Jueves, 13 Agosto 2020
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El estilo y el nadador
Este País | Adrián Acosta Silva | 01.05.2012 | 0 Comentarios

José Woldenberg,
Nobleza obliga: Semblanzas,
recuerdos, lecturas,

Cal y Arena, México, 2011.

El recuerdo nunca es más
que una cámara de flash.

George Steiner, Los libros
que nunca he escrito

El libro, todos los libros, son obras inspiradas en buena parte por el potente combustible de los recuerdos, las emociones y los reconocimientos. Encuentros rutinarios, lecturas al vuelo, charlas informales, películas y canciones forman parte del bagaje que cada quien acumula a su modo, experiencias que configuran eso que Flaubert llamó la “educación sentimental”. En un tiempo donde (casi) nadie reconoce la influencia de (casi) nada; donde el afán por el novedismo y la originalidad, la búsqueda obsesiva del éxito editorial y las ocurrencias seudointelectuales son el material del que están hechas las más diversas imposturas, la sola mención de que la vida de las personas, sus ideas e imágenes están hechas de la influencia franca y abierta de otros, es ya una nota destacada, un testimonio de realismo, prudencia y verdad.

Desde el principio y hasta el final, la lectura de Nobleza obliga deja esa sensación de probidad intelectual. Es un texto que reúne varios de los artículos y notas periodísticas que su autor, José Woldenberg, elaboró y publicó entre 2006 y 2011 en diversos medios mexicanos, y cuyo hilo conductor forma parte de los ritos de paso que el autor ha vuelto hábito desde hace muchos años, a saber: mirar las cosas viejas con ojos nuevos, alejándose de los lugares comunes; extraer de las palabras e impresiones algún significado específico; reconocer en alguna imagen o frase una señal para comprender mejor la inevitable complejidad de la vida pública, intelectual y política del México contemporáneo.

El libro es un cuaderno de notas, tal vez una bitácora existencial o, para decirlo en lenguaje cibernético, un “blog antivirtual” proveniente de la estética narrativa de antes de los tiempos del Twitter, el Facebook y demás brujerías. Es un conjunto de relatos articulados por la curiosidad intelectual, el interés político y el registro puntual, memorioso de ideas, frases e imágenes recogidas en conversaciones de sobremesa, de café y de cantina, en reuniones de trabajo y de discusión política, en la revisión de novelas, libros y ensayos, en el seguimiento de las tramas de documentales y películas registradas en la penumbra de las salas de cine.

Quien se adentre en la lectura del libro notará inmediatamente que estamos en presencia de un observador anfibio que sabe mirar en diversas zonas, nadar en diferentes aguas, sin perder el estilo. Si es correcto el axioma clásico de Eulalio González “Piporro”, que reza aquello de que lo importante no es vender una voz sino mostrar un estilo, Woldenberg –un estilista reconocido– coloca en perspectiva una colección de personajes, libros, películas y conversaciones en torno a casi medio centenar de temas provenientes de distintos contextos intelectuales, políticos y emocionales. Y lo hace recogiendo imágenes, voces y frases de manera fiel, tomadas de situaciones puntuales donde las preguntas y las dudas, más que las respuestas, constituyen la brújula del narrador.

El hábito lector y la mirada cinematográfica, la seriedad y el humor, el ejercicio del sentido práctico y la capacidad para identificar tensiones y contradicciones, la afirmación de coincidencias posibles y el reconocimiento de imposibilidades francas forman parte de la manera en que el autor ha desarrollado un estilo analítico propio, que no solo destaca las características de los temas, los objetos, las obras y las personas que aparecen a lo largo del libro, sino que también revela el carácter del propio escritor. Como dice Norman Mailer, al que cita: “El estilo, al fin y al cabo, es revelador. Sea bueno o malo, el estilo revela el carácter del escritor que percibe al sujeto” (“Norman Mailer”, p. 165).

En la primera parte del libro, “Historias del sueño democrático”, Woldenberg nos recuerda que, en la vida pública, la política normalmente es el centro, pero que también importan los márgenes. Reúne en esas páginas recuerdos e impresiones de 17 personajes que ocupan el mapa personal que él mismo ha construido con paciencia a lo largo de su vida pública y privada. Se trata de intelectuales, políticos, académicos, periodistas, poetas, amigos entrañables que habitan el mundo escrito y el mundo no escrito del autor.

De Arturo Warman y la cuestión indígena a Carlos Pereyra y la cuestión democrática, de Adolfo Sánchez Vázquez y la experiencia del exilio a los valores democráticos de Leszec Kolakowski, de la obra de Enrique Krauze u Octavio Paz a las ideas de Norbert Lechner, Woldenberg narra sus propias lecturas y acercamientos a las formulaciones que antropólogos, historiadores, politólogos, abogados, jueces y políticos han escrito o pronunciado en algún momento, y que lo han marcado a lo largo de su vida privada y pública. “Somos lo que leemos”, dice en alusión a Norberto Bobbio (p. 22).

Desarrollar la capacidad de “encapsular las diferencias” para conservar amistades con políticos de derecha como Carlos Castillo Peraza; recordar, con el fallecido dirigente panista, las palabras que este le confesó cuando murió Pablo Pascual Moncayo, querido y extrañado amigo de ambos: “Compartimos varias veces comida y bebida, cantos sesentayocheros, críticas recíprocas, historias de la historia oral, sueños democráticos” (p. 31); reconocer, con el magistrado don José Luis de la Peza, la diferencia entre lo justo y lo legal: “Mire usted –le decía De la Peza a Woldenberg–, los tribunales electorales no son tribunales de justicia sino de derecho. Tribunales de justicia los del rey Salomón” (pp. 45-46)… Las figuras de amigos ya fallecidos como Rafael “Fallo” Cordera y Manuel Martínez Peláez, las ideas políticas y las propuestas intelectuales contenidas en las obras de Norbert Lechner sobre la izquierda latinoamericana, o las de Gilberto Guevara Niebla sobre el 68 mexicano, recorren las páginas de notas escritas por el autor, quien recuerda a los amigos, a los pensadores, a los que intentan o intentaron aportar sus experiencias al fortalecimiento de la vida pública y democrática del país.

En “Islas de raíz lectora” (la segunda sección del libro), encontramos un inventario personal de muchos de los textos que gobiernan el imaginario y las prácticas del autor. 18 escritores, acompañados de sus obras, tramas y personajes reales, ficticios e inventados, pasan lista en la memoria de Woldenberg. De Carlos Monsiváis a Francisco Umbral, pasando por Gilbert K. Chesterton, Hans Magnus Enzensberger, Philip Roth, Groucho Marx, Sergio Pitol, William Styron, Eliseo Alberto y Rafael Pérez Gay. Obras, autores y temas que representan el triunfo de un oficio que, en algunos casos, puede llegar a convertirse en todo un género: la práctica del subrayado, ese acto de leer, identificar y separar una frase, un párrafo, una línea, una palabra.

Con las debidas proporciones, tal vez el acto de subrayar un libro equivale a ensayar una magia menor, como dijo Borges de la escritura de poemas en la presentación de Los conjurados. Y Woldenberg es un buen coleccionista de ideas, aforismos y epígrafes, capaz de aprehender aquello que solo la música de las palabras es capaz de producir en los lectores. El subrayado como una práctica individual e intransferible, que hoy parece estar en decadencia desde que existe la Wikipedia, “el rincón del vago” o cualquier motor de búsquedas de internet.

Finalmente, en “Memorias de la luz y de la sombra” encontramos notas que revelan una de las pasiones privadas y públicas del autor: el cine. Posa la atención en las expresiones llenas de curiosidad y asombro que Alfonso Reyes dedicó a los inicios del cine, en los años de las crónicas que el autor regiomontano –a veces en colaboración con Martín Luis Guzmán– escribía desde Madrid hacia los años 1915-1916 bajo el seudónimo de Fósforo; revisa los recuerdos, las palabras e impresiones que el recién fallecido actor Pedro Armendáriz desgrana en una larga conversación; narra sus propias impresiones y argumentos sobre películas mexicanas como Canoa, Los olvidados, El violín o La zona; re-visita la figura de el Padrino (“La fusión de Marlon Brando y don Vito Corleone es uno de los momentos felices del cine”, p. 233), repasa Ensayo de orquesta, de Fellini, y Persona, una de las obras maestras de Ingmar Bergman.

Con este libro, Woldenberg confirma que es un nadador de aguas profundas, capaz de registrar ideas, frases e imágenes que imprimen sentido a su vida personal, a la interpretación de la vida pública y, en algún momento, quizás, a la acción política. Un sentido que no implica coherencia, ni una lógica de racionalidad absoluta, ni mucho menos ayuda a encontrar soluciones mágicas a los problemas públicos o privados. Es un sentido que intenta aprehender la complejidad de la vida misma a través de personajes, subrayados, diálogos de ocasión, notas al margen y conversaciones memorables, una vida en la que él es actor y espectador al mismo tiempo, todo ello en un agradecible tono narrativo que se aleja claramente de las y los “tiranetas” de todos conocidos, pero también de quienes desde la atalaya de cierta superioridad moral o intelectual pontifican sobre (casi) cualquier cosa.

La vida con sus tensiones, imposibilidades, limitaciones, conflictos, dudas, incertidumbres, felicidades fugaces, afectos duraderos, pequeños asombros, grandes equívocos, arranques de humor voluntario e involuntario y enormes territorios poblados por zonas oscuras. Nobleza obliga es la ventana desde la cual Woldenberg mira el mundo escrito y no escrito del que hablan George Steiner o Italo Calvino, para tratar de “dar la espalda a las palabras depositadas en los libros y zambullirse en el mundo de fuera”, como señalara con precisión y sabiduría el propio Calvino.1

1 Italo Calvino,
Mundo escrito y no escrito,
Siruela, Madrid, 2006, p. 109.

ADRIÁN ACOSTA SILVA es sociólogo y profesor-investigador en el Departamento de Políticas Pú­­blicas del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas (CUCEA), de la Universidad de Guadalajara.

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