Sbado, 17 Agosto 2019
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Aventuras del principal
Cuento | Cultura | Alexander López Ganem | 01.02.2012 | 0 Comentarios

No es la primera vez que cruza los pasillos de la oficina, aún es joven y se siente tan principal, tan soberano entre todos los que circulan. Le basta hasta ahora “pensar” (o algo así llamado, pero seguramente algo bastante empobrecido y empobrecedor), mirar todo cuanto existe de manera abstracta. Con gran temor, aunque no sin hallar cierto disfrute en ello, lanza una mirada sobre la reducida sala de la vieja oficina de trámites varios, ahí donde un montón de gentes entablan relaciones íntimas con folios, hojas y formatos que se reproducen como inclementes virulencias sobre suelos y paredes. Gente va y viene a exponer problemas y situaciones diversas y a todos y cada uno les es entregado un formato según sea el caso y la necesidad. Formatos que dan de alta muertes, vidas y otras “indefiniciones” como les llaman aquí desde hace tanto tiempo; entre otros, están los formatos para obtener la autorización para tener derecho a la autorización del sello que dará la oportunidad tan anhelada de obtener a su vez el sello esencial. Como se puede ver, se trata de una experiencia vital y vitalicia, permanente y civilizatoria. Acaso de manera sumamente bruta, hemos nombrado el entero proceso de la vida, con sus avatares y progresos. En todo caso, el fin está ya dicho, el fin natural de todo lo que acaece, y en el susodicho teatro que hemos bosquejado es que el principal se ve obligado a interpretar su papel.
El joven principal se encamina con paso arrítmico hacia la máquina de turnos, toma uno y espera. Como siempre, al comienzo le cuesta algún esfuerzo distinguir, todo se vuelve una pura frontera entre dos neblinas en sus ojos inflamados por el mal sueño. Facciones, voces y gestos le parecen todos producidos por un mismo cuerpo fragmentado, una entidad despedazada que extiende sus tentáculos viejísimos sobre el espacio. El principal bosteza tratando de disimular su gesto, no vaya a ser que tan fea mueca sea vista y predisponga a alguien para retrasar su trámite, hacerle sufrir con vaguedades y provocarle malos presentimientos, ya el proceso ha sido demasiado largo. Hoy no es dueño de sí, ni quizás ayer, ¿por qué esa pereza manifiesta en el bostezo?, no es algo que deba permitirse y así, sin causa aparente, mientras espera. Repentina, pero no excepcionalmente, le sorprende un súbito odio por todo aquello que se desparrama en monumental ausencia, pero pronto respira, recuerda sus lecciones de respiración (su madre, amorosa, ensimismada, le ha dicho que es muy importante aprender a respirar y que muy pocos en realidad saben hacerlo, le ha mostrado el método y luego se ha ido a rezar con todos sus dolores) y respira… así consigue reprimir adecuadamente aquel arranque lleno de desviación. Qué espanto, ceder tan rápidamente ante estos miedos de síncope. Me siento mejor, se dice, y se dispone a esperar mientras lee un letrero que dice: “La virtud mayor en este tiempo siempre nuevo es aquella que tiene por monumento la paciencia, la paciencia de aquel que sabe que obramos por el fin último, el bien supremo. En este futuro siempre futuro somos sirvientes del progreso. Tenga paciencia entonces pues trabajamos por usted. Le estamos atendiendo”. A su lado acaba de apostarse un viejo decrépito que huele a polvo y humedad, costras de humedad en toda su persona, su rostro tallado en piedra descascarada, en la solapa una medallita bien llevada que dice: “De la virtud por los años de civilizada paciencia”. Bueno, dice el principal dirigiéndose al viejo, es lo menos que podemos hacer, ¿no cree? Pero el viejo no ha escuchado aquella expresión obtusa. Con sus ojos reventados, el viejo mira sin mirar en dirección de una mujer absurda que, sentada sobre una silla diminuta, bambolea sus carnes y escucha una música lejana y repetitiva mientras hojea con desgano una vistosa revista de chismes. Así ocupada, la mujer elimina con habilidoso gesto automático sudores y mocos que hacen presa de su corporalidad. Se entretiene el principal mirando a la mujer y piensa: somos la negación de nuestras excrecencias, pero se retracta con asco ante su tendencia a ontologizarlo todo. Inmediatamente dice lo primero que le viene a la cabeza: ¡Malditos griegos malditos!
En la sala y sin hacer silbar siquiera el suelo, entra ahora una anciana enjuta, de breve joroba y andar quisquilloso. La mujer de la revista la saluda con indiferencia y clava sus ojos de duermevela en el andar programado de la recién llegada. La anciana está toda uniformada con un ropaje azul, surcado por pronunciados pliegues que dejan adivinar una delgadez de espanto, lleva un par de cubetas con agua mugrosa y espesa además de dos jergas y un enorme jalador para empezar su faena. Y el principal piensa en el hambre. Aquella mujer lleva en su vientre reseco a tan longeva bestia. Así, la mujer limpia pisos y paredes, pero no su hambre crónica; quita algo de los polvos eternos que se acumulan, pero no su hambre (como una horda infernal); surca cajas y pies hinchados con el trapeador, todo en silencio y sin quitarse de encima nunca el hambre, siempre con la cabeza gacha. Da la impresión de estarse evadiendo siempre, intercambia algún saludo con algún indiferente y guarda silencio, se escabulle y escurre entre los escritorios, guarda silencio toda ella que es un vientre hambriento, como si le hubieran dado la orden de hacerse notar lo menos posible. Y se va aun más envejecida y ciega, mascullando alguna cosa o mordiéndose la lengua, y el principal cree que ella es el espacio-tiempo tal cual lo ha conocido hasta ahora, tal cual se despliega en su carrera frenética.
El calor que se respira es tan familiar, el color gris escarapelado y las risas y cuchicheos soplan su hálito sobre el joven principal. Se escucha un silencio que retorna de quién sabe dónde y que hace sentir algo de alivio. Desde hace unos minutos, el principal no ha dejado de secarse nerviosamente las manos sudorosas en la playera que ciñe su estómago abultado, las mira con espanto, ve cómo se van perlando de nuevas y luminosas partículas de sudor y tiene la angustiosa sensación de que alguien podrá ver dentro de él si aquello no para. Justo en ese momento, como suele pasarle en otras ocasiones (en que ante cada nuevo fracaso del principal, le ha dicho su madre, “se puede ver quién es quién en el juego de la vida”), nuestro protagonista piensa que le costará tanto trabajo salir y que siempre estará por debajo de lo que exija cualquier situación, por debajo de la medianía que, según oye regularmente, le ha permitido a otros abrir otras puertas de vez en vez. Con esa escuálida y comprometedora disposición ha despertado hoy en la arremolinada oficina de trámites.
En el comienzo se ha de tratar de una sonrisa. Así que el principal solo espera poder mostrar una cálida sonrisa, en eso va su vida, en demostrar cierta ingenuidad y estupidez, en hacer saber a aquellas personas caprichudas —que, como regla general, desprecian a todos aquellos que solicitan sus servicios en la oficina de trámites— cuán necesarias son para él. Por eso ha venido aquí hoy, a demostrarse de qué ha llegado a ser capaz. Deberá anotar también cada detalle, aunque ya en otras ocasiones la engañosa y poco útil noción de detalle le haya ayudado tan poco para enfrentar las versiones maniáticas y falseadas que suelen brindarle. De cualquier modo, piensa el principal, deberá ser un tanto… o quizás horriblemente paranoico; no debe confiar en sí mismo ni en nadie más. Debe poner en juego un razonamiento puro e infalible. No sabría decir a ciencia cierta cuál es esa razón, pero ha estado cavilando sobre su posible naturaleza desde la última vez que vino sin conseguir por fin salir. No ha podido dormir adecuadamente, tiene pesadillas donde las puertas desaparecen, no queda nada por hacer.
Anoche soñó con esta misma escena de la oficina desplegando sus funciones ante él, y todo iba tan bien en aquel sueño nuboso, por demás cargado de erotismo, donde las visiones exhalaban un vapor de contorsiones deliciosas y los cuerpos se difuminaban entre trámites y sellos de distintos tamaños. Desafortunadamente despertó para encontrarse con la eterna iluminación de un foco de luz cadavérica. Supo entonces que el tiempo ya era otro y se alistó para ir a su citatorio, considerando que tal vez no iba adecuadamente vestido. Nunca se sabe dónde despertará uno al siguiente día, pero de eso se trata, ha dicho en el desayuno a su madre el principal. Si le preguntaran ahora, él diría que está cada día más cerca de conseguir traspasar los límites de su encierro, de cruzar alguna de las múltiples puertas, porque a pesar de todo y de sí mismo, él es lo mejor que le ha pasado a esta oficina en los últimos tiempos.
Reclinado sobre una silla enorme, el que parece ser el jefe de la oficina habla con alguien, se trata de un hombre empequeñecido que ocupa la estancia más grande (casi la mitad de todo el recinto) y ante la cual se apuestan amontonados el resto de los escritorios de conglomerado y metal helado que integran el mobiliario. Una pintura igualmente enorme, decorada con un paisaje trivial, corona el despacho del Ingeniero en Fructificación Civilizatoria. Así mirando, el principal, escuchando nuevamente aquel silencio aliviante, siente que mira desde una extrema lejanía lo que le rodea mientras espera ser atendido. Está cansado por los días del mal sueño, cansado pero limpio, piensa. Limpio y en la lejanía. Es un sentimiento hermoso y lleno de plenitud, piensa el principal. Y visto tan de lejos, todo le parece singular y perfectamente localizable. Sonríe, siente un breve estremecimiento. Se acaricia con insistencia las uñas de las manos y se finge sereno. Instalado en aquella cómoda y repentina exterioridad ve desfilar objetos variados, los ve iluminarse de un blanco puro y piensa que accidentalmente, así como de paso, ha dado con aquella razón anhelada: el método de dividir todo en pequeños fragmentos controlables. ¿Será?, se pregunta el principal. Sin motivo aparente vuelve a sentir rencor para con todo; pero se mantiene, respira y se mantiene: reducido al espesor de esta oficina polvosa, se dice, he de poder dictar las leyes de todo lo visible en este escenario burocrático. Y rechina miserablemente con breve estertor.
Así avanzan las inestables emociones de nuestro personaje en aquel universo donde la vida no es más que un bello trámite repleto de sellos y ventanillas. La razón higiénica, piensa, así es como he de llamarla. Al principal no le ha sido dado el entrar en contacto con las cosas de tal manera que todo se llene de fluidos y excrecencias, de orejas y articulaciones; tan grande es su temor y tan lejano le parece todo ahora y por ello, piensa, es que ha dado de bruces con “la mirada higiénica”: la razón anhelada desde hace tiempo, de eso se trataba. Así que él, el principal, observa higiénico, desde su exterioridad pura. Nada le puede hacer daño. ¿Pero qué estupidez es esta?, se dice, ¿de verdad no soy capaz de tomar nada en serio? Ni siquiera se trata de eso, no sé de qué se trata. Tomar en serio qué. Es cierto, ni siquiera estamos en condiciones de pensar: no se ha cumplido el prerrequisito para poder pensar, es un trámite y lo hemos hecho mal, se dice el principal bastante acongojado. ¿Razón higiénica?, dice, mejor me callo. Y coloca simbólicamente un dedo sobre su boca angosta.
Espera y mira con el rabillo lo que se despliega en monotonías y repeticiones. No parece haber una continuidad en los pensamientos del principal, así lo cree, pero sigue adelante sin poder detenerse. No hay mucha más gente esperando ser atendida, solo el viejo y él; pero nada avanza, nada se mueve. Dinámica de parálisis. Se le presenta un dilema a nuestro principal entonces: negar o asumir. Pero no sabe cómo hacer una cosa o la otra, no lo sé, se dice. Niega entonces, o asume, niega o asume, da igual, se dice: niega y asume todo interés en aquellas personas que revolotean con su cara de sello y forma fiscal. No le preocupa ver manifestarse en él la máquina ausente de lo que transcurre idéntico a sí mismo. Sin embargo, en medio de aquella indeterminación, logra ver que se niega rotundamente a colocarse ante la máquina poliédrica de lo que dura, de la duración que está en las palabras de los hombres antiguos. Y espera. Espera sentado en un agujero de la oficina de trámites varios, le sudan las manos y raya nerviosamente en un cuaderno. Ve dibujarse poco a poco una cara amorfa, cínica e hipertrofiada, una criatura desdentada que ve circular palabras a su alrededor pero que, sin poder comprenderlas, las recibe con la risa del idiota que gira en torno a una obsesión que no comprende.
Voltea el principal hacia los papeles que, apilados sobre unas cajas maltrechas, señaladas con números, explican el procedimiento del trámite de la vida. Una serie de sellos y papeles apilados en disposición monumental: defunción, matrimonio, nacimiento, graduación, divorcio, despido, seguridad social, trabajo abstracto, demanda, vivienda, revolución, identidad, trabajo productivo e improductivo. Vida y muerte al fin y él está ahí para demostrar que por fin ha comprendido y que, en consecuencia, está preparado.
De tal manera esperan el viejo y el joven principal en la enorme oficina, llena de luces, pasillos extendidos como brazos de pulpo, sin norte y sur posibles, cuartos opacos llenos de gente que se relaciona como cosa y maravillosas cosas parlantes que socializan. Aquel lugar es la estructura de la parálisis: helada conquista civilizadora. Múltiples voces perdiéndose y varios relojes de tic-tac continuo, de músicas monoaurales y objetos típicos: varios quijotes y fotografías de infantes desdentados de piel suavizada, plumas y plumines, una escultura que representa a una madre dándole el pecho a su infante engendro, o niño monstruoso fundido en los fuegos de la industria. Varios montones de archivos regados por todas partes, apilados en las esquinas y cubiertos de pesado polvo, conversaciones sobre un transcurrir burocrático y nombres intercambiables: sello y nombre, sonrisa y sello, carnes que se enmohecen y sellos. Montones de papeletas y archivos apilados como cadáveres, viejos problemas vivientes. Nada podría ser más adecuado, piensa el principal, este es el premio de la evolución. La selección natural fructifica. Gestos de afirmación, de negativa, de evasión, secreteo. Presas en/o apresando la expresión de las retóricas desesperadas emitidas por supuestos y artificiales antagónicos empoderados en lo más alto de la cadena evolutiva, con su público de agónicos súbditos, compradores, confidentes, secretarias, mujeres llorosas, maridos, niños, muchos niños, hombres rengos, concubinas, hijos, abogados, iluminados teóricos, ancianos varicosos, muchos ancianos, notarios y pieles, así como cabellos y ropas en acomodo a los procesos que dan cuerda a la configuración artificial que se sostiene en el ahogo, en una flotación apenas lograda como condición de su movimiento. La condición para comprender y entrar exitosamente en dicho movimiento es ahogarse también, escribe el principal en su cuaderno. Cabe decir, quizá, que la “vida” es ahogarse de vez en vez (o totalmente) en estos parajes. Ahogamiento perenne, sostenido, que mata poco a poco pero que en ese proceso se renueva hasta hoy. Sin más, nos mantenemos apenas en el estado de depauperación absoluta por voluntad y convicción de ahogamiento, una contradicción plena, pero solapada, escribe el principal y se detiene súbitamente pues le llaman ahora.
Así que escucha por fin el principal su nombre, sonando con voz débil y amodorrada desde el fondo de la oficina y vuelve a lo real. La realidad (que solo es una y tiene una sola cara) le llama desde su trono imperecedero.
Primero no alcanza a distinguir de dónde proviene la voz. Alguien le hace una seña indicando un escritorio. Con el corazón sobresaltado mira al viejo polvoso y se despide de él. El viejo lo mira con desconfianza y luego cambia abruptamente su gesto, sonríe al principal y se sacude las mangas del saco. El principal encamina sus pasos hacia uno de los escritorios y piensa en sus enunciados, no puede errar ahora, ellos lo sabrán y le probarán lo falso de sus enunciados. Una mujer de cabellos oxigenados lo recibe con gesto fastidiado y con la disposición humanitaria con que se trata a un oligofrénico, alguien inferior, pura carne embrutecida, extensión de una naturaleza por dominar. En su escritorio aparecen un montón de papeles idénticos y el principal piensa en la vida homogeneizada que allí descansa, una pura masa indistinta, esquinada estorbosamente en las absurdas oficinas. El principal piensa que este gran cadáver no puede ser la vida, y se dice —repitiendo algo que ha escuchado últimamente entre los círculos progresistas de estudio— que así no debe ser la vida, que afuera pulula la imaginación que buscan repeler estas murallas y que eso, esa separación, no es más que la conquista artificial de una razón en crisis. La mujer, después de hurgar con gesto de estar cumpliendo una especie de condena entre los papeles que trepan por su cuerpo, extrae por fin el documento correcto y explica que en él se cifra la correcta administración del futuro y que ahí se cierra una de esas historias que se abren en la vida, le dice a nuestro personaje que puede estar tranquilo y que todo saldrá bien de ahora en adelante, que esto le servirá para posteriores experiencias, que es una buena persona, adulto responsable y ciudadano del mundo. El principal no puede creerlo. ¿Por fin entonces… podré salir de aquí?, se pregunta con voz casi inaudible. La mujer —después de observarlo con el tedio propio de la condición en la que ella y el principal integran el mismo aturdimiento—, le dice que sí y le indica el camino de salida tras hacerle firmar varios e ininteligibles documentos, escritos en una jerga privatizada. Mire qué curioso —dice el principal con la voz hundida en el vértigo de un nuevo destino—, siempre estuvo ahí y no lo había visto.
Con paso tembloroso se encamina a través de un pasillo angosto. Dobla a la izquierda y luego sigue derecho atendiendo los letreros regados a través del camino, dobla hacia la izquierda, sigue de frente y de nuevo a la derecha, siente que deja el cuerpo un poco en cada paso y apresura la marcha. Tras un tiempo eterno vislumbra un hueco como boca de lobo; dentro del hueco, una gran puerta toda tapizada de avisos y sellos, una sólida puerta que conduce a la libertad. Con algún trabajo, el principal franquea el obstáculo y mira dentro. La libertad le deslumbra. Ante sí, aprecia el desplegarse de otro sistema de pasillos, escritorios y papeletas para ser llenadas, selladas, perdidas, firmadas por múltiples agentes invisibles protegidos a su vez por gruesas puertas desgastadas. El principal sonríe entonces y le sonríe así a la nueva vida que se abre ante él, universo de libertad individual. Por fin podrá dormir bien, piensa. Finalmente lo ha comprendido, para esto se ha preparado, para entrar en este sistema de puertas y mantenerse apenas a flote en el constante ahogo, por fin lo ha conseguido, mucho antes que el hombre viejo a quien solo le dieron un pobre premio de consolación. Se encamina con el mismo paso nervioso, respira mientras se frota las manos sudorosas e interpreta de nuevo el teatro a que le obliga la libertad. Toma su turno y se dispone a esperar.

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ALEXANDER LÓPEZ GANEM (Ciudad de México, 1983) estudió la carrera de Estudios Latinoamericanos de la UNAM. Ha participado en diversos talleres de creación literaria, entre ellos el de Beatriz Espejo.

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