias de un recóndito saber, venido de lejos, tal vez de Micenas, o incluso del comienzo del mundo, y que él iba actualizando mientras cotejaba su vasto repertorio con el cotidiano, aunque corriente, donde se instalaba en la compañía de sus amigos. Y al improvisar seguía una pauta que ordenaba el voltaje de las ideas. Todo en él propicio para retarse a sí mismo y a los demás.

Altivo y polisémico, insatisfecho con el arte de descifrar el mundo a nuestro alcance, se esforzaba en contribuir a la exégesis humana. Y ya al final de sus días este inquieto pensador no dudó en reconocer en un reciente diálogo con el expresidente Ricardo Lagos, de Chile, su dificultad para interpretar las crisis que ahora asolan a la sociedad contemporánea.

Desde el comienzo revestí a Carlos Fuentes con el manto de la inmortalidad. Esto es, como si estuviéramos todos destinados a morir, salvo él. O creía que permanecería entre nosotros por lo menos durante dos siglos, tiempo suficiente para que cesara de brotar la riqueza que provenía de aquella espléndida matriz humana. Ciertamente, me imaginé que su madre Berta, inspirada en la nereida Tetis, que sumergió a su hijo Aquiles aún pequeño en una tina con agua del río Estigia para asegurarle la invulnerabilidad, habría hecho lo mismo con Carlos. O se habría contentado con concederle a su hijo un talento creador con el que invadiera en el futuro la matriz de la lengua, las huellas de lo invisible y lo inestable, los enigmas del ser humano, el sortilegio de la poesía. Al fin y al cabo, la historia ha probado que Carlos Fuentes edificó una obra capaz de prorrogar las excelencias de la lengua y a los personajes arquetipos, de examinar las idiosincrasias colectivas, las historias secretas, sobre todo aquellas relegadas al olvido y que solo pasaron a existir gracias a su convicción narrativa.

Vi sus retratos de familia. De su vida privada, de Silvia y de sus tres hijos. De sus amigos, de los seres que integran su historia y la de México. Y al recoger este compendio afectivo constato una trayectoria marcada, desde su nacimiento, por el instinto de la narrativa. Empezando por el hecho de haber nacido en Panamá, dond e su padre Rafael actuaba como diplomático, cuyo canal de intrincada mecánica desafía la imaginación.

Hasta sus 15 años, aunque se entendiera por mexicano, vivió en diversos países. A propósito, Río de Janeiro formó parte de este periplo. En esta ciudad, aún pequeño, se encariñó con Alfonso Reyes, el autor de Visión de Anáhuac, el genial erudito que Carlos preservó en su marco mental como modelo a seguir, al punto de que llegó a parecerse a él. Años después, lo visitaba frecuentemente en su casa de Cuernavaca.

Desde temprano aprendió lenguas y perfeccionaba el español en las vacaciones escolares que pasaba en México. Había que conocer el país, estar con las abuelas, que lo seducían con el fabulario mexicano. Convivencia que marcó su manera de examinar el país. De estos seres familiares emanaba la seducción que le enriquecía la imaginación. Ellas le daban aliento para que se encaminara por el denso cotidiano del país, por las leyendas y mitos en torno a las culturas amerindias y la Revolución, por los sueños populares, para auscultar la vida de los vecinos que fundamentarían sus invenciones.

Le sonaba natural que sus abuelas exageraran en sus narrativas. Gracias al fervor de los afectos, los enredos enriquecían el arsenal que su nieto utilizaría para contar lo que le hiciera falta.

Debido al oficio de escritor, escudriñó su árbol genealógico para entender las naciones. No en la búsqueda de un linaje que lo distinguiera. Solo los nobles investigan su pasado en busca de algún rey que les oferte la corona con la que al final se ajustan al presente. Carlos amaba los documentos, la lectura intensa, la tradición, las desilusiones de los pueblos, materias, en fin, que le garantizaban la dimensión de la modernidad. Había heredado, sin duda, la conciencia de que proveníamos de una secuencia familiar que fortalecía en periodos de ascensión a la visión humanística.

Pienso que atribuía a su familia el trayecto literario sin el cual la novela carecería de las afinidades colectivas. Lo que permite, a propósito, que Don Quijote de la Mancha sea leído en el desierto de Gobi o en cualquier otro rincón del mundo. Los abuelos pues, quienes fueran, con su última soberanía, sembraban en los sucesores las monedas con las cuales escribir la historia social. Pero en caso de que ellos no nos cedieran sus historias, ¿de qué valdrían sus monedas?

Su familia paterna era de Veracruz, del golfo de México, de donde se traía a pie, en loca carrera, hasta la altiplanicie, el pez fresco que abastecía al emperador Moctezuma. Su bisabuelo, un socialista alemán, se había refugiado en Veracruz luego de haber hostilizado a Bismarck. Y con el objetivo de abolir resquicios de la memoria, prohibió que se hablara el alemán en casa. Su abuela Clotilde, también veracruzana, era bella y valiente. En cierta ocasión, yendo de la capital hacia Veracruz, la diligencia en la que viajaba fue asaltada por bandidos que le exigieron que les entregara la alianza. Ofendida ante semejante atrevimiento, se resistió a entregarles el símbolo conyugal. Entonces, sin contemplación, le cortaron el dedo de un solo golpe. Desilusionada por la violencia, no dejó nunca de utilizar unos guantes que le escondieran la mutilación sufrida.

Emilia, su abuela materna, vivía en Mazatlán, descendiente de inmigrantes españoles y de los indios yaquis. Habiendo enviudado joven, educó sola a sus cuatro hijas, trabajando en la campaña escolar emprendida por José Vasconcelos, autor del notable libro La raza cósmica, que revolucionó la educación mexicana y tuvo reflejos en toda América.

Ella poseía un espíritu beligerante. Enfrentaba vicisitudes e igualmente a cierto pariente de alta patente militar, con quien discutía asegurándole que, no le importaba la batalla que trabasen, ella saldría siempre vencedora.

Ambas mujeres tenían en común el gusto de narrar, de proveer a su nieto con subvenciones, personales e históricas, que nutrieran la imaginación del futuro escritor.

Esta célula familiar, con tantas irradiaciones dramáticas, actuaba en la ficción de Carlos Fuentes, dentro y fuera de casa, en su educación. Su universo novelístico registraba los despliegues de la acción familiar en el deflagrar del drama. Las marcas de la tragedia se habían iniciado con Adán y Eva, Caín y Abel, la primera familia. Suerte que los dioses, secundados por los enigmas de los oráculos, configuraban las tragedias griegas. Como ejemplo del circuito familiar: Jasón y Medea, Electra y Orestes, Clitemnestra y Agamenón, Edipo y Antígona, esta como precursora del sistema familiar.

Esta materia, que se expande, se adueña del universo americano y desemboca en su gran novela Terra nostra. Por lo tanto, los manejos históricos y psíquicos integran el arte narrativo que Fuentes esgrime en el afán de reflejar la grandeza venida de la fabulación, de la voluptuosidad onírica. De las palabras centelleantes que constituyen en cada página un festín inigualable. Un esfuerzo creativo amparado por la pasión que revelan personajes y lectores.

Su narrativa cumple estrictamente el enredo al que está atada. Aunque sometida a los dictámenes de la fatalidad de los personajes, no abdica de los hechos históricos que corren paralelos a la acción de la historia. Tiene a México como una metáfora fundadora, un telón de fondo de su creación —con menor presencia en Aura, novela contaminada por un misterio cuya procedencia crepuscular y difusa opera en el atormentado sentimiento humano.

Al leer su obra siempre me sumergí en una exaltada aventura, con la sensación de que existía en ella la verdad narrativa que hablaba de mí misma. Y que de nada valía salir de la sala para librarme de las provocaciones encendidas por el inmenso talento del autor.

Yo medía, con todo, el desbordamiento de las emociones que la lectura me despertaba. Su obra deja ver los andamios de la creación, el repertorio de las ideas por donde transitaban las frases cuyo tenor poético trasladaba a mi casa para que yo me adhiriera a su explosión verbal.

Le estoy muy agradecida por la grandeza con que enriqueció mi condición de escritora, de ibérica, de brasileña. Constato hoy cómo él supo amar y servir a su tribu literaria. Cómo, al hablar de cada uno de nosotros, parecía que hablaba de sí mismo, permitiendo que yo lo sintiera como a un hermano en la escritura y en la visión del mundo.

Tuve el privilegio de atestiguar su amor por Brasil. Daba pruebas de entender quiénes éramos, pese a que nuestras sensibilidades, brasileña y mexicana, no siempre recorrieran los mismos caminos. Don Agustín Lara y doña María Félix no eran como nosotros los veíamos.

Evocaba el hotel Copacabana Palace como el territorio mítico donde ensayara, en su niñez, audaces sueños de los que nunca más se olvidaría. Se quedaba en la ciudad siempre que podía. Recientemente, Silvia y Carlos me habían invitado a desayunar en el barrio de Barra da Tijuca. Fue el pasado 26 de abril, días antes de su fallecimiento. Estuvieron en Río casi de incógnitos para participar en un seminario internacional sobre educación. En la ocasión leyó su discurso, siempre sabio. Ganó un premio y lo aplaudieron. Lo abracé y no vi indicios de la despedida que nos golpearía próximamente. Al despedirnos, quedamos en vernos en junio. Me alejé, no obstante, como la mujer de Lot: miré hacia atrás. Lo vi de espaldas, a paso firme, con su pelo un tanto largo, canoso. Aún bello, una efigie.

Recuerdo su alegría al recibir la medalla Machado de Assis en 1997, con motivo de los festejos del I Centenario de la Academia Brasileira de Letras cuando, invitado por esta institución y por el periódico O Globo, discurrió en el teatro entre aplausos entusiasmados. Era un gran orador. Asimismo, se emocionó en Brasilia el mismo año, durante la ceremonia de imposición de insignias, al recibir de manos del presidente Fernando Henrique Cardoso la condecoración de la Gran Cruz de la Orden Nacional de Cruzeiro do Sul.

Ya en el Palacio de la Alvorada, antes de un almuerzo, quiso conocer los jardines y los animales que allí habitaban. La vida lo instigaba, jamás se descuidaba. Enseguida, al lado del presidente y de Ruth Cardoso, y del sociólogo Ricardo Lagos, en la víspera de asumir su cargo como presidente de Chile, animó la charla con temas que abordaban de preferencia las problemáticas latinoamericanas.

Sin embargo, lo que más le importaba de Brasil era Machado de Assis, a quien consideraba como el novelista carioca que mejor asumió la lección oriunda de Cervantes. Si no fuera por Machado, un habitante periférico de un Brasil remoto, todos habríamos perdido las enseñanzas provenientes del Quijote de la Mancha que Machado había recobrado.

Pero es como creador que Carlos Fuentes me fecunda. Aunque dude qué novela destacar de su numerosa obra, reposo mi lupa sobre La muerte de Artemio Cruz. Releo esta novela, la decanto, es un manjar inolvidable, un raro vino de terroir. Bastaría con este Artemio Cruz para consagrarlo. Una ópera prima urdida por un autor que alcanzaría la culminación narrativa a sus 32 años. Un clásico sin duda que, al utilizar un abordaje legendario para erguir a una nación y contar la historia de un hombre llamado Artemio Cruz, se estableció para siempre en la historia literaria.

Estos días he hojeado ciertos capítulos. El libro, despierto, surgió entero. He recuperado los rumbos estéticos, el deliberado artificio de lenguaje en ciertos pasajes, la visión polisémica que, con imponente riqueza, pauta sus páginas. La reconstitución de la inestabilidad política originaria de la Revolución mexicana a partir de 1910. De cómo la población de diversos estamentos gravita todavía hoy en torno a un movimiento transformador. De cómo los mexicanos tienen arraigadas en su psique las consecuencias de un conflicto tan complejo y ambiguo.

Una narrativa que, con un inmenso frescor, ilustra la conducta de los revolucionarios y sus sucesores. Destaca paulatinamente la ruptura de los sueños, el deterioro de la utopía por parte de los que se apartaron de los ideales revolucionarios.

El autor pinza los instantes constitutivos de este moderno pánel, mientras elige el lento espectáculo de la muerte de Artemio Cruz como tema. Sitúa el enigma narrativo precisamente en medio del embate que se traba entre la vida y la muerte. La muerte de un personaje que se convierte en metáfora del desvanecimiento de una nación. Y cómo en el transcurso narrativo, la acción se vuelve en sí explicativa, mientras insinúa el inminente desenlace. Cuando vemos cómo Artemio, en la agonía de la muerte, se aferra a las prerrogativas de la tenue vida que le queda.

El personaje es de conmovedora dimensión. A punto de autorizar el advenimiento de la propia muerte, recorre su existencia en un ritual casi litúrgico. En voz tríptica, entona la letanía que lo afecta y da secuencia a escenas que le impregnan la memoria. Una evocación oscura y lírica que cede argumentos a la muerte para que actúe según su conveniencia.

El discurso de la muerte es de rara singularidad. Representa a Tolstoi, con su Iván Illich. Sin duda, un tributo elegiaco al ocaso de la vida. El cruel esbozo de una realidad que obliga al narrador Artemio, amedrentado y desordenado, a aceptar un enigmático yo, seguido por otras dos voces, ciertamente suyas. Es mediante estas alternancias vocales que la muerte le pide permiso al moribundo, quien le concede el deseo. Un trueque que sin embargo obliga a Artemio a revelar las molestias y las miserias del cuerpo cercano al desenlace, cuando, sumiso a la ley y al absolutismo de la carne, su yo se ve en el rostro de quien, cercano al lecho, le observa, y a quien él, Artemio, confiere autonomía para juzgarlo.

Artemio Cruz como narrador domina esta acción universal. Designa a quien debe permanecer a su lado y exime a los que no incluye en el viaje al infierno, al centro de sí mismo. Él sabe que México es su último caleidoscopio cuando las piezas cromáticas se mueven. En estos instantes, se funden las etapas finales de su vida. Su agonía se asocia a la insalubridad del tiempo. Y ya no cuenta más con el inconsciente y la memoria. Son desecho que ya no forma parte de su rutina. Le faltan definitivamente los recursos con qué defenderse ante una existencia fétida y translúcida. Entre tanto, su estado terminal aún reivindica la custodia de la memoria, que le cuenta su historia. Intuye, tal vez, que gracias al lenguaje no lineal, caótico, interrumpido por monólogos esparcidos y disonantes, puede ganar algunas horas más. Un juego sutil que predica a su favor. No obstante, las nociones del tiempo, al servicio de Artemio, se disuelven. El sonido y la furia shakespeariana retumban en su resollar de despedida.

Con todo, la ambigüedad de Artemio Cruz bajo el impacto de la circularidad temporal es también su verdad narrativa. Integra la cadena de la intriga en la que se esconden las claves del personaje en su alteridad. El yo, el tú, el él escenifican la mortalidad, son otra efigie. Las voces que orquestan la narrativa, como artimañas evocativas, son una masa coral beethoveniana cuyos metales, cuerdas, oboe, trompetas hablan, le lloran al personaje femenino, Regina, rejuvenecen a Artemio al soñar con Catalina, se albergan en los brazos del mulato Lunado que vio al moribundo nacer. Así, transversal, la realidad mexicana y la de Artemio, baraja los naipes de la existencia, usa los sentimientos térmicos, los contrapuntos, la frase de Calderón de la Barca: “desde la cuna al sepulcro”.

Carlos Fuentes afina la unidad narrativa con disonancias deliberadas. Ninguna voz se atreve a decirlo todo. Solo el tiempo, regresivo, subjetivo y mítico se pronuncia. Evita que la lógica de la narrativa predomine.

A veces, como lectora, fantaseo con que Carlos Fuentes, al esbozar a Artemio Cruz, siguió el suntuoso modelo del Conde-duque de Olivares, de Velázquez, ahora en el Prado, aunque le falte al moribundo la imponente montura de este político. E indago si Carlos guardó en su corazón, en nombre de las inquietudes inherentes al creador, los rasgos del sentimiento, del arrepentimiento, que el sevillano Velázquez preservó en su cuadro. Pero, ¿cómo saberlo?

Lo que juzgo saber, eso sí, es que la novela, como obedeciendo a una regla griega, se ajusta a la medida humana. Bajo el resguardo de los arcanos, de las leyendas, de los mitos, de la historia, su magnitud consagra al antihéroe enclaustrado en su habitación mientras, a la espera de su muerte, reconstituye el malogro personal y el de México. El antihéroe que encarna las carencias del arquetipo y cuya representación narrativa modela a las instituciones y cuenta la historia del siglo xx. Es él quien, luego de haber perdido la inocencia y traicionado sus utopías, le ofrece a la muerte el legado de su alma corrupta y desilusionada.

Un personaje en torno al cual, y al margen de la ruptura histórica de sus identidades nacionales, el autor, como un Balzac moderno, consigna los rasgos antropológicos y espirituales de una nación. Obliga a la sociedad iberoamericana a asumir su representatividad, a cuestionar quiénes somos, a averiguar el grado de nuestras contradicciones, de nuestra moralidad cívica, de nuestros escrúpulos. Para saber, finalmente, quién ha de llorar por nosotros.

Conocí a Carlos Fuentes en México en 1966. Llegué allí por casualidad. Venía de Estados Unidos, donde había estado disfrutando de una beca concedida a futuros líderes de Latinoamérica. En aquel entonces él ya era un escritor reputado y admirado, mientras que yo no disponía de acreditaciones para ser llevada ante su presencia.

A él, sin embargo, no le importó que fuera una desconocida. Me recibió en su casa con afecto y generosidad, me cedió su tiempo. En ningún momento filtró mi saber o me examinó, ni indagó acerca de mis títulos. Me hizo sentar en una confortable sala como si yo fuera uno de los suyos. Para él yo era tangible, porque pertenecía a la falange de los ángeles que formaban parte de la literatura. Integraba, pues, el flujo inventivo que emanaba del continente americano. La escritura y el aliento del arte nos unían. Y él me estimuló a soñar en un continente que exige del escritor la vigilancia y la fabulación que están en la mira de la escritura.

Desde esa época, nunca lo he olvidado. Con los años nos hicimos amigos. Solo que mi profunda amistad con él envuelve ahora a Silvia Lemus de Fuentes, una mujer de refinada inteligencia y sensibilidad. Ambos son inseparables en mi corazón. A ella estoy especialmente vinculada puesto que tenemos afinidades, nos apreciamos mucho, porque nos entendemos con una sencilla mirada, porque lloramos juntas. Y ahora seguiremos llorando por Carlos, que le hará falta a ella y a los amigos, todos afectados por su irreparable pérdida.

Pude abrazar a Silvia y a Carlos en los momentos de gloria y dolor. Aprendí con ellos a oír el diapasón secreto de los sentimientos. Y dondequiera que Carlos Fuentes navegue ahora, siguiendo un mapa cuyas líneas están al alcance de Silvia para acompañarlo aun desde lejos, continuaremos juntas, nos comunicaremos, nos comprometeremos con el futuro de esta amistad. De una amistad que me ayuda a vivir, pues soy lo que los afectos me pautan y me dicen.

Le agradezco a Carlos por haber existido en mi vida.

Río de Janeiro, 23 de mayo de 2012.

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NÉLIDA PIÑON (Río de Janeiro, 1937) recibió el Premio Juan Rulfo en 1995 y el Príncipe de Asturias en 2005. De su obra destacan títulos como Tempo de frutas, A casa da paixão, Sala de armas, Tebas do meu coração, A república dos sonhos y Vozes do deserto.

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